viernes, 7 de diciembre de 2012

Los peligros de la democracia totalitaria

Friedrich Hayek es la principal inspiración intelectual del liberalismo de las últimas décadas. Sus ideales son sencillos: libertad y justicia. Y aunque el armazón teórico con que los defendió tiene cierta complejidad, su enorme poder explicativo ha atraído a muchos. De sus obras, Derecho, legislación y libertad es la más ambiciosa y completa. Por primera vez, ahora tenemos la oportunidad de leerla en castellano en un solo volumen. Pese a que Hayek concibió la obra como un todo, al final acabó publicando por separado las partes que la conforman (Normas y orden, El espejismo de la justicia social y El orden político de un pueblo libre), tras ver cómo la empresa se prolongaba más de lo que él hubiera deseado y por temor a que se le agotara la vida: no quería dejar su trabajo inédito. En nuestro país, Unión Editorial publicó las tres partes por separado, todas ellas traducidas al español florido por Luis Reig. Ahora las publica agrupadas en un solo volumen, y vertidas a un español más manejable. Ambas decisiones son un acierto, aunque hayamos de lamentar que con la nueva traducción se haya perdido en precisión conceptual. Hayek describe aquí cómo se ha ido transformando el concepto de derecho, y cómo dicha transformación ha facilitado la aparición de las democracias totalitarias, que no sólo son ineficaces en la defensa de las libertades personales, que no sólo son débiles ante las apetencias de aquellos grupos organizados que logran hacer del Estado un instrumento a su servicio –en detrimento, claro, del conjunto de la sociedad–, sino que de hecho fomentan la progresiva corrupción del Derecho, es decir, de la base de las sociedades verdaderamente libres. A juicio de nuestro autor, hay dos tipos de órdenes: los creados (taxis) por el hombre para servir a unos fines determinados (los gobiernos, los ejércitos, las empresas, etcétera) y los espontáneos o autogenerados (cosmos). Éstos, aunque son producto de las acciones de los hombres, no han sido diseñados o concebidos por nadie; son un resultado no previsto de la interacción humana. Puesto que no sirven a ningún fin concreto, los órdenes espontáneos pueden llegar a ser muy complejos. Entre ellos se cuentan la sociedad y las instituciones en que ésta se asienta: el Derecho, la moral, las costumbres, el lenguaje, el mercado, etcétera. Occidente ha sido la zona del mundo que antes se ha dotado de aquellas instituciones que posibilitan la aparición de las sociedades abiertas. Al Derecho Romano –que es de naturaleza consuetudinaria– debe la base de sus sistemas legales. En Gran Bretaña cuentan, además, con la Common Law, también consuetudinaria, sobre la cual se asientan un ordenamiento jurídico muy eficaz y la envidiable "libertad inglesa". Por lo que hace al comercio, sus normas han posibilitado la cooperación social más allá de los límites de la tribu y ensanchado, así, el mundo. El problema es que el tribalismo siempre está ahí, acechante, y de continuo reaparece y se rebela contra las sociedades abiertas, que han hecho posible la multiplicación de la población y de la riqueza. El tribalismo pretende implantar en nuestras sociedades los esquemas morales que rigen en las sociedades tribales. Esquemas como el que subyace en el concepto de justicia social. El Derecho ha ido definiendo un ámbito privado de actuación legítimo en torno a los valores de vida y propiedad. Las normas que han surgido de este modo tienden a tener un carácter negativo, en el sentido de que prohíben aquellos comportamientos que invaden los espacios legítimos de los demás individuos. En cambio, la justicia social no repara en el individuo, sino en la sociedad. Para asegurarse los resultados considerados justos, la justicia social no puede confiar en el libre desarrollo de las sociedades, sin más límite que los establecidos por las normas que protegen los derechos de cada individuo. De ahí que haya surgido la tentación de reconstruir el entramado social desde cero. En este punto, Hayek saca a colación la ignorancia, "la necesaria e irremediable ignorancia a la que estamos sometidos en relación con la mayor parte de los hechos particulares que determinan el comportamiento de cuantos integramos la sociedad". Y es que nadie puede tener un conocimiento completo, total, de la sociedad. Así las cosas, ¿cómo puede tener nadie la pretensión de reconstruirla desde los cimientos? "La civilización descansa en el hecho de que todos nos beneficiamos de un conocimiento que no poseemos –nos explica nuestro autor–. Y una de las maneras en que la civilización nos ayuda a superar esa limitación en la extensión del conocimiento individual consiste en superar la ignorancia no mediante la adquisición de un mayor conocimiento, sino mediante la utilización del conocimiento que ya exista ampliamente disperso". Podemos hacer uso de dicho conocimiento por medio de las instituciones o, de un modo más concreto, por medio de ese sistema de señales constituido por los precios. En la última parte del libro Hayek aborda el problema de la democracia totalitaria. "Durante dos siglos, desde el fin de la monarquía absoluta al nacimiento de la democracia ilimitada, el gran objetivo del gobierno constitucional se cifró en limitar todos los poderes del gobierno. Los principios fundamentales que fueron afirmándose gradualmente para evitar cualquier ejercicio arbitrario del poder fueron la separación de poderes, la soberanía del derecho, el sometimiento del gobierno a la ley. (...) todos estos grandes principios liberales pasaron a segundo plano y hasta fueron casi olvidados cuando se pensó que el control democrático del gobierno hacía superfluo otro baluarte contra el uso arbitrario del poder". Surgió así la idea de que, dado que el Parlamento era elegido democráticamente, no resultaba necesario que estuviera sometido a norma previa alguna. El Derecho ha pasado de ser algo objetivo, surgido del propio desarrollo social, a algo arbitrario; tan arbitrario que se ha llegado a dar el rango de derecho o de ley a todo aquello que sale de un órgano deliberativo fruto de un proceso democrático. El concepto de derecho se ha corrompido hasta disolverse y ha sido sustituido, con la inestimable colaboración del positivismo jurídico, por un conjunto de normas arbitrarias. Es la situación ideal para el asalto al Estado por parte de los grupos de interés organizados, que lo utilizan para sus propios fines y esgrimen para justificarse que cuentan con el sello legitimador de la democracia. Las constituciones, que surgieron como método para someter el poder a un conjunto de principios, no han logrado su objetivo y han permitido el surgimiento de la democracia totalitaria, que tiene a la libertad como principal víctima. Para detener este proceso, Hayek propone la elaboración de constituciones que respeten la antigua división entre el Derecho –las "normas de recta conducta" propias del orden espontáneo de la sociedad– y la labor de gestión de los Gobiernos, así como el establecimiento de sistemas bicamerales que abunden en la separación de poderes. En el esquema de Hayek, la Cámara legislativa se encargaría de reformar el Derecho heredado, sin pretender reformularlo ex novo, mientras que la gubernativa se ocuparía de los Presupuestos y de fiscalizar la labor del Ejecutivo. Toda vez que el Ejecutivo y la Cámara encargada de su control no tendrían influencia sobre el proceso de reforma del Derecho, sería de nuevo posible someter el poder a un auténtico Estado de Derecho. Hay muchas razones que hacen de Derecho, legislación y libertad una lectura obligada; entre ellas, su viva actualidad, ya que Hayek nos habla en él de la democracia de hoy, de sus miserias y de sus riesgos, así como de sus virtudes. Su análisis político es certero, aunque poco halagüeño. Muchos lectores, habituados a identificar el Derecho con lo que sale de los Parlamentos, se sorprenderán, y se sentirán reconfortados, al saber que aquél es anterior incluso al Estado, no digamos ya a la legislación, y que es mucho más justo y noble que los bodrios que engendra el juego político.

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