lunes, 11 de febrero de 2013

La primera guerra de Hitler, Thomas Weber

¿Fue Hitler en lo esencial un producto de la Primera Guerra Mundial? ¿Es correcto establecer la génesis del dictador en la experiencia del soldado Hitler en el Regimiento List, la unidad bávara en que prestó servicio durante la guerra? Descartada la tesis de que Hitler se había politizado y radicalizado en la Viena de preguerra,  historiadores y biógrafos han solido dar por hecho que la PGM fue, más que ningún otro, el episodio crucial en la formación de Hitler, el que definitivamente lo modeló como uno de los más funestos personajes registrados por la historia. Expandiendo los límites de la cuestión, a partir de esta tesis podría suponerse que la experiencia bélica en la PGM, con su presunta secuela de brutalización y radicalización, habría hecho del Regimiento List un semillero de nazis en potencia, y, ¿por qué no?, de la sociedad alemana una nación protofascista. En procura de una respuesta al problema, el historiador alemán Thomas Weber reconstruye en La primera guerra de Hitler –obra publicada originalmente en 2010- la trayectoria del Regimiento List en la PGM y estudia el impacto que la experiencia bélica tuvo en las actitudes políticas de los hombres del regimiento y en el ascenso de Hitler.  
La tesis generalmente aceptada tiene diversas ramificaciones, las que, bien consideradas, enfatizan la importancia del problema de fondo, el de la “creación de Hitler”. Supone de entrada que el soldado Hitler –quien, al contrario de lo que suele creerse, nunca detentó el rango de cabo- habría sido verdaderamente representativo del combatiente alemán en la PGM y un producto típico de su unidad, el 16º Regimiento Bávaro de Infantería de Reserva (RIR 16), comúnmente llamado Regimiento List en honor a su primer comandante. La tesis de la PGM como principal experiencia formadora de Hitler otorga de alguna manera un atisbo de legitimidad a su visión del conflicto y de su propia participación en él, cuestiones que entroncan directamente con la difundida mitificación de la guerra en la Alemania de Weimar.
Las narraciones de la guerra por los veteranos del  Regimiento List -o RIR  16-, incluida la que Hitler expone en su Mein Kampf, se hacen eco de una retórica característica del período, tendiente a la idealización de la reciente experiencia bélica. Términos por entonces muy corrientes como los de Kameradschaft y Frontgemeinschaft, usualmente traducidos como “camarería” y “comunidad del frente”, pretendían transmitir la idea de un espíritu de cuerpo excepcional, suerte de mística comunitaria que habría animado a los soldados alemanes de un modo desconocido por las otras naciones beligerantes. Basados en esta retórica, el discurso nacionalista y la propaganda nazi sacaron el máximo partido al principio del  Volkgemeinschaft, concepto de connotaciones racistas que postulaba la realización de  una comunidad nacional imbuída de la ”mística del frente”; una comunidad germana solidaria y armónicamente estructurada, sin clases y depurada de elementos extraños. Por otra parte, la propaganda nazi  se esforzó por hacer del veterano de guerra Hitler un soldado valiente y resuelto, “la viva imagen del combatiente del frente”, dos veces condecorado por su arrojo y heroísmo.
Si Hitler fue un soldado típico del RIR 16, plenamente integrado e identificado  por sus compañeros como uno de los suyos, el RIR 16 debería aparecer a los ojos del observador como un muestrario de hombres igualmente “formados por la guerra”, nazis potenciales, con un nivel de politización y radicalización similar al del futuro dictador y una afinidad ideológica tal que su papel en el auge de nazismo resultase determinante. El acucioso análisis de documentos realizado por Thomas Weber contradice lo expuesto hasta aquí, y lo hace de manera convincente, poniendo en tela de juicio desde los méritos de Hitler como soldado condecorado hasta la idea de que la sociedad alemana albergaba el germen del nazismo en una generación de hombres brutalizados por la guerra. Weber demuestra que Hitler mitificó no sólo su cometido en el conflicto sino también su nivel de integración en el RIR 16. Sus dos cruces de hierro, lejos de comprobar su valor en el frente, revelan más que nada que el hombre se hallaba en el lugar apropiado: en su función de correo del regimiento, Hitler estuvo destinado durante casi toda la guerra a la retaguardia, exento del deber de llevar mensajes a la primera línea del frente; no es sólo que los hombres de la retaguardia estuviesen expuestos a muchos menos peligros que los soldados de las trincheras, sino que la proximidad al puesto de mando aumentaba exponencialmente las posibilidades de obtener condecoraciones. (De hecho, argumenta Weber, Hitler tergiversa en Mein Kampf su participación en la batalla del Somme, una de las más cruentas de la guerra: difícilmente habría estado expuesto al temido fuego de ametralladora como él pretende, en el corto lapso que duró su intervención.)
Más decisivo para los efectos del estudio en comento es que tanto los compañeros de Hitler en el RIR 16 como sus superiores podían respetar al soldado Hitler, pero jamás apreciarlo ni aceptarlo en la intimidad. Su carácter reservado y su negativa a sumarse a las ocasionales francachelas lo mantenían a distancia, no favoreciéndolo el hecho de mostrarse crítico de la religiosidad de sus compañeros y de su disposición a confraternizar con el enemigo (como ocurrió en la tregua de navidad de 1914). La posibilidad de ascender del rango de soldado de primera línea fue tajantemente desestimada por sus superiores, quienes lo juzgaban carente de dotes de mando. En suma, aunque los oficiales valoraban la entrega y la sumisión del soldado Hitler, para todos resultaba un individuo excéntrico al que no se podía tomar en serio. Por demás, su mismo cometido –correo del regimiento- lo excluía del sentido de grupo alimentado por el RIR 16, dado el abismo de experiencias y sentimientos  habido entre los que combatían en las trincheras y los que servían en el puesto de mando;  los primeros manifestaban su desprecio por los últimos llamándolos “cerdos de la retaguardia”. Lo cierto es que Hitler apenas conoció el rigor de la experiencia de las trincheras. (Una vez lanzado en su carrera política, Hitler debió esforzarse por acallar a aquellos que cuestionaron su papel en la guerra, incluyendo una serie de batallas legales contra antiguos combatientes.)
Los testimonios disponibles sobre la actitud de los hombres del RIR 16 hacia la guerra informan de una realidad por completo distinta de la imaginería heroica pintada en la posguerra, muy especialmente en la semimítica narración del Mein Kampf. El entusiasmo decreció notoriamente a los pocos meses de entrar en combate, y a partir de 1915 lo que cunde es el hartazgo y el amargo descontento de los soldados expresados en su correspondencia privada, en los informes negativos de los oficiales sobre el rendimiento de sus subordinados y en toda suerte de indicios de desmoralización, incluyendo deserciones y actos de violencia injustificada. Weber estudia la motivación de los hombres, el por qué siguieron luchando durante tanto tiempo a pesar de su descontento,  y no halla nada parecido a los supuestos ideológicos y culturales que los historiadores les han atribuido, esto es, factores como un nacionalismo furibundo, un sentimiento de superioridad racial y un odio generalizado hacia el otro corporeizado en el enemigo, fuese éste francés, británico o belga; tampoco elementos como un arraigado militarismo o la supuesta brutalización de las tropas. Los motivos para luchar eran de tipo mucho más banal, motivos como la idea de que ganar una guerra es mejor que perderla o la simple constatación de que el costo de combatir era por lo común más bajo que el de desertar, alternativa severamente penada. La misma lealtad hacia los grupos primarios -los compañeros inmediatos- inhibía la deserción.
En vez de un regimiento caracterizado por la cohesión, la camaradería y el espíritu solidario, Weber detecta múltiples signos de fragmentación; abundaban la envidia, la tacañería y todo tipo de rencillas. Según consta en la carta de un soldado del RIR 16, «la supuesta camaradería [Kameradshaft]  sólo existe en el papel. En ningún sitio he encontrado tanto egoísmo como aquí, en el ejército». Los que se ofrecían como voluntarios para tareas peligrosas eran cordialmente detestados por sus compañeros, quienes llegaban a alegrarse de que cayesen prisioneros del enemigo. La rivalidad entre compañías solía ser enconada. El compañerismo y espíritu de cuerpo no involucraba al regimiento como totalidad ni menos al ejército sino que se limitaba a los núcleos primarios o grupos reducidos formados al calor de la guerra; era con éstos  que se identificaban los soldados, los que les inspiraban sentimientos de lealtad y los que condicionaban su conducta tanto individual como colectiva. El mismo sentido de pertenencia a una nación como elemento aglutinante resultaba relativo; entre los bávaros la animadversión hacia Prusia era moneda corriente, no faltando los que imputaban la responsabilidad en el estallido de la guerra al militarismo prusiano. Entre los soldados de origen campesino, la lealtad al terruño o la patria chica solía ser más fuerte que el compromiso identitario con una entidad más o menos abstracta como Alemania. Por lo general, los soldados demostraron ser inmunes al adoctrinamiento ideológico de raigambre nacionalista.
Los casos de valentía excepcional o de actitud positiva hacia la guerra en el RIR 16, enfatiza Weber, no cabe interpretarlos como germen de radicalización o de un fascismo en ciernes. Las afinidades ideológicas de semejantes casos, durante la guerra y con posterioridad a ella, muestran demasiada heterogeneidad como para establecer una correlación entre desempeño militar y predisposición hacia alguna forma de politización extrema. En apoyo de esta tesis, el análisis que Weber hace del comportamiento político de los veteranos del regimiento durante la república de Weimar proporciona datos sumamente sólidos. Sufragios electorales; composición demográfica del partido nazi; participación en los Freikorps, movimientos políticos y organizaciones de veteranos: todo sugiere –en palabras del autor- «que la guerra tuvo un efecto mínimo sobre las actitudes políticas de los hombres del regimiento de Hitler». Sólo un 2% de los veteranos del RIR 16 se politizaron antes de 1933 de un modo equivalente al de Hitler. Basándose en datos empíricos, Weber extrapola su conclusión al ámbito mayor de Baviera, afirmando que tampoco tuvo la guerra «un impacto discernible sobre las actitudes políticas de la gran mayoría de los bávaros».
Weber sostiene que la conducta política de Hitler en la inmediata posguerra es incongruente con la imagen corriente de un individuo que al final del conflicto -y al influjo de la revolución- ya habría desarrollado su visión del mundo, con su arsenal de ideas, prejuicios y propósitos. El Hitler de 1918-1919 mostraba en este sentido una actitud errática y mucha incertidumbre acerca de su identidad y su futuro; aún no era un hombre radicalizado, el futuro dictador todavía estaba por formar. La primera guerra de Hitler aborda otras cuestiones de genuino interés, entre otras: el significado y el alcance de la política de guerra total implementada por el binomio Hindenburg-Ludendorff (¿política protofascista?); la importancia (relativa) del antisemitismo; el decisivo papel del teniente Hugo Gutmann, judío de mayor graduación en el RIR 16, en la concesión de la cruz de hierro de primera clase a Hitler; temas, en fin, para los que falta espacio en la presente reseña. En lo que concierne a la cuestión principal, conviene citar la conclusión a que llega el autor: «Ni la politización de Hitler ni la evolución del nacionalismo tienen sus raíces en el  Regimiento List ni en unidades alemanas similares de la Primera Guerra Mundial» (p. 298).
Un libro a tener en cuenta.
- Thomas Weber, La primera guerra de Hitler. Taurus, Madrid, 2012. 508 pp.

No hay comentarios:

Publicar un comentario