miércoles, 2 de enero de 2013

El ratón de Kafka está en lo cierto

El ratón de Kafka está en lo cierto; cuando el depredador nos acecha, el mundo se vuelve cada vez más estrecho. Y lo mismo ocurre con el lenguaje que lo describe.

Por experiencia propia puedo afirmar que el lenguaje con el que los ciudadan...os de un conflicto prolongado describen su situación, es tanto más superficial cuanto más prolongado es el conflicto. Gradualmente se va reduciendo a una secuencia de clichés y eslóganes. Empieza con el lenguaje creado por las instancias que se ocupan directamente del conflicto: el ejército, la policía, los ministerios y otras; rápidamente se filtra a los medios masivos que informan sobre el conflicto, dando lugar a un lenguaje todavía más retorcido que pretende ofrecer a su público una historia fácil de digerir (creando una separación entre lo que el Estado hace en la zona oscura del conflicto y la forma en que sus ciudadanos prefieren verse). Y este proceso acaba penetrando en el lenguaje privado e íntimo de ...los ciudadanos del conflicto, aunque lo nieguen enérgicamente.

En realidad, se trata de un proceso absolutamente comprensible: en efecto, la riqueza natural del lenguaje humano y su capacidad de alcanzar los más finos y delicados matices y fibras de la existencia, pueden resultar profundamente dolorosas en tales circunstancias, porque nos recuerdan incesantemente la opulencia de la realidad de la que somos expoliados, con su complejidad y su sutileza.

Y cuanto más insoluble parece la situación, y más superficial se vuelve lenguaje que la describe, más se difumina el discurso público que tiene lugar en él. Al final solo quedan las eternas y banales acusaciones entre enemigos o entre adversarios políticos de un mismo país. Solo quedan los clichés con los que describimos al enemigo y a nosotros mismos, es decir, un repertorio de prejuicios, de miedos mitológicos y de burdas generalizaciones en las que nos encerramos y atrapamos a nuestros enemigos. Sí, el mundo cada vez es más estrecho.

David Grossman
Escribir en una zona de catástrofe, 24 de abril de 2007

David Grossman (Jerusalén, 25 de enero de 1954), es un escritor y ensayista israelí.

Estudió filosofía y teatro en la Universidad Hebrea. Trabajó como corresponsal y actor en la radio Kol Israel, donde fue uno de los presentadores del programa infantil Gato en el sacao (1970-1984). Su libro infantil Duelo fue transmitido como un programa en esa emisora.

Comenzó escribiendo literatura para niños y jóvenes y su primera novela para adultos fue La sonrisa del cordero, publicada en 1983. Grossman es considerado uno de los más importantes escritores de la literatura contemporánea israelí y sus obras, traducidas a muchos idiomas, han sido distinguidas con numerosos premios.

Varias de sus novelas han sido llevadas al cine, como La sonrisa del cordero (Shimon Dotan, 1986), Alguien con quien correr (Oded Davidoff, 2006), El libro de la gramática interna (Nir Bergman, 2010) y El chico zigzag (Vincent Bal, 2012).

Grossman es conocido como un activista por la paz. Durante la Segunda Guerra del Líbano, el día 10 de agosto del 2006, junto a los escritores Amos Oz y A. B. Yehoshúa participó en una conferencia de prensa en la que instaron al gobierno a aceptar un cese al fuego con el fin de crear una base para una solución negociada. Dos días después su hijo Uri de 20 años, sargento de una unidad de tanques, murió alcanzado por un misil durante una operación de las FDI en el sur del Líbano. Desde entonces Grossman ha criticado con dureza al gobierno de Ehud Ólmert.

Vive en Mevaseret Tzión en las afueras de Jerusalén y ha tenido tres hijos con su esposa Michal, sicóloga infantil: Jonathan, Ruth y el difunto Uri.

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