miércoles, 18 de septiembre de 2013

¿Por qué los alemanes? ¿Por qué los judíos?


Piedra de toque del optimismo humanista, la monstruosidad que conocemos con el nombre de Holocausto desafía insistentemente la capacidad explicativa de las disciplinas abocadas al conocimiento del hombre, suscitando tal variedad de teorías acerca de su origen y naturaleza que a veces parece haber más confusión que claridad en torno a la cuestión. Acaso haga falta una dosis de sentido común; puede que resulte útil volver a las observaciones iniciales. Acaso gran parte de la respuesta al problema del sentimiento antijudío alemán, subyacente en la génesis del Holocausto, se halle delante de nuestras narices, si por esto entendemos atender al común acervo de intuiciones y percepciones en torno a lo humano. Lo cierto es que no desbarraban ciertos contemporáneos de Hitler cuando atribuían la palabrería racial, la furia nacionalista y la vocinglería antisemita a un sentimiento tan vulgar como la envidia: envidia miserable ante el éxito ajeno, y su complemento, la inseguridad del envidioso que, corroído por las dudas acerca de sí mismo, compensa su debilidad apelando a la solidaridad grupal y disimula su vulnerabilidad bajo un disfraz de ruidosa arrogancia. Algunos observadores dejaron constancia de lo que percibían tras el ascenso del nazismo en términos más o menos formales, siempre familiares: “sentimiento de inferioridad” (Theodor Heuss, politólogo); “complejo de postergación”, “válvula de seguridad mental de un sentimiento de inferioridad social” (Hendrik de Man, sicólogo social); “sentimiento de inferioridad social como nación”, “desagüe de debilidad, necedad y sinrazón” que satisfacía la necesidad de “sentirse mejor, un poco más fuertes” (Thomas Mann, escritor).
En su libro ¿Por qué los alemanes? ¿Por qué los judíos?, el historiador y cientista político Götz Aly (Heidelberg, 1947) rastrea las raíces del antisemitismo alemán como condición de posibilidad del Holocausto, para lo cual somete a escrutinio una amplia variedad de fuentes primarias datadas a lo largo del siglo XIX y comienzos del siglo XX. El autor analiza documentos que van desde diarios personales y panfletos hasta artículos periodísticos y actas parlamentarias, incluyendo el archivo de su propia familia (uno de los tatarabuelos de Aly fue un activo agitador antisemita, y su abuelo materno militó en el partido nazi).  Autor también del libro La utopía nazi(Crítica, 2006), Götz Aly arguye que la cambiante Alemania del siglo XIX –antes y después de la unificación- fue algo parecido a una tierra de promisión para los judíos, muchos de ellos recién llegados del este. Circunstancias como  una gradual emancipación, la relativa equiparación de derechos y la transición de una economía agraria a una industrial favorecieron a los judíos, urbanitas por excelencia dotados además de una base educacional superior a la de los campesinos cristianos emigrados a la ciudad, quienes padecían más dificultades para adaptarse al ritmo de la vida urbana y a las exigencias de la economía capitalista. No fueron los judíos los gestores iniciales del progreso y la modernidad –económica, jurídica y cultural-, pero sí fueron sus entusiastas agentes.
La característica voluntad judía de formación derivaba no sólo del afán de prosperar sino de un imperativo religioso, y en la Alemania decimonónica los índices de escolarización de los jóvenes judíos eran incomparablemente superiores a los de sus pares cristianos. Impedidos de acceder a la carrera militar y frecuentemente discriminados en el funcionariado, la única vía segura que tenían los judíos para ascender era la educación, oportunidad que aprovecharon de modo diligente. El censo de Berlín de 1867 muestra que los judíos eran apenas el 4% de la población de la ciudad, pero constituían el 30% de las familias que contrataban personal educativo para sus hijos. Los informes del sistema educacional muestran que los estudiantes judíos solían tener mejores calificaciones que los no judíos, quienes sólo los adelantaban en asignaturas como caligrafía y gimnasia. La medicina, la abogacía y la iniciativa empresarial contaron con un creciente contingente de origen judío. En 1907, la proporción de trabajadores independientes en la población urbana muestra diferencias significativas según adscripción religiosa: el 37% de los judíos activos trabajaban por cuenta propia, mientras que sólo lo hacía el 4.7% los protestantes activos y el 3% de los católicos. En cambio, la proporción de asalariados sin estudios de origen judío era mínima. A principios del siglo XX, el promedio de ingreso de los judíos multiplicaba varias veces el de los no judíos. En palabras de Aly, «los judíos se subieron en masa al tren del futuro y se convirtieron en pioneros de la novedad».
Bastante decidor es que el propio discurso antisemita alemán ventilase la imagen caricaturesca del alemán típico como un sujeto palurdo, indolente y borreguil, situado por ende en condiciones desventajosas frente a los avispados judíos.  El arquetipo del judío era el de un individuo de inteligencia vivaz y “demasiado” independiente, “escandalosamente” ávido de aprender y “deplorablemente” inclinado a la educación superior y  las innovaciones que ofrecía la época. Emponzoñado por la envidia y un complejo de inferioridad, el antisemitismo llegó al extremo de difamar la superioridad intelectual y el deseo de educarse y prosperar. Un notorio antisemita del siglo XIX identificó el judaísmo con el progreso, reivindicando el retorno a las tradiciones como único modo de liberarse del presunto “yugo judío”; expresión de una mentalidad reaccionaria e inmovilista, semejante voluntad de “apartarse del progreso” (sic) era la receta segura para el fracaso. El antisemitismo encontró un público receptivo entre los socialmente descontentos, deseosos de hallar un desahogo a su frustración. El ansia de compensación transformó los defectos en virtudes. A la abulia y la falta de curiosidad intelectual se las hizo pasar por honradez y rectitud de carácter; la falta de luces se erigió en melancolía y la ignorancia en introspección. La carencia de conocimientos fue suplida con la estridencia de las convicciones, artículos de fe de la peor especie: precisamente, los que alimentaron la arrogancia racial. La mellada autoestima encontró un puntal espurio en la seudo ciencia racial y en las patrañas biopolíticas que ampararon la calumnia de las minorías, en particular de aquella que ha servido de eterno chivo expiatorio. A partir de entonces, el alemán no judío inculto y en situación de inferioridad socioeconómica se sintió autorizado a despreciar al intelectual judío y al judío próspero: éstos seguían siendo judíos, mientras que él era todo un alemán. La conversión no cambiaba nada, no aproximaba a la “genuina” germanidad; el judío converso seguía siendo un judío.
La pasión de la diferenciación y la segregación encontró terreno abonado en el modelo alemán de construcción de la comunidad nacional, crucial en un tiempo de fragmentación estatal. El nacionalismo alemán fue un nacionalismo étnico, no cívico, no articulado por principios de derechos ciudadanos y soberanía popular sino por fantasías relativas a la comunidad orgánica y la pureza de la sangre. En su ansia de unidad y cohesión interna, este nacionalismo sacrificó las libertades individuales y rechazó de plano los derechos universales del hombre, reforzando el contraste con un “otro” perturbador, presuntamente ajeno a la esencia colectiva y sin embargo incrustado en medio de la comunidad nacional. ¿Quién otro sino el judío? Por otro lado, el avance arrollador de la modernidad alteró los ritmos vitales y socavó las certezas tradicionales, exponiendo a los individuos a un profundo estado de inseguridad e inestabilidad. Los vínculos de raigambre ancestral se diluyeron; la dinámica capitalista impuso parámetros de sociabilidad que apuntaban más a la competencia que a la solidaridad. Lo que en tales condiciones prevalecía era la apetencia de seguridad en vez de un sincero aprecio de la autonomía personal, precipitándose una huida masiva hacia el colectivismo excluyente y el autoritarismo mesiánico. Aunque no de modo fatal, la historia alemana pavimentaba el camino hacia las atrocidades del nazismo. «Los desarraigados –sentencia Aly- buscaban raíces y la encontraron en la ficción de la raza. Los dispersos buscaban unidad y la encontraron en la ficción del pueblo. Buscaban a alguien que guiara al pueblo y lo encontraron en el espejismo de un  Führer».
Es conocido el histórico déficit libertario y democrático de la Alemania pretérita, en la que el colectivismo, el sometimiento obsecuente a la autoridad y el desprecio del liberalismo llegaron a considerarse patrimonio de la identidad nacional: una situación que tuvo eco en la mentalidad de la soldadesca partícipe de la Segunda Guerra Mundial, captada por los alemanes S. Neitzel y H. Welter en su libro Soldados del Tercer Reich. «Nuestro concepto de la libertad es distinto al de los ingleses y los estadounidenses –afirmó un teniente de marina-. Me siento muy orgulloso de ser alemán; no echo de menos su libertad. La libertad alemana es la libertad interior, la independencia frente a todo lo material. Supone prestar servicios a la patria» (ob. cit., p. 41). Thomas Mann formuló la cuestión en términos críticos: «El concepto alemán de libertad siempre ha sido un concepto externo al individuo; se ha referido al derecho de ser alemán, sólo alemán, y nada más». Expresión de “egoísmo nacional de raza” y de “vasallaje militante” (Mann dixit), semejante ideal constituía una forma alambicada de claudicación personal y de servidumbre voluntaria. Aly no vacila en enfatizar la importancia de este factor: «Quien no quiera referirse a la larga y funesta tradición de un antiliberalismo alemán empedernido y vigente hasta nuestros días, mejor no debería hablar de los excesos étnico-colectivistas del nacionalsocialismo».
El nazismo obtuvo provecho de una mecánica exculpatoria que fomentaron las teorías raciales en boga desde el siglo XIX.  Las frustraciones y el temor hacia lo diferente –sobre todo el judío, visto como un competidor aventajado en las circunstancias anómalas de la modernidad- tuvieron su válvula de escape en las quimeras sobre la superioridad de la raza germana. El ansia de desquite fue canalizada hacia los judíos, cobijándose la voluntad de exclusión en el prestigio de la ciencia racial; una falsa ciencia que disimuló el carácter pernicioso de la envidia y el resentimiento. En palabras de Aly, «la ciencia biopolítica sublimó el odio como conocimiento, la carencia como ventaja, y justificó la toma de medidas legales. Así, millones de alemanes pudieron delegar en el estado sus vergonzosas agresiones motivadas por sentimientos de inferioridad». ¿Postula Aly la existencia de un antisemitismo visceral y global como condición sine qua non del genocidio, a lo Goldhagen? No. Lo que postula es que las teorías de higiene racial medraron a impulso del sentimiento de inferioridad, echando los cimientos de una moral del recelo y la discriminación, cuando no del exterminio. Para la consumación de un hecho como el Holocausto bastaba con el antisemitismo radical de la clase dirigente, la complicidad activa de una minoría ideológicamente comprometida y el silencio aquiescente de una mayoría moralmente entumecida.
- Götz Aly: ¿Por qué los alemanes? ¿Por qué los judíos? Crítica, Barcelona, 2012. 334 pp.

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