sábado, 7 de diciembre de 2013

El legado de Mandela, Mbuye Kabunda


[Mbuye Kabunda es profesor en la Universidad Autónoma de Madrid]
Mandela era un patriarca, un conciliador que, sin rencor después de más de 27 años en la cárcel, miraba más hacia el futuro que hacia el pasado. Era el sabio africano, el símbolo de la libertad, la paz y la reconciliación y el modelo del futuro jefe de Estado en África.
Era sin lugar a dudas el personaje político más venerado del mundo, dotado con un excepcional encanto personal y político, indiferente hacia los bienes materiales y el dinero, poniendo por encima de todo la sinceridad y la humildad.
Cuidadoso de las apariencias o del poder de la imagen, aparecía en público con las llamadas “camisas Mandela” multicolores -en sustitución de sus elegantes trajes cruzados de raya diplomática de los que era aficionado antes de ser encarcelado- para transmitir una nueva imagen de liderazgo diferente de la occidental, pero sí africana y autóctona, al tiempo diferente de los déspotas africanos, dando públicamente pasos de baile si fuera necesario, y atendiendo siempre a los medios de comunicación.
Era una simbiosis perfecta de la educación tradicional y la moderna, impregnado con la filosofía africana del Ubuntu (la hermandad). Un hombre siempre cercano al pueblo. Era pura bondad.
El personaje
Nelson Rolihlahla Mandela, Madiba, nació el 18 de julio de 1918, en Qunu, en el Transkei. Era un hombre de casi un metro noventa de altura, delgado y atlético con un hermoso color caramelo, un moreno suave, dorado o canela, y amante del jogging.
Cursó derecho en la Universidad de Fort Hare, la única institución de enseñanza superior, en su época, a la que podrían acceder los negros en el África Austral. Es allí donde empezó a desarrollar sus actividades políticas y se puso en contacto con los miembros del Congreso Nacional Africano (ANC). Por esta razón fue expulsado de esta universidad en 1940, y se afincó en Johannesburgo, donde finalizó sus estudios por correspondencia en la universidad de Witwartersrand, consiguiendo el título de abogado. Poco después creó un bufete de abogados negros con sus incondicionales compañeros, Oliver Thambo y Walter Sisulu, los futuros dirigentes de la lucha contra el apartheid en Sudáfrica.
Ante la intensificación de la represión, y sobre todo a raíz de las matanzas perpetradas por la policía racista en Shaperville, el 21 de marzo de 1961, el ANC optó por la lucha armada y creó la rama militar, el Umkhonto We Sizwe, de la que Mandela fue nombrado comandante. Lo que condujo a su detención, en 1964, junto a sus compañeros, acusados de “terrorismo” y condenados en el llamado “juicio de Rivonia” a cadena perpetua en la cárcel de la isla de Robben y distintas cárceles de la región de El Cabo.
El legado sudafricano de Mandela
El fin de la Guerra Fría convirtió en obsoleta la excusa de la lucha contra el comunismo en la región por el Gobierno racista, para conseguir el apoyo occidental y mantener el sistema del apartheid. A ello es preciso añadir la derrota militar de las tropas sudafricanas de ocupación en el sur del Angola (la batalla de Cuito Cuanavale), en 1988, junto a las sanciones internacionales que debilitaron completamente la economía del país. Todos estos factores crearon las condiciones para las negociaciones entre el ANC y el Gobierno, con la consiguiente independencia de Namibia y la liberación de Mandela.
Liberado el 11 de febrero de 1990, a los 71 años, Mandela lideró el ANC en las negociaciones con el National Party (NP), el partido de Gobierno encabezado por Frederik Willem de Klerk, para poner fin al sistema del apartheid y para la democracia.
Elegido en abril de 1994 como primer presidente negro de la Sudáfrica democrática, Mandela destacó una vez más por su autoridad moral, apostando por la reconciliación entre las razas y los grupos étnicos, cuando todo el mundo presagiaba la guerra civil o la yugoslavización del país, mediante la Comisión Verdad y Reconciliación (TRC), para aclarar los crímenes del apartheid e instaurar la cultura del perdón entre las víctimas y sus verdugos, de ambos bandos.
Llevó a cabo una política económica liberal, haciendo caso omiso de las presiones de sus aliados del Partido Comunista y del ala anti-liberal del ANC, cediendo sólo en las políticas de discriminación positiva y de empoderamiento de los empresarios negros (GEAR), siendo el objetivo reducir las desigualdades raciales y sociales heredadas del apartheid.
Se le recordará también por su firme compromiso en la lucha contra el VIH/sida, sobre todo después de las polémicas afirmaciones de su sucesor, Thabo Mbeki, -que consideraba los antirretrovirales igual peligrosos que el propio sida, en un país con 5 millones de seropositivos en 2005-, pidiendo la implicación del Estado en el apoyo a los enfermos de sida a los que se debería suministrar los fármacos antirretrovirales, y reconociendo públicamente la muerte de su hijo, Makgatho, en el mismo año, por esta enfermedad. De este modo, puso de manifiesto su apoyo a las personas más vulnerables y desfavorecidas, encabezando la lucha contra la pandemia.
La herencia de Mandela en la región
Cosa inédita en el continente, donde los gobiernos jacobinos defienden el carácter unitario y centralizado del Estado, Mandela aceptó la inclusión en la nueva Constitución sudafricana del derecho a la autodeterminación interna para los grupos que comparten cultura y lengua comunes, precisamente para no herir las susceptibilidades de los nacionalistas zulúes y afrikáners.
Demostró ser tolerante con las ideas y opiniones contrarias a las suyas y para respetar o representar los intereses de todos los grupos, mediante la incorporación de miembros de la oposición en su primer Gobierno de unión nacional (GNU), en particular al polémico líder del KwaZulu-Natal y del Inkhata Freedom Party (IFP), Mangosuthu Gatsha Buthelezi, y al último presidente del apartheid y del National Party (NP), Frederik Willem de Klerk, como símbolos de unidad y reconciliación, y para evitar la guerra civil.
En 1999, cuando todo estaba a su favor para repetir mandato, dejó voluntariamente el cargo a Thabo Mbeki, preparando de este modo su sucesión. Con ello dio una verdadera lección de democracia en un continente donde los altos mandatarios suelen aferrarse de una manera vitalicia al poder.
Se implicó personalmente en las negociaciones para la paz en la región de los Grandes Lagos, en particular en Burundi hasta 2001, así como en las negociaciones en el Outeniqua, en 1997, entre Mobutu y Kabila en la República Democrática del Congo, para evitar el baño de sangre en Kinshasa.
No quiso separar el destino de la Sudáfrica democrática con él de los demás países africanos, considerando Sudáfrica como un país africano que debe asumir un papel importante en el desarrollo económico del continente. Consideró que era de interés para Sudáfrica que haya crecimiento y desarrollo para el resto de África, y que Sudáfrica no podría desarrollarse al margen del resto del continente. En su primera participación en la cumbre de la OUA, en junio de 1994, en Túnez, manifestó: “Hoy, África es totalmente libre. Libre del poder de las minorías extranjeras y de las minorías blancas (…). África aspira a renacer de nuevo”.
Fue el único dirigente africano en protestar, en noviembre de 1995, contra el fusilamiento de los activistas ecologistas ogoníes por el régimen del general Sani Abacha en Nigeria, entre ellos el escritor Ken Saro-Wiwa.
Su desacierto fue la equivocada interpretación del conflicto de Ruanda (en términos de hutus contra tutsis), a raíz del genocidio de 1994 y en el momento que acababa de asumir el poder, y la consiguiente venta de armas al Gobierno del Frente Patriótico Ruandés (FPR), para defenderse, según él, de los ataques procedentes de los campos de refugiados hutus de la parte oriental de la RDC, posicionándose al lado de los tutsis y echando leña al fuego. A ello es preciso añadir la venta de armas al régimen militar argelino, en febrero de 1998, y al régimen islamista de Jartum. Lo que contradecía las soluciones políticas y diplomáticas, por las que apostaba, en la resolución de los conflictos africanos.
El legado internacional
Se dedicó a la moralización de las relaciones internacionales condenando los bombardeos de la OTAN contra Serbia, posicionándose contra la producción de minas antipersonas, y aprovechando su experiencia en la aplicación de los acuerdos de paz, ofreció su mediación en la resolución de conflictos en el mundo, como en Irlanda o en el conflicto árabe-israelí, y convenció a Gadafi para que entregara al Secretario General de la ONU a los dos sospechosos libios de los atentados de Lockerbie.
En los foros internacionales y en sus múltiples viajes por el mundo, no dudó en subrayar en defensa de África, que “más que ayuda, lo que sí necesita África es justicia”, poniendo de manifiesto su adhesión total a los valores de justicia y contra la arbitrariedad.
En un mundo unipolar post Guerra Fría, mostró una clara independencia en la política exterior de Sudáfrica, visitando a Fidel Castro y a Muamar El Gadafi, en agradecimiento a su apoyo a la lucha contra el apartheid, desafiando a las potencias occidentales hostiles a estos líderes internacionalmente aislados, y manifestó su disconformidad con la política de ataque preventivo de George Bush, junto a la adhesión al Movimiento de los Países No Alineados.
Las potencias occidentales le recriminaron la supuesta contradicción entre la adhesión a los derechos humanos y a los principios morales, y la colaboración con los regímenes considerados por ellas como “antidemocráticos”. Sin embargo, Obama dijo de él que era su modelo, y seguirá teniendo influencia en el mundo durante siglos.
Conclusión
La gran frustración de Mandela fue el no acabar con el apartheid económico en su país. Es decir, la segunda liberación, la socioeconómica, se reveló ser más difícil que la primera, la política, fundamentalmente por haber heredado una situación económica difícil y de desigualdades estructurales y su adhesión a las leyes del mercado sacrificando los aspectos de justicia social. Su gran mérito es haber liberado a los negros de la esclavitud y frustraciones y a los blancos de sus temores. Sin embargo, la reconciliación nacional no se acompañó de la justicia social para las víctimas del apartheid.
En este contexto, es preciso recordar las críticas de Winnie Madikizela Mandela, al Gobierno presidido por su exmarido y del que ella formó parte: le recriminó ser permisivo con respecto a los intereses de la minoría blanca, en lugar de erradicar las desigualdades del apartheid. En su opinión, se había concluido “un pacto del infierno entre las élites de los oprimidos y la de los opresores”. Al apartheid racial le había sucedido el apartheid económico y social, con la emergencia de una nueva burguesía negra que se había apartado de sus bases.
En definitiva, la gran herencia de Mandela es haber conseguido la democracia constitucional y la armonía racial y la reconciliación entre los grupos étnicos (the rainbow nation o la nación arco iris), con pocos avances en las políticas socioeconómicas. Es decir, sacrificando, para conseguir aquellos objetivos, sus principios socialistas a favor de lo positivo y lo constructivo.
Sus sucesores, Thabo Mbeki y Jacob Zuma, a pesar de conseguir importantes resultados macroeconómicos, no parecen servir a los más pobres por el conformismo económico y la falta de ambiciones de justicia social, debidos al contexto internacional y por privilegiar la unidad del país.

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