viernes, 15 de febrero de 2013

Continente salvaje, Europa después del Segunda Guerra Mundial, Keith Lowe

«Todas las personas a partir de los catorce años de edad que pertenezcan a la categoría de alemán, húngaro, traidor o colaborador llevará en el lado izquierdo bien visible una esvástica de lona blanca, de 10 x 10, junto con el número bajo el que serán registrados. Ninguna persona marcada con la esvástica recibirá cartillas de racionamiento normales ».
Traducción de un cartel expuesto en un distrito de Praga en junio de 1945.
La Segunda Guerra Mundial se da por terminada el 8 de mayo de 1945. La realidad, sin embargo, es que la guerra duró unos cuantos años más y su final se mezcla con los inicios de la Guerra Fría, de modo que se puede llegar a la conclusión de que, al no haber tratado de paz, sino sólo una rendición incondicional, el conflicto no terminó. Recordaremos imágenes de soldados japoneses, recluidos en alguna isla del Pacífico, para quienes la guerra continuaba viva cuando fueron rescatados, e incluso algún combatiente oculto en Europa hasta avanzados los años cincuenta pensaba que aún había que combatir a los nazis. La guerra, librada en la visión tradicional, como un enfrentamiento entre un Eje del Mal y las fuerzas aliadas [del Bien] terminó para los vencedores con la eliminación de los nazis, los fascistas y sus colaboradores europeos y el castigo de todos ellos. Los juicios de Núremberg habían de servir de catarsis de la conciencia europea, castigando a los que habían cometido crímenes contra la humanidad, y permitiendo que las heridas abiertas pudieran cerrarse. Se iniciaron procesos de desnazificación, desfascistización y desvichización, con resultados más bien escasos: era difícil que el aparato judicial en Alemania, Italia o Francia condenara de manera ejemplarizante a todos los que colaboraron con el Eje, pues muchos de los jueces que dictaban sentencia ya lo habían hecho bajo el paraguas de los nazis. Pero para muchos de los vencedores la guerra ya había terminado, los perpetradores de los crímenes habían sido ejecutados (o así se consideraba), Alemania había sido sometida y cuarteada y llegaba el momento de pasar página. El enemigo era ahora el Bloque Comunista, que trataba de apoderarse de toda Europa; y de hecho ya se había apropiado de la mitad oriental del continente.
Keith Lowe (n. 1970) escribe un libro estremecedor en muchos aspectos. Continente salvaje. Europa después de la Segunda Guerra Mundial (Galaxia Gutenberg, 2012) nos cuenta la historia de la posguerra europea (1944-1949), cuando la venganza se apoderó del proceder de países como Polonia, Checoslovaquia, Yugoslavia o Ucrania, y se trató de cambiar las tornas; cuando la población alemana sufrió un brutal castigo y una expulsión masiva (hasta 11 millones de alemanes tuvieron que abandonar sus hogares, ahora en manos de otras naciones, para regresar a una Alemania que no pudo ni quiso recibirlos con los brazos abiertos); cuando los judíos de Europa, los pocos que pudieron salvarse de los campos de exterminio y de concentración, los que regresaron a sus casas, comprobaron que la derrota de los nazis no significaba volver atrás, sino que se les continuaba persiguiendo, forzando en muchísimos casos su emigración a Palestina, donde se forjaría el nuevo estado de Israel; cuando la guerra civil, en muchos casos iniciada durante la ocupación alemana (Grecia, por ejemplo), fue una continuación del conflicto, azuzada esta vez por la URSS (y en gran medida por los aliados occidentales), con el objetivo de situar a los comunistas en el poder (se lograría en Rumanía, Polonia o Checoslovaquia). Esta es, pues, la historia de un continente europeo que no conocería la paz al caer los nazis.
Lowe, echando mano de documentación oficial de archivos, de diarios, de la bibliografía más reciente sobre el tema, nos acerca a unos años convulsos. Quizá a más de uno sorprenda la cita con la que se iniciaba esta reseña: una resolución del presídium del Comité Nacional de Praga, que castigaba a todos los alemanes (a todos) a lucir una esvástica como marca infamante, del mismo modo que los judíos y otros marcados por los nazis tuvieron que lucir una estrella de colores, según su ubicación en un grupo u otro. Este es uno de los ejemplos más significativos de cómo el aire de salvaje revancha se apoderó de numerosos sectores de las poblaciones hasta entonces ocupadas. El legado de la guerra fue el odio: odio a los judíos, a los alemanes, a los colaboradores, a las poblaciones minoritarias en los países multiétnicos. Odio en general y que se desbordaría en los años siguientes al final formal de la guerra. El panorama de Europa en mayo de 1945 ya era de por sí desolador: ciudades en ruinas, decenas de millones de muertos, otros tantos en desplazamiento, hambre por doquier, gente mendigando, sufriendo abusos sexuales o robando para sobrevivir. La sed de sangre fue feroz: los polacos contra los ucranianos en Volinia, los polacos contra los judíos en Polonia, los checos contra los alemanes en los Sudetes, los prisioneros alemanes en manos de los soviéticos, los serbios contra los croatas en Yugoslavia, los soviéticos contra los partisanos en los países bálticos, las mujeres y los niños en todas partes (incluidas Francia e Italia). El relato de Lowe, con cifras nunca concluyentes pero tratando de acercarse a la fiabilidad, es una narración de abusos constantes, de guerras que empezaron años o incluso décadas antes, de enfrentamientos que no podían enterrarse, de odios que resurgen sobre el papel y de debates historiográficos que no parecen tener fin en función de quién escribe qué o, mejor dicho, de qué país o población étnica procede uno. El autor no se limita solamente a narrar el salvajismo y el horror: también induce a la reflexión y a tratar de superar ese odio que parece incrustado en el ADN europeo. La guerra creó o fortaleció mitos: el de la unidad (Francia, Noruega, Holanda, Bélgica), el de la resistencia contra los invasores (los partisanos en Grecia, los países bálticos o el este de Polonia), el de la victimización (Polonia, los judíos, los alemanes que no eran nazis), el culto al heroísmo de los resistentes, la forja de la nación, etc. Estos mitos fueron esgrimidos por vencedores y vencidos para justificar su historia reciente, para expurgar culpas, para diluir (o sublimar) fantasmas y sombras, para unir poblaciones que estuvieron separadas y para, en muchos casos, fomentar y alimentar un odio que en ocasiones ha llegado hasta la actualidad (el caso yugoslavo y la guerra de los años noventa del siglo XX).
La conmemoración, la sucesión de fechas y actos de recuerdo de unos y de fustigación de otros, ha estado presente en la Europa del último medio siglo. La liberación de los campos de concentración, de los países ocupados, el recuerdo de las matanzas, los actos de reivindicación nacional, ha sido una de las herencias de la guerra. Pero también lo ha sido el olvido deliberado: de aquello que se hizo en los años siguientes al conflicto, de lo que se prefiere no recordar para que aquellos mitos nacionales no queden empañados. Lowe se muestra incisivo en este aspecto y apela a no olvidar, del mismo modo que nos sentimos obligados a recordar. «Intentar olvidar el pasado sólo conduce a más resentimiento, y en definitiva a una distorsión peligrosa de los hechos. Los hechos distorsionados son mucho más peligrosos que los verdaderos. Pero tampoco deberíamos querer olvidarlos. Los sucesos que han conformado el mundo que nos rodea, y que continúan haciéndolo hoy día, no sólo son importantes para los historiadores, sino para todos. Es nuestra memoria del pasado la que nos hacer ser quienes somos, no sólo a nivel nacional, sino también a uno intensamente personal» (pp. 428-429). Podría parecer una obviedad, pero no lo es. Nunca lo es. Fuente: hislibris

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