viernes, 15 de noviembre de 2013

Nueva película de Claude Lanzmann


Como si no quisiera que su eco se diluya en el presente, y que deje de recordarnos la gran ignominia del siglo XX, Claude Lanzmann ha regresado a 'Shoah', el gran monumento fílmico en torno al Holocausto nazi. El cineasta francés presenta en el Festival de Cine Europeo de Sevilla, que arranca hoy, 'Le Dernier des injustes', centrado en la controvertida figura de Benjamin Murmelstein, un rabino colaboracionista.

No es probable, y desde luego no es deseable, que el eco de Shoah pueda llegar a extinguirse alguna vez. Aquel resonante monumento fílmico en torno al Holocausto nazi (casi diez horas de irremplazables testimonios personales a cargo de víctimas y verdugos, supervivientes y testigos, historiadores y expertos) sigue martilleando en nuestras cabezas cada vez que evocamos la barbarie de ese ignominioso episodio histórico, cuya memoria resucita en sus imágenes con una fuerza tal que pone en cuestión, incluso, “nuestra visión de lo real, nuestra idea de lo que debe ser el mundo, la cultura, la Historia, nuestra propia vida...”, para decirlo con palabras de la prestigiosa historiadora y crítica literaria Shoshana Felman.

Ninguna otra película y ningún otro libro (por una vez podemos permitirnos ser así de categóricos) alberga en su interior semejante amplitud de perspectivas y tanta hondura en su evocación del genocidio hitleriano. Su autor, Claude Lanzmann, un viejo combatiente de la Resistencia francesa contra los nazis, amigo y estrecho colaborador de Jean-Paul Sartre y actual director, desde 1995, de la histórica revista fundada por aquél (Les Temps modernes), reunió pacientemente, desde el verano de 1974 y durante más de diez años, un impresionante cúmulo de testimonios que, tras un complejo proceso de selección, organización y montaje, dieron lugar, en 1985, a esa elaboradísima obra cinematográfica titulada Shoah. Pero no todo lo filmado entonces, ni todo lo encontrado, tuvo cabida en aquel gigantesco filme.

De hecho, el propio Lanzmann se encarga, periódicamente, de mantener viva la llama prendida por Shoah, como si acaso temiera la posibilidad, atroz, de que la memoria histórica atesorada y activada por su película pudiera diluirse entre las nuevas generaciones que no son contemporáneas de su estreno. Y por eso trabaja, una y otra vez, para rescatar materiales procedentes de su ingente investigación. Así surgieron, primero, Un vivant qui passe (1997), una larga entrevista -filmada en 1979- con Maurice Rossel, delegado de la Cruz Roja en Berlín que pudo visitar el campo de Auschwitz en 1943; y después, Sobibor, 14 Octobre 1943, 16 heures (2001), entrevista con Yehuda Lerner, superviviente de la única revuelta exitosa organizada por los prisioneros judíos contra sus guardianes dentro de un campo de exterminio.

El último de los injustos

Y ahora, trabajando de nuevo con materiales filmados entonces, ha compuesto Le Dernier des injustes (2013), organizada alrededor de una larga entrevista con Benjamin Murmelstein, el último presidente del Consejo Judío del gueto de Terezin (Checoslovaquia) y, a su vez, el único de ellos que sobrevivió a la masacre: literalmente, “el último de los injustos”, como él mismo se califica con extraña ironía. El incisivo bisturí de Lanzmann se adentra así en un tema tan sensible como es el retrato de un rabino que se vio obligado a trabajar con el nazi Adolf Eichmann en la gestión de Terezin (un gueto construido para albergar a 7.000 soldados, pero que llegó a albergar a 50.000 judíos), que fue procesado en su día por colaboración con el enemigo, encerrado en prisión durante dieciocho meses y, finalmente, absuelto de todos los cargos.

Acusado por algunos, pese a todo, de traidor a los suyos, Murmelstein nunca se ha atrevido a poner el pie en Israel por miedo a ser procesado otra vez. Se trata, pues, de una figura controvertida, un hombre que se pone en escena a sí mismo y que, a la vez, es observado por el cineasta con penetrante y analítica mirada de entomólogo en este nuevo filme que se adentra en las complejas contradicciones de aquellas circunstancias (sujetas todavía hoy a múltiples controversias historiográficas y éticas) y que el propio Claude Lanzmann viene a presentar, por primera vez en España, el próximo 15 de noviembre, a competición en la sección oficial del Festival de Cine Europeo de Sevilla.

Son tres horas y cuarenta minutos de apasionante diálogo entre Murmelstein y Lanzmann, un interrogatorio completo, exhaustivo y crítico, que aborda numerosos ángulos polémicos de la biografía y del comportamiento del rabino. La conversación (filmada en Roma en 1975) sirve de andamio para aglutinar los nuevos materiales rodados ahora por el realizador en Terezin, en Viena, Israel y Polonia, pero también unas imágenes de choque, tomadas de un documental alemán de propaganda sobre aquel supuesto gueto “modelo”, bajo las que, intencionadamente, el cineasta inserta un rótulo: “mise en escène nazie”. Imágenes, por tanto, nada inocentes, que Lanzmann objetiva y relaciona con el testimonio de Murmelstein para adentrarse, de nuevo, en los misterios que persisten sobre la actitud de algunos judíos durante el genocidio del que fueron víctimas cuando la locura asesina del nazismo puso en marcha “la solución final”.

Con todo, la película -igual que sucedía en Shoah- opta por centrarse en el rostro del entrevistado y en el presente de los escenarios evocados, filmados ahora para la ocasión. Se elude así, con plena conciencia, la representación visual de lo verdaderamente “irrepresentable”; es decir, todo el horror y toda la ignominia en la que se vieron envueltos cuantos judíos tuvieron que trabajar, como mano de obra esclava o como dirigentes de su propia comunidad (como en este caso), para que los nazis pudieran organizar, sistemáticamente, el exterminio de sus compañeros en las cámaras de gas. Pero aquí el diálogo coloca a Murmelstein en la incómoda posición de sentirse no solo cuestionado, sino también acusado de avidez por el poder y de hipotéticos intereses personales en su “colaboración” como intermediario con las autoridades nazis y en su determinación de no escapar a Inglaterra cuando pudo hacerlo.

Lanzmann, que no se oculta bajo una engañosa o supuestamente neutra voz en off, que también se pone en escena a sí mismo y que ofrece así al espectador un nuevo elemento de juicio, dice en sus entrevistas que él, personalmente, está convencido de la inocencia de Murmelstein y del importante papel que jugó para salvar la vida de miles de judíos, pero lo cierto es que su película -otra decisiva exploración de las múltiples ambigüedades que rodearon a quienes sobrevivieron al Holocausto nazi- deja plena libertad a los espectadores para formarse, en un sentido o en otro, el juicio que crean más verosímil sobre la esquiva personalidad de su protagonista. Estamos así ante una nueva lección de Historia, ante un documento fílmico verdaderamente imprescindible. 

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