jueves, 1 de agosto de 2013

¿Era una democracia la democracia griega?

Aunque quizá cualquiera de nosotros podríamos formularnos esa misma pregunta respecto a los regímenes que hoy nos gobiernan, no cabe duda de que resulta aún más pertinente en el caso de la democracia griega.
Como ya escribiera en su momento Vladimir Ilich Iulianov, más conocido por Lenin, tan sonoro apelativoocultaba un sistema de gobierno en el que la inmensa mayoría de la población se encontraba por completo excluida del proceso de toma de decisiones.
Tomemos como ejemplo a la más acabada de las democracias griegas, que pasaba por ser modelo de todas las demás: la Atenas del llamado Siglo de Pericles, durante la segunda mitad del siglo V a.C. En esta sociedad idealizada, en la que incluso los ciudadanos inválidos o indigentes reciben ayuda del Estado, y el pueblo, reunido en asamblea, se gobierna a sí mismo, sin intermediario alguno, son muy pocos los que, en realidad, pueden considerarse ciudadanos de pleno derecho.
Si tomamos como referente una población media de unas 500.000 personas a lo largo del siglo V a.C., un número muy elevado, en torno a los 300.000, eran esclavos. Estos, que, a diferencia de lo que luego sucedería en Roma, trabajaban en su mayoría para el Estado, carecían de derecho alguno, y no eran sino herramientas parlantes cuyos amos, ya se tratara del Estado, ya de un particular, podían tratarlos como un bien mueble más, algo que se compraba, se vendía o se entregaba como fianza, o incluso se enviaba a la guerra a luchar por una ciudad que en tan poca consideración le tenía.
Otro grupo numeroso, libre, pero igualmente apartado de la vida política de la ciudad, lo integraban los llamados metecos, esto es, los extranjeros a los que Atenas permitía generosamente vivir en su territorio, aunque no adquirir en él bienes inmuebles. Lo formaban unas 20.000 personas, casi por completo entregadas a las actividades económicas como el comercio, la artesanía, las finanzas o la construcción naval que interesaban poco a los atenienses, más inclinados al cultivo de la tierra. Pagaban impuestos, eso sí, y no dejaban de ser útiles para prestar a la ciudad servicio de armas, pero no formaban parte de la asamblea ni podían desempeñar cargos públicos, y sus derechos civiles eran también inferiores a los que disfrutaban los ciudadanos.
También estaban excluidas de la política las mujeres, quizá unas 50.000 o 60.000, que, además de encargarse de las actividades domésticas y asegurar a sus poco amorosos maridos —el matrimonio era un contrato, no una cuestión de sentimientos— descendientes legítimos que heredasen el patrimonio familiar, desempeñaban un papel activo en la vida religiosa de la polis, pero no en la política, que se consideraba monopolio de los atenienses varones.
Si restamos también del total a los menores de edad, que podían alcanzar una cifra de 100.000 o más, el total de atenienses que disfrutaban de plenitud de derechos políticos no superaba con toda probabilidad los40.000 individuos, todos ellos varones, libres y, desde los tiempos de Pericles, hijos de padre y madre oriundos de la propia ciudad.

¿Puede denominarse con propiedad democracia a una sociedad en la que, dejando de lado los menores de edad, sólo participaba en la toma de decisiones en torno a un diez por ciento de la población adulta?
Es cierto, no obstante, que esta participación superaba con creces aquella a la que en nuestros días estamos acostumbrados.
El ciudadano ateniense, fuera rico o pobre, que en nada afectaba eso a sus derechos políticos, tenía derecho a asistir a las sesiones de la Asamblea que votaba las leyes, e incluso cobraba por ello; podía tomar allí la palabra sin que nadie se lo impidiera, y, a la hora de tomar decisiones, emitía un voto que valía tanto como el de cualquier otro ciudadano, por rico que fuera.
Los cargos públicos, elegidos en su mayoría por sorteo, tampoco le estaban vedados, con excepción del generalato y la dirección de las finanzas públicas, que requerían, como es lógico, cierta cualificación, y tampoco se le exigía condición alguna para formar parte del Consejo de la ciudad, elegido por sorteo entre los ciudadanos, que preparaba las leyes sobre las que había de decidir la Asamblea.
Sin embargo, el sistema exhibía en su funcionamiento limitaciones manifiestas. Muchos ciudadanos eran demasiado pobres o en exceso ignorantes para participar con un cierto conocimiento de causa y una aceptable autonomía en la vida política de la ciudad. La ignorancia los convertía en presas fáciles de la manipulación; la pobreza, en víctimas del soborno.
La democracia directa, además, en contra de lo que pueda pensarse, allana el camino de los demagogos. Un buen orador, aunque sea un pésimo gestor, puede conquistar el poder sin más condición que halagar los instintos de las masas, y, al contrario, un mal retórico, por competente que resulte como administrador, nunca conquistará el aprecio del pueblo llano.
Y en esas circunstancias, la oclocracia, el gobierno de las masas, se convierte enseguida, y con gran facilidad, en la verdadera realidad que subyace tras la democracia asamblearia, y el gobierno de las masas, conviene recordarlo, no es sino la tiranía de quien las manipula... Fuente:  anatomiadelahistoria.com 

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