lunes, 20 de mayo de 2013

Huir del Tíbet

Cientos de personas emprenden cada año un viaje plagado de vejaciones y riesgos para escapar del régimen chino

Basta con un vistazo a cualquier punto de Tíbet para imaginarse la odisea que supone escapar del 'techo del mundo'. No hacen falta fronteras ni batallones del Ejército para dificultar el paso, porque la propia naturaleza sirve de muralla casi infranqueable. El altiplano, con una altitud media de 4.000 metros, es un desierto en blanco y negro, una interminable explanada helada rota solo por rocas de tamaño descomunal. Sin duda, no es territorio para el ser humano, pero T. L. caminó durante más de un mes por estos inhóspitos parajes para abrazar su libertad en India. Y ha vivido para contarlo.
«Desde la adolescencia, mi sueño fue hacerme monja. Pero mi familia, nómada, no me lo permitió. Mi trabajo era imprescindible para que sobreviviéramos todos. Tuve una adolescencia muy dura, y la idea no se me quitó de la cabeza. Ya adulta, me refugié en un monasterio y decidí dedicarme a la religión. Pero entonces supe que, para ello, necesitaba obtener el permiso del Gobierno, aprender mandarín, y obedecer una serie de normas que van contra mi forma de entender el budismo y contra el Dalai Lama, a quien yo venero porque es la reencarnación de Buda. Pekín dice que somos libres de practicar nuestra religión, pero es mentira: tenemos que profesar las creencias que ellos dictan».
Entonces, alguien le habló del refugio que ofrece el Gobierno tibetano en el exilio, ubicado en la montañosa ciudad de Dharamsala, en el Estado indio de Himachal Pradesh. «Sabía que, si hacía el viaje sin documento alguno y a pie, posiblemente moriría. Pero tengo 45 años, no tengo dinero, soy analfabeta, y mi familia ya no cuenta. ¿Qué podía perder?». Antes de abandonar su tierra, peregrinó hasta el sagrado monte Kailash, y desde allí continuó caminando hacia el sur.
Con las botas de piel de oveja hechas jirones, y después de varios días sin comer, cruzó a Nepal, «pero no sabía dónde estaba». Consiguió que unos tibetanos pagaran su billete de autobús hasta Katmandú, donde la recibieron en el Centro de Acogida de Tibetanos. «Allí había mucha gente y descubrí que, al fin y al cabo, soy afortunada por no haber sufrido tortura».
En un grupo de refugiados, T. L. viajó hasta Dharamsala a mediados de enero. Y allí permanece, en el principal centro de acogida del Gobierno tibetano en el exilio, con una decena de mujeres más. El sueño de todas es olvidar la represión que han sufrido, formarse, y conseguir una audiencia con el Dalai Lama. Es fácil llevar a la práctica ese último deseo, pero los otros dos llevan mucho más tiempo. De hecho, es posible que S. N, X. T, y T. Z nunca olviden lo que sufrieron a manos de la Policía de China y de Nepal.
En celdas de aislamiento
«En el 2011 vinimos a Dharamsala porque queríamos hablar con el Dalai Lama. Todo fue bien hasta que tratamos de regresar a Tíbet. Los chinos nos detuvieron por cruzar ilegalmente, y estuvimos 20 días en la cárcel», recuerda una de ellas. No quiere dar más detalles, pero otra compañera toma el relevo del relato entre sollozos. «Primero nos descalzaron para que pasásemos frío, y luego terminaron desnudándonos por completo. Nos metieron en celdas de aislamiento en las que nos interrogaban día y noche. Querían nombres de gente a la que no conocíamos, activistas que ayudan a escapar a tibetanos a los que busca el Gobierno. No nos permitían dormir, ni hablar con nadie que no fuese policía. Tampoco nos quitaban las esposas ni los grilletes, y teníamos que hacer nuestras necesidades en el propio cubículo porque no nos permitían ir al baño. Para comer solo nos daban harina de trigo y té».
Pasados esos 20 días, y convencidos de que ellas no tenían nada que ver con movimiento de resistencia alguno, China devolvió a las mujeres a Nepal. Viajaban indocumentadas y no había forma de probar que son ciudadanas de la República Popular China, así que, de acuerdo con los tratados vigentes entre ambos países, las religiosas quedaron bajo la custodia de las fuerzas de seguridad nepalíes. «Estuvimos encerradas un mes en prisión, donde los guardas nos robaron todo el dinero que llevábamos». Una agencia de Naciones Unidas supo de su caso y consiguió sacarlas de la cárcel y llevarlas al centro de acogida. Desde allí, volvieron a Dharamsala, conscientes de que nunca regresarán a sus hogares.
El dormitorio, en el que se ha reunido una decena de personas para realizar este reportaje, queda en silencio. Es la primera vez que muchas de las refugiadas del centro escuchan la historia de estas tres monjas. Las lagrimas encuentran su cauce en las arrugas de algunas, otras esconden su rostro entre las manos. «Nadie quiere hablar con la prensa», reconoce Norbu La, director del centro de acogida. «Temen las represalias que el Gobierno de Pekín puede tomar contra sus familiares. Por eso, ninguna hace tampoco llamadas a Tíbet. Los teléfonos están pinchados, y los espías pueden delatar a cualquiera».
Las entrevistadas tampoco quieren aparecer en fotografías que permitan su reconocimiento. «Hemos sabido que China escruta las imágenes que se publican y que identifica a sus protagonistas para arremeter contra sus seres queridos. Sucedió con una de las refugiadas que salía entre los asistentes a un discurso que pronunció el Dalai Lama en Uttar Pradesh. Sus padres llevan casi dos años entre rejas, y las autoridades le aseguran que solo si regresa a Tíbet los dejarán en libertad».
Enseñanza de pago
A pesar de todo, Norbu La reconoce que la mayoría de quienes se refugian en Dharamsala no lo hace escapando de las fuerzas de seguridad del gigante asiático. «Quieren acceder a la educación que Pekín les niega. Quieren estudiar en tibetano y en inglés, no en mandarín. Y quieren estar junto al Dalai Lama, su guía espiritual». Esas son, exactamente, las razones por las que una madre ha cruzado ilegalmente a India con sus dos hijas, de 7 y 12 años. «Dicen que en China la educación es gratuita, pero en Tíbet tengo que pagar 9.000 yuanes (más de mil euros) al mes para que mis dos hijas reciban educación, y, aun así, no les enseñan tibetano. Es nuestra lengua, y quiero que sepan hablarla y escribirla. La mayoría en nuestro pueblo no va a la escuela porque no puede permitírselo. Para China eso es bueno porque los analfabetos y los pobres resultan mucho más fáciles de manipular a través de su propaganda. Lo cierto es que los tibetanos no son felices en Tíbet».
La oleada de inmolaciones, que suma ya 111 desde que en 2009 comenzó esta forma de protesta contra el régimen de Pekín, así lo certifica. Sin embargo, una pregunta sobre si consideran acertada esta vía crea un nuevo silencio en la habitación. Finalmente, una de las monjas habla: «Nos entristece muchísimo lo que está sucediendo y estamos muy preocupadas por quienes se prenden fuego y por sus familias. Pero entendemos que tomen esa decisión». Una compañera la manda callar con un empujón.
Después de las revueltas que incendiaron la capital de Tíbet, Lhasa, en marzo de 2008, la situación ha empeorado, dice Norbu La. «Después de aquello, recibimos una avalancha de refugiados, casi 3.000 personas al año. Antes llegaban a Dharamsala para estar un tiempo y regresar a Tíbet, pero luego se endurecieron los controles en la frontera, y comenzaron las torturas de quienes cruzaban ilegalmente. Ahora solo llegan unos 600 al año, que entran por Nepal y llegan a India con estatus de refugiados, y no tienen ninguna intención de volver». Fuente: La Rioja

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