miércoles, 20 de febrero de 2013

Las raíces ideológicas del antisemitismo fascista

Este artículo es un estudio de cómo la antigüedad romana fue utilizada como justificación política del racismo.

“Es hora de que los italianos se proclamen abiertamente racistas. Todo el trabajo que hasta ahora ha hecho el Régimen en Italia es en el fondo racista. Muy frecuente ha sido siempre en los discursos del Caudillo la referencia a los conceptos de raza. El tema del racismo en Italia debe ser tratado desde un punto de vista puramente biológico, sin intenciones filosóficas o religiosas. El concepto de racismo en Italia debe ser esencialmente italiano y la dirección ario-nórdica. “

(Texto del Manifiesto de la raza, publicado en la revista La Difesa della Razza, año I, número 1, 5 de agosto de 1938)
  
“El antisemitismo fascista en pañales” 

El antisemitismo del régimen fascista italiano fue más virulento de lo que a menudo se piensa. Estuvo legitimado y ensalzado por una prensa servil al Duce. No obstante, es en la revista La Difesa della Razza (La Defensa de la Raza) donde se estableció por vez primera y sin pudor alguno un paralelismo “histórico” y “científico” (bastante nauseabundo a mi entender) entre el antisemitismola Roma antigua (representada por Cicerón, Tácito, Juvenal, etc.) y el antisemitismo fascista, con la pretensión de luchar contra la “barbarización del peligro judío”. de la intelectualidad de
En el año 1938 se fortalece la voluntad totalitaria del fascismo italiano ya perceptible desde la victoria en Etiopía en 1936. La aproximación política con la Alemania nazi, materializada por el viaje de Mussolini a Berlín en septiembre de 1937 y de Hitler a Italia en mayo de 1938, concluirá en la firma del Pacto de Acero, el 22 de mayo de 1939. El Duce se adjudicó la dignidad de primer mariscal del Imperio el 30 de marzo de 1938, a semejanza del rey Víctor Manuel III.
En los inicios del fascismo, el antisemitismo no constituía un “principio inamovible”, una condición sine qua non de su esencia, a diferencia de lo que ocurría en el nazismo. Antes de 1922, el antisemitismo era más bien marginal y se manifestaba en algunos periódicos tales como L’Assalto o Audacia. Por su parte, Mussolini no era fundamentalmente antisemita. Durante unos veinte años, Margherita Sarfatti, de origen judío, fue su amante. E, incluso, en 1926, Mussolini recibió en audiencia a Chaïm Weizmann, el padre del sionismo.
En 1929, Mussolini argumenta con referencia a la presencia judía durante la Antigüedad: “los judíos están en Roma desde la época de los reyes; eran cincuenta mil bajo Augusto y pidieron llorar sobre el cadáver de Julio César. Los dejaremos en paz”.
Incluso, el Duce condenó el racismo, así por ejemplo en 1932, durante su entrevista con el periodista alemán Emil Ludwig, y, dos años después recibió al gran rabino de Roma en el palacio de Venecia.
Pero la conquista de Abisinia (Etiopía) marca sin duda un punto de inflexión. La propaganda fascista insiste en la superioridad de la raza italiana sobre las razas africanas. Y la represión que sigue al atentado del 19 de febrero de 1937 contra el mariscal Rodolfo Graziani, el virrey de Etiopía, es brutal: entre 3 000 y 6 000 muertos según las fuentes italianas, 30 000 muertos según las fuentes etíopes. En abril de ese año, las autoridades italianas adoptan un decreto que sanciona con cinco años de cárcel a los italianos que viven en concubinato con etíopes.

El cambio: el Manifiesto de la raza

“EXISTE AHORA UNA PURA «RAZA ITALIANA».
Esta afirmación no se basa en la confusión del concepto biológico de raza con el concepto histórico-lingüístico de pueblo y de nación, sino en el purísimo parentesco de sangre que une a los italianos de hoy a las generaciones que pueblan Italia desde hace milenios. Esta antigua pureza de sangre es el mayor título de nobleza de la nación italiana.”
(Texto del Manifiesto de la raza, publicado en la revista La Difesa della Razza, año I, número 1, 5 de agosto de 1938)

La campaña contra los judíos arranca el 14 de julio de 1938 con la publicación del Manifiesto de la raza en el Il Giornale de Italia, afirmando que los judíos no forman parte de la raza italiana. Siguen entonces toda una serie de prerrogativas legislativas.
El 1 de septiembre, se crea el Consejo Superior para la Demografía y la Raza. Seis días más tarde, se promulga un decreto ley en contra de los judíos inmigrantes que viven en Italia. El 17 de noviembre, aparecen decretos leyes cuyo principio había sido aprobado por el Gran Consejo fascista del 6 de octubre, que excluyen a los judíos de la enseñanza, de las academias, del ejército, y que prohíben los matrimonios mixtos y la posesión de bienes inmuebles.
Es en este contexto que fue publicado, el 5 de agosto de 1938, el primer número de la revista La Difesa della Razza, dirigida por Telesio Interlandi.
En adelante, vamos a estudiar un aspecto particular de esta publicación, a saber, la utilización hecha de la Antigüedad para aprobar la política racial emprendida por el régimen fascista.
Veremos cómola Edad Antiguaabasteció de modelos y justificaciones a los racistas. Así, ya en la portada del primer número de la revista, una espada romana separa un busto romano de una figurilla semítica del siglo III a. C. y de una cabeza de un joven negro…

Los autores de la antigüedad romana al “rescate” del fascismo

“LOS JUDÍOS NO PERTENECEN A LA RAZA ITALIANA.
De los semitas que a lo largo de los siglos han aterrizado en la tierra sagrada de nuestra Patria nada en general ha quedado. Incluso la ocupación árabe de Sicilia no ha dejado nada salvo el recuerdo de algún nombre; y por lo demás, el proceso de asimilación fue siempre muy rápido en Italia. Los judíos son la única población que nunca se ha asimilado en Italia, ya que se compone de elementos raciales no europeos, absolutamente distintos de los elementos que dieron origen a los italianos.”
(Texto del Manifiesto de la raza, publicado en la revista La Difesa della Razza, año I, número 1, 5 de agosto de 1938)

Los autores de la Roma antigua van a servir de coartada perfecta a los redactores de La Difesa della Razza para apoyar la política del régimen fascista y para demostrar que el concepto de raza era importante en la mentalidad de aquellos tiempos.
En primer lugar, Catón el Viejo, a quien se le dedica un artículo en el número de noviembre de 1938, bajo la pluma de Roberto Bartolozzi, con el título de “El racismo de Catón el Viejo”. Bartolozzi insiste en el odio a Cartago de Catón. Así, la fórmula Carthago delenda est (‘hay que destruir Cartago’), tema de los discursos de Catón en el Senado a finales del150 a. C., habría sido la ilustración de un racismo para el defensor intratable de los intereses romanos.
Catón no pudo ver la destrucción de Cartago ya que murió en el 149 a. C., tres años antes de que la ciudad púnica fuera destruida. No obstante, es necesario subrayar dos hechos. En su artículo, Roberto Bartolozzi representa a Catón como filohelénico cuando se sabe, por ejemplo, que durante su gira diplomática en las ciudades griegas en el 191 a. C., mientras que se anunciaba la guerra contra Antíoco III, se negó, si bien poseía las capacidades, a dirigirse a sus interlocutores en griego, en particular en Atenas.
Asimismo, conviene modular la insistencia sobre el aspecto racial en la voluntad de Catón de destruir Cartago. Pues es a todas luces inexacto y erróneo evocar la ideología racista de Catón para explicar su actitud respecto de Cartago.
Podemos percibir en la obstinación de Catón los temores de un ex-combatiente de la guerra contra Aníbal, la influencia de los mercatores romanos que temían la nueva prosperidad cartaginesa, la voluntad de potencia de un Estado romano que no quería más rival en el Mediterráneo e incluso la última ocasión para Catón de desempeñar un papel político con más de 80 años.
Roberto Bartolozzi muestra pues un completo delirio historiográfico en su intento de distorsionar el pasado de Roma a favor de las tesis antisemitas fascistas.
La segunda autoridad evocada es Tito Livio, estudiado por Mario Baccigalupi en el artículo “La doctrina de la raza en casa de Tito Livio”, del número de febrero de 1941.
Allí se dice, por ejemplo: “Tito Livio no teorizó en un manual político su doctrina, sin embargo esta es todavía más clara e incisiva en la historia. Expresó el alma de la romanizad y por consiguiente de la raza italiana narrando la historia de la gran entrada en liza de los pueblos que combatían para la dominación del mundo.”
Baccigalupi sintetiza los valores de la romanidad que Tito Livio puso de relieve: el valor guerrero, la fe, la sobriedad, la concordia, la tenacidad, el dinamismo heroico. Encontraremos los ecos de estos valores en las reflexiones de Mussolini sobre el fascismo italiano: “La vida tal como la concibe el fascismo es grave, austera, religiosa. El Estado fascista es una voluntad de poder y de dominación. La tradición romana es una idea de fuerza. Pero el imperio exige la disciplina, la coordinación de los esfuerzos, el deber y el sacrificio.”
Se recurre también, por supuestos a Tácito a través de su obra dedicada a su suegro, Agrícola. El periodista Osvaldo Costanzi, en el número de mayo de 1939, intitula su artículo “Tácito y el problema de la raza”.
Para Costanzi, el retrato que compone Tácito del difunto Agrícola corresponde ciertamente a la “verdad romana”: su coraje militar durante su paso por Bretaña como legado entre el 77 y el 84, su “dignidad”, su “fisonomía llena de agrado”, su “honor intacto”. En las arengas prestadas a Agrícola, se encuentran las virtudes que sirvieron de referencia a los fascistas de los años 1930, pues estos últimos se consideraban los herederos de la “raza romana”.

El modelo fascista de la familia racial italiana

“LAS CARACTERÍSTICAS FÍSICAS Y PSICOLÓGICAS PURAMENTE EUROPEAS DE LOS ITALIANOS NO DEBEN SER ALTERADAS DE NINGUNA MANERA.
La unión sólo es admisible dentro del ámbito de las razas europeas, en cuyo caso no se debe hablar propiamente de verdadero hibridismo, dado que estas razas pertenecen a un tronco común y se diferencian sólo en algunas pocas características, mientras que son iguales en muchísimas otras. El carácter puramente europeo de los italianos se altera a partir del cruzamiento con cualquier raza extraeuropea y portadora de una civilización diferente de la milenaria civilización de los arios.”
(Texto del Manifiesto de la raza, publicado en la revista La Difesa della Razza, año I, número 1, 5 de agosto de 1938)

En su discurso en el día de la Ascensión del jueves 26 de mayo de 1927, ante la Cámara de los Diputados, Mussolini, recurriendo al emperador Augusto, había afirmado la voluntad natalista de su régimen, fijando como objetivo una población italiana de 60 millones de personas para 1950.
Mussolini, a semejanza de Augusto, era consciente de la decadencia demográfica de los italianos “ de pura cepa”, y quería remediar lo que consideraba como una decadencia demográfica, ya que el concepto de raza fuerte, tal como el fascismo lo defiende a finales de los años 1930, no puede acomodarse a un letargo natalista.
Es pues, en herencia de la Antigüedadromana, que la política fascista acude a la memoria del poeta Horacio. El 20 de mayo de 1939, Irma Marimpietri publica en La Difesa della Razza “Raza y romanizad en la poesía de Horacio”. Escribe Marimpietri: “Horacio y Catón fueron unos romanos que sintieron la necesidad de tomar posición contra estas fuerzas que, tanto del exterior como del interior, intentaron debilitar a la fuerza romana. Horacio se indigno contra la corrupción de tipo griego que penetro en las familias, corrupción cuyo primer efecto fue la disminución de la natalidad que Augusto procuró combatir con la Lex Julia de maritandis ordinibus.”
La alusión a esta ley de Augusto no es fortuita. Votada en el 18 a. C. (al mismo tiempo que Lex Julia de adulteriis coercendis que reprime el adulterio) y completada en 9 por la Lex Papia Popaea, pretende entre toros asuntos favorecer la carrera de los senadores padres de familia, imponer restricciones a los derechos de herencia para los solteros y a los hombres casados sin niño y concederles inmunidades particulares a los padres de tres niños.
Esta legislación de la Roma imperial luchaba contra una disminución de la natalidad que el emperador encontraba sensible en las clases a dirigentes. Como si de un nuevo Augusto se tratara, Mussolini impone a los solteros una ley en 1927 que pone en pie recompensas pecuniarias y honoríficas para las familias numerosas.
Por otra parte, Horacio insistía en la dificultad de “convivencia conyugal entre romanos y bárbaros”, argumento útil para la propaganda de La Difesa della Razza: “El soldado de Craso vivió en torpes lazos maritales con esposas extranjeras. ¡Oh curia, cuánta corrupción! El marso y el apulio han podido envejecer en los campos de los enemigos hechos sus parientes y prosternarse ante un rey medo, olvidados de los escudos anciles, el nombre, la toga y el fuego eterno de Vesta, reinando incólume Jove y la ciudad de Roma”( Horacio, Odas, Libro III).
Según los antisemitas fascistas, tanto en la época de Augusto como en tiempo de la victoria de la Italia fascista en Etiopía, no convenía admitir un “bastardeo” de la raza. Después de Horacio, se alude a Catulo, Cicerón y Virgilio.
Catulo, el poeta de Verona, fue, entre otras cosas, el poeta de la maternidad, del amor familiar y de la procreación. Así, en su Carmen 61, podemos leer:

Acércate ya, marido:
tu esposa está en el lecho nupcial
y su rostro lozano resplandece
como la blanca manzanilla
o la roja amapola.
Pero tú, esposo, ¡por los dioses
celestiales!, no eres menos
hermoso ni Venus te ha
descuidado. Pero el día se va:
ve, no te retrases.

Cicerón, por su parte, será a la sazón evocado a través de su última obra, De officiis (Tratado los deberes, del42 a.C.). Dos años después de la pérdida dolorosa de su hija Tullia, Cicerón le envía este tratado de filosofía estoica a su “hijo Marco” En él demuestra el sentido de las responsabilidades y el amor paternal que estructuran a una familia, una sociedad y un pueblo a la imagen de lo que deseará el régimen fascista para la Italia de su tiempo.
También el régimen fascista “regresó” a Virgilio para legitimar su concepción del orden y de la familia. En el final de la Égloga IV, los fascistas encontraron unos versos muy queridos para su ideología:

Empieza, ¡oh tierno niño!, a conocer a tu madre por su sonrisa; diez meses te llevó en su vientre con grave afán; empieza, ¡oh tierno niño! El hijo que no ha alcanzado la sonrisa de sus padres no es admitido a la mesa de los dioses ni en el lecho de las diosas (Virgilio, Égloga IV). 

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