lunes, 8 de abril de 2013

La era Thatcher

El resultado de la elección de 1974 en Gran Bretaña fue consecuencia, más que de una victoria de la oposición, de una derrota del Gobierno. Tan bruscos cambios en su pronunciamiento indicaban que el electorado quería decir algo pero los partidos no sabían bien qué. Wilson, que por vez primera nombró a dos ministras, dio la sensación, durante la campaña, de poder llegar a un acuerdo con los sindicatos prometiendo suscribir con ellos una especie de "contrato social". Esto, su habilidad y la división de los conservadores acerca de temas como el de Escocia le dieron fuerza para intentar ampliar su mayoría. El Parlamento apenas duró 184 días y por segunda vez en un siglo dos elecciones generales se produjeron en un mismo año.
En la elección de octubre de 1974, los laboristas ampliaron su ventaja: con un millón de votos más que los conservadores, los superaban en cuarenta y tres escaños; sobre ellos y los liberales sumados obtuvieron una ventaja de treinta. Los nacionalistas escoceses obtuvieron 13 escaños y los galeses quedaron con tres, mientras que los liberales parecían haber llegado ya a su máximo. El programa del Gobierno propuso crear parlamentos en País de Gales y en Escocia. Healey, el nuevo responsable de política económica, se enfrentó con el consabido y grave problema de la crisis de confianza en la libra.
Pero hubo también otras cuestiones muy debatidas. Wilson había prometido una nueva elección o un referéndum sobre la cuestion del Mercado Común una vez renegociado el acuerdo con él. En su propio Gobierno la división entre los ministros enfrentó a dieciséis con siete, siendo estos últimos principalmente izquierdistas. Pero tan sólo un ministro dimitió de modo que bien puede decirse que Wilson había demostrado de nuevo una habilidad superior. El voto afirmativo en la consulta popular duplicó al negativo y la victoria tuvo lugar en todas las regiones de Gran Bretaña. Había sido una victoria del europeísmo, pero también de la habilidad de Wilson. Mientras tanto, Heath, tras su segunda derrota, fue sustituido por Thatcher, quien desplazó a moderados como Howe y Whitelaw.
Los conservadores eran ya la alternativa segura al laborismo, puesto que el liderazgo de Thorpe en el Partido Liberal había concluido con escándalos económicos y sexuales y el laborismo seguía siendo incapaz de enfrentarse a los problemas económicos británicos. Healey, uno de sus dirigentes moderados, ponen, en sus memorias, como ejemplo de disfunción megalomaníaca el proyecto del Concorde, destinado a dar servicio a los muy ricos con los impuestos de los más pobres. Lo más paradójico es que fue patrocinado por Benn, el líder de la izquierda laborista.
Como ya había anunciado a sus íntimos, Wilson renunció en marzo de 1976. Con el tiempo había visto cómo se deterioraba su imagen política, que ahora parecía demasiado débil y tortuosa. Su carrera concluyó enviando una lista de nombramientos nobiliarios a los Lores basada en puros criterios de amistad y favoritismo. En la política británica había dejado como herencia el estilo presidencialista que ya fue irreversible. En la primera vuelta de la elección de sucesor, el izquierdista Foot estuvo por delante; sólo la acumulación en Callaghan de los votos de otros moderados, como Healey y Jenkins, hizo posible su victoria.
Callaghan tenía un curriculum muy inferior al de su predecesor. Tan sólo había recibido educación secundaria: era un funcionario fiscal vinculado con la gestión sindical. Muy pronto, su Gobierno fue impopular y, a base de perder elecciones parciales, redujo tanto su distancia con respecto a sus adversarios que tuvo que requerir el apoyo de los liberales, que lograron una especie de derecho de veto sobre la legislación presentada al Parlamento. Como contrapartida, a partir de 1977 aparecieron signos de recuperación económica. El problema más complicado con el que debió enfrentarse Callaghan fue el de la "devolución", es decir, la recuperación de poderes en los Parlamentos escocés y galés. Mientras los conservadores se quejaban de lo caros que podían resultar los contrarios a la fórmula, lograron que se exigiera el voto del 40% de los ciudadanos para que pudieran ser viables.
Cuando en 1979 se planteó el problema en Escocia el electorado demostró no estar lo bastante interesado en la autonomía. Al final, los liberales retiraron el apoyo a Callaghan quien trató de apoyarse en los escoceses e incluso en los galeses pero, como en tantos otros casos de oportunismo en su Gobierno, también acabó fracasando. Se había demostrado incapaz de controlar la inflación y los sindicatos, de resolver los problemas del Ulster y de Rhodesia o de dar salida a la "devolución" y a las huelgas de empleados públicos. Al final del mandato laborista había una conciencia de decadencia en Gran Bretaña. Se llegó a escribir que la distancia entre Gran Bretaña y Alemania era mayor que con África y que la primera podía hacer el inédito viaje desde ser un país desarrollado al subdesarrollo. En realidad, había un consenso sobre la necesidad de un cambio. Benn y Thatcher no estaban de acuerdo en él pero no en la receta. La línea clásica socialdemócrata, en cambio, prometía, como dijo Dahrendorf, "un mejor ayer", es decir, repetir lo hasta entonces habitual.
Como Benn, el principal dirigente del laborismo de izquierdas, también Margaret Thatcher se decía un político de convicciones. No era un conservador clásico sino que parecía más bien "un liberal del siglo XIX". "Nací en un hogar de espíritu práctico, serio y profundamente religioso", asegura al principio de sus memorias. Su visión del mundo, en la antítesis de la de 1968, tuvo mucho que ver con la de la clase media provinciana británica y la de un metodismo religioso que creía en la mejora a través del esfuerzo individual. El thatcherismo no fue propiamente una ideología, ya que le faltaba la primacía concedida a la abstracción.
En realidad, hasta el momento de su elección, incluso siendo ministra, Thatcher no se había identificado con una posición muy clara en el partido; lo hizo en la oposición al lado de uno de los ideólogos conservadores, Keith Joseph. En ese momento, se identificó con el monetarismo en política y con valores como el individuo -la "sociedad" era, para ella, una abstracción-, la familia y la patria; en cambio, el Estado y el Gobierno eran, para ella, los enemigos. Pero lo más característico de ella fue su estilo: se basaba en un modo de expresión taxativo, con pretensiones de infalibilidad y con una indudable agresividad. Para ella, Heath se había equivocado "continuamente" por ceder en los principios. "The lady is not for turning", dijo en un congreso conservador. Ella, por tanto, no cambiaría.
A su servicio tenía un populismo nacido de recetas dictadas por una experiencia prosaica pero auténtica (la de haber ejercido como ama de casa). Era éste el que le dio capacidad para atraerse a la mayoría del partido, a pesar de que no coincidía con sus principios. Pero hasta 1981, momento en que reorganizó su Gabinete, no lo dirigió por completo y sólo asentó definitivamente su poder a partir de la Guerra de las Malvinas. Su primer Gobierno, del que aquí se trata, sólo muy parcialmente supuso el logro de sus objetivos. A menudo, sus colaboradores -sólo dos de ellos la votaron para la dirección del partido- la boicotearon mediante filtraciones de sus propósitos.
Cuando llegó al poder, Thatcher situó a los más derechistas de sus colaboradores en responsabilidades económicas. Así pudo llevarse a cabo una disminución de los impuestos, los controles de rentas fueron abolidos y se permitió la adquisición de las casas de protección oficial a quienes las disfrutaban, lo que fue un importante arma electoral para los conservadores. Thatcher siempre pensó que la principal dificultad para llevar a cabo su programa consistía en la oposición de los sindicatos pero acabó por convencerse de que era mejor combatirlos paso por paso y no mediante confrontación directa. Con respecto al Estado de bienestar, no se puede decir tampoco que lanzara un ataque directo contra él, a pesar de que le valió las mayores protestas de sus adversarios.
En realidad, el gasto sanitario creció a un ritmo de un 3% anual. En educación se había pretendido una disminución de casi el 7% del gasto, pero ascendió un 1.2%. La congelación de sueldos llevó al desánimo de gran parte del profesorado universitario. Los mayores cortes en gasto público se llevaron a cabo en construcción de viviendas, que se redujeron a la mitad, pero el número de propietarios privados se incrementó.
Otro aspecto de la gestión de Thatcher se refiere al orden público. El incremento en gastos de las fuerzas de orden público llegó al 25% y, muy de acuerdo con su estilo, nunca aceptó la consideración de que el delito hubiera podido ser causado por el paro. Su dureza frente al IRA le hizo permitir que diez personas murieran en huelga de hambre. No tomó tampoco ninguna medida en relación con la discriminación racial.
No hubo ningún indicio, en un principio, de que Thatcher pudiera tener un verdadero interés en las cuestiones de política exterior. Carrington fue más que ella el responsable del acuerdo al que se llegó en la cuestión de Rhodesia. En política exterior, precipitó una crisis de la CEE, pidiendo que "se devolviera el dinero de Gran Bretaña"; siempre fue opositora de una unificación política. En política de defensa, incrementó los sueldos de los miembros de las Fuerzas Armadas, como había hecho con la policía. El gasto real en defensa subió en un 16.7%.
Toda esta política no le hubiera permitido ser reelegida de no ser por un incidente totalmente inesperado de la política británica. La toma de las Malvinas por los argentinos produjo un milagro de improvisación militar que hizo que la opinión sobre la primer ministro cambiara bruscamente pues en un principio estaba totalmente en contra de ella también en esta cuestión. Los argentinos cometieron el error de no aceptar la propuesta de Haig que suponía doble nacionalidad y administración tripartita del archipiélago. Thatcher hubiera podido evitar la guerra con un poco más de prudencia, valentía y competencia pero acabó concluyendo que la guerra había sido positiva porque le había dado a Gran Bretaña confianza en sí misma. Los gastos de la campaña costaron lo que la permanencia en el Mercado Común pero la guerra hizo que los conservadores que estaban tan sólo en el tercer puesto en las encuestas acabaran teniendo una ventaja considerable.
Otra parte del éxito electoral de Thatcher se explica por el estado de la oposición. En la laborista Foot había sido un decidido izquierdista, biógrafo de Bevan, cuyo distrito electoral heredó. Pero, al convertirse el líder del partido, había provocado una escisión. El SDP -Partido Socialdemócrata- fue lanzado en 1981 y llegó a tener 29 diputados; su colaboración con los liberales pareció poder romper el bipartidismo británico. Los laboristas hicieron público un programa proponiendo nuevas nacionalizaciones y el abandono del Mercado Común, del que se pudo decir que era "la amenaza de suicidio más larga de la Historia".
En las elecciones de 1983, en realidad el voto de los conservadores disminuyó. Los laboristas consiguieron el 27.6% y la Alianza entre socialdemócratas y liberales el 25.4%. Fue la votación más baja del Partido Laborista en su historia reciente. Pero Thatcher no había ganado sino que el laborismo de izquierdas había sido derrotado. En realidad, aupada por la oleada de patriotismo bélico, todavía tenía por delante retar al orden de consenso nacido del "butskellismo".
El segundo mandato de Margaret Thatcher fue menos dinámico que el precedente. Frente a sus deseos, los problemas de política interna se convirtieron en los más decisivos durante este mandato. La premier británica hubiera querido tener mayor protagonismo internacional y que éste hubiera sido menos conflictivo. En la política interna fue respetada y temida pero crecientemente poco apreciada, a pesar de su populismo. Dio, entonces, la sensación de ser incapaz de dirigir o de dar toda la confianza a sus ministros y, por su actitud, a menudo intransigente, "como Luis XIV -ha escrito un historiador- fue capaz de producir una revolución".
Su primer problema grave fue el relacionado con la huelga de mineros a partir de marzo de 1984. Scargill, su dirigente sindical, ya había convocado tres huelgas durante el primer mandato en una industria en decadencia y de difícil viabilidad. Lo más indefendible de su postura fue que no organizó un referéndum para decidirla y, cuando se hizo en una sola mina, resultó negativo por tres a uno. Kinnock, el líder laborista, hijo de un minero galés, pretendió que esa consulta se produjera pero no tuvo éxito. El empresario nombrado para presidir la patronal minera fue presentado como un verdugo pero dijo ser un cirujano plástico destinado a rectificar lo imprescindible para mejorar las posibilidades de esa industria. La huelga estuvo mal planteada por la elección del momento y por el empleo de piquetes violentos de mineros y, por si fuera poco, Scargill recibió ayuda del líder libio Gaddafi, que había prohibido en su país cualquier sindicato, lo que acabó por alejarle de algún apoyo. La derrota de los mineros dejó, además, malparado a Neil Kinnock en el imposible intento de tratar de llegar a un compromiso. Una reforma legal posterior hizo responsables a los sindicatos de los daños causados en huelgas no votadas; en adelante fue necesario, además, el sufragio secreto para la elección de cargos sindicales y para la afiliación de los sindicatos a partidos.
Pero después de esta resonante victoria Thatcher empezó a cosechar derrotas. En el Gobierno local había prometido abolir los impuestos de propiedad locales pero también deseaba controlar el gasto municipal; pensaba que debía combatir a las autoridades locales laboristas radicales de algunas ciudades que gastaban mucho a base de impuestos directos sobre la población. En Liverpool dominaba, por ejemplo, la tendencia troskista "Militant". Thatcher quiso crear la poll tax que, en teoría, serviría para que todos los ciudadanos controlaran el gasto público de sus Ayuntamientos. Sin embargo, al tratarse de un impuesto que era igual para todos sin tener en cuenta la renta, la oposición consideró que resultaba injusto. Suponía, además, una clara intromisión en la autonomía local. En segundo lugar, los problemas de Thatcher se multiplicaron con el asunto Westland, una compañía de helicópteros con problemas, sobre cuyo destino chocó con Hesseltine, su ministro de Defensa. En realidad, fue éste quien quiso imponer su punto de vista pero dio la sensación de que era la premier quien evitaba tratar la cuestión en Consejo de ministros y así hizo crecer la tendencia a ver en ella a una autócrata desconsiderada con sus colaboradores.
En otras materias, la segunda etapa Thatcher resultó menos conflictiva y más duradera en sus consecuencias. El programa de privatizaciones recibió un gran impulso. Aunque los anuncios relativos a ella fueron muy criticados, lo cierto es que produjeron una auténtica revolución en el accionariado y posiblemente también en la eficiencia de la gestión. En la práctica, los laboristas no las pusieron en cuestión de modo que lo decidido en el Gobierno conservador resultó irreversible. Thatcher afirma en sus memorias que las privatizaciones eran revolucionarias a fines de los setenta y se atribuye el mérito de haberlas convertido en un modelo para otros países pero la realidad es que también las llevaron a cabo muy pronto Gobiernos socialistas. Respecto al Welfare State las reformas intentadas durante la era Thatcher se produjeron fundamentalmente en el tercer mandato. A pesar de sus promesas, de hecho el gasto del Estado aumentó un 6% en educación, un 25% en salud y un 40% en seguridad social.
La primera ministra británica siguió teniendo un importante papel en la política internacional mundial pero en ocasiones también resultó muy discutible. Desde 1983 se negoció con China sobre Hong Kong llegando al acuerdo, en 1984, de transmitir la soberanía en 1997 pero manteniendo el sistema democrático y capitalista; además, los ciudadanos de la ciudad china podían mantener sus pasaportes británicos. El acuerdo logrado con el Gobierno irlandés (1985) le permitió a éste entrar en contacto con el británico en cualquier cuestión relacionada con el Ulster. En otro terreno mantuvo, en cambio, una política mucho más discutible: hizo todo lo posible por retrasar el cumplimiento de las sanciones contra el Gobierno sudafricano arguyendo que la mayor parte de la población blanca procedía de las islas británicas y que Gran Bretaña era allí el país con mayores inversiones; esta posición le llevó a un enfrentamiento con la mayoría de los Gobiernos de la Commonwealth. Pero quizá fue su oposición a una Europa unida lo más controvertido de su política. En su visión, Bruselas significaba estatismo, centralización y burocracia, mientras que ella reivindicaba un sistema fiscal y social liberal competitivo y la permanencia de la nación. Como veremos, su política en este aspecto jugó un papel esencial en su caída.
Gran parte de los éxitos de Thatcher se explican por la debilidad de la oposición. Al elegir a Neil Kinnock, un líder con tan sólo 41 años, los laboristas dieron la sensación de que eran conscientes de que su paso por la oposición podía durar mucho. Kinnock pareció siempre un peso ligero desde el punto de vista intelectual y, además, carecía de cualquier experiencia de Gobierno. La gran cuestión que permaneció sobre el tapete respecto al laborismo fue la relativa al armamento nuclear, materia en la que su partido había defendido la tesis de que el Gobierno debía proceder al desarme unilateral. En un viaje a Estados Unidos, Kinnock fue por completo incapaz de defender su política de forma coherente. Así se explica que la Alianza conquistara más escaños en elecciones parciales que los laboristas. Finalmente, en las elecciones de junio de 1987, ganaron los conservadores con 375 escaños frente a 229 laboristas y 22 de la Alianza. Los laboristas crecieron en Escocia pero perdieron en Londres y en el Sur: habían conquistado una parte de los votos de la Alianza pero eran incapaces de penetrar en el voto conservador.
En 1987 Thatcher había transformado la imagen de Gran Bretaña en el mundo y había conseguido tres rotundas victorias electorales sucesivas. Además, con un programa original, había conseguido durante algunos años que Gran Bretaña creciera más que cualquier otro país europeo, con la excepción de España. Pero en 1987 se produjo "il sorpasso": Italia la superó en términos de renta per cápita. Además, en 1990, Thatcher acabaría siendo liquidada por su propio partido. La razón estribó en que el nuevo Gobierno que formó fue más radical. Su programa también lo era: poll tax, introducción de un curriculum educativo nacional, pagos en la seguridad social por servicios, una nueva legislación sobre sindicatos que incluía el derecho de no ir a la huelga cuando se hubiera votado de forma afirmativa, privatización parcial del servicio médico..., etc. Pero, sobre todo, ella misma fue incapaz de controlar a su Gobierno y acentuó la impresión de ser una autócrata conflictiva.
La gran cuestión de su Gobierno, con el telón de fondo del empeoramiento de la situación económica, consistió en la entrada en el sistema monetario europeo. La dimisión sucesiva de Howe y Lawson, partidarios de entrar en él, y su sustitución por Major no solucionó nada. En las elecciones europeas de 1989 los conservadores sólo lograron el 35% mientras Thatcher sólo tenía la aprobación del 25% de la opinión; su liderazgo fue ya contestado en el seno del propio partido. Su estilo era el problema más grave de los conservadores. Cuando se planteó el liderazgo del partido logró 204 votos frente a 152 de Hesseltine. Con su retirada sólo consiguió que Major, su sucesor preferido, obtuviera 185 frente a los 131 de Hesseltine y los 56 de Hurd.
El estilo relajado y natural de Major produjo el alivio instantáneo de muchos de los problemas de los conservadores británicos. Su personalidad tenía un inequívoco color gris: había estudiado tan sólo hasta los 16 años y había fracasado al intentar ser contratado como conductor de autobús. El resto de su trayectoria tampoco merecía particular atención: se afirmó de él que era el primer caso de un antiguo empleado de circo convertido en contable. Pero pronto demostró que tenía capacidad para actuar con libertad sin dependencia de Thatcher. Muy pronto empezó a desligarse de ella: suprimió la poll tax y no la citó entre los líderes conservadores que prefería. Con respecto a Europa trató de lograr mejores relaciones lo que le llevó a aceptar el grueso de las propuestas tendentes a la unificación a cambio de hacer desaparecer cualquier mención al federalismo en el proyecto de Maastricht. Thatcher, por su parte, repudió las propuestas sobre la identidad europea de defensa y juzgó innecesaria la moneda única. También se quejó de la "traición" política de la que había sido objeto y acusó al proyecto de Maastricht de implicar el olvido del Parlamento británico.
Así divididos los conservadores no parecían poder mantenerse en el Gobierno. Pero los problemas de la oposición laborista nacieron, en primer lugar, de que el número de los sindicados durante los años ochenta había pasado del 30 al 23% de los trabajadores. Kinnock siempre defendió la idea de que ya no existía un voto "natural" del laborismo y abandonó las renacionalizaciones, el repudio a la CEE y los impuestos excesivos. Pero no quedó claro a favor de qué estaba. Además, la posibilidad de victoria del laborismo se basó en un elevado porcentaje en la oposición a Thatcher que tendió a desdibujarse cuando ésta abandonó el poder. La Alianza, por su parte, sufrió una grave crisis cuando trató de convertirse en partido unido. Todavía las elecciones europeas de 1989 las ganaron los laboristas con un fuerte incremento del voto verde que acabó por demostrarse efímero. En las elecciones generales de 1992 un cambio de actitud por parte de tan sólo el 2.2% del electorado en el último momento dio la victoria a Major con 336 escaños frente a 271 laboristas.
El balance de Thatcher resulta menos convincente desde el punto de vista económico de lo que en principio podría pensarse. Empezó con una recesión y concluyó con otra y la tasa de crecimiento anual durante su mandato fue del 1.6%. Fue más apreciada fuera de Gran Bretaña que dentro y sus éxitos se basaron mucho más en el cambio de mentalidad que propició que en el terreno económico. Tampoco su liderazgo en la fase final fue efectivo. En realidad, bajo una apariencia a veces despótica fue un primer ministro que no mandaba a sus ministros ni era capaz de conseguir el acuerdo entre y con ellos. Su empecinamiento final antieuropeo testimonia que también personajes decisivos que modifican de forma decisiva la vida de los pueblos pueden permanecer también aferrados a actitudes del pasado en algunos aspectos decisivos. Fuente: Artehistoria

 

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