martes, 8 de enero de 2013

La dictadura de Juan Manuel de Rosas en Argentina

1. Introducción

Este trabajo persigue la finalidad de conocer uno de los períodos más controvertidos de la historia argentina: aquel que se extiende desde la asunción del gobierno bonaerense por Juan Manuel de Rosas hasta su caída.

Cuando Rosas asume el poder, la provincia había perdido su hegemonía por la caída del régimen unitario rivadaviano. Cuando Rosas cae, Buenos Aires vuelve a perder momentáneamente la hegemonía sobre el país. Entre ambos sucesos, se consolidó en el país el orden social heredado de la colonia: de las premisas de mayo de 1810 sólo había quedado en pie la independencia del poder colonial español. En un período en el cual se consolidaba el capitalismo en Europa y tendía sus redes a todo el mundo, estas tierras se debatían entre revolucionarios, reformadores y reaccionarios. Aquí se intentarán dar algunas pautas para conocer por qué no pudo la patria evolucionar al capitalismo desde sus propias entrañas. Conocer el porqué del fracaso de unitarios y federales en constituir una nación desarrollada y unificada. Y cómo, desde el seno de esta sociedad puede nacer un personaje como Don Juan Manuel, símbolo de un momento particular de nuestra historia.

2. Marco Cronológico

Antecedentes de Juan Manuel de Rosas

Juan Manuel de Rosas nació en Buenos Aires el 30 de marzo de 1793, de padres pertenecientes a familias de ricos y poderosos terratenientes. Permaneció en su estancia de Rincón de López durante los sucesos de la revolución de mayo. En 1820 se casó con Encarnación Ezcurra, con quien formaría luego un compacto equipo político. Se asoció con Juan Terrero para establecer un saladero (Las Higueritas) cerca de Quilmes; cuando el gobierno lo clausuró, compraron una estancia y comenzaron uno nuevo. Luego fundaron Los Cerrillos sobre el Río Salado. Se unió al ejército de Martín Rodríguez en Buenos Aires para luchar en la campaña contra José Miguel Carrera, Carlos de Alvear y Estanislao López. En noviembre de 1820 se estableció la paz entre Buenos Aires y Santa Fe con una donación de 25.000 cabezas de ganado que Rosas aportó (Tratado de Benegas). En 1821 renunció al ejército, regresó a Los Cerrillos, instaló fuertes a lo largo de la frontera e hizo acuerdos con los indios.

Se convirtió en enemigo de Rivadavia y pasó a ser comandante de la milicia (los "Colorados del Monte"). En 1828, cuando Lavalle, instigado por los unitarios, destituyó y fusiló a Dorrego, gobernador de Buenos Aires, Rosas dirigió sus hombres contra aquel, lo venció en Puente de Márquez el 26 de abril de 1829 y en junio negoció una tregua con su vencido, en Cañuelas, por el que ambos rivales se comprometían a concurrir a las elecciones bonaerenses con una lista conjunta conciliadora. Sin embargo, los unitarios presentaron una lista propia y vencieron en unas elecciones violentas. Lavalle las anuló y pactó en Barracas la designación de Viamonte como gobernador provisorio. El 1ro. de diciembre de 1829 se reunió la Legislatura y eligió gobernador a Juan Manuel de Rosas.

Rosas gobernador de Buenos Aires (1829-1852)

El primer gobierno de Rosas (1829-32) se caracterizó por el orden administrativo, la exaltación del partido federal porteño y la represión a los unitarios golpistas (aunque no a Lavalle, con quien Rosas había acordado). En líneas generales, respondió bien a los intereses de terratenientes y comerciantes bonaerenses, que integraron su gabinete. Por este desenvolvimiento se lo declaró "Restaurador de las leyes" (que habían sido quebradas por el golpe unitario).

En otro aspecto, el gobierno bonaerense debió luchar contra el poder creciente que se había constituido en el Interior al mando de José María Paz, que había combatido, como Lavalle, en la guerra contra el Imperio brasileño y había retornado al país con su división veterana, enarbolando las banderas del unitarismo, aunque con talante provinciano. En 1829 Paz ocupó Córdoba y venció a Bustos, su gobernador, en San Roque. Luego se enfrentó con Facundo Quiroga, caudillo federal-localista de La Rioja y lo venció en La Tablada y Oncativo (1830). Paz tenía dominado el Interior del país: los unitarios ocuparon Catamarca y Santiago del Estero (J. López); San Juan y La Rioja (Lamadrid); Mendoza y San Luis (Videla). El 5 de julio se conformó la Liga del Interior y el 31 de agosto todas las provincias excepto las del Litoral le concedieron a Paz el Supremo Poder Militar, con plenas facultades para dirigir la guerra.

En respuesta a la amenaza del interior, Rosas negoció con las provincias litorales y finalmente acordó con Santa Fe y Entre Ríos un tratado ofensivo-defensivo el 4 de enero de 1831 (Pacto Federal). Ese mismo año se reanudaron las hostilidades. El rosista Pacheco venció a Pedernera en Fraile Muerto; Quiroga tomó Río Cuarto y luego avanzó sobre Mendoza derrotando a Videla (su gobernador) en Rodeo del Chacón. Las victorias de los federales (apoyados por los gobernadores depuestos del Interior) complicaron a Paz, quien fue apresado en el campo de El Tío por una partida federal. Pronto la Liga del Interior se disolvió y los caudillos triunfantes volvieron a tomar las riendas de las administraciones provinciales. López, Rosas y Quiroga quedarían como los tres más importantes señores del país.

En 1832, Rosas renunció al cargo de gobernador debido a que no se le renovarían las facultades extraordinarias que había disfrutado en sus tres años de gobierno. Balcarce ocupó el cargo. Inmediatamente, Rosas organizó una campaña contra los indios de la frontera sur, nombrando a Quiroga comandante supremo. Partieron tres columnas desde Cuyo, Córdoba y Buenos Aires, llegando esta última hasta el Río Negro, sometiendo a los indígenas y obteniendo tierras para los ganaderos bonaerenses.

Mientras tanto, en Buenos Aires estalló el conflicto entre los partidarios de Rosas o "Apostólicos" y los federales doctrinarios o "Cismáticos", acaudillados por Balcarce y Martínez. En 1833, instigada y preparada por la mujer de Rosas, Encarnación, se produce una sublevación de tono popular conocida como "Revolución de los Restauradores", después de la cual Viamonte, un moderado, es elegido gobernador.

Finalmente, el 30 de junio de 1834 la Legislatura eligió a Rosas, quien se negó a ocupar el cargo. Maza fue designado provisoriamente. En ese momento (febrero de 1835), Quiroga, quien había mediado en un conflicto entre caudillos federales del interior, era asesinado en Barranca Yaco. Se adjudicó el crimen a los hermanos Reinafé y a López, a tal punto que los primeros fueron condenados y ejecutados por orden del gobernador porteño. Frente a la incertidumbre política, Rosas resultará elegido gobernador porteño con poderes prácticamente discrecionales: la sume del poder público. El conjunto de la población de la provincia iba a ratificar la elección casi por unanimidad.

En 1835 se dictó la Ley de Aduanas que aumentó las tasas de algunos productos de importación. En 1836 se disolvió el Banco Nacional. Ese mismo año se alzó el gobernador de San Juan e intentó apoderarse del gobierno riojano, pero fue derrotado junto con Ángel Vicente Peñaloza y emigraron a Chile. Desde Salta, F. J. López invadió Tucumán, fue derrotado en Famaillá y fusilado. El rosista Heredia ocupó el norte.

Mientras tanto, en Uruguay, el caudillo Fructuoso Rivera, aliado de los unitarios, se enfrentaba con Oribe, futuro protegido de Rosas. Al enterarse de las conexiones entre Rivera, los franceses, los unitarios y el gobierno de Andrés de Santa Cruz de Bolivia, el gobernador bonaerense se unió con Chile y declaró la guerra a los bolivianos en 1837. No obstante, la victoria chilena fue rápida y la intervención rosista poco significativa.

Ese mismo año se publica el primer número de "La Moda", periódico literario redactado por jóvenes intelectuales que luego se recordarán como la "Generación del 37" (Juan Bautista Alberdi, José María Gutiérrez, Vicente Fidel López, Esteban Echeverría) y que con el tiempo se convertirían en acérrimos opositores al régimen rosista.

A principios de 1838, los franceses, comandados por el Almirante Le Blanc, establecen el bloqueo de Buenos Aires, que duraría casi tres años. López enviará a su ministro Cullen a interceder ante Rosas para acabar con el conflicto, mas al poco tiempo López falleció y Rosas destituyó a Cullen de su flamante puesto de gobernador (colocando en su lugar a un adicto, "Mascarilla" López) y lo fusiló en Buenos Aires.

En 1839 las posiciones de Rosas sufrieron una merma: en Salta, en donde Heredia fue asesinado; en Corrientes, donde el gobernador Berón de Astrada se sublevó; en la propia Buenos Aires, donde se urdió una conspiración en su contra y entre los hacendados del sur de la provincia. Esta gran "confabulación general" no estaba totalmente desconectada de la presencia francesa en el Plata, con ambiciones colonialistas.

La disidencia correntina fue aplastada en Pago Largo el 31 de marzo, la conspiración fue desbaratada con el fusilamiento de Ramón Maza y la rebelión del sur fue destruida en Chascomús el 7 de noviembre. Entretanto, Lavalle iniciaría una campaña apoyado por los franceses. Se dirigió a la Mesopotamia y fue derrotado por Echagüe en Sauce Grande, en 1840. Luego pasó a San Pedro y se disponía avanzar sobre Buenos Aires cuando los franceses pactaron con el gobierno de Rosas, dejándolo a la deriva. Rápidamente se reunió en Córdoba con Lamadrid.

En el norte los gobernadores de Tucumán, La Rioja, Catamarca y Salta habían formado la "Liga del Norte". Los enfrentamientos entre los rosistas Oribe, Pacheco y Benavídez y los coligados Lavalle, Lamadrid y Acha fueron favorables a los primeros (Quebracho Herrado, Rodeo del Medio). A fines de 1841 sólo quedaban en pie dos enemigos para Rosas: los correntinos y los uruguayos de Rivera. En Corrientes, Ferré le encomendó a Paz la organización del Ejército.

Paz comenzó venciendo a Echagüe en Caaguazú (28/11/1841). Pero las diferencias entre "Mascarilla" López (pasado al bando opositor a Rosas), Paz, Ferré y Rivera terminaron favoreciendo a las tropas rosistas que vencieron ampliamente a los disidentes en Arroyo Grande (1842).

Con esta victoria, Oribe inició el sitio a Montevideo, que duraría más de ocho años. A su vez, el rosista Urquiza persiguió y venció a Rivera en India Muerta en 1845. El unitario se refugió entonces en Brasil. Sin embargo, la "pacificación" de la Mesopotamia no había sido aún lograda. En Corrientes, los hermanos Madariaga nombraron a Paz "Director de la guerra en nombre de la provincia de Corrientes y de la revolución argentina".

El 23 de setiembre de 1845, Francia e Inglaterra, conjuntamente, declaran el bloqueo de todos los puertos argentinos y uruguayos. En noviembre, la flota anglo-francesa remontó el Paraná y tras un largo combate en la Vuelta de Obligado, lograron forzar el paso y adentrarse río arriba, para regresar con innumerables dificultades debido a la resistencia.

El 4 de diciembre el gobierno de Paraguay, en alianza con el de Corrientes, declaró la guerra a Rosas, nombrándose a Paz jefe de las fuerzas conjuntas. En enero de 1846 Urquiza invadió Corrientes y logró apresar al hermano del gobernador Madariaga. Pero, perseguido por Paz, regresó a Entre Ríos e intentó negociar con los correntinos, firmando los pactos de Alcaraz, por los que Corrientes se comprometía a reintegrarse al Pacto Federal de 1831.

Finalmente Rosas negoció con Inglaterra y Francia en 1849 y 1850 respectivamente, y consiguió la paz interna y externa. Sin embargo, el dominio exclusivo de los ríos despertó la oposición de las provincias del Litoral, especialmente de Urquiza, que en 1851 lanzaría su pronunciamiento y el 3 de febrero de 1852 lo vencería definitivamente en Caseros. Rosas se exilió en Inglaterra hasta su muerte en Southampton en 1877.

3. Rosas Y Los Historiadores

Concepciones historiográficas argentinas.

Hay que destacar tres tendencias diferentes en cuanto al tema del período rosista y de la historia argentina en general.

La primera, conocida como liberal, ha sido la más difundida incluso hasta hoy. Nace en el momento de la conformación del Estado oligárquico liberal-conservador a fines del siglo XIX y destaca la labor organizativa y modernizadora del nuevo estado, execrando a Rosas como tirano, dictador, ultracentralista y déspota, enemigo de la patria y derrocado con justicia para dar origen a una nueva nación federal y democrática, que contrastaría con el absolutismo rosista. Es por lo general una historia de las instituciones, que desembocan brillantemente en la organización constitucional de 1853. También se la suele conocer como defensora de la línea Mayo-Caseros, haciendo alusión a los dos grandes movimientos que esta línea pondera y defiende desde una perspectiva aristocratizante.

La segunda, llamada revisionista, que comienza ya antes de la muerte de Rosas y que va cobrando vigor recién promediando el siglo XX. (Hará eclosión con la llegada al poder por el peronismo, y cristalizará en la línea San Martín-Rosas-Perón). Esta corriente insiste en que la historiografía liberal ha falsificado la verdadera historia y presenta a Rosas como un adalid de la causa nacional y popular, destacando la acción contra las potencias colonialistas como antiimperialista, su apego a la tierra y su respeto por las costumbres autóctonas y por las instituciones hispánicas y católicas que han forjado durante el período español a la "nación" argentina.

Y finalmente, el materialismo histórico ha aportado una interpretación basada en los intereses de clase que se mueven detrás de las opiniones políticas en pugna, que identifican a Rosas como líder indiscutido de la clase terrateniente porteña, que se opondrá a las ambiciones de las oligarquías del interior, a los "doctores" unitarios, no menos aristocráticos, y a las potencias capitalistas europeas, en lo que constituye su mayor mérito histórico.

Cabe destacar las diferencias que presentan internamente estas corrientes, a veces muy dispares, pero en líneas generales este es el debate sobre la cuestión.

4. Las Bases Económicas Del Régimen Rosista

El circuito económico: latifundio-saladero-comercio de exportación

"¿Quién era Rosas? Un propietario de tierras.

¿Qué acumuló? Tierras.

¿Qué dio a sus sostenedores? Tierras.

¿Qué quitó a confiscó a sus adversarios? Tierras."

Con estas frases podemos comenzar con el análisis de la sustentación económica del gobierno de Rosas. Don Juan Manuel, como afirma Paso, está emparentado "con el más aristocrático abolengo español", beneficiario de los repartos de tierras en la conquista y base de la clase de ganaderos latifundistas que ya era fuerte en 1810. Además, habrá que tener en cuenta que le fue siempre fiel a su clase, y esta actitud marca todo su accionar en el campo de la política externa y externa mientras duró su dominio en Buenos Aires.

El circuito principal que se desarrolló en Buenos Aires, fomentado por terratenientes y comerciantes nativos e ingleses, fue el que tenía como unidad de producción a la estancia, gran propiedad territorial, en donde se criaba el ganado vacuno. Este circuito se completaba con los saladeros (grandes establecimientos en donde se mataba a las bestias, se extraía el sebo, se salaba y secaba la carne y se preparaban los cueros crudos para la exportación) y finalmente con la conexión de los grandes comerciantes, intermediarios de la demanda inglesa devoradora de materias primas y exportadora de productos manufacturados (principalmente telas). Además, el negocio se completaba con el dominio total de los ingresos de la Aduana de Buenos Aires, que monopolizaba el comercio exterior y cuyos dividendos formaron el grueso de las ganancias de la provincia porteña.

De esta manera estaba planteada la situación de los hacendados latifundistas de la campaña bonaerense, que crecieron no sólo en su poder sobre el resto de la población sino también hegemonizando la economía del país, que solo podía conectarse con el exterior por medio de Buenos Aires y dependía de sus decisiones en materia económica. Como afirma Gastiazoro:

"El accionar de los terratenientes y comerciantes bonaerenses, asegurándose por la fuerza la exclusividad de su puerto y el manejo de las rentas nacionales, fue modelando todo el desarrollo del país de acuerdo con sus intereses particulares"

Entre los nombres más salientes y poderosos de esta clase destacan los Anchorena, los Álzaga, García Zúñiga, Unzué, Martínez de Hoz, Vela, Arana, Díaz Vélez, Rojas Aguirre y Miller como terratenientes, y fuertes comerciantes extranjeros, como Dickson, Grogan y Morgan, Lumb , Growland, Thompson, etc.

Durante su acción pública, Rosas dio muestras evidentes de la importancia de las tierras:

En 1833, la expedición que dirigió contra los indígenas y que logró conseguir dos mil novecientas leguas cuadradas tenía por finalidad principal la consecución de tierras explotables por los ganaderos que necesitan expandirse y fomentar la base económica de su negocio.

En 1836, Rosas dicta una ley que permite vender las tierras hasta entonces arrendadas en enfiteusis, y que ya acaparaban grandes latifundistas. Así, la acumulación de tierras que acentuó la enfiteusis de Rivadavia se vio confirmada con las medidas del Restaurador, que colocó en el mercado vastas extensiones de tierras a precios bajos, fácilmente accesibles a la oligarquía ganadera, contra quien no se podía competir.

Y finalmente, como premio por servicios prestados frente a unitarios y otros opositores, Rosas emprendió un sistema de reparto de certificados de tierras por cuestiones militares, vieja costumbre feudal, que ponía de manifiesto el carácter de la tierra como prácticamente único bien económico de categoría. De cualquier manera, no serían los soldados los beneficiarios finales de estas concesiones, debido a la imposibilidad de acercarse a la capital para reclamar los títulos o al propio servicio militar que cumplían. Al final, los certificados terminaban o acumulados o vendidos a bajo precio. John Lynch afirma:

"La tierra se convirtió casi en moneda o en fondo de salarios y pensiones"

El segundo elemento a tener en cuenta es el saladero. Y bien vale la descripción de Alcides D’Orbigny:

"De una cuchillada le abren la piel a todo el largo del vientre, (...) desuellan al animal y, sobre la misma piel, comienzan a carnearlo. Los cuatro cuartos son sacados con una asombrosa destreza y transportados al tinglado, donde son colgados en ganchos destinados a recibirlos. (...) Una vez que todos los animales muertos son así carneados, los peones llevan los cueros al tinglado y sacan la carne de arriba de los cuartos, siempre con la misma destreza, arrojando, a medida que lo hacen, las carnes de un lado sobre los cueros y los huesos del otro (...) Una vez terminada dicha operación, se extienden los cueros en tierra y se los cubre con una gruesa capa de sal (...) se expone diariamente la carne al aire, sobre las cuerdas, hasta que quede seca del todo, lo que la hace menos pesada y fácil de transportar."

Podemos observar cuál es el grado de "industrialización" que tenían nuestras pampas en este momento. El predominio aplastante y absoluto de la actividad ganadera frenaría incluso a todas las producciones que pudiesen diversificar en algo el sistema económico: la agricultura era el hombre olvidado de la historia, ya que los labradores debieron sufrir la intromisión omnipotente de los grandes latifundistas.

Y el último eslabón, el comercio de exportación, fue favorecido en todo momento por Rosas apoyado por la oligarquía terrateniente, y se mantuvo incluso en grandes picos hasta en 1849, incluso durante los bloqueos. Veremos que las medidas "proteccionistas" de Juan Manuel no contradirían sus estrechas relaciones con el comercio inglés ni sus prerrogativas de gran señor feudal.

Finalmente, la política financiera de Rosas tuvo como principal aporte las divisas de la Aduana, pero en esos momentos de bloqueo llegó a recurrir a contribuciones directas a los propietarios (por cierto ínfimas); o simplemente a la emisión desenfrenada de bonos y de papel moneda (lo que provocó una desvalorización del papel y una redistribución de los ingresos desfavorable a los sectores pobres), o al recorte de gastos en materia de educación y obras públicas.

La ley de Aduana: más que proteccionismo, "librecambismo mitigado"

En 1835, el gobierno provincial de Rosas dicta una ley de Aduana que marcará un cambio en la ultraliberal política comercial exterior de esta región del globo.

Esta ley dispondrá de un considerable aumento en los derechos de importación o la prohibición de introducirlos para variados artículos que entraran por el puerto de Buenos Aires: manufacturas de hierro y hojalata, coches y ruedas para los mismos, zapatos, ponchos, ceñidores, fajas, ropas hechas, frazadas, velas, peines, sillas de montar, legumbres, maíz, papas, harina y trigo, azúcar, alcoholes, sidra, cerveza... (los aforos van del 25 al 50%). Evidentemente, estas medidas serían bien recibidas por algunas provincias del interior, que veían languidecer sus incipientes artesanías bajo la arremetida de la producción masiva de ingleses y franceses. José María Rosa interpretaría esto como una prueba más de la voluntad de Rosas de constituir la unidad nacional y de promover a la industria en su conjunto para construir una nación independiente, golpeando al "imperialismo" dominante. Sin embargo, la aplicación de esta ley no tendrá los efectos que algunos imaginaron por las siguientes causas:

* Permite a los extranjeros (fundamentalmente ingleses) mantener sus posiciones en el mercado interior y exterior del país, lo que no facilita la independencia.

* Mantiene el exclusivismo del puerto y de la Aduana en manos de Buenos Aires, generando un reparto desigual entre las provincias de la Confederación y cerrándole el paso a las provincias litoraleñas.

* No aplica ningún plan de fomento industrial interno, manteniendo a las artesanías en un nivel primitivo.

* Como ley provincial, también demuestra estrechez de miras cuando impone aforos a la producción de yerba mate de Corrientes.

* Su aplicación sería errática, y con el tiempo el mismo gobierno rosista iría mitigando sus estipulaciones, hasta que en 1847 el comercio exterior estaría funcionando casi como en 1835.

En definitiva, si bien esta ley pudo haber dado el puntapié inicial a la industrialización, el mantenimiento del aislacionismo provincial, el predominio de los terratenientes y la estrechez localista de sus miras impedirían un verdadero salto cualitativo que pudiera haber creado, en un proceso, una industria nacional fuerte, punto clave para la independencia económica de la nación.

Economías regionales

Como vimos, la economía bonaerense crece al ritmo de la expansión y explotación de tierras dedicadas a la cría y comercialización del ganado vacuno.

Las actividades económicas del Interior, ya sin conexión con el mercado de mulas altoperuano, pasan a estar conectadas con el renacer minero y agrícola chileno, motivado por el descubrimiento de un nuevo yacimiento de plata y por la creciente demanda del mercado surgido en derredor del ciclo californiano. Así crecen producciones ganaderas y agrícolas (alfalfares especialmente) que tienen como destino abastecer al mercado chileno y llegan incluso a despojar a pobladores rurales.

Hemos visto que las artesanías del interior solo recibieron un muy leve impulso, con las leyes aduaneras de Rosas, pero siguieron el rumbo que habían comenzado con la apertura comercial con la Europa industrial. La economía retrogradaría desde incipientes industrias domésticas a una producción agrícola y ganadera más primitiva como hinterland chileno.

La economía del Litoral crecería en la misma producción que Buenos Aires: la hacienda y el saladero comienzan a producir cuero, sebo y tasajo, que se trasladan, por ejemplo, desde los puertos entrerrianos hasta Montevideo por el río Uruguay (menos controlado por Rosas). Será Entre Ríos el más beneficiado por la falta de control previa a los acuerdos con Inglaterra y Francia, y la vuelta a "tomar las riendas" con el cierre de los ríos por parte del gobierno porteño motivaría la ruptura con el entrerriano Urquiza, que se pronunciaría contra Rosas en 1852.

En definitiva, las economías regionales se vinculan con economías limítrofes extranjeras, manteniendo en todo el país el atraso de la producción, basada tan solo en la tierra y el ganado.

Las relaciones sociales en la época de Rosas

Relaciones feudales de producción y paternalismo

En principio, quiero recordar lo que entiendo por relaciones de producción feudales, siguiendo la famosa definición de Maurice Dobb: "...una obligación impuesta al productor por la fuerza, e independientemente de su voluntad, de cumplir ciertas exigencias de un señor, ya cobren estas la forma de servicios a prestar o de obligaciones a pagar en dinero o en especie (...) Esta fuerza coercitiva puede ser el poder militar del superior feudal, la costumbre respaldada en algún tipo de procedimiento jurídico o la fuerza de la ley." De esta manera, el feudalismo es una formación económico-social dominada por el modo de producción feudal, de la misma manera que el esclavismo es una formación dominada por la esclavitud, tal como existió en Grecia y Roma.

Entendemos por feudales a aquellas sociedades en las que la clase dominante extrae el plustrabajo de los productores directos mediante una coacción extraeconómica, porque los trabajadores tienen algún grado de control (posesión) de los medios de producción necesarios para su tarea. De esta manera, la explotación se materializa fundamentalmente, en estas sociedades agrarias, en una renta (en especie, trabajo o dinero, según el caso).

En estas sociedades, los productores directos tienen, en general, el control sobre sus instrumentos de trabajo, algún derecho práctico sobre el pedazo de tierra que cultiva (como miembro de la aldea, de la antigua comunidad, como pequeño propietario o arrendatario), etc. Y, al mismo tiempo, deben pagar al jefe de estado o al propietario de la tierra un fuerte tributo (que podrá variar entre sacos de grano y trabajos "públicos" obligatorios) reconociéndole el carácter de "propietario eminente" de la tierra.

Para introducirnos en el mundo de las relaciones de producción y sociales en nuestras tierras en los tiempos del rosismo, es ilustrativo el relato que presenta Lucio Mansilla, que narra un suceso visto por el señor Mariano Miró. Un día, en la estancia "del Pino", Rosas conversaba con Miró cuando descubrió a un cuatrero, lo capturó, lo estaqueó y lo mandó azotar. En la cena lo invitó a la mesa y le ofreció ser padrino de su primer hijo, y darle unas vacas y unas ovejas y un pequeño lugar en su campo, para que su "nuevo socio" estableciera un rancho. El gaucho asiente y Juan Manuel agrega: "Pero aquí hay que andar derecho, ¿no?". Y Mansilla añade:

"Y don Mariano Miró, encontrando aquella escena del terruño propia de los fueros de un señor feudal de horca y cuchillo, muy natural, muy argentina, muy americana, nada vio..."

Aquí tenemos un claro ejemplo que nos demuestra que las relaciones entre los propietarios y los productores directos eran de carácter feudal, basadas en la coerción extraeconómica y en el paternalismo como suavizante para mantener al peón sujeto a la estancia. Allí es donde aparece el "populismo" de Rosas, similar al de otros caudillos federales del interior y del litoral: él tuvo que "hacerse gaucho como ellos" para conseguir "una influencia grande sobre esa gente para contenerla o para dirigirla" siempre en interés de los terratenientes latifundistas. Rosas utiliza una identificación cultural entre el peón campesino y el patrón "rural", que comparten ciertas tradiciones, formas de vestirse y de hablar, oponiéndolas a las costumbres y a la cultura del otro sector de la élite: los unitarios, los "doctores" de galera y de ciudad, que siempre habían despreciado al pueblo campesino.

El peonaje rural como relación de producción es muy controvertido, debido a su complejidad y contradicciones internas. Ha llegado a ser definido como "esclavitud por deudas de jornaleros rurales", expresando así toda la riqueza conceptual del término "peón". La gran discusión aparece centrada en su caracterización como relación feudal o capitalista. Así que decidimos pesar aquellas características propias de la producción feudal y aquellas propias del régimen burgués. Entre las primeras aparecen: a) la dependencia personal, es decir, la dependencia de un hombre atado a otro por vínculos sociales, afectivos, militares, etc. y b) la sujeción a la tierra, que ata al productor a un lugar, una estancia, una parcela de la que se alimenta, etc. Entre las segundas, sólo descubrimos la existencia de pagos o jornales.

Respecto de la dependencia personal y la sujeción a la tierra, las hallamos en forma muy clara:

* Aplicación sistemática de penas y torturas (cepo, estaqueamiento, castigos corporales, etc.) a los gauchos que hubiesen cometido "faltas" a juicio del patrón.

* Derechos medievales, como el de pernada: "Era la servidumbre, ¡y qué servidumbre! El patrón o sus representantes podían cohabitar con las hijas y hasta con la mujer del desdichado..."

* Compulsión legal, teniendo en cuenta que la ley que promulga Oliden, gobernador porteño, en 1815, es confirmada por el gobierno rosista. Esta establecía el control riguroso de la mano de obra rural, exigiendo la "papeleta de conchabo" (o contrato) a todo gaucho. Este sistema preveía penas severas (como el traslado a la frontera a servir en los fortines) a todo aquel que fuera de "la clase de sirviente" y que no estuviera bajo la dependencia "contractual" con ningún estanciero. El capítulo IV del reglamento de Rosas para el gremio de los abastecedores se refiere al peón de la siguiente manera: "el peón vendedor no tendrá derecho a dejar a su patrón sin un justo motivo, del cual entenderá exclusivamente el juez nombrado". De más está decir que los juzgados de paz, creados en 1821 en reemplazo del viejo aparato estatal colonial, eran cómplices o instrumentos de los estancieros. A esta particular relación de peonaje Eduardo Azcuy Ameghino la ha denominado peonaje obligatorio.

* Es muy frecuente el endeudamiento, típico en la hacienda latinoamericana, por el cual e peón compra en la pulpería o almacén de la estancia a cuenta, y luego las deudas se van sumando. Así, el patrón tiene un poderoso mecanismo usurario para mantener al peón por la fuerza en su estancia. Es lo que se llama peonaje por deudas.

* La presencia psicológica del paternalismo creaba entre el "padre-patrón" y la peonada un vínculo muy fuerte y duradero, que ataba a los dependientes, incluso bajo la relación de padrinazgo, común en la época entre patrones y primogénitos. El vínculo de fidelidad entre señor y vasallo se asienta tanto en la "dominación tradicional" (porque siempre había sido así) como en la "dominación carismática" (por admiración al "caudillo-héroe").

* La inseguridad propia de la frontera y la precariedad de la vida movieron a muchos a subordinarse o "encomendarse" a un vecino poderoso. Como afirma John Lynch:

"Por lo tanto, el estanciero era un protector, dueño de suficiente poder como para defender a sus dependientes de las bandas merodeadoras, sargentos reclutadores y hordas rivales. Era también un proveedor, que desarrollaba y defendía los recursos locales, y podía dar empleo, comida y abrigo. De esta manera, el patrón reclutaba una peonada. Y estas alianzas individuales se extendían para formar una pirámide social ya que, a su vez, los patrones se convertían en clientes de hombres más poderosos, hasta que alcanzaba la cumbre del poder, y todos pasaban a ser clientes de un superpatrón, el caudillo."

Además, si a esta relación patrón/cliente le sumamos la entrega de tierras por acciones militares, podemos ver claramente conformada una relación muy similar a la "feudo-vasallática" europea medieval.

Otra atadura básica es la fuerza de la costumbre, el "derecho consuetudinario", que crea en el peón un sentimiento de arraigo a esa tierra que lo vio nacer y crecer y que le ofrece "todo", ya que el abastecimiento lo consigue dentro de la hacienda que, aunque "abierta" al mercado mundial, está "cerrada" para la peonada.

Hay también, en muchos casos, un acceso estable a medios de producción (pequeñas parcelas, algún ganado) y a medios de subsistencia (carne, yerba) dentro de la estancia. Así, puede interpretarse a la jornada del gaucho como una renta en trabajo, que realiza además del trabajo en su pequeña actividad "propia".

Todas estas características hacen del pago del jornal o "salario" un dato totalmente subordinado a la coacción extraeconómica: el peón no va a trabajar por el salario, sino que es forzado a trabajar y a mantenerse bajo la égida de un patrón. Frente a esta situación, la influencia de la ley de la oferta y la demanda en la fijación del precio de la fuerza de trabajo es irrisoria, porque si el gaucho no quiere trabajar por un salario bajo, es forzado a hacerlo, haya mucha o poca gente dispuesta a trabajar. Recién los terratenientes podrán transformar al gaucho-peón en asalariado común cuando hubieren podido apropiarse de toda la tierra, someter a los aborígenes y terminar con la frontera que permitía al viejo gauchaje apropiarse de ganado libre o "cimarrón" o cazar por su cuenta.

Se observará que detrás del paternalismo no existió ningún sentido "democrático", ya que no hay ningún reparto de tierras entre los peones ni ningún intento de concederles mayores libertades cívicas: el dudoso derecho al voto oral controlado por los patrones es la máxima libertad otorgada. No debemos olvidar que la rebelión campesina e indígena de 1829 fue utilizada por Rosas para acceder al poder, transformarse en heredero político del dorreguismo y luego eliminarla para restaurar la "disciplina del trabajo".

También merece un párrafo la esclavitud, que siguió manteniéndose, aunque crecieron en cantidad los esclavos libertos, que permanecían en la mayoría de los casos también sometidos a la dependencia personal con aquellos que habían sido sus amos. Frente a ellos también Rosas desplegará la misma estrategia que con sus peones, al identificarse con sus bailes y sus fiestas, dándole a la ciudad porteña un tinte popular al que no se habrían atrevido los doctores unitarios.

La política indígena

"La campaña de 1833 constituye el primer eslabón del proceso de exterminio de las comunidades indígenas libres de la llanura, cuya culminación, la llamada "conquista del desierto", no fue más que el mazazo definitivo sobre culturas agotadas y diezmadas después de más de medio siglo de permanentes conflictos armados. Fue una campaña que hizo escuela: ‘A mi juicio, el mejor sistema para concluir con los indios, ya sea extinguiéndolos o arrojándolos al otro lado del Río Negro, es el de la guerra ofensiva que fue seguida por Rosas, que casi concluyó con ellos.’."

Este comentario sintetiza la acción de Rosas en la campaña de 1833, que tenía como fin la obtención de tierras para alimentar las necesidades de la oligarquía ganadera.

Aun así, autores como José María Rosa reivindican la política de "acuerdos" que realizó el Restaurador, con una gran visión política, entre los indígenas, para garantizar, aunque fuera en forma momentánea, a la "tranquilidad" en las fronteras. En este contexto se explica la oposición entre Rosas y Martín Rodríguez en la anterior campaña de la década del veinte. Mientras que Rodríguez propugnaba la conquista lisa y llana, Rosas alentaba los "tratados" para pacificar la frontera y tal vez poder incorporar a los indígenas como mano de obra en las crecientes estancias de la campaña. Sin embargo, la imposibilidad de la sumisión pronto alentó en Rosas el deseo de una campaña militar, y en 1833 la llevó a cabo. Los objetivos de Don Juan Manuel eran claros:

"Pasan de mil los [indios] que han fallecido en sólo el año de 1836, según consta de las partes y hechos públicos, un esfuerzo más y se acabarán de llenar los grandes objetos e inapreciables bienes de esa campaña feliz".

Es decir, lo principal era ampliar y "limpiar" su fuente de riqueza, la tierra, de cualquier "intruso", pero a la vez intentar mantener en las tierras todavía no conquistadas una tranquilidad que permita el afianzamiento de la riqueza pecuaria. Lynch aprecia esta situación:

"Era imposible expandir las tierras desplazando la frontera y mantenerse en paz con los indios. ¿Cómo se podía ocupar sus territorios y esperar que ellos quedaran satisfechos parlamentando?"

La famosa paz entre Rosas y Calfucurá de 1835 fue tensa y muchas veces rota. Incluso en 1836 Rosas cae con sus fuerzas sobre las comunidades ranqueles que no querían "negociar" con el gobernador, a cuyo frente estaba el cacique Yanquetruz.

Además, cabe tener en cuenta el rol disociador de Buenos Aires dentro de las comunidades aborígenes y la influencia de las luchas políticas nacionales en la política indígena interna; vemos que en 1835 Rosas apoya la creación de la Confederación de Salineros contra los ranqueles; que logra una alianza con los tehuelches contra los vorogas y araucanos; o que los propios ranqueles atacan las ciudades gobernadas por federales en alianza con los unitarios.

En definitiva, el indígena pasaba a ser un engranaje más en las luchas políticas y en las ambiciones económicas, tanto de unitarios como de "federales". Este comportamiento dejaría a las comunidades indígenas en una situación de subordinación, marginación e indefensión cuando fueran "incorporadas" al Estado centralizado en la última parte del siglo XIX.

5. Las Ideas Políticas De Rosas

El hombre del orden y el Restaurador de las Leyes.

"¡Odio eterno a los tumultos! ¡Amor al orden! ¡Obediencia a las autoridades constituidas!"

Sus últimas palabras en la proclama que hiciera en octubre de 1820 resumen claramente el pensamiento de Don Juan Manuel. Por esto Andrés Carretero lo categorizaría como "el hombre del orden". Había llegado al gobierno de Buenos Aires en 1829 y 1835 como el "defensor del orden", como el "restaurador de las leyes", como el garante de la paz y la tranquilidad que había que imponer fuera como fuere. Tanto si se trataba de una revolución nacional de independencia (como la de 1810) como de un golpe de estado como el de Lavalle en 1828, toda alteración del orden social y económico normal podían afectar la "estabilidad necesaria" para los negocios. En ambos casos, la movilización del campesinado (a través de la leva forzosa, o de la sublevación contra un gobierno como el de los unitarios) podía amenazar las "naturales" jerarquías sobre las que se asentaba la dominación terrateniente en el campo.

En este aspecto también fue fiel a su clase: había que ordenarlo todo, supervisarlo todo para que los intereses de los estancieros no se vieran perjudicados por la "anarquía", por el desorden. Carretero afirma:

"Rosas concebía un ordenamiento social dividido por estamentos, con mucho de raíz feudal, donde estaban los muy ricos, los menos ricos y los pobres; los poseedores y los desposeídos; los que mandaban y los que obedecían; los nacidos para progresar y los que estaban destinados a vegetar. No era un orden cerrado o arbitrario, pero sí muy difícil de violar."

En sus "Instrucciones a los mayordomos de estancia" se puede ver la organización minuciosa de todas las tareas del campo. No se admite allí la improvisación.

Y es acertado allí Rosa cuando habla de que si Rivadavia es sinónimo de reforma, Rosas es sinónimo de restauración. Restauración de las leyes, restauración y consolidación de las estructuras del viejo orden colonial del cual era heredero. Detrás de la demagógica consigna "dorreguista", que pretendía restaurar el gobierno legítimo de los federales porteños contra la usurpación unitaria, se esconde la gran verdad: para él la revolución de mayo no fue más que un "motín de porteños afrancesados", y extrañaba "aquellos tiempos en los cuales el orden reinaba en las campañas". Él sería el encargado de consolidar aquella tendencia inaugurada por el saavedrismo en 1810: romper los vínculos políticos con las metrópolis coloniales pero mantener intacto el orden socioeconómico feudal preexistente.

El federalismo y la Constitución

En 1829, Rosas le escribía a Guido, Díaz Vélez y Braulio Costa para informarles que "el General Rosas es unitario por principio, pero que la experiencia le ha hecho conocer que es imposible adoptar en el día tal sistema porque las provincias lo contradicen, y las masas en general lo detestan, pues al fin sólo es mudar de nombre." Y en 1832, en carta a Quiroga, dice que "siendo federal por íntimo convencimiento, me subordinaría a ser unitario si el voto de los pueblos fuese por la unidad."

Verdaderamente, los lineamientos teóricos del federalismo o del unitarismo le importaban a Juan Manuel, como afirma Barba, "un bledo". Así, adoptó la denominación federal para imponer, sin la reacción que motivaron los proyectos unitarios en 1819 y 1826, su modelo porteñista. Y además, favoreció el localismo provincialista, dividiéndolo y restándole así la potencialidad de un poder conjunto opositor.

Es básico distinguir entre localismo y federalismo, ya que mientras que el primero sólo mira por los intereses regionales sin tener en cuenta al conjunto del país, el federalismo propone una inserción igualitaria de cada región en una unidad mayor: la nación.

"Para mejor mantener su preeminencia, la oligarquía bonaerense estimuló el localismo y separatismo, una pieza de los cuales eran las aduanas interprovinciales. El rosismo tenía así al interior bajo su dependencia, mientras él comerciaba con los ingleses e introducía sus manufacturas."

Era este el objetivo fundamental de la política rosista: tener la suficiente libertad de acción para manejar el negocio del saladero y la importación y exportación. Y con ese fin se opondría tanto a las potencias extranjeras que intentaron "copar" sus privilegios como a aquellos líderes provinciales que pugnaron por un federalismo más coherente, e incluso a la oposición porteña. De esta manera, "el federalismo fue convertido en un instrumento de preservación de las bases de la dispersión feudal del país, del latifundio y la opresión feudal de las masas."

Mientras que el federalismo fue un instrumento político adecuado para facilitar la unión nacional, de la mano con el ascenso del capitalismo (por ejemplo, en Estados Unidos), el localismo rosista (que tuvo su equivalente en otros caudillos latinoamericanos) sólo mantuvo la dispersión territorial, de la mano de las relaciones feudales de producción.

Otro punto que es considerado a veces como punta del pensamiento federal rosista es el Pacto del –Litoral de 1831, también conocido como "Pacto Federal". Como vimos, este pacto se había forjado como una alianza de las provincias del litoral contra la amenaza de la Liga del Interior. En síntesis, consistía en lo siguiente:

* Ligaba a las provincias firmantes a una alianza ofensivo-defensiva contra cualquier ataque, interno o externo (obviamente se tiene en mente a la Liga Unitaria).

* Se comprometían a no firmar tratados por separado ni dar asilo a un criminal huido.

* Los habitantes de las provincias firmantes gozaban de la franqueza y seguridad de entrar y transitar con sus buques y cargas en todos los puertos, ríos y territorios.

* Cualquier provincia podía entrar en la Liga.

* Se conformaría una Comisión Representativa compuesta por un diputado por provincia, y cuyas atribuciones serían declarar la guerra y firmar la paz e invitar a las demás provincias a unirse y organizar un Congreso "cuando estén en plena paz y tranquilidad".

Una vez obtenida la victoria sobre los unitarios, Rosas intenta mantener en statu quo la situación de la Confederación, debido a que la Comisión le representaba una posible merma en su libertad de acción. Es así que tiempo después retiró el diputado bonaerense de dicha Constitución y siguió manejando las relaciones exteriores de la flamante Confederación. A su vez, las otras provincias, una vez derrotada la intentona unitaria, accedieron a adherirse al Pacto, que todavía en la letra ponía preeminencia en la organización de un congreso, y en que las relaciones exteriores sólo serían detentadas por Rosas hasta la sanción definitiva de una constitución. Por supuesto, esta constitución no iba a dictarse nunca mientras durara el gobierno de Rosas.

En este punto, el gobernador porteño es claro: la Constitución no puede dictarse porque el país aún no está "preparado". Ibarguren afirma:

"... reunir un Congreso Constituyente significaba crear autoridades superiores a Buenos Aires (...) Manteniendo a los estados sólo en unión de hecho o vinculados por pactos o alianzas, la influencia del gobierno porteño gravitaría siempre sobre ellos en forma decisiva."

Y Rosas afirma en la famosa "Carta de la Hacienda de Figueroa" de 1834 (tantas veces presentada como fuente teórica del federalismo):

"Si en la actualidad apenas se encuentran hombres para el gobierno particular de cada provincia, ¿de dónde se sacarán los que hayan de dirigir toda la República? ¿Habremos de entregar la administración general a ignorantes, aspirantes, unitarios y a toda clase de bichos?"

Su objetivo era claro. Mientras las provincias siguieran siendo "inmaduras" y sin posibilidades de tener "dirigentes aptos", la constitución era imposible, y él y su grupo continuarían manejando las relaciones exteriores, la Aduana y el puerto, el comercio exterior y el poder de discreción en intervenir en cualquier provincia basado en su poder económico hegemónico sobre todo el país. Estas deficiencias en el pacto fueron las que motivaron la oposición de Corrientes, dirigida en ese momento por Pedro Ferré.

La política del terror

La imposición del régimen rosista se logra entre los sectores disidentes por medio del terror. Cualquier opositor al régimen pasaba a ser clasificado como "salvaje unitario" y era pasible de las medidas represivas de la "Santa Federación". El aparato represivo consistía en dos instituciones fundamentales (que conformaban una unidad de acción): una era la Sociedad Popular Restauradora, agrupación de casi dos centenares de hacendados, "gente decente", que digitaba y decidía acerca de las víctimas y de los castigos o torturas; y la otra era la Mazorca, brazo ejecutor de los hacendados, constituido más bien por matones de las clases más humildes (gauchos, etc.) relacionados con sus patrones por el vínculo feudal del peonaje. De esta manera, las decisiones eran de la Sociedad, y los asesinatos, de la Mazorca.

En general, el terror se utilizó contra aquel sector "ilustrado" de las clases dominantes, que se conocía como el de los "doctores", intelectuales urbanos de levita. Y en muchos casos, la política de intimidación o asesinato de opositores contó con la simpatía de los sectores humildes, ya que se destinaba contra un sector culturalmente muy alejado de su forma de vivir, de actuar y de pensar. Este hecho fue el utilizado por el rosismo para crear una identificación entre hacendados-"gauchos" federales y las masas rurales, en contra de los unitarios. Con el tiempo, serían calificados de unitarios todos aquellos que expresaran la crítica hacia el gobernador, incluso aquellos que se autodefinían como federales. Se nota también, como forma de imponer la "divisa federal", el uso obligatorio de la divisa punzó o roja y la fobia oficial hacia todo lo que tuviera color celeste. (También a través de la sensación visual el rosismo intentó disciplinar a terratenientes y peones "federales".)

¿Es, como afirma Vivian Trías, una dictadura de las masas a través del caudillo, o es una política de represión sistemática contra la mayoría del pueblo?

Cabe destacar que hubo en la práctica sólo dos momentos en los cuales la clase de los terratenientes porteños se "distancia" del gobernador: la crisis que finaliza con la "revolución de los restauradores", en donde Encarnación se queja del poco compromiso de la "gente decente" y alaba a la peonada; y en la resistencia a los bloqueos internacionales, ya que afectaban los negocios de muchos importadores y exportadores. Pero durante toda su gobernación, los terratenientes "federales" se mantuvieron leales y demostrando que el gobierno rosista servía a su causa.

Además, no debemos olvidar otros "detalles":

"Un detalle esmeradamente olvidado por la historia es que la dictadura de Rosas fue todavía menos cortés con los gauchos que con los unitarios. (...) En la página más dramática de Far away and long ago cuenta Hudson cómo ni los ruegos de la madre ni la intervención fervorosa de sus patrones pudieron salvar a un chico de catorce años de la leva ordenada por Rosas. Otro día, un payador (...) inicia su balada con una alusión al año cuarenta, cuando es interrumpido por un gaucho –al que se le suman los demás- que le prohíbe la evocación de aquel año que fue como una plaga para los gauchos bonaerenses."

También cabe mencionar, como un atenuante de la utilización del terror, tal como opina Juan Pablo Oliver, que las justas pretensiones de las provincias y los ideales de los opositores demócratas se mezclaron con las ambiciones de las potencias extranjeras, fundamentalmente de Francia, que estuvo detrás de más de una sublevación y que intentó transformar la resistencia y la caída de Rosas en una palanca para fortalecer su dominación en estas zonas de América del Sur. Es por eso que el terror se multiplicó en la época de las grandes confabulaciones de 1839. Aun así, el problema es que el terror no representó más que a las aspiraciones de una exigua minoría oligárquica, que no retrocedió en sus conexiones con las potencias extranjeras, de las que eran intermediarios comerciales o socios accionistas, y a las que permitieron penetrar profundamente en el mercado argentino (aun habiéndolas resistido en su intento de agresión militar).

6. Las Intervenciones Extranjeras

El conflicto con Francia

Observando las relaciones íntimas entre el comercio extranjero (fundamentalmente inglés, en menor medida francés) con el gobierno de los hacendados bonaerenses, puede parecer paradójico que durante el período tratado se hayan enzarzado tanto Inglaterra como Francia en luchas contra la "Confederación".

José María Rosa interpreta estos conflictos como una agresión imperialista de las potencias europeas, motivada por el carácter nacional del gobierno rosista, que había dictado la Ley de Aduanas para beneficio de la industria nacional y que no permitía a los capitalistas franceses e ingleses un libre accionar en todo el Plata. No le falta razón en parte, pero su interpretación no deja de ser simplista y unilateral, porque sólo ve algunos aspectos, y descuida las relaciones íntimas entre el rosismo y muchos comerciantes ingleses, por ejemplo.

Si bien la etapa del imperialismo moderno comienza recién en el último cuarto del siglo diecinueve, con una masiva exportación de capitales y la conquista del mundo por las grandes potencias, la política de Inglaterra y Francia en la década de 1840 no dejaba de ser colonialista e imperialista en un sentido más general, y no era desinteresada ya que su objetivo era conseguir mercados y fuentes de materias primas que fuesen útiles a sus economías capitalistas en ascenso. La competencia entre ambas será muy importante en la política del Plata.

En realidad, el comercio rioplatense estaba dividido entre la influencia inglesa (muy fuerte en Buenos Aires) y la francesa (creciente en especial en Montevideo). Alfredo de Brossard es claro:

"Así, mientras nosotros enviamos al Plata nuestros productos de lujo, nuestras telas de Lyon, nuestras joyas, nuestros relojes, nuestros artículos de París y mercadería sobrante, como los vinos de Burdeos y otros, productos todos extraños a la industria y producción inglesa, Inglaterra por su parte exporta productos manufacturados de buena clase, cuchillos, tejidos de Manchester y Birmingham y carbón."

Finalmente Francia se decide a acometer para conseguir desplazar a Inglaterra en el dominio comercial del Plata. Así, Leblanc, quien ordena el bloqueo de Buenos Aires y todo el litoral, dice:

"Es probable que con los aliados que los agentes franceses se han procurado y los recursos puestos a su disposición, triunfaremos sobre Rosas; pero sería más seguro, más digno de la Francia, enviar fuerzas de tierra que, unidas a las de don Frutos [Rivera] y de Lavalle concluirían pronto con el monstruo y establecerían de una manera permanente en el Río de la Plata la influencia de la Francia..."

Era imprescindible desplazar a Rosas y al comercio inglés del Plata para ocupar su lugar. Y esta declaración del francés pone claramente de manifiesto el error de los unitarios de Montevideo y de Lavalle, que para derrocar al gobernador porteño buscaron un apoyo exterior tan peligroso como el que tenía Rosas. Hubiese sido cambiar a los ingleses por los franceses.

Y el conflicto se desata por una cuestión nimia: el pedido de liberación del detenido francés Hipólito Bacle. El gobierno francés pide una equiparación con la situación de los ingleses, que habían firmado en la época de Rivadavia un tratado de comercio y navegación que otorgaba a la rubia Albión el trato de nación más favorecida. La negativa de Rosas tuvo como contrarrespuesta el bloqueo del puerto de Buenos Aires por la escuadra francesa. Bloqueo que se mantendría desde 1838 hasta 1840, o que motivó una preocupante disminución de las rentas aduaneras. La carestía movió a Rosas a decretar cesantías de empleados, rebajas de sueldos, reducción del presupuesto universitario, etc.

Y también rechazó al enviado santafesino Domingo Cullen, quien buscó la paz con los franceses en negociaciones con potencias extranjeras, ya que entendía que el conflicto con los franceses era meramente local con Buenos Aires, y que la resistencia de Rosas afectaba al Litoral.

Mientras tanto, la intervención francesa movió a los unitarios de la Banda Oriental y a las fuerzas del interior comandadas por Lavalle a buscar la alianza con los franceses. Pero todas las expectativas de la expedición de Lavalle finalizaron cuando, en 1840, a los franceses los complican otros problemas en la pugna en la zona del Cercano Oriente y deciden hacer la paz con Rosas. El gobierno francés envía al barón de Mackau a negociar. El tratado estipuló que el gobierno bonaerense reconocía y sometía a arbitraje los reclamos que habían desencadenado la guerra, que Francia levantaba el bloqueo, que se proyectaría un nuevo tratado entre Argentina y Francia y que se otorgaría a los súbditos franceses la cláusula de nación favorecida. La altiva Francia debía reconocer que estaba negociando en pie de igualdad con un país supuestamente débil y el prestigio de Rosas trepó hasta las alturas. Solucionado el conflicto externo, Rosas tendría tiempo de ocuparse de la disidencia del interior.

La intervención anglo-francesa

Sometida ya la Liga del Norte y la oposición litoral en Arroyo Grande, Oribe, siguiendo órdenes de Rosas, inicia las acciones contra Montevideo, que tenía coligados a unitarios, riveristas y franceses. El 22 de enero de 1841, además, Rosas va a dictar un decreto declarando cerrados los ríos Uruguay y Paraná a la navegación de todo buque que no sea patentado por el gobierno de la Confederación Argentina bajo pabellón nacional. Montevideo quedaba aislado del Litoral. La actitud de Rosas y la nueva política de apertura fluvial que propugnaba Paraguay desde la muerte de Gaspar Francia en 1840, además de la creciente influencia que había alcanzado la comunidad británica en Montevideo en los últimos años, hicieron que Inglaterra se colocara momentáneamente del lado de los montevideanos, reclamando junto con Francia en una misión conjunta la necesidad de "arreglar el asunto" y solucionar el conflicto de la navegación de los ríos.

Pero sin embargo Rosas desoye a la embajada y el 16 de febrero de 1843 Oribe pone sitio a Montevideo. Este sitio se prolongaría hasta la claudicación de Oribe frente a la acción de Urquiza en 1851.

Entretanto, Montevideo decidió designar cónsul en Londres al general O’Brien, que comenzó a hacer en Inglaterra una campaña de adhesiones en repudio de la política de Rosas, incitando incluso a sectores religiosos por la intolerancia del gobierno de Buenos Aires. Estaban ya jugadas las cartas para que Inglaterra se decidiera a imponer por la fuerza la apertura de los ríos. Y finalmente se le uniría Francia, a quien también perjudicaba el sitio, aunque hubo un fuerte debate interno en el gobierno galo. No debemos dejar de lado la rivalidad vigente entre las dos grandes potencias, que sólo se unieron en pos de un objetivo puntual: liberar los ríos e intentar doblegar a Rosas y a sus restricciones comerciales. Incluso Brasil, decidido a incrementar su influencia en el Plata, vio con simpatías la intervención anglo-francesa y Paraguay, que también estaba interesado por la apertura fluvial, se sumó a la lista. Entonces, el cuadro de situación es un rompecabezas en el cual cada país buscaba asegurar su predominio sobre la cuenca del Plata: Inglaterra y Francia, efímeramente unidas, tenían cada una sus propios objetivos. Informa Cady: "Inglaterra preferiría llegar a un arreglo directo con el gobierno de Buenos Aires y estaba lista a oponerse tanto a los planes de Francia como de Brasil."

En 1845 el gobierno inglés y el francés enviaron una nueva misión (Ouseley-Deffaudis) que exigió el levantamiento del sitio, pero fue desoída por Rosas. Inmediatamente, las potencias europeas, interviniendo prepotentemente en conflictos internos de naciones soberanas, declararon el contrabloqueo a Buenos Aires. Cady nos cuenta:

"Los representantes europeos recurrieron por último con gran desgano a la medida extrema de bloquear Buenos Aires. Los numerosos súbditos británicos y franceses que vivían en la capital argentina se oponían a ello en forma unánime."

Frente a la agresión extranjera, Rosas defendió la soberanía argentina con uñas y dientes. Y el repudio contra la intervención europea aglutinó al pueblo argentino. Así, es necesario destacar la actitud de Rosas:

"Fue indudablemente una actitud de defensa de la soberanía nacional que concitó el apoyo popular, aunque estuviera mediatizada por la condición de clase de Rosas y la estrechez provincial de sus miras. Por ejemplo, por su defensa del cierre a la navegación de los ríos y el puerto único, no podía lograr la adhesión de las provincias del Litoral, lo que explica, no justifica, la intención de los gobiernos de estas de lograr un acuerdo por separado con las potencias agresoras."

El episodio más heroico de la defensa contra la intervención fue el combate de la Vuelta de Obligado, que finalizó en derrota y permitió a la escuadra conjunta comerciar con el Paraguay. Sin embargo, la feroz resistencia de los patriotas le hizo muy difícil el viaje, y disminuyó la fuerza y la confianza de las potencias invasoras. Finalmente, luego de cinco años, las presiones de las casas de comercio inglesas y francesas, más la intransigencia de Rosas, llevaron a las potencias a negociar. En 1849 la situación se normalizó con Inglaterra (tratado Arana-Southern) y algo más tarde, en 1850, con Francia (tratado Arana-Leprèdour). Afirma Paso:

"Las convenciones (...) muestran que nada de fondo se modificó en las relaciones entre la oligarquía latifundista y sus socios ingleses y franceses."

Esto no puede menoscabar el valor de la resistencia y el éxito final en evitar la imposición extranjera por la fuerza. La defensa de la soberanía debió haberse colocado por encima de las disputas internas para evitar que las potencias agresoras usaran esas contradicciones para avanzar. Por lo tanto, no se puede justificar la alianza de los propios argentinos con ingleses y franceses. San Martín escribía en 1839:

"Pero lo que no puedo concebir es el que haya americanos que por un indigno espíritu de partido se unan al extranjero para humillar a su patria y reducirla a una condición peor que la que sufríamos en tiempos de la dominación española. Una tal felonía ni el sepulcro la puede hacer desaparecer."

En reconocimiento por la defensa contra la agresión extranjera, San Martín legaría a Rosas su sable con el que había luchado, años antes, en la guerra de la independencia.

7. La Oposición

Unitarios y federales; rosistas y doctrinarios

Las fuerzas políticas existentes en la época en la que Rosas llega al poder son, básicamente, dos: la de los unitarios y la de los federales. Gastiazoro nos informa de sus características generales:

"El primero [los unitarios] (...) expresaba fundamentalmente a los grandes comerciantes porteños y a sus socios del interior. Sostenía al librecambio y mantenía la política del puerto único, debido a que la fuente principal de sus ingresos como clase estaba en la intermediación de importaciones y exportaciones.

Por su parte, el partido federal presentaba una extraordinaria heterogeneidad de ideas, llegando a predominar en él las tendencias a la disgregación provincial (...) en función de los enfrentamientos entre caudillos locales (...). Si bien muchos de sus líderes pugnaban por formar una confederación, al estilo de (...) Norteamérica, siendo el caso más notorio el de Artigas (y con mayores limitaciones Manuel Dorrego y Pedro Ferré), esta idea siempre chocó con la oposición de la mayoría de los terratenientes bonaerenses, cuyo ‘federalismo’ se caracterizaba por tratar de mantener para sí la exclusividad del puerto y la aduana."

En definitiva, ambos partidos diferían en la forma, no en el contenido. Lucharían por imponer su método particular para conseguir la inserción de la Argentina en el comercio mundial. Afirma Floria:

"El federalismo porteño (...) coincidiría con el unitarismo en imponer la hegemonía porteña a las demás provincias. La diferencia consistió básicamente en el medio elegido para lograr ese resultado. Para los unitarios (...) era una estructura legal, una constitución. Para los federales era una cuestión de política práctica, un asunto de alianzas que se ejecutaría según las necesidades concretas del momento."

Además de las diferencias políticas, cabe anotar las profundas diferencias culturales existentes entre ambos bandos. El sector unitario estaba mayoritariamente compuesto por los llamados "doctores", un sector de la oligarquía que se identificaba mucho más con la ciudad, con los modales cuidados de las "tertulias" y reuniones privadas. Un sector que estaba en contacto con las últimas ideas europeas y admiraba a su intelectualidad. Muchos intelectuales de las ciudades adscribieron al unitarismo. Su cultura aristocrática y urbana se reflejó en un profundo desprecio por las clases populares y el campo. Según las propias confesiones de algunos de sus representantes, como el José María Paz, el conjunto del pueblo no estaba junto a ellos. Si bien algunos sectores pudieron expresar corrientes más democráticas y progresistas, nunca compartieron las pautas culturales de gauchos y campesinos. Su proyecto de unificar al país sin respetar las autonomías provinciales y su marcado espíritu antipopular los condenaron al fracaso, y volcaron al conjunto de las masas populares al bando federalista. Sus intentos de dotar al país de una legalidad constitucional terminarían en rotundas derrotas, porque nunca tuvieron en cuenta la opinión de los pueblos.

Sin embargo, sus inmediatos rivales, del lado "federal", no serían tampoco la gran solución para los pobres del campo y la ciudad. Entre sus filas contaron auténticos federalistas, como Artigas, hasta acérrimos localistas, como Rosas. Bajo su ropaje rojo y populista existieron varias líneas políticas:

* aquellos que verdaderamente pretendían una unificación nacional que tuviera como premisa el respeto por las autonomías de las provincias (incluso con posiciones proteccionistas de las industrias locales como la del correntino Ferré);

* aquellos que sólo querían defender el aislamiento de sus provincias, confundiendo el federalismo (que implica una unión nacional) con el localismo, que solo piensa en la estrechez de su provincia;

* aquellos que, gobernando en la provincia de Buenos Aires, tan solo pretendían mantener su predominio económico y dieron la espalda al país interior. En esta última categoría encontramos a la política de Rosas.

Los líderes del federalismo siempre fueron de la clase terrateniente, y por lo tanto sus puntos de vista, a veces muy lúcidos en cuanto a la organización nacional, siempre estuvieron teñidos de su particular punto de vista de clase. Es por eso que muchos de ellos escogieron el camino del localismo y la defensa del particularismo regional antes que la organización nacional.

Sus figuras fueron los caudillos, los "hombres fuertes", aquellos que carismáticamente se transformaron en "directores" de amplias masas populares, que los seguían por haberse identificado con la cultura del campo, de lo autóctono, de la religión y las costumbres vernáculas. El caudillo federal aparecía como un "gaucho", amante de las tradiciones del campo, y con esa imagen cautivó a aquellas masas rurales que, movilizadas con la guerra de la independencia, buscaban un lugar en la lucha política posrevolucionaria. No obstante, los caudillos no dejaron nunca de ser grandes terratenientes, y lo que en rigor hicieron fue utilizar el apoyo popular para afianzar su poder pero sin poner nunca en entredicho su dominación de clase y sus privilegios políticos y sociales. Desviaron el odio popular hacia la élite unitaria pero afianzaron las relaciones de producción feudales y el sistema económico heredado de la colonia.

En este espectro político, Rosas es el caudillo federal por excelencia, el que aparece como el "gran padre" para gauchos y peones, el que "se hace gaucho como ellos", para dominarlos y dirigirlos por senderos que no estorben a la aristocracia terrateniente. Y su maniobra política fundamental es crear una división entre todos aquellos que lo apoyan (los partidarios de la "Santa Federación") y todos los que se le oponen (que, en adelante, pasarán a ser, independientemente de su pensamiento político, los "salvajes unitarios"). Así, el descontento popular es descargado en los "enemigos" de la federación y atacados como tales. A esto contribuiría el desprecio de la élite unitaria para con el pueblo llano.

Un ejemplo característico de esta participación popular en la oposición a los antirrosistas es el caso de la "Revolución de los Restauradores", en la que es el gauchaje y el pueblo llano el que participa en el derrocamiento de los federales "lomos negros", que si bien parecían proponer medidas progresistas como la redacción de una constitución y se quejaban contra el personalismo de Rosas, estaban socialmente más cerca de los "doctores" que de los gauchos rosistas. Así, una lucha interna entre dos sectores de las clases dominantes, que comenzó siendo un conflicto en el seno de las instituciones (como la Legislatura), pasó a ser un debate en la opinión pública a través de los periódicos y terminó siendo una rebelión popular que estableció definitivamente la hegemonía de Rosas en el escenario político de la provincia y su proyección en el país.

Las disidencias del Interior y del Litoral

En el momento de la lucha entre unitarios y federales en Buenos Aires, que terminaría con los pactos de Cañuelas y Barracas, en el interior se estaba conformando un bloque de provincias cuyo objetivo principal era la lucha contra los porteños. A la cabeza de este bloque se hallaba el General Paz, liderando su Liga Unitaria, lo que comprueba que el unitarismo no fue solo un fenómeno porteño sino nacional, aunque siempre minoritario. El objetivo declarado por Paz, el de "constituir la nación", fracasó por la escasez de apoyo popular que sufrieron los unitarios. Es por eso que esta Liga, gestada a partir de cuerpos militares que volvían de la guerra con el Brasil, caería pronto al caer su jefe, y serían reconquistadas todas las posiciones por los caudillos federales, entre los que se destacaría Quiroga. El apoyo de Quiroga a la solución rosista refleja la miopía de miras de algunos caudillos federales, y determinaría el resurgimiento del poder porteño que, forjando alianzas con los "hombres fuertes" federales del interior y del litoral, llegaría a ser el jefe indiscutido de la laxa unión que supuso la Confederación Argentina. Sin embargo, la política de puerto único y su rechazo por la unión constitucional pronto despertaron en las provincias movimientos opositores que, en general, cometerían el error de confiar en fuerzas extranjeras para conseguir sus objetivos.

Sería el viejo unitario del golpe decembrista de 1828 el que encabezaría otra coalición desde el interior del país, y esta vez con apoyo del Litoral: Juan Lavalle, aquel que había mandado ejecutar a Dorrego, ahora enarbolaría la bandera federal al grito de: "¡Viva el gobierno republicano representativo federal!". Aquí las denominaciones (aparentemente tanto Rosas como Lavalle son "federales") no nos deben confundir: el conflicto era claramente entre las provincias y Buenos Aires. Y el propio Lavalle sirvió como instrumento de los gobernadores provinciales, que eran los que verdaderamente detentaban el poder económico. (De la misma manera que había servido como instrumento de los unitarios complotados en 1828 para derrocar al gobierno dorreguista).

La primera expedición al mando de Lavalle había sido mentada por los unitarios de Uruguay y los litoraleños argentinos; la segunda representó además a los gobiernos del interior en la "Liga del Norte". En la primera se puede observar el error de los disidentes: buscar el apoyo francés para deshacerse de la tiranía porteña sin comprender que Francia hacía su propio negocio colonialista. Error que Lavalle pagaría caro, porque los franceses lo abandonarían antes del ataque decisivo.

Sin embargo, y pese a las derrotas que Rosas propinó a las resistencias provinciales, Corrientes sería su más severo adversario. Como provincia litoral, comenzaba a competir por colocar sus productos (en gran medida los mismos que Buenos Aires) en ultramar. Así Ferré (defensor del proteccionismo y de la aceleración en dictar una Constitución en 1831) como Berón de Astrada y los hermanos Madariaga, encabezarían sucesivas rebeliones contra la política de "cerrojo" rosista. Y mucho peor fue cuando, después de haber comerciado en el momento de los bloqueos, la paz volvió a dar a Rosas un mayor "poder de vigilancia". Entonces ya ni Entre Ríos, a cuyo frente estaba su subordinado Urquiza, apoyó su política. Ya los tratados de Alcaraz, firmados entre Urquiza en representación de un "rosista" Entre Ríos y los correntinos, serían el primer punto de encuentro entre ambas provincias. El "pronunciamiento" no tardaría en llegar.

En 1851, como en otras oportunidades, Rosas renunció a la representación exterior esperando la ratificación de su mandato por las provincias. Pero la de Entre Ríos no llegó. Urquiza (encarnando la alianza entrerriano-correntina), el imperio brasileño y Uruguay (los colorados) se coligaron en la denominada Triple Alianza, lograron levantar el sitio de Montevideo y vencieron a las tropas rosistas en Caseros.

Los hacendados de la campaña sur

En 1839, estancieros de la zona sur de la provincia de Buenos Aires se rebelaron contra la autoridad del gobernador. La rebelión es una lucha entre distintos sectores de la aristocracia terrateniente por el dominio de las tierras pampeanas. Por lo general, los hacendados sublevados habían conseguido las tierras por enfiteusis y se habían convertido en propietarios por la ley rosista de 1836. Ahora, con el bloqueo francés y la disminución de las entradas comerciales, la rivalidad entre ambos grupos de terratenientes (los de la campaña norte, rosistas, y los del sur) se acentuó. Además, las conexiones que tenían algunos de los hacendados sureños con los franceses llevaron a que la contradicción dentro de la propia clase latifundista se vinculara con las rivalidades entre las grandes potencias. Los "Libres del Sud" (así autodenominados), comandados por Cranmer, Castelli y otros, detentores de tierras en Chascomús, Dolores, etc., se alinearon con Francia. Y expresaron su disconformidad con la política represiva de Rosas. Para el revisionismo, ellos actuaron por un fin "puramente materialista", en cambio Rosas operaba con un sentimiento "auténticamente nacional". Esta corriente no advierte el conflicto entre dos sectores de la misma clase social que disputaron la posesión de la tierra y se vieron envueltos en el conflicto internacional, que teñía a cualquier lucha política en cualquier parte del mundo.

La rebelión terminó con la victoria rosista, que derrotó a los insurrectos en Chascomús. Inmediatamente se dispuso de las tierras de los vencidos para concederla a los que habían participado en la contienda del lado rosista. En 1840, Rosas dicta un decreto que estipula que cualquier propiedad de unitarios debía responder por el daño causado por Lavalle. Con esta arma legal, Don Juan Manuel pudo disponer a discreción de las haciendas pertenecientes a los "salvajes unitarios". La rivalidad económica, traducida en rivalidad política, habría de avisar al gobernador porteño para reforzar su vigilancia sobre los sectores opositores. Un dato: desde 1833, la frontera con los indígenas se había ido desplazando a favor de estos últimos, que aprovecharon las disputas internas entre "huincas".

La oposición unitaria y la generación del 37

Ya hemos visto los lineamientos económicos y culturales que habían originado el conflicto unitarios-federales. Pues bien, un sector unitario, postergado con las derrotas de Rivadavia, Lavalle y la Liga de Paz, emigró a Montevideo, donde comenzó a conspirar contra Rosas. Andrés Lamas y Florencio Varela encarnarían a los "emigrados" en la vecina orilla del Plata. Afirma Puiggrós:

"Huyeron entonces a la otra orilla, y desde allí se dedicaron a conspirar contra Rosas, con la mirada puesta más en la contribución de armas, soldados y dinero que podían disponer las naciones comerciales interesadas en la apertura del mercado interior argentino, que en la insurrección del pueblo de la Patria."

Mientras tanto, en la ciudad-puerto argentina, crecía un movimiento de jóvenes intelectuales dispuestos a asumir un papel de cambio en la sociedad argentina. Ya en 1830, con la llegada de Esteban Echeverría al país, comenzarían reuniones en la casa de Miguel Cané y en el "Salón Literario" de Marcos Sastre, deliberando sobre letras, artes y política. Además estaban en el grupo José María Gutiérrez, Alberdi, Tejedor, Vicente Fidel López y otros. Su inspiración teórica pasaba fundamentalmente por la influencia francesa, cuyos pensadores habían servido como guía a la revolución democrático-burguesa en 1789.

En 1837 comienza a publicarse el semanario "La Moda". Allí los jóvenes llegan a elogiar a Rosas suponiendo que ellos podían aportar sus "luces" a un régimen que, según ellos, descansaba "sobre el corazón del pueblo". En el Fragmento preliminar al estudio del derecho, Alberdi llama al gobernador porteño "persona grande y poderosa". No obstante, el silencio del periódico frente al bloqueo francés y las nuevas ideas que no concordaban con los planes de Rosas llevaron al distanciamiento. El 23 de junio de 1838 se fundó la "Asociación de la Joven Generación Argentina" (remedo de las Juventudes Revolucionarias y liberales que existían por aquella época en Europa), con el lema de "Mayo, Progreso y Democracia". Se habían desilusionado del Restaurador. Echeverría afirma en su Ojeada Retrospectiva:

"Así, Rosas hubiera puesto a su país en la senda del verdadero progreso (...) No lo hizo; fue un imbécil y un malvado. Ha preferido ser el minotauro de su país, la ignominia de América y el escándalo del mundo".

Luego algunos se trasladarían al interior (Quiroga Rosas, V. López), otros emigrarían a Montevideo, donde se publicaría el Código o Declaración de los principios que constituyen la creencia social de la República Argentina; Echeverría se refugiaría en su estancia en el interior de Buenos Aires, y otros se quedarían en la ciudad conspirando (serían descubiertos en junio de 1839). Los llegados a Montevideo entrarían pronto en contacto con los unitarios como Florencio Varela, quienes no comprendían las posiciones de la nueva generación.

¿Cuáles eran las ideas sostenidas por esta joven intelectualidad? La ideología de "los del 37" será muy variada, de acuerdo con las interpretaciones de sus distintos exponentes. Sin embargo, se nutre de influencias comunes y coincide en sus rasgos más generales.

La inspiración de esta "generación" fue el pensamiento europeo:

El liberalismo clásico, que insistía en la posibilidad del progreso humano y en la representación popular (aunque con un tinte aristocratizante),

El romanticismo, que alentaba a la rebelión juvenil frente a los poderes establecidos y ensalzaba el sentimiento nacional de los pueblos,

El socialismo utópico, que proponía por aquella época una defensa inorgánica de los derechos de los trabajadores, criticando los rasgos más negativos del capitalismo, en ascenso en Europa

Así, hombres como Echeverría critican a la sociedad vigente en el Plata y pretenden hacerla entrar en un proceso de desarrollo, de modernización, que supere el atraso pastoril, emulando la transformación social de Europa. A su vez, observan los efectos negativos del crecimiento del capitalismo en Europa y creen poder hacer posible la industrialización sin el dramático costo social y la superexplotación obrera existentes en el viejo continente (y por eso habla de encontrar un punto medio entre el individuo y la sociedad).

Fueron críticos con los unitarios y con los federales, ya que argumentaban que, si los segundos habían sometido al país a la tiranía y al atraso, los primeros también habían desconocido la tradición revolucionaria y democrática de Mayo de 1810. Pretendieron adaptar las doctrinas nacidas y crecidas en Europa a la situación nacional, tomando los elementos propios de la realidad del país como referente. Alberdi afirma:

"Gobernémonos, pensemos, escribamos y procedamos en todo no a imitación de pueblo ninguno de la tierra, sea cual fuere su rango, sino exclusivamente como lo exige la combinación de las leyes generales del espíritu humano con las individuales de nuestra condición nacional."

En su Dogma Socialista, Echeverría plantea la concepción política que alienta a la Joven Argentina, y que tiene como pilares:

* La continuidad de la revolución de mayo, que había sido detenida en sus aspectos sociales;

* La fe en el progreso de las naciones, como ley inexorable de la humanidad; * La negación de las "tradiciones retrógradas" herederas de la colonia y del "Antiguo Régimen";

* La oposición al despotismo y a la tiranía, basándose en el dogma de la igualdad republicana (adoptando el lema francés de libertad, igualdad y fraternidad);

* La confianza en la educación como factor de transformación social;

* La necesidad de unidad entre todas las fuerzas progresistas para completar la revolución de independencia comenzada en mayo sin divisiones partidistas

No obstante, estos pensadores, presos de su condición social de intelectualidad pequeñoburguesa, tendrían serias limitaciones en su concepción política:

* Se unieron, deslumbrados, a las potencias colonialistas contra el dominio de Rosas, sin ver o sin querer ver la política agresiva de estas naciones que no pretendían (ni mucho menos) un desarrollo autónomo del país sino someterlo a sus intereses comerciales y geopolíticos. Alberdi sería el más acérrimo defensor del liberalismo y de la entrada de capital extranjero al país, a tal punto que sus Bases serían consideradas como base para la Constitución de 1853, base jurídica del régimen del 80.

* Intentaron imponer la "modernización" a través de una política oportunista, que pretendió "convencer" a los sectores más "ilustrados" de la aristocracia terrateniente para que encabezaran ese proceso transformador. La experiencia demostraría que esos sectores, si bien fueron capaces de alentar alguna que otra idea progresista (principalmente en las explotaciones económicas), no iban a abandonar sus privilegios de clase para embarcarse en una revolución democrática y modernizadora, e iban a seguir el rumbo de someterse al imperialismo más cercano que les garantizara posición social y ganancias económicas. Sin embargo, los intelectuales del "37" no lograrían identificar al beneficiario principal del "Antiguo Régimen" contra el que golpeaban en la teoría, pero ante el que se agachaban en la práctica.

* Tendrían latente un prejuicio hacia las clases bajas, a las que ellos planteaban incorporar a la vida política después de haber sido "educadas". Reivindicaron así para la intelectualidad, que ellos mismos constituían, un papel rector en el desarrollo de la futura "república", ya que las masas habían demostrado que podían apoyarse en caudillos y tiranos y acabar con el régimen representativo. "El matadero" es la expresión literaria de esta postura que, al criticar al régimen rosista, critica duramente también a las masas, que son presentadas como "vulgares" frente a los "hombres de luces". Es por eso que insisten en sus principios de "todo para el pueblo y por la razón del pueblo", distanciándose del pensamiento jacobino y rousseauniano del gobierno democrático ejercido por el pueblo.

Estas graves limitaciones le impedirían, en las circunstancias abiertas tras la caída de Rosas, transformarse en una vanguardia que liderara al pueblo hacia una política democrática y que pudiera sentar las bases para un desarrollo capitalista autónomo y multilateral. Su debilidad por las "luces" extranjeras y su lejanía cultural y política de las grandes masas, que eran las grandes perjudicadas por el sistema feudal imperante, los terminaría reduciendo a la impotencia política o a su subordinación a las nuevas reglas del juego, que terminarían conduciendo a la República Oligárquica en 1880 y a nuestra inserción en el naciente mercado mundial como país dependiente y atrasado, sometido por los grandes terratenientes y el capital extranjero.

El exilio

Ya derrotado, Rosas buscaría refugio en la casa del inglés Gore y luego partiría inmediatamente para Inglaterra. Allí se estableció en un farm cerca de Southampton, desde donde recibió las noticias de la confiscación de sus bienes, por ejemplo. En algunos escritos puede apreciarse la actitud de Don Juan Manuel para con las masas trabajadoras que estaban movilizándose en aquella época. Expresaba:

"Para mí, el ideal del gobierno feliz sería el autócrata paternal, inteligente, desinteresado e infatigable (...) He admirado siempre a los dictadores autócratas que han sido los primeros servidores de su pueblo."

"Cuando hasta en las clases vulgares desaparece cada día más el respeto al orden, a las leyes y el temor de las penas eternas, solamente los poderes extraordinarios son los únicos capaces de hacer respetar los mandamientos de Dios, las leyes, el capital y a sus poseedores."

Plenamente convencido de su forma de concebir la sociedad y la política, Juan Manuel de Rosas murió en su farm el 14 de marzo de 1877, a los ochenta y cuatro años. Un siglo después, sus restos serían trasladados a la Argentina.

8. Conclusión

A lo largo de este trabajo hemos analizado distintos aspectos de la Argentina rosista. De esto podemos concluir:

* Que el poder de Rosas estuvo afirmado por la pertenencia a la clase de terratenientes latifundistas, clase dominante en el país desde tiempos de la colonia y usufructuaria de la Revolución de Mayo, a la que adaptó para sus propios intereses.

* Que las relaciones de producción estaban teñidas en todas partes de las formas de coerción y sujeción feudal de las masas (peones, gauchos, campesinos...) por parte de la oligarquía terrateniente.

* Que la política con el indígena (exterminio alternado con negociaciones de conveniencia), que las ideas constitucionales demoradas, que el terror y el paternalismo estuvieron marcados todos por el gran objetivo de Rosas: mantener en el país la dispersión con caudillos, estancieros y peones, con el predominio indiscutible de la provincia de Buenos Aires, dueña de la Aduana y de las relaciones exteriores.

* Que la resistencia ante las agresiones extranjeras es el punto más alto y destacable de la actuación política rosista, y en esa acción demostraría el profundo divorcio entre los intereses de la nación y los de muchos de sus opositores.

Citando a John Lynch:

"La sociedad tomó su forma bajo el gobierno de Rosas y subsistió después de él. La hegemonía de los terratenientes, la degradación de los gauchos, la dependencia de los peones, todo eso fue herencia de Rosas."

Y después de Caseros, ¿cambió Argentina?. La situación revolucionaria que se abrió en 1852, ¿terminaría en una transformación sustancial de la realidad social del país?

"(...) Caseros no significó la liquidación del poder efectivo de la oligarquía bonaerense, y ello explica por qué no se resolvieron después de 1853 los graves problemas derivados de nuestra estructura latifundista y de nuestra dependencia del mercado capitalista mundial."

Puede añadir Romain Gaignard:

"En 1840, sólo 450 estancieros poseen más de 5.500 leguas cuadradas, más de un cuarto de la superficie de Francia, con cerca de quince millones de hectáreas. Y si consultamos la lista, desde ese momento, encontramos en ella todos los grandes nombres de la aristocracia de la pampa de 1979."

Trabajo enviado y realizado por Hernán Riccioppo

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