jueves, 7 de febrero de 2013

El infierno helado en la batalla de Stalingrado

La línea de piojos

Según relata Antony Beevor en su impresionante "Stalingrado" (ed. Crítica) cuando un soldado moría acurrucado por el frío, sobre todo en los últimos momentos de la resistencia alemana y en los improvisados hospitales donde los dedos congelados se quedaban prendidos de las vendas, sus compañeros lo sabían por un hecho singular. Nadie se movía, pero en el instante en el que el corazón del soldado dejaba de latir, una procesión de piojos salía por sus mangas y las perneras del pantalón en busca de algún compañero al que aún pudieran parasitar. La crueldad de la imagen puede parecer un contrapeso inhumano al hecho de que los alemanes dejaron morir de hambre y frío a numerosos prisioneros encerrados en cercas de alambre de espino.

Los muertos ya no tienen interés

El error de la Wermacht fue a peor en el invierno de 1942, cuando ya no podían ni enviar ayuda aérea a sus soldados: estaban abandonados a su suerte. El mariscal de campo Friedrich Paulus, a cargo del VI ejército, había dicho a un piloto, quien se lo espetó al mariscal de campo Milch: "Cualquier ayuda que llegue desde ahora en adelante vendrá demasiado tarde. A nuestros hombres no les quedan fuerzas". Tampoco tenían ya una pista para el puente aéreo. Milch, que había sido encomendado por Hitler para restañar la línea aérea de abastecimiento, respondió: "Los muertos ya no tienen interés en la historia militar".

La letrina les salvó de la muerte

Beevor relata que la rendición de la ciudad de Stalingrado generó una atmósfera volátil en la que el destino de un alemán era imprevisible, vivir o morir eran la misma cara de una moneda. Los soldados soviéticos incendiaron un hospital con cientos de heridos cerca del aeródromo. Dos oficiales alemanes de baterías antiaéreas habían sido escoltados a una habitación del piso superior. Aterrados por las llamas ambos saltaron por las ventanas reventadas del barracón, cayendo sobre las letrinas. Cuando los rusos llegaban para rematarlos, el ingenio de uno de ellos les salvó la vida. Viéndose sobre el suelo pestilente, el joven teniente le dijo a su compañero que no olvidara bajarse los pantalones. La broma desarmó al pelotón de ejecución que, presa de las carcajadas, les perdonó la vida ante la salida ingeniosa. Les pareció imposible fusilar a dos hombres con los pantalones en los tobillos.

"Tan joven y ya están muriéndose"

Tifus, ictericia y disentería eran la moneda común de los 100.000 alemanes que quedaron atrapados en la ciudad, entre dos fuegos, con el rostro amarillo o verdoso y envueltos en todo tipo de harapos. A pesar de las atrocidades, no todas las relaciones con los civiles fueron cruentas. Un soldado herido de la 297ª división de infantería relata que dos mujeres le descubrieron con las piernas a medio congelar y decidieron frotárselas durante una hora, mientras repetían: "Tan joven y sin embargo ya está muriéndose". A veces la población improvisaba hornos para cocer pan y luego lo intercambiaba por trozos de caballo congelado.

Las cifras y la supervivencia

En toda la campaña de Stalingrado el ejército Rojo había sufrido 1.100.000 bajas, de las que 485.751 habían resultado mortales. Los civiles habían muerto por decenas de miles, incluidos ancianos, mujeres y niños. La mañana del 2 de febrero, hace 70 años, cuando la niebla del amanecer se había disipado y se supo que había caído el último bastión, los soldados lanzaron bengalas al cielo. Muchos cruzaron el hielo del río con barras de pan y latas de comida para los civiles que habían estado atrapados cinco meses en los huecos y sótanos de un verdadero infierno de odio helado. Cuentan que todos se abrazaban, todo parecía un milagro en medio de la ciudad aplastada por las bombas en la que uno de los pocos elementos de referencia que resistían era la fuente decorada con estatuas de niños danzando. En el fondo, nadie se creía que la batalla había terminado. Fuente: ABC

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