sábado, 19 de agosto de 2017

Privacidad en Internet para periodistas: la Guía

Muchos periodistas veteranos, pero no solo ellos, seguramente notaron que repentinamente nos vemos otra vez bombardeados desde todas partes del mundo con menciones del Watergate. Libros como 1984 de George Orwell están exhibidos en las librerías y un aire de peligro para la libertad de expresión y libertad de prensa se expande lentamente como una nube negra sobre el hemisferio occidental, elevando antiguos temores. Cuando un presidente estadounidense al mando acusa a un ex presidente de vigilancia; cuando evita que los medios de comunicación centrales de los Estados Unidos tengan acceso –que hasta ahora siempre se había otorgado, y dado por hecho—a las conferencias de prensa que él realiza; y cuando incesantemente golpea y acusa a los medios de ser el enemigo número uno del país, no resulta sorprendente que surjan recuerdos del presidente Nixon con cada tweet autocompasivo sobre SNL, y que incluso los senadores republicanos como John McCain expresen temor por el futuro de la democracia.
Y McCain no está solo. Muchos periodistas con los que he hablado recientemente expresaron su preocupación por lo que le espera a la libertad de prensa. En un momento en que es posible expresar la siguiente afirmación: “Donald Trump controla la NSA”, y no ser considerado un mentiroso, todo puede ocurrir. Agreguémosle a esto el hecho de que las noticias recientes sobre la CIA nos han enseñado que casi todos los sistemas de encriptación pueden estar en peligro si alguien tiene la perseverancia de descifrarlos, y entonces estaremos en camino a imaginar un mundo totalmente distópico, donde ni siquiera puedes ponerte demasiado cómodo en tu sofá, frente a tu propio TV inteligente.
La buena noticia es que sin embargo es posible hacer que sea difícil para otra persona tratar de interceptar tus correos electrónicos, los mensajes de texto que envías o tus llamadas telefónicas. Puedes tomar medidas para hacerles la vida más difícil a aquellos que quieren develar tus fuentes y la información que te revelan. Por supuesto, el grado de esfuerzo que estás dispuesto a hacer para proteger tu privacidad, el anonimato de tus fuentes y la seguridad de tus datos, debe ser proporcional a la probabilidad de una amenaza real, sea por un hacker o un espía. Continúa leyendo

miércoles, 12 de abril de 2017

EL INFIERNO DE LOS JEMERES ROJOS, Denise Affonço


Con posterioridad al Holocausto, el régimen de terror de los jemeres rojos en Camboya, vigente de abril de 1975 a enero de 1979, fue una de los más atroces manifestaciones de lo que Zygmunt Bauman denominó, en una gráfica caracterización del totalitarismo, el “estado jardinero”, que “toma a la sociedad que dirige como un objeto por diseñar y cultivar y del que hay que arrancar las malas hierbas” (v. Bauman, Modernidad y Holocausto). Es cierto que entre el Tercer Reich y la República Democrática de Kampuchea (el nombre dado a Camboya por el régimen de Pol Pot, líder de los jemeres rojos) hubo –entre muchas otras- una diferencia sustancial, surgida del lugar de la modernidad en las respectivas matrices ideológicas: mientras la cosmovisión hitleriana concedía un rol fundamental a la tecnología moderna y a la industrialización, los jemeres rojos estaban embebidos de un odio visceral al capitalismo, tal que aspiraban a la realización de una utopía agraria contrapuesta a los proyectos industrializadores que los regímenes comunistas solían implementar en sus respectivos países (desde la URSS en adelante). No obstante, el de Pol Pot fue en todas sus facetas un ejemplo de ingeniería social practicada a escala nacional, en que un régimen establecido a sangre y fuego hizo del país entero un vasto laboratorio de gestión integral de la población, orientada al cultivo de un “hombre nuevo”. El espeluznante resultado fue el exterminio de una porción ingente de la población camboyana, que según cálculos fiables se aproximaría a la tercera parte del total (que en 1975 ascendía a unos 7 millones y medio de habitantes). Esto significa que, en términos proporcionales, el régimen de Pol Pot, de inspiración maoísta, fue el más cruento de un siglo cuajado de gobiernos criminales. El abominable experimento sólo terminó cuando los vietnamitas invadieron el país, el 7 de enero de 1979. Mientras duró, millones de personas se vieron convertidas en reclusos de un enorme campo de concentración, cuyas dimensiones prácticamente coincidían con las fronteras nacionales. Una de esas personas fue Denise Affonço, nacida en 1944 en Phnom Penh y de nacionalidad francesa. Su marido fue ejecutado por los jemeres rojos y su hija de 8 años murió en sus brazos, consumida por el hambre. Ella y su hijo mayor (contaba 12 años en 1979) sobrevivieron apenas a las penurias del “campo de reeducación” en que la familia fue confinada desde la alborada del régimen. Poco después de la caída del régimen, Denise, quien durante casi cuatro años cargara con el estigma de “burguesa” –mujer corrompida e irrecuperable para la sociedad-, escribió su testimonio del calvario recién padecido.
Ella misma se describe en El infierno de los jemeres rojos como un producto puro del colonialismo. Su padre era un ciudadano francés de ancestros portugueses e indios, su madre era vietnamita. En 1975 trabajaba como secretaria en el servicio de cultura de la embajada francesa en Phnom Penh. A poco de consumarse la toma del poder por los jemeres rojos, la capital camboyana fue mayoritariamente desalojada y sus habitantes desplazados a campos de concentración, destino del que no escaparon Denise y su familia, compuesta por su compañero (un hombre de negocios chino y simpatizante de los comunistas) y los dos hijos de la pareja. Se suponía que el confinamiento tenía por objetivo la reeducación y el disciplinamiento, pero la verdad era mucho más cruda: los nuevos señores del país no tenían suficientes balas para ejecutar a todos sus enemigos de modo que los sometían a un sistema de muerte lenta. En poco más de tres años y miedo de gobierno polpotiano, la inanición, las enfermedades y la extenuación acabaron con la vida de cerca de dos millones de camboyanos.
En un país de extensos arrozales, los reclusos disponían sólo de raciones exiguas de arroz; en un país de árboles frutales, los reclusos casi olvidaron el sabor y el aroma de las frutas. Un mísero potaje de arroz o una aguachirle en que nadaba algún minúsculo trozo de verdura o de pescado: esto era la dieta más frecuente de los confinados en los campos. Aplacar el hambre se transformó en la obsesión excluyente de estas gentes, cuyas declinantes fuerzas debían emplearse en arduas labores agrícolas o de construcción (de primitivas represas sobre todo), a las que en su mayoría no estaban habituadas. Por descontado que las condiciones de higiene eran paupérrimas, y que los enfermos no podían ilusionarse con recibir un tratamiento médico adecuado. Denise Affonço, que tenía el francés por idioma cotidiano y que no trabajaba con las manos, no podía ser sino una burguesa y una intelectual: catalogada como elemento inservible e irredimible, debía empero asistir a sesiones diarias de adoctrinamiento en que unos fanáticos raramente alfabetizados y ebrios de ideología machacaban el cerebro de personas desnutridas, exhaustas y moralmente quebrantadas. Los opresivos reglamentos, los eslóganes -demenciales y repetidos hasta la saciedad- y los actos de autoinculpación minaban toda voluntad de resistencia y ahogaban cualquier asomo de dignidad en las muy denigradas víctimas. Nimiedades como portar gafas y cruzarse de piernas estaban terminantemente prohibidas: había que suprimir esos indicios de intelectualidad y esos aires de arrogancia capitalista. Antes de un año, adultos y niños perdían todo remilgo en materia de alimentación, y nada que tuviese aspecto comestible se libraba de ser ansiosamente devorado. De modo inevitable, el dramático relato de la autora adquiere ribetes escabrosos cuando se enfoca en las premuras de la supervivencia. Por estremecedora que resulte la lectura, no hay sino asumirla y cobrar conciencia de un episodio histórico tan horrendo como vergonzoso.
La banda de criminales que se enseñoreó de Camboya no tuvo piedad alguna con los hijos de los “podridos burgueses”: improductivos como eran, su magra alimentación los condenaba a extinguirse hasta la muerte en cuestión de meses; ocasionalmente convertidos en merodeadores de las cocinas ajenas –las de los celadores y los jefes-, el robo de alguna banana o de un trozo de mandioca les acarreaba una pronta ejecución. Frecuentemente eran sustraídos de la custodia de sus padres y obligados a realizar un extenuante trabajo de adultos. Ya reducidos a macilentas figuras andantes, los niños eran vaciados de su educación anterior y se les indoctrinaba en la veneración y el temor del régimen. (En paralelo, sus padres eran forzados a deshacerse de cuanto les recordase su vida pasada, incluidas las fotografías familiares.) Se les enseñaba que los modales y señales de cortesía eran inútiles, tanto como el respeto por sus padres y parientes. Los valores y los afectos familiares fueron casi completamente borrados en aquellas frágiles criaturas. La paternidad y la devoción filial perdieron todo sentido: de los niños sólo importaba la entrega en alma y cuerpo a Angkar (camboyano por “la Organización”).
Angkar era el nombre clave del Partido Comunista de Kampuchea, el de los jemeres rojos. En la narración de Denise Affonço adquiere por momentos proporciones míticas, asomando como un ente revestido de atributos sobrenaturales. Angkar es un terrible espantajo o el demonio de las pesadillas, un ser omnisciente y todopoderoso que desde las sombras lo controla todo y en cuyo nombre se hace todo. Es la versión espectral del Hermano Mayor (o Gran Hermano) de Orwell, mucho peor que él en verdad, puesto que carece de todo cuanto asemeje una corporeidad humana. Es un ente abstracto al que se adora o se teme. Aquellos que se hacen llamar los libertadores de Camboya, los jemeres rojos, tienen siempre en sus labios el nombre del que guía sus pasos, y lo invocan en voz alta cada vez que infligen un castigo a los enemigos de clase. Mienten también los rojos, a espuertas y sin rebozo, siempre en nombre de Angkar; al principio, cuando se trata de aplicar medidas drásticas como la de despoblar Phnom Penh, embaucar a los enemigos con referencias a la buena voluntad y la sabiduría infalible del misterioso ser puede resultar más provechoso que valerse de una violencia franca e inmediata. Angkar, deben entender los burgueses y antiguos explotadores, vela incesantemente por el bienestar del pueblo… Faltó poco para que los victimarios exigiesen de sus víctimas que agradecieran a Angkar su severidad; ¿a quién si no debían la oportunidad de expiar en los campos sus faltas, o, más bien, la falta de ser lo que eran (en vez de lo que hubieren hecho)?
Para Denise, y para nosotros sus lectores, casi tan estremecedora como la relación de sus padecimientos camboyanos es la constatación de que en Francia, a la que consideraba su verdadera patria y a la que arribó meses después de su liberación –en compañía de su hijo-, cundía una muy escasa disposición a atender su testimonio. No se trataba de simple indiferencia, sino de la hegemonía de la gran quimera de izquierdas. Estaba en la fisonomía de la época aquello que denunciara François Furet en emblemático libro finisecular: la ilusión comunista contagiaba incluso a quienes, especialmente en el gremio de los intelectuales, no profesaban el ideario marxista, y la realidad de los países comunistas, aunque abundasen señales de lo mal que ellos iban, era encubierta por la coartada del gran ideal, de la mayor ilusión del siglo. No abundaban en la Francia de 1980 los que quisieran enfrentar la cruda realidad de Camboya, aquel remoto rincón de su extinto imperio.
Sin más pretensiones estilísticas que la llaneza y la claridad, ni otro horizonte moral que una indeclinable honestidad, el de Denise Affonço es un libro de denuncia que merece figurar entre los más necesarios e impactantes del siglo XX.
- Denise Affonço, El infierno de los jemeres rojos. Libros del Asteroide, Barcelona, 2010. 256 pp. Fuente: hislibris

domingo, 2 de abril de 2017

Japón 1941, Eri Hotta


«Un fenómeno que puede notarse por toda la historia, en cualquier lugar o período, es el de unos gobiernos que siguen una política contraria a sus propios intereses. (…) ¿Por qué quienes ocupan altos puestos actúan, tan a menudo, en contra de los dictados de la razón y del autointerés ilustrado?». Barbara Tuchman
Lo del 7 de diciembre de 1941 califica perfectamente como una pasmosa muestra de locura en la conducción de un estado; no por casualidad Barbara Tuchman le dedica unas páginas en la introducción de La marcha de la locura, su estupendo libro sobre la insensatez gubernamental. En efecto, el ataque japonés a Pearl Harbor responde a cabalidad al concepto tuchmaniano de gobierno contrario al propio interés: la especie de mal gobierno signada por la persistencia perversa en una política que se sabe inviable o contraproducente. Los líderes japoneses embarcaron a su país en la más temeraria de las aventuras a sabiendas de que nada sugería la más mínima probabilidad de triunfar –ni el más leve indicio o dato concreto, ningún cálculo lógico o razonamiento desapasionado-. A partir de la conquista de Manchuria (1931), la política exterior japonesa fue una acumulación interminable de desatinos cuyo peso terminó por aplastar en la dirigencia japonesa toda capacidad de autocrítica y de evaluación objetiva de los hechos, sucumbiendo a una deletérea mixtura de miopía, ambición desmedida, arrogancia y testarudez; sus movimientos estaban también condicionados por la inseguridad del advenedizo, derivada del estatus de potencia emergente, y por una tendencia a la autocompasión alimentada por la idea de que Occidente no reconocía al país el lugar que le correspondía entre los grandes del orbe. La actuación del Japón en el plano internacional era la de un matón resentido que alegara verse empujado a agredir a los demás. La pobreza de sus recursos materiales y la vulnerabilidad de su condición insular, dependiente de rutas de navegación y de relaciones comerciales notoriamente expuestas, eran factores que restringían severamente las proyecciones de cualquier expansionismo agresivo. En la víspera de Pearl Harbor, la nación cuyos dirigentes arrojaron a una imprudente empresa bélica distaba mucho de nadar en la abundancia; las tropas destacadas en territorio chino estaban famélicas, mientras que un riguroso racionamiento de los artículos de primera necesidad –sobre todo alimentos- atenazaba la vida cotidiana de la población civil. La industria militar apenas podía abastecerse de materias primas, al extremo que el centro de Tokio se vio despojado de las suntuosas vallas metálicas que rodeaban los edificios gubernamentales: los fusiles y los buques de guerra demandaban todo el metal disponible. La escasez de petróleo, en fin, era un escollo estratégico de primerísima magnitud. Continúa leyendo

jueves, 23 de marzo de 2017

Gérard Miller - Sobre el VSU (el voto supuesto útil)

Intervención pronunciada durante la Marcha por la VI República organizada por Francia Insumisa, donde G. Miller nos recordará distintos momentos en la Historia de Francia donde los conservadores se han opuesto a las iniciativas de la izquierda por no considerarlas “realistas” (mismo argumento que insiste hoy), y que no obstante “no hay prácticamente un solo progreso social que no hubiera habido que imponer, que arrancárselo a todos aquellos que consideran que el único mundo posible es aquel en el que viven”. Continúa leyendo

miércoles, 1 de marzo de 2017

La civilización como fracaso: foto sin shop, Gustavo Dessal


En un texto escrito especialmente para la agencia Télam, el escritor y psicoanalista argentino Gustavo Dessal, radicado en España desde 1982, reflexiona sobre algunos efectos de la cultura de la imagen, cuando en nuestras sociedades, huérfanas del sentido de la tragedia, se enfrentan, sin desear, menos a la brutalidad del dolor que a una “ignorancia” que lo promueve y promociona, y que lo hace circular como valor de cambio y de uso.
Por Pablo E. Chacón 

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lunes, 27 de febrero de 2017

La prisión de los Jemeres Rojos por la que pasaron 14.000 personas y sólo siete sobrevivieron


Chum Mey es uno de los siete sobrevivientes que lograron salir con vida de la prisión de Tuol Sleng, en Phnom Penh, la capital de Camboya. Ésta  fue dirigida por los Jemeres Rojos entre 1976 y 1979, uno de los gobiernos autoritarios más sangrientos de la historia de la humanidad. Cerca de 14.000 personas fueron torturadas y asesinadas allí. Continúa leyendo

viernes, 24 de febrero de 2017

Iñaki Gabilondo: Robespierre

A Pablo Iglesias se le ocurrió ayer repasar en el Parlamento la galería de los horrores de la corrupción vinculada al PP y preguntar a Rajoy lo que, en algunas ocasiones, yo también me he preguntado: ¿a partir de cuántos casos aislados dejan de ser casos aislados?

Rajoy se lo quitó de encima recordando a Robespierre a la Convención y a la guillotina, como acusándole de una especie de linchamiento que si no pasa a mayores, aunque a Iglesias le gustaría, es porque son otros tiempos. Pero todos deberíamos insistir porque aunque parezca que ya es asunto pasado y empieza a aburrir es imprescindible que no bajemos la guardia para insistir al Partido Popular que no es aceptable cómo ha resuelto, cómo está pretendiendo resolver el problema de la corrupción.

Muchos, entre los que me incluyo, consideran un indecente escamoteo el juego de espejos, fintas y regates en corto con el que nuestro primer partido se ha sacudido de encima asuntos como los sobresueldos, la Caja B, la Gürtel, etcétera, que exigían y siguen exigiendo una asunción de responsabilidades políticas claras.

Yo no soy Robespierre, que en paz descanse, ni quiero guillotinar a nadie, pero creo que el principal partido de este país nos debe una verdad y aunque muchos se aburran y piensen que es un asunto pasado, sigue debiéndonos una verdad. Una verdad tan rotunda y solemne, como rotunda y solemne fue la mentira de que el febrero de 2009, cuando compareció la cúpula del partido para decir que la Gürtel era un invento contra el Partido Popular.

jueves, 19 de enero de 2017

Cuerpos en el campo de concentración


27 de enero 1945. Cuerpos de muertos por todo el campo, muchos de ellos fallecidos por hambre, trabajos forzados y negligencia de su estado. El campo fue liberado por soldados de la Unión Soviética en la First Army of the Ucranian Front bajo la comandancia de Marshal Koniev.

lunes, 2 de enero de 2017

La crisis del zarismo y los indeseables


“La persona indeseable puede no ser culpable de un crimen (…) pero si, en opinión de las autoridades locales, su presencia en un determinado lugar es perjudicial para el orden público o incompatible con la paz pública, puede ser arrestada sin orden judicial, puede ser detenida de dos semanas a dos años de cárcel, y puede ser trasladada forzosamente a cualquier otro lugar dentro de las fronteras del imperio y puesta allí bajo custodia policial durante un período de uno a diez años.” Continúa leyendo

domingo, 1 de enero de 2017

La guerra de independencia de Argelia


La Guerra de Independencia de Argelia (también llamada Guerra de Argelia o Guerra de Liberación de Argelia; en francés Guerre d'Algerie y en árabe حرب التحرير الجزائرية) tuvo lugar entre 1954 y 1962 y fue un periodo de lucha del Frente Nacional de Liberación de Argelia (FLN), contra la colonización francesa establecida en el país desde 1830.
Tras la Segunda Guerra Mundial en la sociedad argelina empezó a crecer un sentimiento anticolonialista. Muchos militares argelinos que habían colaborado a liberar Francia se vieron frustrados por el trato que la metrópoli daba a los ciudadanos nativos. Tras la Guerra de Indochina fueron bastantes los soldados argelinos del Ejército francés que empezaron a considerar que era el momento de obtener la independencia para Argelia. La guerra se llevó a cabo en forma de lucha de guerrillas y enfrentamientos contra el Ejército francés y las unidades adicionales de origen local llamadas harkis. En la actualidad, el término «harki» se utiliza en Argelia como sinónimo de traición.
Los civiles de origen europeo y argelino fueron desde el principio blanco de atentados terroristas por parte tanto del FLN como de las organizaciones paramilitares francesas como la OAS. Hubo varios episodios muy sangrientos como el ocurrido en El Alia. Sobre el número de muertos se habla de una cifra de 33.000 franceses y un número superior de argelinos. El FLN habla en torno al millón de muertos, aunque hay autores que rebajan el número de muertos del bando nacionalista y recuerdan que el FLN mató a todo argelino que, según ellos, colaboraba con los franceses. Hay autores que dicen que en 1962 hubo más muertes que en otros años. Los guerrilleros independentistas del FLN se autodenominaban djounoud o muyahidines. El Ejército francés respondió tratando de obtener el máximo de información, en particular utilizando la tortura, para localizar a los responsables de atentados, lo que se agudizó durante la batalla de Argel. El FLN luchó también contra otras corrientes independentistas, resultando esta corriente la predominante. La guerra terminó con el reconocimiento por Francia, a través de los acuerdos de Evian de la independencia de Argelia el 5 de julio de 1962. Significó la expulsión de alrededor de un millón de colonos europeos originarios de Francia, Italia o España, así como miembros de minorías religiosas, como los judíos. 

Antecedentes: la Argelia francesa
Conquista de Argelia

Desde el siglo XVI, Argelia había sido una provincia del Imperio Otomano, que hacia 1830 atravesaba una profunda crisis política y económica. Bajo el pretexto de la piratería habitual en el Mar Mediterráneo por parte de argelinos, más un conflicto diplomático, Francia invadió y se anexó Argelia. Además de soportar la afrenta de ser gobernado por un poder extranjero no musulmán, muchos argelinos perdieron sus tierras con el nuevo gobierno o con los colonos. Los líderes tradicionales fueron eliminados, encerrados, o hechos irrelevantes, y el tradicional sistema educacional fue desmantelado; las estructuras sociales fueron presionadas hasta el punto de quiebre. Vista por los europeos con condescendencia a lo mejor, y desprecio a lo peor, los argelinos soportaron 132 años de subyugación colonial. En la primera parte de la colonización francesa, los musulmanes y judíos eran vistos como nacionales franceses, pero no como ciudadanos franceses.
En 1865, Napoleón III les permitió a los argelinos solicitar la total ciudadanía francesa, una medida que pocos tomaron, ya que involucraba renunciar al derecho de ser gobernado por la sharia (ley islámica) en asuntos personales, y fue considerado un tipo de apostasía; en 1870, la ciudadanía francesa se hizo automática para los judíos, una decisión que enojó enormemente a los musulmanes, quienes comenzaron a considerar a los judíos como los cómplices del poder colonial.
No obstante, este periodo vio el progreso en la salud, algunas infraestructuras, y la expansión global de la economía de Argelia, así como la formación de nuevas clases sociales, que, tras la exposición de ideas de igualdad y libertad política, ayudaría a propulsar al país hacia la independencia. Durante los años de dominio francés, las luchas por sobrevivir, coexistir, lograr la igualdad, y conseguir la independencia dieron forma a una gran parte de la identidad nacional argelina. Después de la Segunda Guerra Mundial, la igualdad de derechos fue proclamada el 7 de marzo de 1944, y posteriormente confirmada por la Loi Lamine Gueye el 7 de mayo de 1946, que concedía la ciudadanía francesa total a todos los ciudadanos de cualquier departamento de ultramar francés. Una nueva ley el 20 de septiembre de 1947, permitía a los argelinos acceder a la ciudadanía sin renunciar a su condición personal musulmana. Argelia tenía una posición exclusiva en el dominio colonial francés, debido a que a diferencia de las demás posesiones adquiridas por la potencia europea en el Siglo XIX, Argelia era considerada y legalmente clasificada como parte integral de Francia.

Nacionalismo argelino

Muchos argelinos participaron en la Primera Guerra Mundial luchando del lado de Francia. Los argelinos sirvieron como tirailleurs (tales regimientos ya habían sido creados en 1842). Con los Catorce Puntos de Woodrow Wilson, se proclamaba en el quinto punto la autodeterminación de los pueblos. Algunos intelectuales argelinos, apodados Ulemas, comenzaron a nutrir el deseo de independencia, autonomía y autogobierno. Dentro de este contexto, un nieto de Abd al-Qádir, antiguo emir de Argelia antes de la conquista, encabezó la resistencia contra la ocupación francesa desde la primera mitad de la década de 1920. Fue miembro del comité de dirección del Partido Comunista Francés. En 1926, fundó el Étoile Nord-Africaine, facción independentista a la que Messali Hadj, también miembro del Partido Comunista, se unió al año siguiente.
La Étoile Nord-Africaine se separó del Partido Comunista en 1928, antes de que el gobierno francés lo disolviera en 1929. En medio del creciente descontento de la población de Argelia, la Tercera República Francesa (1871 - 1940) reconoció algunas demandas, cosa que enfureció a los argelinos de origen europeo, que se manifestaron en contra. Los partidos independentistas fueron disueltos en 1937, y sus líderes fueron encarcelados. Se fundó entonces el Partido Popular de Argelia, que si bien no buscaba la independencia, pedía una amplia autonomía. Este nuevo partido también se disolvió, en 1939. Durante la Francia de Vichy se intentó derogar la ley que concedía a los judíos ciudadanía francesa de nacimiento, sin éxito. El Frente de Liberación Nacional, fundado en 1954, tenía un brazo armado cuya intención era iniciar una lucha armada contra la autoridad francesa. Francia, que acababa de perder Indochina, se determinó a no perder la siguiente guerra anticolonial, sobre todo siendo su colonia más antigua y cercana.

Cronología de la guerra
Comienzo de las hostilidades

En las primeras horas de la mañana del 1 de noviembre de 1954, un grupo guerrillero del FLN atacó diversos objetivos militares y civiles en toda Argelia, en lo que se conoció como Toussaint Rouge ("Día de todos los santos rojo"). Desde El Cairo, el FLN había transmitido un programa pidiendo a los musulmanes de toda Argelia a unirse a la lucha nacional por la "restauración de la nación argelina, soberana, democrática y social, dentro de los principios del Islam". Pierre Mendès France, Primer Ministro de Francia, declaró ante la Asamblea Nacional: "Uno no tiene compromiso cuando se trata de defender la paz interior de la nación, la unidad e integridad de la República. Los departamentos de Argelia son parte de la República Francesa. Argelia ha sido francesa durante mucho tiempo , y es irrevocablemente francesa... Entre Argelia y la Francia metropolitana no puede haber una secesión concebible". En un primer momento, y a pesar del creciente nacionalismo, la mayoría de los argelinos estaban a favor de conservar su Status Quo. Menos de quinientos combatientes pro-independencia podrían contarse al inicio del conflicto. Sin embargo, debido a la constante represión francesa al pueblo argelino durante la guerra, el número de rebeldes no tardó en aumentar.

El Frente de Liberación Nacional (FLN)

Durante el primer año de la guerra, la Unión Democrática del Manifiesto Argelino (UDMA), liderada por Ferhat Abbas, los ulemas, y el Partido Comunista Argelino mantuvieron una amistosa neutralidad hacia el Frente de Liberación Nacional. Los comunistas, que inicialmente no habían hecho ningún movimiento para cooperar en el levantamiento al principio, más tarde trataron de unirse al FLN, pero los líderes del mismo repudiaron públicamente el apoyo de este partido. En abril de 1956, Ferhat Abbas viajó a El Cairo, donde se unió formalmente al FLN. Después del colapso del MTLD, el veterano nacionalista Messali Hadj formó el Movimiento Nacional Argelino (MNA), que abogaba por una revolución violenta cuyo objetivo sería la total independencia de Argelia, similar al FLN, pero destinado a competir contra el mismo.
El Ejército de Liberación Nacional (brazo armado del FLN) posteriormente acabó con la operación guerrillera del MNA en Argelia, y el movimiento de Messali Hadj perdió la poca influencia que había obtenido allí. Sin embargo, el MNA retuvo el apoyo de varios trabajadores argelinos mediante la Unión de Trabajadores de Argelia, en Francia. Para oponrse al MNA, el FLN también estableció una organización en Francia. A lo largo de la guerra de la independencia, diversas batallas en Francia se libraron entre ambos frentes, con un saldo de casi cinco mil muertos.
En el frente político, el FLN trabajó para persuadir y coaccionar a las masas argelinas para apoyar los objetivos del movimiento independentista a través de contribuciones. Sindicatos, asociaciones profesionales, organizaciones estudiantiles y grupos femeninos influenciados por el FLN fueron creados con tal de atraer a la población. Sin embargo, también en este caso, el chantaje y la coacción violenta fueron muy utilizados. Frantz Fanon, un psiquiatra de Martinica que se uniría al FLN y se convertiría en uno de sus líderes políticos, proporcionó justificaciones intelectuales sofisticadas para el uso de la violencia por parte del Frente en su afán de lograr la independencia. Desde El Cairo, Ahmed Ben Bella ordenó la liquidación de potenciales interlocuters valables, representantes independientes de la comunidad musulmana moderada que buscaba negociar reformas con Francia sin separarse de ella.
A medida que la influencia del FLN obtenía influencia en el campo, muchos agricultores europeos (llamados Pieds-Noirs), la mayoría de los cuales vivían en tierras que habían robado a las comunidades musulmanas, vendieron sus propiedades y buscaron refugio tanto en Argel como en otras ciudades de Argelia. Después de una serie de sangrientas masacres y bombardeos aleatorios por parte de los argelinos musulmanes en varios pueblos y ciudades, los Pieds-Noirs y la población francesa urbana comenzaron a exigir al gobierno de Francia sanciones más severas, incluido declarar el estado de emergencia, la pena capital para los culpables, e incluso se llego a hablar de exigir un "ojo por ojo" contra la población argelina. Varios arrestos arbitrarios y ataques contra supuestos miembros del FLM se efectuaron.
En 1955, los grupos políticos coloniales convencieron a los gobernadores generales enviados por Francia de que los militares no eran la forma de resolver el conflicto. Un gran éxito fue la llegada de Jacques Soustelle, político gaullista y etnólogo, como Gobernador General de Argelia, que trató de mejorar las condiciones de vida de la población argelina musulmana, sin mucho éxito, y que posteriormente acabaría reprimiéndolos al continuar la guerra.

Después de la matanza de Philippeville

El FLN había adoptado técnicas similares a las de los nacionalistas asiáticos en Indochina, y los franceses no se dieron cuenta del reto al que se enfrentaban hasta 1955, cuando el FLN se trasladó a zonas urbanizadas. La matanza en la ciudad de Philippeville, actualmente llamada Skikda, con 123 muertos en agosto de 1955, fue un punto de inflexión en la guerra. Antes de la masacre, el FLN tenía como plan atacar solo objetivos militares y gubernamentales, evitando bajas civiles, pero el comandante local de la Provincia de Constantina decidió que hacía falta un golpe "más drástico". En respuesta, Soustelle mandó a reprimir todavía más a los argelinos. El gobierno afirmó más tarde haber matado 1,273 miembros del FLN, pero de acuerdo con la propia organización y The Times, 12,000 argelinos fueron masacrados por las fuerzas armadas francesas (con intervención de diversas bandas de Pieds-Noirs. Después de las medidas severas tomadas por Soustelle, se desató finalmente una guerra sin cuartel, hasta entonces medianamente contenida.
El sucesor de Soustelle, el Gobernador General Lacoste, disolvió la asamblea argelina. Si bien esta estaba dominada por los Pieds-Noirs, Lacoste la vio como un obstáculo a su administración, y decretó el Estado de Emergencia en Argelia. Concedió al ejército y la policía excepcionales poderes con tal de contener al FLN, algo de dudosa legalidad dentro de la ley francesa. Al mismo tiempo, Lacoste proponía mayor autonomía para Argelia y un gobierno descentralizado. Sin dejar de ser parte integral de Francia, Argelia debía ser dividida en cinco distritos, cada uno de los cuales tendría una asamblea territorial elegida de una lista de candidatos. Hasta 1958, los diputados que representaban los distritos de Argelia fueron capaces de retrasar la aprobación de la medida de la Asamblea Nacional de Francia.
Entre agosto y septiembre de 1956, los líderes de las guerrillas del FLN de Argelia (popularmente conocidos como "internos") se reunieron para formar un órgano normativo formal para sincronizar las actividades políticas y militares del movimiento. La máxima autoridad del FLN se confirió a los treinta y cuatro miembros del Consejo Nacional de la Revolución Argelina, dentro del cual el Comité de Coordinación y Control, compuesto por cinco hombres, formó el poder ejecutivo. Los directivos del FLN que se encontraban en Marruecos o en Túnez (los "externos"), incluyendo Ahmed Ben Bella, sabían de la realización de la conferencia, pero no pudieron asistir.
En octubre de ese mismo año, la Fuerza Aérea Francesa interceptó un DC-3 marroquí que volaba con destino a Túnez, llevando a Ben Bella, Mohammed Boudiaf, Mohamed Khider y Hocine Aït Ahmed, y lo obligó a aterrizar en Argel. Lacoste mantuvo encarcelados a los líderes políticos externos del FLN durante todo el resto de la guerra, lo que endureció la postura de los rebeldes argelinos. Durante 1957, el FLN se debilitó debido a la brecha entre los líderes internos y externos. Para detener esta deriva, el FLN amplió su comité para incluir a Ferhat Abbas y a los políticos encarcelados como Ben Bella. También lograron convencer a las Naciones Unidas para que presionaran diplomáticamente al gobierno francés con el fin de negociar un alto al fuego.

Batalla de Argel

Para aumentar la atención internacional y nacional francesa a su lucha, el FLN decidió llevar el conflicto a todas las ciudades del país, llamando a una huelga general y colocando bombas en lugares públicos. El ejemplo más notable fue la Batalla de Argel, que comenzó el 30 de septiembre de 1956, cuando tres mujeres colocaron explosivos de forma simultánea en tres sitios, incluyendo las oficinas de Air France. Durante toda la primavera de 1957, el FLN llevó a cabo bombardeos y tiroteos por toda la ciudad de Argel, con un resultado de numerosas bajas civiles y una aplastante respuesta de las autoridades.
Al general Jacques Massu se le dieron instrucciones de utilizar cualquier método que considerase necesario para restablecer el orden en la ciudad y encontrar y eliminar a los rebeldes. El uso de paracaidistas acabó con la huelga y destruyó la infraestructura del FLN en Argelia. Sin embargo, para entonces el FLN ya había demostrado su capacidad para golpear al ejército francés y de lograr una respuesta masiva entre la población musulmana. La publicidad que el FLN entregó a los medios demostrando como el ejército francés acababa con los rebeldes con métodos brutales, incluyendo la tortura, toque de queda, y represión, acabaron con la imagen internacional de lo que anteriormente parecía una "pacificación" o "operación de orden público", pasando a ser vista como una guerra colonial llena de violaciones a los derechos humanos.

Guerra de guerrillas

Entre los años 1956 y 1957, el FLN aplicó con éxito el método de guerra de guerrillas. Mientras que por un lado se dedicaban a atacar objetivos militares y políticos, también se ocupaban de coaccionar e intimidar a cualquiera que mostrara simpatía con la autoridad francesa en la región. Esto dio lugar a actos de tortura sádica contra todos los anteriormente mencionados, incluyendo mujeres y niños. El FLN evitaba el contacto con la potencia de fuego superior de Francia, y dirigía sus fuerzas internas a patrullas del ejército, campamentos militares, puestos de policías y granjas, minas y fábricas coloniales, así como a los medios de transporte y de comunicaciones. El FLN poco a poco fue obteniendo el control parcial sobre territorio argelino en Aurés, la Cabilia y algunas áreas montañosas de Constantina, también el sur de Argel y Orán. En estos lugares, el FLN colocó pequeños gobiernos temporales militares simples pero efectivos, que fueron capaces de recaudar impuestos y alimentos, y reclutar mano de obra. Sin embargo, no fue capaz de mantener posiciones fijas.

Operaciones de contrainsurgencia francesas

A pesar de las quejas de los mandos militares de Argel, el gobierno francés se mostró reacio durante muchos meses a reconocer que la situación en Argelia estaba fuera de control y que lo que se consideraba oficialmente como una operación de pacificación se había convertido en una guerra. Para 1956, había más de 400,000 soldados franceses en Argelia. Aunque las unidades de infantería en el aire colonial de élite y la legión extranjera cargaron con el peso de las operaciones de contrainsurgencia ofensivas de combate, aproximadamente ciento setenta mil argelinos musulmanes servían en el ejército regular francés, la mayoría de ellos como voluntarios. Francia también envió su fuerza aérea y unidades navales a Argelia, incluyendo helicópteros. Además de servirles como ambulancia, los franceses utilizaron helicópteros por primera vez en ataques terrestres para destruir las unidades guerrilleras del FLN, método que más tarde los Estados Unidos usarían en la Guerra de Vietnam. Los franceses también utilizaron napalm.
El ejército francés intentó reanudar la administración local de Argelia a través de la Section Administrative Spécialisée (Sección Administrativa Especial o SAS por sus siglas en francés) creado en 1955. El SAS trató de establecer contacto con la población musulmana argelina para debilitar la influencia nacionalista en zonas rurales mediante la afirmación de "presencia francesa" allí. Los oficiales de la SAS (llamados képis bleus, que se traduciría como gorras azules), también entrenaron harkis, argelinos a favor de la presencia francesa, para que pelearan contra el FLN. Los harkis, aproximadamente 180.000 voluntarios, más que los activistas del FLN, eran un excelente instrumento en las operaciones de contrainsurgencia.

Los harkis eran generalmente usados en formaciones convencionales, junto al ejército francés, y también fueron utilizados en operaciones de bandera falsa. En 1956, Francia creó una una organizada unidad guerrillera de bandera falsa, la Organización de Resistencia de la Argelia Francesa, cuyo objetivo era llevar a cabo operaciones terroristas de bandera falsa con el objetivo de sofocar cualquier esperanza de compromiso político. El FLN también utilizó bandera falsa contra el ejército francés en una ocasión, con la Fuerza K, un grupo de mil argelinos que se ofrecieron voluntariamente para servir como guerrilleros para los franceses. Pero la mayoría de ellos eran o bien miembros del FLN o bien habían sido rechazados por estos una vez alistados. El ejército francés descubrió la bandera falsa y trató de perseguir a la Fuerza K, pero unos seiscientos lograron escapar y reunirse con FLN llevando armas y equipo. Wikipedia

Los cascos azules


Las Fuerzas de Paz de la ONU, popularmente conocidas como los cascos azules debido al color de los mismos, son cuerpos militares encargados de crear y mantener la paz en áreas de conflictos, monitorear y observar los procesos pacíficos y de brindar asistencia a ex combatientes en la implementación de tratados con fines pacíficos. Actúan por mandato directo del Consejo de Seguridad de la ONU y forman parte miembros de las fuerzas armadas y policiales de los países miembros integrantes de las Naciones Unidas integrando una fuerza multinacional.

Orígenes

La primera operación de mantenimiento de la paz fue la UNSCOB (United Nations Commission for the Balkans), dispuesta por la Asamblea General de las Naciones Unidas en la resolución n.° 109(II) del 21 de octubre de 1947. Se llevó a cabo en Grecia entre octubre de 1947 y febrero de 1952. La fuerza multinacional estableció su cuartel general en Salónica (Grecia) y fue integrada con miembros de Australia, Brasil, China, los Estados Unidos, Francia, el Reino Unido, México, los Países Bajos, Colombia y Pakistán.1
En 1948, el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas abogó por la creación de una fuerza multinacional que pusiese fin y supervisara el cese de las hostilidades entre Egipto e Israel. Esta misión no fue militar, sino que estaban presentes como observadores.
Una misión, que no corresponde con sus presuntos objetivos, fue su participación en el conflicto entre Corea del Norte y Corea del Sur en 1950, en el cual intervinieron por mandato del Consejo de Seguridad —el cual sesionó en ausencia de la Unión Soviética— tomando parte en forma directa en este conflicto armado.
En 1956 se dispuso una operación de paz durante la crisis del Canal de Suez por una resolución presentada a la Asamblea General de la ONU por el ministro de asuntos extranjeros canadiense Lester Bowles Pearson. Posteriormente han actuado en otros conflictos en Oriente Medio, Líbano, Chipre, Mozambique, Somalia, Bosnia, etcétera.
El origen de los “llamativos” colores, tanto de sus cascos como de sus vehículos (blanco), se aprobó puesto que se quería dejar claro que se trataba de un cuerpo de paz fácilmente identificable, que no necesitaba camuflarse o pasar inadvertido para cumplir sus objetivos.

Objetivos 

Los Cascos Azules o Fuerza de mantenimiento de la Paz de las Naciones Unidas tienen la misión de:
Supervisar el cumplimiento del alto el fuego.
Desarmar e inmovilizar a los combatientes.
Proteger a la población civil (dando medicinas y alimento a la población más pobre)
Realizar el mantenimiento de la ley y el orden y entrenar una fuerza local de policía.
Limpieza de minas los territorios.
Velar por el desarrollo de la paz y la seguridad en el mundo.
Misión principal es apoyar la solución de conflictos entre países y entre comunidades dentro de un mismo país.

Polémicas

A pesar de que los objetivos de los Cascos Azules son la solución de conflictos y el mantenimiento de la paz, en varias ocasiones han sido objeto de críticas por parte de actuaciones contrarias a los derechos humanos. Uno de estos casos tuvo lugar en Ruanda en 1994, cuando los Cascos Azules fueron acusados de abandonar a los tutsis a manos del exterminio hutu.2 Otro ejemplo más reciente fue lo ocurrido en Haití en 2007, cuando un centenar de los integrantes de las tropas fueron acusados de abuso y explotación sexual contra la población. Estas tropas fueron sustituidas por Cascos Azules formados exclusivamente por mujeres, 600 en total.3
En junio de 2015, la revista estadounidense Foreign Policy reveló una investigación interna de Naciones Unidas sobre un posible ocultamiento de denuncias por abusos sexuales a menores de edad perpetrados por Cascos Azules de la ONU y fuerzas de paz de Guinea, Chad y Guinea Ecuatorial en misiones en África. En total hay 13 abusos sexuales a niños documentados por parte de 16 soldados en un campo de refugiados en República Centroafricana, denunciado por Anders Kompass, quien presentó la denuncia ante autoridades de Francia.4 5 Los testimonios de las víctimas habían sido filtrados en el diario británico The Guardian.6
Un tribunal integrado por tres jueces independientes convocados por Ban Ki-moon, llegó en diciembre de 2015 a la conclusión que los funcionarios de la ONU, encabezados por Susana Malcorra, de Jefa de Gabinete de la ONU, habían intentado silenciar y ocultar los abusos,6 4 7

Premios concedidos

En 1988, cuando Javier Pérez de Cuéllar era Secretario General de la ONU, los Cascos Azules se hicieron acreedores al Premio Nobel de la Paz gracias a su labor pacífica "por la participación en numerosos conflictos desde 1956".
En 1993, los Cascos Azules de la ONU destacados en la antigua Yugoslavia recibieron el Premio Príncipe de Asturias de Cooperación Internacional.

Heinrich Hoffman, el fotógrafo de HItler