lunes, 8 de julio de 2013

La colectivización del cuerpo de la mujer en la URSS

La Mosca Zumbosca y la primera revolución sexual soviética
Entre 1918 y los años 20, varias propuestas soviéticas pedían colectivizar el sexo y las mujeres, con éxito desigual
Portada del cuento sobre una mosca que se casaba con su salvador, para escándalo de la moral revolucionaria
Tatiana Fedotova

Mosca, Mosca la Zumbosca, 
Mosca de carita tosca 
Al andar por el caminito 
Se encontró un dinerito. 
Fue la Mosca al bazar  
y compró un samovar: 
"Venid de visita, cucarachas, 
Yo con té os convidaré!" 
Las cucarachas a tropezones, 
Toman el té a borbotones. 
Y los bichitos de a tres vasitos 
Con leche azucarada 
Y pan con mermelada: 
Hoy la Mosca la Zumbosca 
¡está de fiesta!


Así empieza (en la traducción al español de la editorial moscovita “Ráduga”) el poema del clásico de literatura infantil soviética Korney I. Chukovski, un cuento rimado que vio la luz en 1924 bajo el nombre de “Las bodas de la Mosca”.
 
El título del cuento fue muy polémico y provocó, al igual que la misma historia, una lluvia de crítica y roces con la censura comunista. El tema polémico fue que la Mosca, rescatada por el valiente Mosquito del malvado asesino Arañón, accedió a casarse con su salvador. ¡Casarse! Actividad burguesa y sospechosa.

El autor del cuento escribió con ironía al jefe del Gublit (una organización bolchevique que regía a los literatos y editoriales) del aún entonces Petrogrado: “Objetan contra la palabraboda. Es una objeción muy seria. Pero, se lo aseguro, la Mosca, al desposarse, pasó por el Registro Civil” (y no por la Iglesia, quiere decir el autor).
 
Estos argumentos no valieron para los censores, que ordenaron cambiar el título por uno menos burgués. Desde  1927 y hasta hoy día, el cuento es conocido por millones de los niños rusohablantes como “La Mosca Zumbosca” ("Múja Tsokotúja").

La anécdota de la Mosca es sólo un botón de muestra de toda una época de hipersexualización de la sociedad “progresista” de su época.
 
La mosquita muerta retrógrada de Chukovski, con su burguesa manía matrimonial, no pintaba nada bien al lado de las abejas trabajadoras de los cuentos de Alexandra Kollontay, comisaria del pueblo (equivalente a ministra), activista de la Komintern y más tarde, embajadora en Suecia.
 
Esta mujer, noble y culta, era abanderada de una revolución paralela, la sexual y moral. Además de promover sus ideas en los comités femeninos de la URSS y en otros países a través de la Komintern, fue autora de novelas y relatos cortos, que precisamente en 1924 se editaron bajo el nombre de “Amor de las abejas obreras”. 
 
Las protagonistas de las obras de Kollontay, conquistando lo que antes era un coto vedado de los varones, dejan a sus maridos y amantes, a veces con hijos comunes, para buscar una nueva relación mientras dure, sea con su padrastro, sea con su jefe del comité bolchevique... Las ideas de Kollontay tenían bastante cabida en la sociedad, sobre todo en los anarquistas que por aquella época eran aliados de los bolcheviques.

Las ideas del feminismo y liberación de la mujer malinterpretadas encontraron su reflejo en otro caso particular que, aireado por la prensa, removió la opinión pública en varios países.

El anarquismo Jvátov: socializar el uso sexual de las hembras

En 1918, un tal Jvátov, anarquista y propietario de una tienda de retales, fue juzgado como autor y divulgador de un falso decreto de la Asociación Libre Anarquista “Sobre la socialización de las mujeres solteras y casadas de Rusia”.
 
El decreto pedía a las masas obreras realizar los 19 puntos del texto que, en particular, decían lo siguiente: “los mejores ejemplares del sexo débil están en manos de la burguesía, lo que obstruye una correcta perpetuación de la raza humana”. Por eso, a partir del 1 de mayo de 1918, todas las mujeres entre 17 y 32 años se enajenaban de propiedad privada y se proclamaban socializadas, o sea, propiedad del pueblo.
 
El decreto regía las normas y reglamento de utilización de “las unidades del patrimonio popular”. El reparto de las mujeres “anteriormente enajenadas” se realizaría por el comité moscovita de los anarquistas, al que, se suponía, pertenecía Jvátov.

Los varones tendrían derecho a utilizar a una mujer “no más de tres veces por semana durante tres horas”. Para ello debían mostrar un certificado expedido por un comité local, sindical o de obreros sobre su pertenencia a una “familia obrera”. El ex marido conservaría un acceso prioritario a su ex esposa. En caso de negarse, perdería el derecho a utilización de mujer. Cada “miembro obrero” deseoso de utilizar “unidad del patrimonio popular” pagaría un diezmo de su salario, y un varón no perteneciente a “familia obrera”, pagaría una cuota de 100 rublos mensuales. De este dinero se constituiría el “Fondo de la Generación del Pueblo” para ayudar a las mujeres nacionalizadas en cantidad de 232 rublos, subvencionar a las embarazadas, mantener a sus hijos que se educarían en orfanatos,“Pesebres del Pueblo” hasta sus 17 años y a mantener a las que perdieran su salud.

Durante el proceso se aclaró el hecho de que Jvátov ya había empezado a realizar su “decreto”, montando un lupanar obrero comunitario en Moscú. Durante el juicio, al oír los detalles sobre este invento progresista, los y las jóvenes presentes entre el público chillaban de éxtasis. Por el contrario, las mujeres casadas protestaban golpeando el suelo con palos traídos para tal fin, comentaba la prensa de la época.

El papel de la abogada de Jvátov lo interpretó la mismísima Alexandra Kollontay, que declaró el matrimonio y moral sexual “eructo del pasado burgués, que pasaría sin huella con el desarrollo del socialismo”. Por poco tuvo tiempo la ministra de dejar el escenario, en la sala del tribunal irrumpió una muchedumbre de mujeres casadas pobres que tiraron a los jueces, abogados y, por supuesto, a Jvátov, huevos y patatas podridas y algunos gatos muertos gritando: “¡Herodes, sacrílegos, gentes sin cruz!”.
 
Con toda urgencia se telefoneó a donde hacía falta para pedir refuerzos, y pronto vino un vehículo acorazado con marineros. La muchedumbre se difuminó, y Jvátov fue absuelto con la condición de entregar al Estado el dinero que cobraba a los usuarios de lupanar obrero que, por cierto, se rotulaba como “El Palacio del Amor”. Hay que decir que Jvátov no disfrutó de su libertad por mucho tiempo: sus colegas anarquistas le mataron aquella misma nocheen una acto de venganza y protesta justa “por el intento de meter su organización en líos”, según explicaba su proclamación editada a tal efecto.

Con el transcurso de los 20, la política bolchevique en las cuestiones sexuales cambió radicalmente. Ya no había discusiones en la prensa sobre problemas del sexo. De las calles metropolitanas desaparecieron chicas de ropa frívola. Cogerse de la mano en un lugar público era caso de recriminación y tener dos novias a la vez, pretexto paras expulsión de las Juventudes Comunistas. Relaciones prematrimoniales pasaron a la categoría de “influencia ponzoñosa del mundo capitalista”, e incluso el hecho de un divorcio oficialmente permitido ponía fin de carrera en el Partido.

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