viernes, 1 de febrero de 2013

El destino de los aborígenes del Uruguay

Para comprender la distribución de los grupos indígenas en el Uruguay, debe considerarse a este país como originariamente integrado en un área más extensa que abarcaba las cuencas de los ríos Paraná y Uruguay desde sus fuentes en el sur del Brasil.
A ambos lados del río Uruguay, tanto del lado argentino como uruguayo, se distribuía el grupo de los charrúas; los departamentos actuales de Río Negro, Durazno, Paysandú, Salto, Tacuarembo, Cerro Largo y Treinta y Tres, estaban ocupados por grupos indígenas que mantenían un parentesco directo con los charrúas (se habla de una macro etnia charrúa): los Minuanes, los Yaros, los Bohanes y los Guenoas. Otros grupos también próximos a los charrúas fueron los Guyanás que ocupaban el litoral costero del Uruguay desde la laguna De los Patos en Brasil, y los Chanás, que se distribuían por la costa del Río de la Plata, siguiendo luego el curso del río Paraná en la actual mesopotamia argentina. Frente a estos grupos existía la presión constante de un último grupo, el de los Guaraníes. Estos habitaban las zonas semiselváticas del Paraguay pero ya se habían extendido hacia el norte del Uruguay y del Estado brasileño de Río Grande del Sur, e incluso hasta la actual Provincia de Buenos Aires (Pi Hugarte 1998:7).
Los primeros cronistas que se refieren a los habitantes del Uruguay fueron tripulantes de las naves de descubrimiento de origen español y / o portugués; a esta primera”camada” se debe agregar distintos religiosos, militares, etc. Estos cronistas no fueron ni indígenas ni mucho menos antropólogos: sus descripciones estaban tergiversadas por un acusado etnocentrismo y centradas en aquellos aspectos de la cultura indígena que más pudiera llamarles la atención.
Los Charrúas entran en la historia de Occidente con la muerte de Juan Díaz de Solis, quien luego de descubrir el Río de la Plata, habría padecido ante antropófagos probablemente guaraníes, sin embargo, la etnia Charrúa es endilgada con este hecho.
Antonio Pigafetta, acompañante de Magallanes y luego de Elcano en la primera circunnavegación al mundo, presenta la primera descripción de un indígena perteneciente a esta zona. Hacia enero de 1520, en lo que hoy es el departamento de Colonia, se efectúa el siguiente encuentro:
"Continuando después nuestro camino, llegamos hasta el grado 34, más un tercio, del Polo Antártico, encontrando allá, junto a un río de agua dulce, a unos hombres que se llaman 'caníbales' y comen carne humana. Se acercó a la nave capitana uno de estatura casi como de gigante para garantizar a los otros.
Tenía un vozarrón de toro. Mientras éste permaneció en la nave, los otros recogieron sus enseres y los adentraron más en la tierra, por miedo a nosotros. Viendo lo cual, saltamos un centenar de hombres a tierra en busca de entendernos algo, trabar conversación; por lo menos, retener a alguno. Pero huían, huían con tan largos pasos, que ni con todo nuestro correr podíamos alcanzarlos. Hay en este río siete islas. En la mayor de ellas encuéntrense piedras preciosas; se llama cabo de Santa María" (Barrios Pintos 1991:26).
Al parecer, el primer indio que es avistado y que sube a la nave, por sus características físicas sería un charrúa (que no era antropófago, como si lo fueron los guaraníes, de menor porte).
Con el descubrimiento del Río de la Plata y la llegada del primer adelantado en el año 1535, se pueden observar diversos diarios de navegación en los que se hace referencia a los charrúas. Tal es el caso del “Diario da Navegación" de Pedro Lopes de Sousa, quien desembarcó el 25 de octubre de 1531 en la playa del puerto de Maldonado para abastecerse de agua. Los indios charrúas se les acercaron temerosos primero y confiados luego, recibiéndolos "com grandes choros e cantigas muí tristes" (Barrios Pintos 1991:9).
La primera confrontación entre charrúas y españoles se produce en el año 1573, cuando un soldado desertor del Adelantado Ortiz de Zárate pidió albergue y protección a los charrúas, quienes accedieron a protegerlo y no entregarlo. Finalmente, luego de infructuosas tratativas por parte de Zárate, los charrúas fueron fieles a sus palabras y no entregaron al soldado, por lo que españoles y charrúas se enfrentaron en el combate de San Gabriel, el 29 de diciembre de 1573. Con el refuerzo que aporta Juan de Garay, los españoles resultan vencedores en el combate de San Salvador (año 1574) (Clare 1959:68).
Lentamente los españoles comenzaron a edificar diversos fortines en el territorio de la Banda Oriental, notando los Charrúas la intención de la apropiación de las tierras; de hecho, el Rey de España daba a los conquistadores la propiedad de las tierras que descubriesen. Desde ese entonces se hicieron frecuentes las diversas batidas que terminadas en verdaderas matanzas buscaban poner limites y alejar al indígena.
En el año 1702 se suscita la llamada "batalla del Yí", en que fuerzas de guaraníes (unos 2000 hombres) junto a españoles ocasionaron importantes bajas a los charrúas, apresando a 500 individuos entre mujeres y niños, luego conducidos a las misiones. Se dio orden de degollar a la mayoría: "los tapes (guaraníes de las misiones) se lanzaron como fieras sedientas de sangre sobre los indefensos charrúas. El acto de la degollación fue realmente espantoso. Los asesinos estaban en la proporción de veinte para cada víctima, y se las disputaron, por el placer de ultimarlas, con un arrebato sin igual en los fastos carniceros de la humanidad. En pocos minutos, ni uno solo de los maniatados guerreros existía. Doscientos Charrúas, invencibles en el campo de batalla, quedaron sin vida sobre un lago de sangre, en el campo de la traición y de la infamia..." (Clare 1959:84).
En marzo de 1751 se produce la "limpieza de los campos", siendo Gobernador de Montevideo José Joaquín de Viana, quien da la orden de "sujetar a los charrúas a la cruz y a la campana o pasarlos a cuchillos a todos los varones mayores de doce años". Las mujeres y niños eran remitidos a la ciudad de Buenos Aires o a la de Montevideo (fundada en 1727), como prisioneros y como servicio doméstico.
La época colonial prácticamente se cierra con la fundación en el año 1797 del Cuerpo de Blandengues, con sede en la ciudad de Maldonado. De este regimiento surgiría el prócer uruguayo Don José Gervasio Artigas quien haría lo posible para defender al indígena. No obstante, el objetivo de los Blandengues era "llevar una guerra sin cuartel contra los indios infieles".
3. LOS INDÍGENAS EN LA ÉPOCA INDEPENDENTISTA
Se debe resaltar como un elemento notable, la gran cercanía entre José Artigas (1764-1850), prócer uruguayo, y los indígenas, quienes actuaron a su lado en las guerras de independencia contra España, primero, y luego contra Portugal.
El vínculo con los indígenas ya estaba establecido con el abuelo de Artigas, Don Juan Antonio Artigas (1732-1773), pues "era él quien lograba entenderse con los infieles, yendo solo y gallardamente de toldería en toldería, para salvar a Montevideo, una y otra vez" (Maggi 1999:11). Artigas habría escuchado de labios de su propio abuelo sus aventuras y proceder con los indígenas.
Desde los 14 años de edad, el que sería padre de la nacionalidad uruguaya, ya se relacionaba con los Charrúas en las faenas rurales y el transporte de ganado (Maggi 1999:69). Con el inicio de las batallas independentistas los charrúas pasan a integrar, en forma natural, el ejército oriental, según Artigas, "ellos tienen el principal derecho". El un indio era su semejante:
"Cuando los indios se pasan del otro lado es por vía del refugio y no de hostilización. En tal caso ellos estarán sujetos a la Ley que V.S. quiera indicarles, no con bajeza y si con un orden posible, a que ellos queden remediados, y la Provincia con esos brazos más a robustecer su industria, su labranza y su fomento. Todo consiste en las sabias disposiciones del Gobierno. Los indios, aunque salvajes, no desconocen el bien y aunque con trabajo al fin bendecirían la mano que los conduce al seno de la felicidad, mudando de religión y costumbres... V.S. adopte todos los medios que exige la prudencia y la conmiseración con los infelices y hallará en los resultados el fruto de su beneficencia". Carta de Artigas al Cabildo Gobernador de Corrientes, del 9 de enero de 1816 (Maggi 1999:126).
Desde siempre se nota una preocupación del prócer uruguayo por el indígena, considerando a éste en una situación de desventaja frente al criollo; es así que a Don José de Silva, Gobernador de Corrientes le dice que "igualmente encargo de usted que mire y atienda a los infelices pueblos de indios (...) yo deseo que los indios en sus pueblos se gobiernen por sí, para que cuiden de sus intereses como nosotros de los nuestros. Así experimentarán la felicidad práctica y saldrán de aquel estado de aniquilamiento a que los sujeta la desgracia. Recordemos que ellos tienen el principal derecho, y que sería una degradación vergonzosa, para nosotros, mantenerlos en aquella exclusión vergonzosa que hasta hoy han padecido, por ser indianos. Acordémonos de su pasada infelicidad, y si ésta los agobió tanto, que ha degenerado de su carácter noble y generoso, enseñémosle nosotros a ser hombres, señores de sí mismos. Para ello demos la mayor importancia a sus negocios. Si faltan a los deberes, castígueseles; si cumplen, servirá para que los demás se enmienden, tomen amor a la patria, a sus pueblos y a sus semejantes. Con tan noble objeto recomiendo a su V.S. a todos esos infelices. Si fuera posible que usted visitase a los pueblos personalmente, eso mismo les serviría de satisfacción y a usted de consuelo, al ver los pueblos de su dependencia en sosiego".
Con el repliegue de Artigas frente al avance lusitano que finalmente lo hace abandonar el país rumbo al Paraguay (1820), quedan atrás las ideas “progresistas” del héroe uruguayo: como se verá con el nacimiento de la República, unos diez años después, el indígena es considerado una traba y se define su aniquilación como tal. Era tanta la proximidad de Artigas a los indígenas que su escudo, del año 1816, estaba coronado por plumas indígenas, cruzado por una lanza charrúa, un arco y un carcaj con dos flechas (Barrios Pintos 1991:57).
4. PUNTO FINAL: LA REPÚBLICA Y LA ANIQUILACIÓN DE LA ETNIA INDÍGENA
Con el nacimiento de la República (1830), los grupos indígenas finalmente sucumben a la deculturación, a la pérdida de territorio para cazar y recolectar, a las enfermedades infecciosas (viruela y sarampión), y al enfrentamiento acérrimo con el ejército nacional.
Desaparecido Artigas del escenario político rioplatense, no hubo ya barreras para el exterminio del indígena. Los enfrentamientos, que tuvieron su culminación en “Salsipuedes”, formaron parte de un “programa” de erradicación del indio como una forma de “barbarie” que impedía el “progreso” del naciente país. Los enfrentamientos con los indígenas se justificaban por los pedidos que algunos hacendados hacían que se tomarán represalias contra los indios que robaban su ganado y atacaban sus estancias (Pi Hugarte 1998:139).
El preámbulo al enfrentamiento final se gestaba ya desde la época del mandato de Rondeau (1828-1830), quien solicitaba al comandante General de Armas, Fructuoso Rivera, que asegurara a cada ciudadano la tranquilidad en sus propiedades, apuntando directamente a los indígenas. Juan Antonio Lavalleja (prócer uruguayo) en carta a Rivera le señala que “...para contenerlos (a los charrúas) en adelante y reducirlos a un estado de orden al mismo tiempo. Escarmentarlos se hace necesario que tomen las acciones necesarias para asegurar la tranquilidad a los vecinos y la garantía de sus propiedades” (Acosta y Lara 1969:79).
La situación del campo uruguayo para el año 1830 era sumamente caótica con cuereadores clandestinos, cuatreros, contrabandistas, a los que se les debe sumar los indios charrúas que se llevaban ganado ajeno considerándolo como propio. Se impuso el valor jurídico de la “propiedad” con respecto a las necesidades de alimentación y sobre vivencia de los grupos autóctonos uruguayos.
La confrontación de Salsipuedes es el resultado del enfrentamiento prolongado de más de tres siglos entre el blanco y el indígena. Incluso se debe distinguir entre la etnia guaraní que conformaba el ejercito riverista de la charrúa, a quien odiaban. Es el final de un dramático choque de culturas en los que desaparece un modo de vida que no se ajustaba a los tiempos de la República, a su cuerpo de leyes y a su organización. El enfrentamiento, matanza, llevada a cabo a orillas del arroyo Salsipuedes por el General Fructuoso Rivera, primer presidente del Uruguay (1830 – 1834) y prócer nacional, fue cuidadosamente planificada: se utilizó como excusa armar una supuesta incursión a Brasil para arrear ganado (Pi Hugarte 1998:141).
Los Caciques debían reunirse con las tropas de Rivera en Salsipuedes, el día 11 de abril de 1831. Aparentemente, se les ofreció a los indígenas varios barriles de aguardiente y presentes para embriagarlos, posteriormente, los charrúas fueron cercados por las tropas, apoderándose de las armas y caballos antes de atacarlos.
Eduardo Acevedo Díaz, según apuntes del brigadier general Antonio Díaz (abuelo del anterior), da cuenta del episodio:
“...pero, el presidente Rivera llamaba en voz alta de “amigo” a Venado y reía con él marchando un poco lejos; y el coronel, que nunca les había mentido, brindaba a Polidoro con un chifle de aguardiente en prueba de cordial compañerismo. En presencia de tales agasajos, la hueste avanzó hasta el lugar señalado, y a un ademán del cacique todos los mocetones echaron pie a tierra. Apenas el general Rivera, cuya astucia se igualaba a su serenidad y flema, hubo observado el movimiento, dirigióse a Venado, diciéndole con calma: “Empréstame tu cuchillo para picar tabaco”. El cacique desnudó el que llevaba a la cintura y se lo dio en silencio. Al cogerlo, Rivera sacó una pistola e hizo fuego sobre Venado. Era la señal de la matanza. El cacique, que advirtió con tiempo la acción, tendióse sobre el cuello de su caballo dando un grito. La bala se perdió en el espacio. Venado partió a escape hacia los suyos. Entonces la horda se arremolinó y cada charrúa corrió a tomar un caballo. Pocos sin embargo lo consiguieron, en medio del espantoso tumulto que se produjo instantáneamente. El escuadrón desarmado de Luna, se lanzó veloz sobre las lanzas y algunas tercerolas de los indios, apoderándose de su mayor parte y arrojando al suelo bajo el tropel varios hombres. El segundo regimiento buscó su alineación a retaguardia en batalla con el coronel Rivera (Bernabé, sobrino del presidente) a su frente; y los demás escuadrones, formando una grande herradura, estrecharon el círculo y picaron espuelas al grito de “carguen”. Bajo aquella avalancha de aceros y aun de balas, la horda se revolvió desesperada, cayendo uno tras otro sus mocetones más escogidos. El archicacique Venado, herido por muchas lanzas, fue derribado en el centro de la feroz refriega. Polidoro sufrió la misma suerte. Otros quedaron boca abajo, con el rejón clavado en los pulmones. En algunos cuellos bronceados y macizos se ensañó el filo de las dagas, pues no había sido en vano el toque sin cuartel; y al golpe repetido de los sables sobre el duro cráneo indígena, puede decirse que voló envuelta en sangre la pluma de ñandú, símbolo de la libertad salvaje. No fueron pocos los que se defendieron, arrebatando las armas a las propias manos de sus victimarios. El teniente Máximo Obes y ocho o diez soldados pagaron con sus vidas en ese sitio la inhumana resolución del general Rivera. El cacique Pirú al romper herido el círculo de hierros, le gritó al pasar: “Mirá Frutos (apelativo de Fructuoso Rivera) tus soldados, matando amigos” (Acevedo Díaz, Eduardo 1891:85).
El siguiente es el parte del combate de Salsipuedes del día 2 de abril de 1831:
“Exmo. Gobierno de la República. Cuartel General, Salsipuedes, abril 2 de 1831. Después de agotados todos los recursos de prudencia y humanidad; frustrados cuantos medios de templanza, conciliación y dádivas pudieron imaginarse para atraer la obediencia y la vida tranquila y regular a las indómitas tribus de los charrúas, poseedoras desde una edad remota de la más bella porción del territorio de la República; y deseoso, por otra parte, el Presidente General en Jefe, de hacer compatible su existencia con la sujeción en que han debido conservarse para afianzar la obra difícil de la tranquilidad general; no pudo temer jamás que llegase el momento de tocar, de un modo práctico, la ineficacia de estos procederes, neutralizados por el desenfreno y la malicia criminal de estas hordas salvajes y degradadas. En tal estado y siendo ya ridículo y efímero ejercitar por más tiempo la tolerancia y el sufrimiento, cuando por otra parte sus recientes y horribles crímenes exigían un ejemplar y severo castigo, se decidió a poner en ejecución el único medio que ya restaba, de sujetarlos por la fuerza. Más los salvajes, o temerosos o alucinados, empeñaron una resistencia armada que fue preciso combatir del mismo modo para cortar radicalmente las desgracias que con su diario incremento amenazaban las garantías individuales de los habitantes del Estado y el fomento de la industria nacional, constantemente degradada por aquéllos. Fueron en consecuencia atacados y destruidos, quedando en el campo más de 40 cadáveres enemigos, y el resto con 300 y más almas en poder de la división de operaciones. Los muy pocos que han podido evadirse de la misma cuenta, son perseguidos vivamente por diversas partidas que se han despachado en su alcance y es de esperarse que sean destruidos también si no salvan las fronteras del Estado. En esta empresa, como ya tuvo el sentimiento de anunciarlo al Eximo. Gobierno, el cuerpo ha sufrido la enorme y dolorosa perdida del bizarro joven teniente D. Maximiliano Bes, que como un valiente sacrificó sus días a su deber y a su patria; siendo heridos a la vez el distinguido teniente coronel D. Gregorio Salvado y los capitanes D. Gregorio Berdum, D. Francisco Estevan Benítez y seis soldados mas.” (Acosta y Lara 1969:49-50).
En el diario El Universal de Montevideo se menciona en su edición del 15 de abril que "Estamos informados de que en el día 10 del corriente ha habido una acción en Salsipuedes, entre los Charrúas y la división del inmediato mando de S.E. el Señor Presidente en campaña, en la cual han sido aquellos completamente destruidos".
Aunque el resultado del enfrentamiento de Salsipuedes fue contundente no todos los caciques acudieron a esa cita, desconfiados lograron escapar, a los que se debe sumar los que escaparon a la propia confrontación. No se conoce el número exacto de muertos (Rivera consigna cuarenta, pero los “charruistas” hablan de miles), lo cierto que la etnia charrúa en ese momento no alcanzaba a superar el medio millar de individuos.
Los niños, ancianos, mujeres y algunos combatientes, fueron llevados prisioneros a Montevideo, el resto permaneció oculto detrás de apellidos hispánicos, refugiados en casas de amigos, en el "monte sucio" o emigrando al Brasil y otras tierras.
Finalmente, un pequeño grupo de Charrúas fue enviados a París para ser “estudiado”: se trataba de una mujer y tres hombres, Senaqué, Tacuabé, Vaimaca Pirú y Guyunusa (esposa de Tacuabé). La idea provino de Francisco de Curel, director del Colegio Oriental de Montevideo, quien los traslado al Museo del Hombre de París donde fueron exhibidos como ejemplares de una raza exótica. Curel señalaba el interés que despertaría en los hombres de ciencia tomar conocimiento directo de sobrevivientes de una nación indígena próxima a su extinción (Barrios Pintos 1991: 169). El 25 de febrero de 1833 se embarcan rumbo a Francia en la barca Phaéton llegando al puerto de Saint-Malo el 7 de mayo continuando hacia su destino en París.
Guyunusa tuvo una hija y su padre Tacuabé logró escapar con ella, perdiéndose su rastro. Vaimaca-Pirú fue, a su muerte, momificado (Rivet 1930:21). El día 16 de julio del año 2002 fueron finalmente repatriados los restos del cacique Vaimaca Pirú (1790-1833), a la ciudad de Montevideo, al Uruguay. Vaimaca habría acompañado las luchas por la independencia del Uruguay bajo las órdenes del prócer José Artigas (Barrios Pintos 1991:58).
La ilustración muestra un documento iconográfico realizado por Delaunois de los Charrúas en París en 1833, publicada por el Dr. Paul Rivet en su obra "Les Derniers Charrúas" del año 1930; la lámina los muestra robustos pero de hecho estaban en avanzado estado de desnutrición.
Con su muerte, se consideró que el Uruguay era uno de los países americanos sin culturas indígenas vivientes, llamando al grupo exiliado “los últimos Charrúas”. Sin embargo, los Charrúas han sobrevivido en la toponimia uruguaya con nombres como Tacuarembó, Queguay, Guayabos, Arapey, y el del propio país, Uruguay. La construcción mítica “romántica” posterior hizo que los uruguayos se autodenominen “charrúas” (Pi Hugarte 1998:185).

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