sábado, 5 de enero de 2013

El orígen de los fueros Catalanes

El feudalismo, que fue muy mitigado en los reinos cristianos de España, alcanzó pleno vigor en Cataluña.

En el Reino de Aragón aquello se había cortado de raíz a partir de Ramiro “el Monje” y su famosa “campana de Huesca”. La labor de los Reyes Católicos 3 siglos después fue muy similar, desmochando castillos y sometiendo a los nobles. En la Marca Hispánica seguían vueltos sobre sí mismos los “señores de horca y cuchillo”, con frecuentes guerras y disputas entre ellos y la población sometida a servidumbre.

Precisamente por ese feudalismo no existía un concepto de Cataluña, que todavía no tenía ni el nombre cuando los antiguos feudos o condados se fueron uniendo a la Corona de Aragón. El más poderoso de los Condes, el de Barcelona, reunía ya los de Gerona, Ausona, Besalú y Cerdaña-Conflent en la persona de Ramón Berenguer IV cuando se casa con Petronila de Aragón. Pero Urgel, Ampurias, Rosellón y Pallars seguían siendo independientes. Este conde, Regente de Aragón, comienza la política de afirmación del poder real y sometimiento de la nobleza catalana y aragonesa, política que fue continuada por Alfonso II y Pedro II y culminada por Jaime I, que ya reunió casi todos los condados de la antigua Marca Hispánica y firmó el tratado de Corbeil (1258) con San Luis de Francia, dejando zanjada la cuestión. Cataluña, ya con ese nombre, pero sin reflejo jurídico del mismo, deja de ser formalmente feudal.

Pero subsistieron muchas formas de feudalismo que fueron las que dieron origen a los fueros catalanes. Jaime I halló las arcas reales vacías. Para hacer frente a la organización de un estado y para proseguir la Reconquista, se necesitaban hombres y dinero, que estaban en manos de los nobles. Notemos que fueron sólo los reyes y las órdenes militares quienes mantenían y proseguían tercamente con el ideal de Reconquista, a veces con la ayuda de los eclesiásticos más poderosos, mientras que los señores feudales se despreocupaban, ensimismados en su propia y particular vida.

Los Reyes son los que van a dar modernidad y eficacia a la sociedad de entonces, uniéndola frente a las complicadas divisiones señoriales, protegiendo y liberando al pueblo, señalando empresas comunes. El feudalismo, que tuvo su causa y justificación en su nacimiento, fue individualismo, enanismo y sojuzgamiento. La Monarquía fue UNIDAD, GRANDEZA Y LIBERTAD, aunque esta expresión no guste a algunos.

Para obtener los medios humanos y económicos que le faltaban, Jaime I acudió a los nobles; ese es el origen de las Cortes. La nobleza puso los medios, pero a cambio obtuvo honores, dignidades, territorios, fueros, franquicias, privilegios, inmunidades y jurisdicciones. Todo ello era razonable dentro de unos límites. El problema fue cuando esos fueros y privilegios alcanzaron tal desarrollo, forzado por momentos de debilidad de los reyes, que se hipertrofiaron, perjudicando al conjunto de España, como veremos.

Por ejemplo, para financiar la conquista de Mallorca, Jaime I pidió cobrar un nuevo tributo, el “bovaje”, que había empezado siendo un impuesto sobre la venta de bueyes, que se cobraba sólo al inicio del reinado como obsequio al nuevo rey y prueba popular de sumisión; lo consiguió a base de prometer, a cambio, tierras y dignidades a los señores que colaboraban en la empresa.

Por otra parte, la funesta manía de tomar los Reinos como posesiones personales, que podían dividir entre sus hijos, llevó a Jaime I a dividir la Corona, quedando dividida la misma Cataluña, pues no había idea de la misma como una unidad, reino ni principado. Esa mala costumbre en todos los reyes, también los navarros, leoneses y castellanos, retrasaría la unidad nacional y hasta la rompería por siglos, como en el caso de Portugal.

Pedro III estaba en una situación crítica, por lo que convocó a las Cortes Catalanas en Barcelona, en 1283. A cambio de los hombres y el dinero que le dieron se obligó a convocarlas una vez al año en sitio situado dentro del Principado y que deberían estar formadas por los tres Brazos y que las constituciones generales que concediera el monarca deberían ser aprobadas por mayoría. Además, fueron suprimidos todos los impuestos creados en los últimos 20 años, como los tributos de la sal y el “bovaje”. Y también las Cortes consiguieron otros importantes privilegios y disposiciones legales en justicia, municipios, etc.

Alfonso III, que llega al trono con 20 años en 1285 y murió con 26, se vio en apuros por las numerosas guerras entabladas por su padre contra Francia, Castilla y contra la misma Mallorca, que tenía otro Rey. Acosado por los nobles levantiscos de Valencia y Aragón, se vio obligado a otorgar el “Privilegio de la Unión”, mermando el poder real.

Jaime II también tuvo que recurrir a las Cortes en 1292, pero son insuficientes y tuvo que enajenar y pignorar sus bienes, cediendo a perpetuidad el “bovaje” a universidades y municipios; en 1301 vuelve a necesitar la ayuda de las Cortes, por lo que aceptaron ayudarle un quinquenio, organizando recaudaciones, pero a partir de entonces las recaudaciones fueron sólo de las instituciones catalanas, quedando excluido el rey, así como sus oficiales, del aparato recaudador. Entre otros, pasaron a los nuevos organismos los derechos de aduana, el derecho de bolla (impuesto sobre los tejidos) y otros sobre el azafrán, cáñamo, joyas, etc.

Pedro IV “el Ceremonioso” libró una guerra contra Jaime III de Mallorca por la que se recuperaron las Baleares y el Rosellón; pero se perdió Montpellier, que el mallorquín había vendido al rey francés para hacer frente a los gastos de la guerra.

Como los nobles de “la Unión” se rebelaron, cuando Pedro IV los derrotó en 1348, puso fin al “Privilegio de la Unión”. Lo mismo que sucedería, a otra escala, en 1714. Cuando los nobles eran poderosos arrancaban privilegios; cuando perdían, se les acababan los privilegios, o parte de ellos, y a veces la vida. 13 de ellos fueron ejecutados en Aragón y 20 en Valencia.

Por cierto, que el modo de establecerse el catalán fue muy rotundo. En Mallorca, toda la población musulmana fue exterminada con la conquista de Jaime I en 1229 y se repobló con catalanes del Ampurdán. En Cerdeña, con Pedro IV, toda la población autóctona del Alguer, que se había sublevado dos veces, fue expulsada en 1354, y se repobló con catalanes.

En esa época apareció la peste negra y un tercio de la población catalana pereció. Tal situación despobló los campos, y los nobles, para atraerse a campesinos que labraran sus tierras, concedieron beneficios y mejores condiciones a los agricultores. Cuando volvió la normalidad, años más tarde, los señores intentaron cancelar aquellas ventajas, lo que dio origen a la rebelión de los “remensas”.

Es decir, que el famoso “pactismo” y el conjunto jurídico de relaciones que más tarde conoceremos con el conjunto de “fueros”, no eran otra cosa que un toma y daca a todos los niveles, donde prevalecía la ley del más fuerte, traducida en convenios legales. Una solución, al fin y al cabo, pero ¿una solución para todos los siglos de los siglos venideros? ¿La auténtica esencia de las Españas, como pretenden algunos? ¿El rasero por el que se ha de medir cuanto se haga en el futuro, tildándose de traidor y mal español a quien no comparta esa idea?

Tras el compromiso de Caspe, Fernando I de Antequera convocó las Cortes Catalanas. Como era inexperto y estaba apurado por la rebelión de Jaime de Urgel, tras meses de reuniones, cansado y deseoso de acabar, en 1413, PARA CONSEGUIR LA AYUDA ECONÓMICA QUE TANTO NECESITABA, concede nuevos fueros y privilegios. La historia de siempre: una ayuda económica, material, ahora, y a cambio, unos privilegios ya para siempre, sacratísimos e inviolables. Fernando I aceptó que la familia real también debía pagar derechos y arbitrios. Dio mayores poderes a la “Diputación del General”, lo que andando el tiempo se transformará en la actual “Generalitat”. Las Constituciones, Usos y Capítulos de Corte se pusieron en catalán. Se confió la administración de justicia a un “regente” nombrado por el Monarca a propuesta del Canciller, naciendo así la Real Audiencia, que tomaría gran protagonismo y la monarquía se desprendía del poder judicial.

Las Cortes fueron nuevamente convocadas en 1414 y 1415, con nuevas exigencias de la aristocracia, que era quien verdaderamente hacía uso de los privilegios, no el pueblo. Pero como ya había sido vencido Jaime de Urgel no consiguieron lo que pretendían.

En 1416, enfermo y cansado, Fernando I paró en Barcelona y los representantes del ayuntamiento y del Consejo del Ciento hicieron pagar los tributos a los compradores de la Casa Real, lo que al fin hubo de consentir el Rey, que se marchó malhumorado y murió poco después en Igualada.

Nada más empezar a reinar Alfonso V ya tuvo problemas con las Cortes Catalanas. El Rey quería embarcarse en sus empresas mediterráneas y necesitaba 50.000 florines. A cambio de ello, el Rey aceptó que los extranjeros (los castellanos eran considerados como extranjeros) no pudieran tener cargos y beneficios eclesiásticos en Cataluña y que él y sus ministros no nombrasen comisarios especiales en el país. O sea, manos libres para ellos, esos eran sus fueros, privilegios perpetuos a cambio de cantidades puntuales de dinero. Además, el Rey concedió una amnistía general y se nombró una Comisión para resolver los “agravios” que tenía el país.

No se contentaron con eso y pretendieron mucho más, pero el Rey se negó y se suspendieron las Cortes. Como el Rey marchó, dejó de Lugarteniente General a su esposa María, que tenía 19 años y hubo de habérselas con nuevas Cortes en 1421-1423, pretendiendo lo que no habían logrado en las que se suspendieron en Tortosa en 1420. La joven e inexperta Reina aceptó algunas de las propuestas para ayudar a su marido, embarcado en su empresa guerrera en Italia, como el derecho de los catalanes a la exclusiva de oficios llamados de jurisdicción, la prohibición de nombramientos de Comisarios Regios, el proteccionismo a la industria textil catalana, etc. Pero lo más importante es que la Reina María aceptó el principio de la primacía absoluta de los Usatges de Barcelona, Constituciones y Capítulos de Corte como fuente legal de Cataluña sobre cualquier otro texto jurídico y se encomendó a la Diputación del General de Cataluña la custodia y defensa de la estructura constitucional de la tierra ante cualquier extralimitación del Rey y de las autoridades públicas, con facultad de nombrar un representante cerca de la Corte para reclamar el respeto a la legalidad. A cambio, 70.000 florines de las Cortes y otros 350.000 del Brazo Eclesiástico, además del envío de una escuadra.

A Alfonso le sucede su hermano Juan II, que tenía un serio conflicto con su hijo Carlos, el Príncipe de Viana. Tal conflicto se va a tomar como propio en Cataluña, donde las instituciones catalanas y el bando de la Biga se decantaron por el Príncipe de Viana, hijo de Blanca, reina de Navarra y casada con este Juan II. El partido aristocrático de la Biga llega a formar un ejército, por lo que el Rey intenta conciliarse con ellos, para lo cual manda a la nueva reina, Juana Enríquez, que termina firmando la “Concordia de Villafranca del Panadés” en 1461. En virtud de la misma, ni siquiera el Rey podía entrar en Cataluña sin autorización de sus instituciones representativas.

Al mismo tiempo, la aristocracia triunfante, los antiguos señores feudales, va a intentar el dominio absoluto del país y exigieron a los “remensas” que les pagaran como antes. Estos, con las masas de menestrales y campesinos, así como otros comerciantes y nobles partidarios de la monarquía, forman el Bando de la “Busca”. Los representantes más notables de la “Busca” en Barcelona son prendidos y ejecutados, so pretexto de una conspiración “realista”. Comienza la terrible guerra civil de 1462 a 1472, con los “foralistas” aristócratas de la “Biga” por un lado, y el Rey y la “Busca”, la gente del pueblo, por el otro.

La monarquía apoyaba las reivindicaciones de los “remensas” porque le parecían justas y porque eran la mayoría de la población y además porque le permitía hacer frente al poderosísimo frente aristocrático y feudal que se había hecho con el poder absoluto en Cataluña. Los de la “Busca” eran los “remensas” de una parte y los artesanos y comerciantes modestos de las ciudades que se agrupaban en sus Gremios y Cofradías, que no tenían representación en aquellas Cortes y en aquellas instituciones, pues estaban en poder de los poderosos de entonces, aristócratas, militares y alto clero.

Juan II se alió con los franceses, a los que hubo de ceder las rentas del Rosellón y la Cerdaña hasta 200.000 escudos.

La Diputación y el “Consejo del Principado de Cataluña” declararon a Juan II enemigo del país y ofrecieron la corona a Enrique IV de Castilla, que la aceptó y entró en la lucha. Luego renunció en 1463 y se la ofrecieron al Condestable Pedro de Portugal, que la aceptó. A pesar de las enormes derrotas de los rebeldes y los triunfos reales, que prometían respeto para los “fueros”, los catalanes siguieron ofreciendo la corona, muerto Pedro de Portugal, a Renato de Anjou, que aceptó e incorporó a la lucha a napolitanos y franceses, ahora a su favor. La Diputación acentuó la persecución contra los partidarios de Juan II, con pena de muerte para todo el que se manifestara a su favor. Precisamente el casamiento de Fernando de Aragón e Isabel de Castilla puso remedio a aquellos problemas con la ayuda de Castilla y al fin terminó la guerra con el triunfo real en 1472, sin represalias para los vencidos, manteniendo las constituciones catalanas, que habían sido las causantes de aquella terrible guerra. Subsistió el problema del Rosellón, que se perdió porque Castilla entró en guerra civil y no pudo auxiliar a Aragón, hasta que Fernando el Católico lo recuperó en 1493.

En cuanto a los remensas, quedaron en la misma situación de servidumbre, por lo que volvieron a rebelarse en 1484. Fueron derrotados por el ejército real y su jefe ajusticiado, pero Fernando el Católico terminó para siempre con el problema por la “Sentencia Arbitral de Guadalupe” en 1486, por la que se concedía la libertad a los “remensas”, declarándolos en posesión de la tierra, mediante el pago a los propietarios, de censales, diezmos y otros derechos. Otra vez el Rey como defensor de los pobres y humildes, la alianza del pueblo y de la Corona. “El mejor alcalde, el Rey”.

Aquellas instituciones oligárquicas, que se mantenían, habían sido las causantes de la guerra civil, como lo serían posteriormente de la de 1640 a 1654 y luego de 1703 a 1714. Sólo con el fin de esas instituciones, decretado en 1714, cesarían las guerras civiles, que no se circunscribieron al territorio catalán, sino que fueron verdaderas guerras internacionales.

En resumen, como dice Marcelo Capdeferro en “Otra historia de Cataluña” (Ed. Acervo, 2ª edic. 1990, pag. 177 y 178):

“Mientras el Conde o el monarca permanecieron pacíficamente regentando sus dominios, no necesitaron ayuda económica, ni militar, ni por ende Cortes. Pero cuando los monarcas se propusieron crear un Estado o se enzarzaron en sus operaciones de Reconquista, o de expansión imperial, necesitaron la colaboración, en hombres y dinero, de sus congéneres, los señores feudales, verdaderos reyezuelos de sus dominios, enfrentados en cierta forma con el Monarca que pretendía bajo su primacía, establecer un orden jerárquico, condiciones sociales generalizadas, un cuerpo jurídico político, como base y fundamento de un Reino, un Estado, una Nación. Las Cortes serán el vehículo de que se servirían los señores feudales para conservar y aumentar exenciones, privilegios y jurisdicciones, vulgo, libertades.

La historia demuestra palpablemente que la mayoría de las “exenciones y libertades” arrancadas por las Cortes al Monarca a cambio de su ayuda monetaria y en efectivos militares, no fueron en beneficio del pueblo catalán, sino de los señores feudales representados en las Cortes”. Fuente: http://accionjuvenil.espanaforo.com/t3439-el-origen-de-los-fueros-catalanes-por-jose-luis-corral

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