jueves, 17 de octubre de 2013

Heidegger o de la razón embozada


Un filósofo, casi siempre, es interesante de leer. Escribir sobre uno, considero que no es tarea fácil. Con Martin Heidegger no es la excepción. Desde luego que redactar algo sobre él, creador de un estilo de pensar y de un lenguaje casi propios, se vuelve aún más difícil, por eso sólo bosquejaré su posible relación con el nazismo y algunas críticas al respecto.

Después de la aparición de Ser y tiempo (1927), el prestigio del filósofo alemán en el mundo académico era ya muy grande. Heidegger ingresó al Partido Nacionalsocialista, el 1 de mayo de 1933; apenas diez días antes, Heidegger se había convertido en rector de la Universidad de Friburgo, donde sucedió a su maestro, Edmund Husserl. En el discurso que el nuevo rector dirigió a los estudiantes de Friburgo en el semestre de invierno de 1933-1934 les hizo un llamado pidiéndoles:

Que las reglas de vuestro ser no sean dogmas ni ‘ideas’. El propio Führer, y sólo él, es la realidad alemana presente y futura y su ley. Aprended a saber cada vez con mayor profundidad: a partir de ahora cada cosa exige decisión y cada acto responsabilidad. Heil Hitler.

La idea, al parecer, era que desde ese cargo, Heidegger pusiera en práctica la política del régimen nazi al interior de la academia, además de servir como promotor nazi de la universidad alemana. Por ejemplo, Heidegger participó en uno de los actos académicos más politizados a favor del Führer: la Manifestación de la Ciencia Alemana en Leipzig en noviembre de 1933, organizado por la Asociación de Profesores Nacionalsocialistas de Sajonia. A tal congreso de los “científicos alemanes” más reputados, en apoyo a un plebiscito de Hitler para el 12 de noviembre, se dieron cita rectores de diversas universidades alemanas como la de la Berlín, Gotinga, Hamburgo y por supuesto, Friburgo. En el discurso pronunciado por Heidegger, el ahora denominado “Llamada a los hombres cultos del mundo”, reiteró la idea de que Hitler era ley para Alemania y que el pueblo debía ser guiado por el proyecto de Estado del Führer. En general, durante su breve rectorado, el filósofo alemán realizó más de veinte discursos y conferencias donde, parece ser, puso su pensamiento al servicio de la consolidación del estado nacionalsocialista. Pero no hizo sólo eso.

Günther Anders, intelectual polaco, poseía una postal de propaganda nazi donde podía verse al rector Heidegger desfilar con el uniforme pardo a la cabeza de las SA de la ciudad. Es más, el autor de Introducción a la metafísica daba sus cursos con la camisa parda y consignó que los estudiantes saludaran con un ¡Heil Hitler! Ahora bien, por unos desacuerdos con el alcance de su obra, Heidegger dimitió de su cargo de rector en 1934; sin embargo, Heidegger mantuvo su afiliación hasta el final de la guerra. ¿Revisó, para arrepentirse de ello, su conducta de los dos años anteriores? Tal vez. Esto es justo lo que a continuación discutiremos, pero cabe señalar que hasta 1945 siguió ostentando la cruz gamada y pagando su cuota de militante al partido nacionalsocialista.

Años después, muchos, Heidegger parece que tomó un poco de conciencia de lo que había hecho y llegó a decir que su paso por el rectorado había sido “una gran idiotez” y que Hitler y su grupo era una “pandilla de criminales”; además, señalando su aspecto técnico e instrumental, tildó de “inhumano” al régimen nazi. Ahora bien, no lo hizo público, no lo propagó en los periódicos o medios de divulgación comunes. Eso es lo que llama la atención. ¿Lo hizo de manera filosófica? Habría que ver, la claridad “tradicional” no era lo suyo. Pero pongamos un poco en contexto lo que pasó.

Una propensión hacia sentimientos racistas y nacionalistas, antes y después de la guerra de 1914, era moneda corriente en Alemania. Eso podría explicar en parte la disposición heideggeriana para admirar a al Führer. Probablemente creía, como muchos otros, que Hitler restauraría la dignidad del pueblo y el Estado alemanes “perdidos” con el Tratado de Versalles. Quizás Heidegger deseaba formar parte de este nuevo destino de la nación germana. Sumado a este nacionalismo, pudo derivarse cierto racismo hacia los judíos, pues para muchos eran vistos como un pueblo no ario, con una religión distinta y que no buscaban la cohesión nacional. Uno podría pensar entonces que Heidegger no era un nazi virulento, o como dijo Víctor Farías, “Heidegger no era un nazi biologicista pero sí era un nazi del espíritu”, ya que el filósofo alemán no suscribió un sistema general de discriminación, sino que ese concepto es, más bien presente en su filosofía y en la base misma de su pensamiento. De esta manera, le daríamos la razón a Lyotard, cuando consideró que establecer con certeza la distinción entre textos “filosóficos” y “políticos” de Heidegger es muy difícil.

Ahora bien, el crimen del autor de ¿Qué significa pensar? no reside en ser victimario directo o ejecutante de los judíos o de cualquier otro grupo vulnerado, sino en su silencio frente a las barbaridades del nacionalsocialismo, frente a los homicidios y al exterminio; silencio que prolongó hasta más allá del final de la guerra. Ese es el escándalo: ¿cómo la mente de uno de los filósofos más influyentes del siglo pasado pudo tolerar todo eso? No obstante, su llamado “error” o “desliz” corregido con su renuncia, a muchos les sabe a poco, más aún sabiendo que el nazismo (y el colaboracionismo) de Heidegger estaba profundamente arraigado en él, como muestran distintos investigadores.

Karl Jaspers, antiguo alumno suyo, se sorprendía de que Heidegger alabara la potencia escénica de Hitler representada en sus gestos y sus discursos. Hannah Arendt, anterior amante suya, consideraba que los pensadores acogidos bajo la protección de Hitler, pensemos quizás en Alfred Baeumler y Hans Heyse, eludieron “la realidad de los sótanos de la Gestapo y las cavernas de tortura de los campos de concentración”, por una “deformación profesional”. Según Emmanuel Faye, filósofo francés, nuevas investigaciones comprueban hasta qué punto Heidegger puso a la filosofía al servicio de la legitimación y de la difusión de los fundamentos del nazismo, y “lejos de hacer progresar el pensamiento, Heidegger contribuyó a ocultar el contenido profundamente destructivo de la empresa hitleriana, ensalzando su grandeza” (Faye, Emmanuel, Heidegger. La introducción del nazismo en la filosofía, 2009).

Por nuestra parte, repensemos un poco nuestras ideas. En primer lugar, la idea de que la filosofía heideggeriana sea completamente nazi es una conclusión que se antoja poco rigurosa y acomodaticia, pues excede los límites de la hermenéutica. Suena más a un prejuicio que a un juicio concienzudo, pero habrá que seguir esperando la respuesta de los exégetas. En segundo lugar, hay que señalar que el rectorado de Heidegger coincide con los primeros años del régimen nacionalsocialista, mismos años en que el incremento de la población hacia el nazismo aumentó hasta alcanzar casi el cincuenta por ciento de simpatía en 1933, el filósofo no sería desde luego el único simpatizante (sé que este no es un argumento fuerte, pero como dije, sólo era una leve matización). En tercer lugar, nos causa más que ruido que alguien con la una gran inteligencia y cultura como el filósofo alemán, pudiera estar rodeado de una de las peores aberraciones ideológicas y políticas. Pero esto hay que verlo tal vez con un poco de perspectiva. Si rastreamos en la historia de la filosofía, nos daremos cuenta que grandes filósofos tuvieron un lado quizás no tan amable para nuestra sensibilidad actual. Como muestra, Platón. Él colaboró con gobiernos que hoy diríamos violan muchos de los derechos humanos actuales; recordemos que él mismo buscó instalar su propio gobierno “monárquico” y persiguió a otras formas de pensar, como la de Demócrito, ¡Y Platón nunca se disculpó por ello! Es más, hizo apología de la situación. A esto hay que sumarle el que, por ejemplo, Aristóteles haya tenido esclavos a su servicio, aunque los dejó libres al morir él. Lo queramos o no, no existe ningún tipo de relación necesaria entre el poseer un gran intelecto y los buenos sentimientos o la nobleza de las acciones. Como dijo Isidoro Reguera: “Por suerte o por desgracia, se puede ser un canalla y un gran pensador. Son dos categorías de universos distintos.”

Que si lo político en Heidegger nunca aparece de forma completamente explícita es cierto, pues gracias a la selva negra de su terminología metafísica y a su sospechosa personalidad, el filósofo alemán quedó suspendido entre nuestra duda e incertidumbre. Murió sin haber dicho lo que, a juicio de muchos habría debido decir. Todo eso lo salvó de mayor castigo y hasta le ayudó a convertirse en la figura que, para bien o para mal, es hoy.

Considero que, moralmente hablando, no debe de apreciarse de un pensador sólo su gran racionalidad, sino también la honestidad y buena voluntad de sus principios. Sucede que en algunos casos la razón, y con ella hasta la filosofía, queda embozada por ideologías alienantes, como en el caso de Heidegger. De él podemos decir que actúo en consecuencia con lo que pensaba, pero tanto uno como el otro son muy cuestionables. ¿Pero por qué podemos cuestionarlas? Pues porque están próximas a nosotros, y nuestros juicios y categorías pueden aplicársele casi en su totalidad. Quizás si estuviera más alejado de nuestras consideraciones morales actuales, habría cierto impedimento. Con esto no intento justificar crímenes del pasado, ni hablar de determinismos de épocas ya andadas, sólo deseo recordar que nuestras condiciones de posibilidad históricas son diferentes de las del pasado. Como me dijo un amigo, en estos tiempos, tildar a Platón de esclavista es casi como juzgar a los primeros Sapiens por no ser veganos.

Finalmente, quiero acabar esto con un recuerdo. En algún seminario en la universidad le pregunté a un profesor, doctor en filosofía por una universidad berlinesa, quien hizo su tesis doctoral precisamente sobre este autor, sobre si él estaba de acuerdo en dividir la investigación filosófica de Heidegger en dos períodos importantes (un poco como la idea de un primer Wittgenstein y uno segundo). Su respuesta, espontánea y natural, la recuerdo perfectamente: “¡Heidegger fue el mismo perro nazi de siempre!”. Concuerdo con mi exprofesor en una cosa: que el autor de Ser y tiempo haya practicado un “nazismo privado”, no deja de hacerlo un nazi como tal. Pero lo de perro, ¿qué culpa tiene el pobre animal? Fuente: www.revistaesnob.com 

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