lunes, 12 de mayo de 2014

Para entender el conflicto en Ucrania


La intervención de las tropas ucranianas en los primeros días de mayo para acabar con los levantamientos en las regiones del sur y el oriente del país han vuelto a traer los tambores de un enfrentamiento armado a las puertas de la Unión Euro­pea. “Aunque algunos accesos a las ciudades han sido cortados por milicias rebeldes que desafían la autoridad del Gobierno central y en las últimas semanas ha habido enfrentamientos entre estos grupos y el Ejército ucraniano, que ha contado con la colaboración de los paramilitares del Pravy Sektor o Sector de Derechas, todavía no se puede hablar de una guerra civil”, explica a DIAGONAL Rubén Ruiz Ramas, profesor de Ciencia Política de la UNED y autor del libro de próxima publicación Ucrania: crisis, revo­lución y desintegración. Claves de un conflicto. Este investigador ofrece a lo largo de esta entrevista algunas claves para entender la escalada del conflicto.
Tres escenarios
Si fracasan las negociaciones

Si no se retoman los acuerdos de Ginebra, donde se acordó una federalización del país, el desarme de las milicias irregulares y el desalojo de los edificios ocupados, nos podríamos encontrar con tres escenarios bélicos. El primero: una confrontación bélica que, sin la intervención exterior, se convertiría en un conflicto congelado, como los que se dieron en varias ex repúblicas soviéticas cuando se desintegró la URSS, donde no ha habido un bando ganador, pero en un territorio dado se instituyó un poder que fue reconocido por el resto de países, garantizando su autonomía de facto con respecto al Gobierno central, pero no formalmente. Es el caso de Osetia del Sur, Abjasia o el Trandsniéster.
Un segundo escenario sería una guerra abierta con la participación directa de tropas rusas y en donde la OTAN decida no intervenir, aunque sí abastecer con armamento y asesoramiento al Ejército ucraniano. Ha­bría algún tipo de intervención con unidades de élite, con ejércitos privados como Blackwater, pero no una intervención directa de la OTAN contra las tropas rusas.
En el tercer escenario, la OTAN sí intervendría ante la participación de tropas rusas en el conflicto. Un enfrentamiento en una guerra caliente, con consecuencias totalmente impredecibles, es impensable, sobre todo después de que en 50 años de Guerra Fría no hubiera ni un sólo enfrentamiento directo entre las dos potencias. La OTAN nunca se va a meter en un enfrentamiento directo con Rusia en Ucrania, incluso en el caso de que Rusia decidiera invadir el este del país.
Orgullo de potencia
No en mi patio trasero

Es más fácil para todos nosotros a la hora de entender este tipo de conflictos asimilarlo a la Guerra Fría. Mu­chas personas y organizaciones políticas quieren de nuevo recuperar ese manual de interpretación de los conflictos internacionales para tener más o menos resuelta nuestra propia interpretación de lo que está ocurriendo. Pero no estamos en un proceso semejante a la Guerra Fría, donde dos potencias con pretensiones globales –por ahora Rusia es una potencia regional– confrontaban dos cosmovisiones económicas, políticas totalmente diferentes.
Realmente, ciertos sectores de la izquierda se equivocan al ver en Rusia un actor antifascista o en Putin un nuevo líder al que seguir desde nuestros postulados. Nada más lejos de la realidad. Lo que estamos viendo es un enfrentamiento entre potencias por el control de una zona tangente. Estados Unidos tiene más intereses de seguridad; la Unión Europea, más intereses comerciales.
Hoy asistimos a una situación muy similar a la del último tercio del siglo XIX y principios del siglo XX, antes de llegar a la Primera Guerra Mun­dial, en el que hay un panorama dividido en áreas del influencia, un número reducido pero plural de potencias enfrentadas entre sí, con lógicas imperiales. Producto del legado de la Guerra Fría a veces tendemos a justificar acciones imperialistas en aquellas potencias más afines, pero esos mismos comportamientos los rechazamos cuando es EE UU quien realiza las mismas políticas.

Hay que entender que prácticamente el 80% del territorio actual ucraniano pertenecía al imperio ruso desde tiempos inmemoriales. Para Ru­sia, en su comprensión de sí misma como una gran potencia, Ucrania es el país central más importante de su órbita, un eslabón fundamental en su proyecto de unión euroasiática. Y, por supuesto, en el caso de Crimea, mantener su presencia militar en la base de Sebastopol era fundamental a nivel geoestratégico, era un casus belli. A Rusia no se la iba a sacar de Crimea si podía evitarlo... No se hizo con ella cuando no tenía fuerza, en los 90 y a principios de los 2000, cuando Rusia estaba muy débil, cuan­do se produjeron aquellas humillaciones a las que se refería Putin en la declaración por la que anexionaba Crimea. Hay que entender que la identidad nacional de Rusia está ligada a la comprensión de Rusia como una potencia mundial.
El discurso nacionalista y a la vez victimista de Putin hizo que recuperara en los últimos años los índices de popularidad habituales, después de llegar a las últimas elecciones con los niveles más bajos de aceptación.
¿Por qué ahora?
Factores detonantes

Hasta ahora en las regiones del sur y el oriente del país, la mayoría de la población se percibía como ucraniana, pero, al mismo tiempo, perteneciente a la “civilización rusa”. En el occidente del país esto no es así: hay una identidad nacional europea y eslava, donde se construye el nacionalismo ucraniano en oposición al ruso. Partiendo de aquí, en las regiones orientales se produjo un gran rechazo a todo lo ocurrido desde noviembre en Kiev, con el derrocamiento de Víc­tor Yanu­kóvich. Este hecho fue interpretado como una incapacidad del resto del país para tener un presidente que procediera del este [Yanukó­vich nació en Donetsk]. Al no otorgar legitimidad al nuevo gobierno, se produjo un vacío de poder.
En este contexto, en marzo de este año sobrevino la crisis de Crimea. La interpretación generalizada en el este del país es que hubo un acuerdo tácito: Crimea es para Rusia y el Gobierno de Kiev va a ejercer un control casi absoluto del Estado sin tener en cuenta a las regiones. Otro factor fue la absoluta falta de capacidad del Estado para hacer frente a la crisis en Crimea. Un último factor detonante es la salida de Crimea del censo electoral: sin los votos de Crimea, un candidato oriental, como podía ser Yanu­kóvich, está demográficamente inhabilitado para ganar unas elecciones. Se presentó un escenario de ahora o nunca. Esto ha acelerado el proceso separatista.
Una serie de errores del Go­bierno provisional también ayudó. Uno de ellos fue la firma acelerada del tratado de asociación con la Unión Europea o la exclusión en el Go­bierno provisional de las fuerzas políticas que representaban a las regiones orientales. De 20 ministros que hay en el Gobierno únicamente dos vienen del conjunto de las regiones surorientales, que representan a más de 20 millones de habitantes, de los 40 millones que tiene Ucrania. Otro error fue retirar el status de idioma oficial que tenía el ruso, aunque luego se restituyó cuando empezó la crisis de Crimea. Y, por supuesto, el protagonismo que ha tenido la ultraderecha, tanto en el Gobierno como en el propio movimiento de Euromaidan. El Gobierno provisional no sólo no les retiró el apoyo en su momento, sino que les ha dejado actuar con bastante manga ancha.
¿Qué viene luego?
¿Rusia se está expandiendo?

En estos momentos, Rusia no está apostando por mantener un proceso de expansión, sino, más bien, dejar claro que a partir de ahora, de este proceso de fortalecimiento que se ha producido en la última década, Rusia va a dejar de ser esa potencia que no podía decir ‘no’ en su ámbito de influencia. Y lo va a dejar claro con el discurso y también con las acciones. Con las acciones contundentes, que hasta ahora nos parecían monopolio de EE UU y sus aliados, como es la entrada de tropas y la ocupación militar, Rusia ya ha dejado muy claro que ella también lo va a hacer. No es lo mismo si Rusia lo tiene que hacer fuera de su tradicional zona de influencia, por ejemplo en Libia, donde no tiene capacidades para participar en unas operaciones en las que occidente se podría oponer, pero sí las tiene en su zona tradicional de influencia. 
Presencia de la ultraderecha en Euromaidan

Un grupo de organizaciones estudiantiles, sindicatos, de la sociedad civil de carácter más liberal, fue el que convocó la primera movilización contra la decisión de Yanukóvich de no firmar el acuerdo de asociación con la UE. En los dos primeros días de movilización no había neonazis ni grandes partidos parlamentarios en la plaza. A partir de ahí, los grandes partidos se unieron a la protesta y al final de esa primera semana se producen las primeras cargas importantes. Ahí es cuando entraron masivamente los colectivos ultraderechistas. Son colectivos marginales, pequeñas células, pero actuando todos juntos fueron muy efectivos controlando la plaza. El Sector de Derechas se convirtió en el ‘músculo’ del movimiento. Durante las primeras dos semanas, el Sector de Derechas se dedicó a atacar sistemáticamente a las organizaciones que ha­bían sido claves en la convocatoria y en las primeras jornadas del Euromaidan. En diciembre y enero sólo quedaban en la plaza los grandes partidos opositores y la ultraderecha.
 
¿Quiénes lideran las protestas en el este del país?

En Crimea, al margen de algunos colectivos locales, el propio Putin ha reconocido que eran soldados regulares del Ejército ruso los que ocuparon Sebastopol. Sin embargo, a día de hoy no hay una presencia masiva de tropas rusas en las regiones orientales de Ucrania. Al margen de algún tipo de asesoramiento, lo que sí hay son ciudadanos rusos que han ido a luchar y también grupos paramilitares de Crimea que ahora están luchando en Donestk, en Lugansk, Odessa, en distintas regiones... Los que empezaron las tomas de edificios institucionales eran grupos ultranacionalistas rusos; de hecho, algunos de ellos eran miembros de grupos neonazis, como Unidad Nacional Rusa. Pero luego se fueron sumando veteranos de la guerra de Afganistán, distintos activistas de distintas organizaciones que ya comprenden a distintas organizaciones políticas y sociales como el Partido Comunista y otras formaciones de raíz rusa con presencia local.
 
La posición de Estados Unidos en el conflicto

Estados Unidos ha tratado de ganar terreno en Europa. Quizá ha calculado mal cuál iba a ser la respuesta rusa y ha generado un problema en un momento de la Administración Obama en la que no pensaba dedicarle tanto tiempo a un conflicto en el Este de Europa. Ellos estaban pensando en dedicarse a afianzar su posición en Asia, intentar solidificar la posición de Japón, Corea del Sur, y los propios EE UU en Asia, una política de contención hacia China, que realmente es la gran potencia alternativa a EE UU en el siglo XXI, y no Rusia. ¿Qué ocurre? Que EE UU no tiene tanto que perder en un hipotético conflicto en el corazón de Europa. Las interdependencias que existen entre Rusia y la UE no existen con EE UU, el intercambio comercial es mucho más bajo, incluso a nivel financiero, y está muy lejos de sus fronteras. Esto se traduce en que la posición de EE UU y la OTAN tiende hacia una posición de sanciones más fuertes y agresivas que la línea de la UE.

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