sábado, 17 de noviembre de 2012

Qué es el fascismo

EL MISTERIO DEL FASCISMO
David Ramsay Steele

Cuando llegó en a Suiza busca de trabajo, en 1902, a los 18 años de edad, Benito Mussolini estaba sin un penique y acosado por el hambre. En sus bolsillos sólo tenía un medallón barato de níquel con la efigie de Karl Marx.

Después de un tiempo sin hacer nada, Mussolini encontró trabajo como albañil y sindicalista en la ciudad de Lausana. Rápidamente alcanzó fama como agitador entre los trabajadores emigrantes italianos,  y un periódico local de lengua italiana se refirió a él como "el gran Duce [líder] de los socialistas italianos." Leía vorazmente, aprendió varios idiomas extranjeros y estudió a Pareto en la universidad.

La gran fama del Duce era hasta ahora puramente local. A su regreso a Italia, el joven Benito era solamente un miembro mediocre del Partido Socialista. Pronto comenzó a editar un pequeño periódico particular, "La Lotta di Classe" (la lucha de clases), un órgano ferozmente anti-capitalista, anti-militarista y anti-católico. Se tomó en serio el dicho de Marx según el qual la clase obrera no tenía patria, y se opuso firmemente a la intervención militar italiana en Libia. Encarcelado varias veces por su participación en huelgas y protestas contra la guerra, se convirtió en una especie de héroe de izquierda. Antes de cumplir los 30 años, Mussolini fue elegido miembro del Comité Ejecutivo Nacional del Partido Socialista, y se hizo editor de su diario, "Avanti!". La circulación del periódico y la popularidad personal de Mussolini creció a pasos agigantados.

Junto con la expulsión del partido de aquellos diputados (miembros del Parlamento) que se consideraban excesivamente conciliadores con la burguesía, la elección de Mussolini para la ejecutiva socialista fue una parte de las maniobras que la línea dura de la izquierda marxista adoptó para hacerse con el control del partido. El cambio fue recibido con gran regocijo por Lenin y otros revolucionarios de todo el mundo. De 1912 a 1914, Mussolini fue el Che Guevara de su época, un santo en vida del izquierdismo. Guapo, valiente, carismático, un erudito marxista, un orador y escritor fascinante, un guerrero de clase dedicado a la central, era el Duce incomparable de la izquierda italiana. Se le suponía en la cabeza de cualquier futuro gobierno socialista italiano, elegido o revolucionario.

En 1913, cuando todavía era editor del "Avanti!", comenzó a publicar y editar su propia revista, "Utopía", un foro de discusión y de controversia entre los socialistas de izquierda. Como otras muchas revistas socialistas, ésta se fundaba en la esperanza, y su objetivo era el de formar cuadros altamente preparados de revolucionarios, purgados de ilusiones dogmáticas y dispuestos a aprovechar el momento. Dos de los colaboradores de Mussolini en "Utopía" colaborarían respectivamente en la fundación del Partido Comunista Italiano y en la del  Partido Comunista Alemán.  Otros, con Mussolini, se encontraron en el movimiento fascista.

La Primera Guerra Mundial comenzó en agosto de 1914, sin la participación de Italia. ¿Debía unirse Italia a Gran Bretaña y Francia contra Alemania y Austria, o permanecer al margen de la guerra? Todos los líderes de los principales e intelectuales del Partido Socialista, Mussolini entre ellos, se opusieron a la participación italiana.

Entre octubre y noviembre de 1914, Mussolini cambió a una posición favorable a la guerra. Dimitió como editor de "Avanti!", se unió a los izquierdistas pro-guerra fuera del Partido Socialista, y lanzó un nuevo periódico socialista a favor de la guerra: "Il Popolo d'Italia" (el pueblo de Italia).  La dirección del Partido Socialista lo consideró una gran traición, una venta a los proxenetas de la burguesía, y Mussolini fue expulsado del partido. Fue tan escandaloso como si, 50 años después, Guevara hubiera anunciado que se iba a Vietnam para ayudar a defender el Sur contra la agresión de Vietnam del Norte.

Italia entró en el conflicto en mayo de 1915, y Mussolini se alistó. En 1917 fue gravemente herido y hospitalizado, saliendo de ella como el más popular de los socialistas en favor de la guerra, un líder sin movimiento. La Italia de posguerra estaba atenazada por la guerra civil y la violencia política. Se respiraba un ambiente  revolucionario a raíz del golpe de Estado bolchevique en Rusia, las huelgas de la izquierda organizada, las ocupaciones de fábricas, los motines y los asesinatos políticos. Los socialistas daban palizas frecuentemente, a veces asesinando a soldados que regresaban a casa, sólo por haber luchado en la guerra. Atacar a los opositores políticos destruyendo su propiedad acabó por convertirse en un hecho cotidiano.

Mussolini y un grupo de seguidores lanzaron el movimiento fascista en 1919. Los primeros fascistas en su mayoría e inicialmente fueron hombres de la izquierda: sindicalistas revolucionarios y antiguos marxistas. Se llevaron con ellos algunos nacionalistas no socialistas y futuristas, y sus filas se nutrieron en gran medida  de soldados desmovilizados, por lo que la mayor parte de los fascistas comunes y corrientes no tenían antecedentes de izquierda. Los fascistas adoptaron las camisas negras  de los anarquistas y “Giovinezza” (juventud), la canción de los combatientes italianos de primera línea.

Aparte de su ardiente nacionalismo y la defensa de una política exterior en favor de la guerra, el programa fascista era una mezcla de medidas radicales de izquierda, de izquierda moderada, democrática y liberal, y durante más de un año, el nuevo movimiento no fue mucho más violento que otras agrupaciones socialistas. Sin embargo, los fascistas entraron en conflicto con los miembros del Partido Socialista y en 1920 formaron una milicia, la squadre (escuadrones). Incluyendo muchos veteranos patriotas, los escuadrones se mostraron mucho más eficientes que los decididos y violentos pero torpes marxistas en las tácticas de incendios provocados y de terror. A menudo, contaban los fascistas con el apoyo tácito de la policía y el ejército. En 1921 los fascistas tenían la ventaja en el combate físico con sus rivales de la izquierda.

Los elementos democráticos y liberales en el discurso fascista disminuyeron rápidamente y en 1922 Mussolini declaró que "el mundo está girando a la derecha." Los socialistas, que controlaban los sindicatos, convocaron la huelga general. Con la marcha sobre  algunas de las principales ciudades, los escuadrones de camisas negras actuaron de forma rápida reprimiendo por la fuerza la huelga y la mayoría de los italianos dejó escapar un suspiro de alivio. Esto dio a los camisas negras la idea de marchar sobre Roma para tomar el poder. Los fascistas se reunieron de forma pública para la gran marcha, pero el gobierno trató de prevenir una posible guerra civil llevando a Mussolini al poder. El Rey "pidió" a Mussolini para se convirtiera en primer ministro con poderes de emergencia. En lugar de una sublevación desesperada, la Marcha sobre Roma fue la celebración triunfal de una transferencia legal de la autoridad.

El primer ministro más joven en la historia italiana, Mussolini, era un apañador hábil e incansable, un formidable tramoyista y negociador en una monarquía constitucional que no se convirtió en una dictadura absoluta y permanente hasta diciembre de 1925, y aun así conservó elementos de pluralismo inestables que requerían habilidades malabares. Se hizo mundialmente famoso por ser un trabajador del milagro político. Mussolini hizo que los trenes llegaran a tiempo, cerró la mafia, drenó los pantanos de Pontine y resolvió la complicada cuestión romana, estableciéndose finalmente el estatus político del Papa.

Mussolini fue acogido con una lluvia de elogios desde sectores diversos. Winston Churchill lo llamó "el mayor legislador de la vida." Cole Porter le dio una tremenda publicidad con una canción de éxito. Sigmund Freud le envió una copia autografiada de uno de sus libros, donde es descrito como "héroe de la cultura." El más taciturno Stalin suministró a Mussolini los planos de los desfiles del Primero de Mayo en la Plaza Roja para que le ayudaran a pulir sus desfiles fascistas.
El resto de la carrera de Il Duce es cada vez más familiar. Conquistó Etiopía, firmó el Pacto de Acero con Alemania, introdujo medidas contra los judíos en 1938,  entró en la guerra como el socio chico de Hitler, trató de llevar a cabo por su cuenta la invasión de los Balcanes, aunque tuvo que ser rescatado por Hitler; fue capturado por los aliados y luego destituido por el Gran Consejo Fascista, rescatado de la prisión por las tropas de las SS en una de las operaciones de  comando más brillantes de la guerra, y se instaló al frente de una nueva "República Social Italiana". Al final fue asesinado por partisanos comunistas en abril de 1945.

Dado lo que la mayoría de la gente piensa actualmente sobre el fascismo, este escueto recital de hechos es una auténtica historia de misterio. ¿Cómo puede un movimiento que personifica la extrema derecha estar tan fuertemente arraigado en la extrema izquierda? ¿Qué estaba pasando en la mente de los dedicados militantes socialistas para que al final fueran reconvertidos en militantes fascistas igualmente dedicados?

Lo que nos dijeron sobre el Fascismo

En la década de 1930, la percepción de "fascismo"  en el mundo de habla inglesa la novedad italiana pasó de ser una especie exótica, incluso elegante, a convertirse en un símbolo para todo uso de la maldad. Bajo la influencia de los escritores de izquierda, se difundió una nueva perspectiva del fascismo que ha llegado a ser la dominante entre los intelectuales hasta hoy. Los argumentos son los siguientes:

El fascismo es el capitalismo enmascarado. Es una herramienta de las grandes empresas, que gobierna a través de la democracia hasta que se siente amenazado de muerte, y luego da rienda suelta a fascismo. Mussolini y Hitler fueron puestos en el poder por las grandes empresas, ya que el movimiento obrero revolucionario supuso un gran reto para éstas.  Pero se tiene que explicar, entonces, ¿cómo puede ser el fascismo un movimiento de masas, y encima uno que no está ni dirigido, ni organizada por las grandes empresas? La explicación es que el fascismo lo hace a través del uso inteligente y diabólico del ritual y símbolo. El fascismo como una doctrina intelectual está vacío de contenido serio o, alternativamente, su contenido es una mezcolanza incoherente. El fascismo apela a emociones en lugar de apelar a ideas. Se basa en canto de himnos, banderas ondeando y otras mojigangas, que no són más que dispositivos empleados por los irracionales líderes fascistas que han sido pagados por las grandes empresas para manipular a las masas.

Como los marxistas suelen manifestar, el fascismo "apela a los instintos más bajos", cosa que implica que los izquierdistas están en desventaja porque sólo podrían apelar a los instintos nobles como la envidia de los ricos. Por naturaleza, dado que es irracional, el fascismo es sádico, nacionalista y racista. Los regímenes de izquierda también, invariablemente, se manifiestan sádicos, nacionalistas y racistas, pero eso es debido a errores lamentables o a la presión de las circunstancias difíciles. Los izquierdistas quieren lo mejor, pero han de enfrentarse a contratiempos inesperados y la presión de las circunstancias, mientras que los fascistas han elegido cometer el mal.

En términos generales, cualquier régimen totalitario que no tenga como objetivo la nacionalización de la industria y que conserve la propiedad privada, al menos de forma nominal, puede ser definido como fascista.  Entre los intelectuales de moda el término se puede ampliar a cualquier tipo de dictadura. Cuando la Unión Soviética y China Popular se enfrentaron en la década de 1960, cada uno de ellas rápidamente descubrió que el otrora país socialista fraternal no era únicamente capitalista, sino, más allá de ello, era "fascista". En el nivel más vulgar, "fascista" se ha convertido en palabra que designa la mala práctica de figuras tan odiadas como Rush Limbaugh o John Ashcroft quienes, a pesar de las faltas que hayan cometido, están tan alejados de fascismo histórico como cualquier otro político en la vida pública hoy.

La consecuencia de 70 años de adoctrinamiento con este particular punto de vista de la izquierda acerca del fascismo es que es actualmente un puzzle. Sabemos cómo pensaban los izquierdistas en los años 1920 y 1930 porque conocemos universitarios cuyo pensamiento era casi idéntico y porque hemos leído a escritores tales como Sartre, Hemingway y Orwell.

¿Pero qué pensaban realmente los fascistas?

Aquellos que se convirtieron en fascistas

Robert Michels fue un marxista alemán desilusionado con los socialdemócratas. Se convirtió en un sindicalista revolucionario. En 1911 escribió Los partidos políticos, un trabajo brillante y analítico que demostraba la imposibilidad de una "democracia participativa" ­― una frase que no iba a ser acuñada hasta después de medio siglo, pero que refleja con precisión la original visión marxista de la administración socialista.  Más tarde se nacionalizó italiano (cambio de "Robert" a "Roberto") y devino uno de los principales teóricos fascistas.

Hendrik de Man fue en su época un dirigente socialista belga,  reconocido como una de las dos o tres inteligencias socialistas más destacadas de Europa. Muchos, en la década de 1930, creían que se trataba del teórico socialista más importante desde Marx. Era uno de los más destacados entre los numerosos marxistas occidentales europeos que, en los años de entreguerras, cambiaron su perspectiva desde el marxismo hasta el fascismo o el nacionalsocialismo. En más de una docena de significativos libros, desde The Remaking of a Mind (1919), The Socialist Idea (1933), hasta Après Coup (1941), de Man nos legó un relato detallado de la odisea teórica que le llevó, en 1940, a aclamar la subyugación nazi de Europa como "una liberación". Su experiencia comenzó, como uno de esos viajes que hacía a menudo, con la convicción de que el marxismo debía ser revisado a partir de líneas  "idealistas" y psicologistas.

Futurismo y el vorticismo fueron dos movimientos artísticos de la avant-garde que contribuyeron a la visión del mundo fascista. El futurismo fue la creación de Filippo Marinetti, quien eventualmente perdió su vida al servicio del régimen de Mussolini. Podemos hacernos una idea del estilo pictórico del futurismo a través de los créditos de la serie televisiva "Poirot".  Su estilo de poesía tuvo una influencia definitiva en Mayakovsky. Durante algunos años, las artes futuristas fueron permitidas en la Unión Soviética. El futurismo sostenía que las modernas máquinas eran más bellas que las esculturas clásicas. Alababan el valor estético de la velocidad, intensidad, maquinaria y guerra modernas.

El vorticismo era una variante suavizada del futurismo, asociado con Ezra Pound y el pintor y novelista Wyndham Lewis, un americano y canadiense que se trasladó a Londres. Pound se convirtió en fascista, se trasladó a Italia y más tarde se le consideró mentalmente enfermo y fue encarcelado por los ocupantes americanos. Los síntomas de su enfermedad mental eran sus ideas fascistas. Más tarde fue liberado y escogió regresar a Italia, en 1958, como un impenitente fascista.

En 1939, el fascista confeso Wyndham Lewis se retractó de sus elogios anteriores a Hitler, pero nunca renunció de su visión política del mundo, básicamente fascista. Lewis era, como George Bernard Shaw, uno de los intelectuales de la década de 1930 que admiraban el fascismo y el comunismo por igual, alabando a los dos al tiempo que insiste en su similitud.

El fascismo debe haber sido un conjunto de ideas que inspiró a personas educadas que se consideraban modernos. Pero ¿cuáles eran esas ideas?

Cinco hechos acerca del fascismo

En los últimos 30 años,  los eruditos han comenzado gradualmente a traernos una apreciación más exacta de lo que era el fascismo. (20) La imagen que surge de la investigación en curso sobre los orígenes del fascismo no es todavía del todo clara, pero es lo suficientemente nítida para mostrar que la verdad no se puede conciliar con la visión convencional. Podemos destacar algunas de las conclusiones inquietantes en cinco hechos:

El fascismo fue una doctrina bien elaborada años antes de recibir este nombre. El núcleo del movimiento fascista fue lanzado oficialmente en la plaza de San Sepolcro el 23 de marzo 1919; se trataba de una tradición intelectual y organizativa denominada  "nacional-sindicalismo".

Como construcción intelectual, el fascismo apareció alrededor de 1910. Históricamente, la raíz del fascismo radicaba en la década de 1890 - en la "crisis del marxismo", y en la interacción del socialismo revolucionario del siglo XIX con el anti-racionalismo y anti-liberalismo de fin de siglo.

El fascismo cambió dramáticamente entre 1919 y 1922, y se trasmutó de nuevo y de forma drástica después de 1922. Esto es lo esperado en cualquier movimiento ideológico que se acerca al poder y lo logra. Bolchevismo (nombre del comunismo en 1920) también ha cambiado varias veces de manera espectacular.

Muchas de las investigaciones más antiguas del fascismo son engañosas, ya que se basan casi enteramente en pronunciamientos posteriores a 1922, pero éstos reflejan las presiones de un movimiento político amplio y flexible que consolidaba un gobierno de compromisos. Supongamos que por este método pudiéramos aislar el carácter y la motivación de la ideología fascista: es como si tuviéramos que reconstruir las ideas del bolchevismo mediante la recopilación de los pronunciamientos del gobierno soviético en 1943: eso nos llevaría a la conclusión de que el marxismo debía mucho a Iván el Terrible y Pedro el Grande.

El fascismo fue un movimiento radicado principalmente en la izquierda. Sus líderes e iniciadores tenían mentalidad secular, eran principalmente intelectuales progresistas, enemigos testarudos de la sociedad actual y especialmente de sus aspectos más burgueses.

Había también corrientes de pensamiento no izquierdistas que se introdujeron en el fascismo, la más prominente de ellas fue el nacionalismo de Enrico Corradini. Este movimiento antiliberal y antidemocrático estaba preocupado en construir una Italia fortalecida por una industrialización acelerada. Aunque en su tiempo se le consideraba de derechas, Corradini se proclamaba socialista, como otros movimientos similares en el Tercer Mundo que serían más tarde apoyados por la izquierda.

El fascismo era intelectualmente sofisticado. La teoría fascista era más sutil y más cuidadosamente pensada que la doctrina comunista. Al igual que con el comunismo, distinguía entre la teoría propiamente dicha de la doctrina diseñada para un público amplio. Los fascistas se basaron en pensadores como Henri Bergson, William James, obras de Gabriel Tarde, Ludwig Gumplowicz, Vilfredo Pareto, Gustave Le Bon, Georges Sorel, Michels, Robert, Gaetano Mosca, Giuseppe Prezzolini, Filippo Marinetti, A. O. Olivetti, Sergio Panunzio, y Giovanni Gentile.

Aquí hay que señalar una diferencia entre el marxismo y el fascismo. El líder de un movimiento político marxista está siempre considerado por sus seguidores como un maestro de la teoría y un innovador teórico de la talla de Copérnico. Los fascistas eran menos propensos a caer en tal error. Las obras de Mussolini eran más leídas que las de Lenin, y también era mejor escritor, pero los intelectuales fascistas no consideraban que sus contribuciones fueran  importantes para el cuerpo de la teoría fascista, sino que lo consideraban más un líder de genio que podía pasar de la teoría a la acción.

Los fascistas eran modernizadores radicales. Por temperamento no eran ni conservadores ni reaccionarios. Los fascistas despreciaban el statu quo y tampoco se sentían atraídos ni deseaban retornar a épocas pasadas. Incluso en el poder, a pesar de todas sus adaptaciones a las exigencias de la situación inmediata, y a pesar de su incorporación de elementos sociales más conservadores, el fascismo siguió siendo una fuerza consciente de la modernización.

Dos revisiones del marxismo

El fascismo comenzó como una revisión del marxismo, una revisión que se desarrolló en sucesivas etapas, de manera que esos marxistas gradualmente dejaron de pensar en sí mismos como marxistas  y, eventualmente, dejaron de pensar en sí mismo como socialistas. No dejaron de pensar jamás en sí mismos como antiliberales revolucionarios.

La crisis del marxismo tuvo lugar en la década de 1890. Los intelectuales marxistas pretendían que hablaban por los movimientos socialistas de masas de toda la Europa continental, sin embargo, se hizo evidente en aquellos años que el marxismo había sobrevivido a un mundo que Marx creyó que no podría existir. Los trabajadores eran cada vez más ricos, la clase obrera se fragmentó en secciones con diferentes intereses, el avance tecnológico se estaba acelerando en lugar de encontrase con una barricada, la "tasa de ganancia" no estaba cayendo, el número de inversores ricos ("magnates del capital") no decrecía sino que se incrementaba, la concentración industrial no fue en aumento y en todos los países los trabajadores estaban poniendo a su patria por encima de su clase.

En la alta teoría, también, los vacíos del marxismo estaban siendo expuestos. La largamente esperada publicación del volúmen III de El Capital de Marx en 1894 reveló que Marx simplemente no tenía ninguna solución a la "gran contradicción" entre los volúmenes I y II, y el comportamiento real de los precios. Críticas devastadoras de Böhm-Bawerk a la economía marxista (1884 y 1896) fueron ampliamente leídas y discutidas.

La crisis del marxismo dio a luz al revisionismo de Eduard Bernstein, que llegó a la conclusión, en efecto, que la meta de la revolución debe ser abandonada, a favor de reformas graduales dentro del capitalismo. Esto no tenía ningún atractivo para los hombres de la extrema izquierda que rechazaban la sociedad actual, considerándola demasiado repugnante para ser reformada. Los revisionistas también comenzaron a atacar a la doctrina fundamental marxista del materialismo histórico –la teoría de que la organización de una sociedad de producción determina el carácter de todos los demás fenómenos sociales, incluyendo las ideas.

Al principio del siglo XX, los izquierdistas que querían estar tan a la izquierda como les fuera posible devinieron sindicalistas, defendiendo que la huelga general era el camino para demostrar el poder de los trabajadores y derribar el orden burgués. La actividad sindicalista entró en erupción a lo largo del mundo, incluso en Gran Bretaña y Estados Unidos. La promoción de la huelga general fue la manera de desafiar el capitalismo y al mismo tiempo una forma de desafiar a todos aquellos socialistas que querían utilizar el método electoral para negociar reformas en el sistema.

Los sindicalistas empezaron como marxistas intransigentes, pero como revisionistas reconocieron que las los principios clave del marxismo habían sido refutados por la desarrollo de la sociedad moderna. La mayoría de los sindicalistas llegaron a aceptar muchos de los argumentos de Bernstein contra el marxismo tradicional, pero permanecieron comprometidos con el rechazo total de la sociedad existente en lugar de aceptar una reforma democrática. En consecuencia, se llamaron a sí mismos “revisionistas revolucionarios”. Se mostraron partidarios de una revisión idealista de Marx, ya que creían en un mucho mayor papel e independencia de las ideas en la evolución social de lo que permitía la teoría marxista.

Anti-racionalismo práctico

Al revisar el marxismo, los sindicalistas estaban fuertemente motivados por el deseo de convertirse en revolucionarios eficaces, no contra molinos de viento, sino para lograr una comprensión efectiva del mundo de los trabajadores. Criticando y reevaluando su propio marxismo, sin embargo y naturalmente, se basaron en las modas intelectuales de la época, en las ideas que circulaban en aquélla conocida como “principios de siglo”. El bloque más importante de tales ideas era el “antirracionalismo”.

Muchas formas de antirracionalismo proliferaron a los largo del siglo XIX. El tipo de antirracionalismo que tuvo más influencia en los pre-fascistas no fue primeramente la concepción  según la cual se debe emplear algo más que la razón para decidir cuestiones de hecho (antirracionalismo epistemológico). Fue más bien la opinión, entendida como una cuestión de  franco reconocimiento de la realidad, de que los humanos no están únicamente motivados por el cálculo racional, sino más bien por «mitos» intuitivos (antirracionalismo práctico). En consecuencia, si se quería entender e influir en el comportamiento del pueblo, era mejor reconocer que los trabajadores no son principalmente egoístas, racionales y calculadores, sino que se sujetan y se mueven por mitos.

París fue el centro de moda del mundo intelectual, dictando el ascenso y la caída de los círculos ideológicos. Allí el antirracionalismo estaba asociado con la filosofía de Henri Bergson, el pragmatismo de William James a través del Atlántico, y los argumentos de la psicología social de Gustave Le Bon. Se consideraba que tales ideas valoraban más la acción que el pensamiento,  y que demostraban que la sociedad moderna (incluido el movimiento socialista establecido) era demasiado racionalista y demasiado materialista. Bergson y Williams fueron también leídos, sin embargo, como defensores de la idea de que los  humanos no trabajaban con una realidad objetivamente entendida, sino con una realidad creada por la imposición de su propia voluntad en el mundo, una afirmación que también fue recogida (errónea o correctamente) de Hegel, Schopenhauer y Nietzsche. Los intelectuales franceses se revolvieron contra Descartes, el racionalista, y rehabilitaron a Pascal, el defensor de la fe. Con el mismo espíritu, los intelectuales italianos redescubrieron a Vico.

El anti-racionalismo práctico se introdujo en el pre-fascismo a través de Georges Sorel  y su teoría del "mito". Este influyente escritor socialista comenzó como un marxista ortodoxo que, procedente la extrema izquierda,  se convirtió naturalmente en un sindicalista y, pronto, en el teórico sindicalista más conocido. Sorel pasó a defender la teoría de Marx de la lucha de clases de una nueva manera: ya no se trataba de una teoría científica, sino de un "mito", de una comprensión del mundo y el futuro que movía a los hombres a la acción. Cuando empezó a abandonar el marxismo, tanto por sus fracasos teóricos como por su excesivo "materialismo", buscó un mito alternativo. La experiencia de los acontecimientos actuales y recientes le mostró que los trabajadores tenían poco interés en la lucha de clases, pero eran propensos al sentimiento patriótico. Poco a poco, Sorel cambió de posición, hasta que al final de su vida se convirtió en nacionalista y antisemita.  Murió en 1922, esperanzado con Lenin y más cautelosamente con Mussolini.

Una tendencia general en todo el socialismo revolucionario desde 1890 hasta 1914 fue que los elementos más revolucionarios cargaron el acento en el liderazgo, minimizando el papel autónomo de las masas trabajadoras. Este elitismo fue un resultado natural del ardiente deseo de revolución por parte de los revolucionarios y tiene su origen en la poca disposición de la clase obrera para devenir un ente revolucionario. Los trabajadores eran reformistas instintivos: querían un trato justo dentro del capitalismo, y nada más. Dado que los entre trabajadores no se veía un auténtico deseo de revolución, un pequeño grupo de revolucionarios conscientes tendría que jugar un papel más decisivo del que Marx había imaginado. Ésa fue la conclusión de Lenin en 1902.  Era la conclusión de Sorel. Y fue la conclusión del sindicalista Giuseppe Prezzolini cuyas obras en la primera década del siglo Mussolini había revisado con admiración. 

El debate sobre el liderazgo fue reforzado por los escritos de Mosca, Pareto y Michels, especialmente la teoría de la Circulación de Élites de Pareto. Todos esos debates enfatizaban el rol vital de activas minorías y la futilidad de esperar que las masas, alguna vez y por sí mismas,  alcanzasen algún objetivo. La corroboración adicional vino del sensacional best-seller de 1895 de Le Bon –perpetuamente editado en 12 idiomas-  La psicología de las masas, que analizaba el comportamiento irracional de los humanos y llamó atención sobre la proclividad de los grupos a ponerse en manos de un líder fuerte, que podría controlarlo mientras apelara a ciertas creencias primitivas o básicas.

Los iniciadores del fascismo vieron al antirracionalismo como una alta tecnología. Más o menos al estilo de sus coches rápidos y sus aviones. El antirracionalismo fascista, como el psicoanálisis, se concebía a sí mismo como una ciencia práctica que podía canalizar los impulsos humanos en una dirección útil.

¿Una herejía marxista?

Algunas personas han reaccionado ante el fascismo diciendo que es lo mismo que socialismo. En parte, esto se debe al hecho de que "el fascismo" es una palabra que se usa libremente para referirse a todas las dictaduras no comunistas de los años 1920 y 1930, y por extensión para referirse a la más poderoso y terrible de estos gobiernos, el del Nacional Socialismo de Alemania.

Los nazis nunca pretendieron ser fascistas, pero continuamente se proclamaban socialistas, mientras que el fascismo, después de 1921, repudió el socialismo por su nombre. Aunque el fascismo tuvo alguna influencia en el Partido de los Trabajadores Nacional Socialista Alemán, otras influencias fueron mayores, en particular, el comunismo y el nacionalismo alemán.

James Gregor ha argumentado que el fascismo es una herejía marxista,  una afirmación que debe que ser considerada con cuidado. El marxismo es una doctrina cuyos principios fundamentales se pueden enumerar con precisión: la lucha de clases, el materialismo histórico, la plusvalía, la nacionalización de los medios de producción, y así sucesivamente. Casi todos esos principios fueron repudiados explícitamente por los fundadores del fascismo, y estos repudios del marxismo definen en gran medida el fascismo. Sin embargo, por paradójico que pueda parecer, hay una estrecha relación ideológica entre el marxismo y el fascismo. Podemos comparar esto con la relación entre, por ejemplo, el cristianismo y el unitarismo. Unitarismo repudia todos los principios distintivos del cristianismo, sin embargo, sigue siendo claramente una rama del cristianismo, la preservación de una afinidad con su madre los padres.

En el poder, las instituciones reales del fascismo y del comunismo tienden a converger. En practica, los regímenes fascista y nacional socialista cada vez más tendían a conformar aquello que Mises llamó «el modelo socialista alemán». Intelectualmente, los fascistas diferían de los comunistas en que tenían una idea y estaban dispuestos a aplicarla, mientras que los comunistas eran como sujetos hipnóticos, haciendo una cosa y racionalizándola en términos totalmente diferentes, y en conjunto haciendo cosas imposibles.

Los fascistas defendían el desarrollo acelerado de un país atrasado. Los comunistas siguieron empleando la retórica marxista de la revolución socialista mundial en los países más avanzados, pero todo esto era un ritual de encantamiento para consagrar su intento de acelerar el desarrollo de un país atrasado. Los fascistas convirtieron al nacionalismo en un mito poderoso. Los comunistas defendían el nacionalismo ruso y el imperialismo mientras protestaban de que su sagrada patria era un “estado obrero internacionalista". Los fascistas proclamaron el fin de la democracia. Los comunistas la abolieron y llamaron a su dictadura democracia. Los fascistas argumentaban que la igualdad era imposible e inevitable la jerarquía. Los comunistas impusieron una nueva jerarquía, disparaban a cualquiera que abogara por la igualdad real, pero nunca dejaron de parlotear acerca del futuro igualitario que estaba "en construcción". Los fascistas hicieron con los ojos abiertos lo que los comunistas hicieron con los ojos cerrados. Esta es la verdad oculta en la fórmula convencional de que los comunistas eran bien intencionados y fascistas mal intencionados.

Revolucionarios desencantados

A pesar de que respetaban "lo irracional" como una realidad, los iniciadores del fascismo no balanceaban voluntariamente influidos por consideraciones irracionales.  No eran supersticiosos. Mussolini en 1929, cuando se reunió con el cardenal Gasparri, en el Palacio de Letrán, no era más creyente que el Mussolini el polemista violentamente anti-católico de los años anteriores a la guerra, (34) pero había aprendido en su carrera que esta actitud de modernización radical era una pérdida de tiempo, como golpear la cabeza contra la pared de ladrillo de la fe institucionalizada.

Los izquierdistas se imaginan a menudo que los fascistas están atemorizados ante una clase obrera revolucionaria. Nada podría estar más cómicamente equivocado. La mayoría de los líderes fascistas iniciales se habían pasado años tratando de conseguir que los trabajadores se convirtieran en revolucionarios. Todavía en junio de 1914, Mussolini participó con entusiasmo, a riesgo de su propia vida y la integridad física, en la violenta y conflictiva "semana roja". Los iniciadores del fascismo eran en su mayoría veteranos militantes anti-capitalistas que tenían el beneficio de la duda por parte de la clase obrera. La clase obrera, al no ser revolucionaria, había dejado a estos revolucionarios fuera de juego.

El fascismo preferido al marxismo

A fines de 1920, personas como Winston Churchill y Ludwig von Mises veían el fascismo como una respuesta natural y saludable a la violencia comunista. En aquellos momentos ya no se pasaba por alto el hecho de que el fascismo representaba un fenómeno cultural independiente que precedió el golpe de Estado bolchevique. Se hizo ampliamente aceptado que el futuro estaba ya fuera  con el comunismo o con el fascismo.  Muchas personas optaron por lo que consideraban el mal menor. Evelyn Waugh comentó que él elegiría el fascismo sobre el marxismo, si tenía que hacerlo, pero él no creía que tuviera que hacerlo.

Es fácil ver que el ascenso del comunismo estimuló el surgimiento del fascismo. Pero, desde que la existencia del régimen soviético fue el factor primordial de que el comunismo resultara algo atractivo, y dado que el fascismo era una tradición independiente del pensamiento revolucionario, habría habido, sin duda, un poderoso movimiento fascista incluso en ausencia de un régimen bolchevique. En cualquier caso, después de 1922, el mismo tipo de influencia se desplegaba en ambos sentidos: muchas personas se hicieron comunistas porque consideraban que era la manera más eficaz para luchar contra el temido fascismo. Dos bandas rivales de asesinos políticos, empeñados en establecer su propio poder sin control, cada uno ganándose el apoyo mediante la táctica de señalar los horrores que sus rivales desataban. Fueran cuales fueran las deficiencias de dicho recurso, los horrores mismos eran muy reales.

Del liberalismo al estado corporativo

En los primeros días del fascismo se aceptó un elemento de lo que se llamaba "liberalismo": la opinión de que el capitalismo y el libre mercado debían dejarse intactos, que era pura locura que el Estado se involucrara en la "producción".

Marx había dejado una herencia extraña: la convicción de que la  lucha de clases arrastraría automáticamente a la clase obrera en la dirección del comunismo. Pero la experiencia práctica no ofrece ninguna confirmación de esta suposición y los marxistas han tenido que elegir entre seguir la lucha de clases (crear problemas al capitalismo con la esperanza de obtener algún logro) y tratar de tomar el poder para introducir el comunismo (lucha que obviamente no tiene nada que ver con la huelga por salarios más altos o con ciertas reformas políticas como la legislación fabril de seguridad). Como resultado, los marxistas llegaron a adorar a la "lucha" por sí misma. Y puesto que los marxistas sentían a menudo vergüenza de hablar sobre los problemas que una sociedad comunista podría enfrentar y descartaban cualquier discusión en torno a ese tema como "utópica", fue habitual en ellos argumentar que debían centrarse sólo en el siguiente paso de la lucha, y no distraerse con especulaciones sobre el futuro remoto.

Los marxistas tradicionales creían que había que oponerse a las interferencias del estado, como los aranceles de protección, ya que consideraban que frenaría el desarrollo de las fuerzas productivas (tecnología) y que, por lo tanto, estas intervenciones retrasarían la  revolución. Por esta razón, un marxista debía favorecer el libre comercio. Frente a un creciente volumen de reformas legislativas, algunos revolucionarios vieron en estas concesiones astutas estrategias de la burguesía para tomar el control de los antagonismos de clase y por lo tanto estabilizar su estado. El hecho es que las medidas legislativas con el apoyo de socialistas democráticos, que habían sido cooptados por el orden establecido, dio un motivo adicional a los revolucionarios para pasarse al otro lado.

A partir de 1919, los fascistas desarrollaron una teoría del estado, que hasta entonces era el único elemento teórico que no había sido desarrollado por el marxismo. Su elaboración, en un debate público extenso, dio lugar al punto de vista “totalitario” del Estado,  notoriamente expuesto en la fórmula de Mussolini, "Todo en el Estado, nada contra el Estado, nada fuera del Estado". A diferencia de los que más adelante serían los Socialistas Nacionales de Alemania, los fascistas se mantuvieron reacios a la nacionalización pura y simple de la industria. Pero, después de unos años de comparativa no intervención, y algo de liberalización, el régimen fascista se movió hacia una política mucho más intervencionista, y las declaraciones fascistas insistían cada vez en el "estado corporativo". Todos los rastros de liberalismo se perdieron, salvado sólo por la insistencia en que la nacionalización real debía seria evitada. Antes de 1930, Mussolini declaro que el capitalismo tenía siglos de trabajo útil que hacer (una formulación que sólo se le ocurriría a un ex-marxista); a partir de 1930, a causa de la depresión mundial, hablaba como si el capitalismo se hubiera terminado y el Estado corporativo tuviera que substituirlo en lugar de proporcionarle un marco.

A medida que la dictadura maduraba, la retórica fascista cada vez manifestó una mayor hostilidad al ego individual. El fascismo había sido siempre fuertemente comunitario, pero ahora este aspecto se hizo más sobresaliente. El anti individualismo fascista se puede resumir en la frase que la muerte de un ser humano es como la muerte de una célula en un cuerpo. Desde 1920 hasta 1922, entre las  crecientemente histriónicas reuniones de camisas negras, destacaban los servicios funerarios. Cuando el nombre de un compañero recientemente asesinado por los socialistas fue llamado a salir, toda la multitud rugía: "¡Presente!"

El hombre no es un átomo, el hombre es esencialmente social - estos clichés lanudos eran tan fascistas como socialistas. El anti individualismo era especialmente prominente en los escritos del filósofo oficial Giovanni Gentile, que dio a la teoría social fascista su forma acabada en los años finales del régimen. 

El fracaso del fascismo

La ideología fascista tuvo dos objetivos por cuya ejecución podía ser razonablemente juzgada: la creación de un ser humano heroicamente moral, un orden social marcado por una moral heroica y el acelerado desarrollo de la industria, especialmente en economías atrasadas como la italiana.

El ideal moral fascista, sostenido por escritores de Sorel a Gentile, es algo así como una inversión de la caricatura de un liberal al estilo de Bentham. El hombre ideal fascista no es prudente, sino valiente; no es calculador, sino decidido; no es sentimental, sino implacable; no se preocupa por ningún beneficio personal, sino que la lucha por los ideales; no va en busca de consuelo, sino que vive la vida intensamente. Los primeros fascistas no sabían cómo iban a construir el orden social que daría lugar a este "hombre nuevo", pero estaban convencidos de que tenían que destruir el orden burgués liberal que había creado su contrario.

Incluso en fecha tan tardía como 1922, no estaba claro para los fascistas que el fascismo, la "tercera vía" entre el liberalismo y el socialismo, establecería un estado policial burocrático, pero dadas las circunstancias y las ideas fascistas fundamentales, nada más era posible. El fascismo introdujo una forma de Estado claustrofóbico dada la opresión que ejercía. El resultado fue una población decididamente caracterizada por la mediocridad  y el anti heroísmo, conformista, taimada y miedosa de su propia sombra, un mundo alejado de la clase de carácter humano dinámico que los fascistas habían esperado que heredaría la Tierra.

En cuanto a los resultados económicos del fascismo, el test de los resultados puramente empíricos no es concluyente. En sus primeros años, las medidas económicas del gobierno de Mussolini eran probablemente más liberalizadoras que restrictivas. El giro posterior al corporativismo intrusivo fue seguido rápidamente por la recesión mundial y la guerra. Pero sí sabemos por muchos otros ejemplos que si se deja que siga su curso, el intervencionismo corporativo paralizará cualquier economía.  Además, las pérdidas económicas ocasionadas por la guerra se pueden imputar al fascismo, a Mussolini, ya que fácilmente podría haber mantenido a Italia neutral. El fascismo dio tanto poder y de forma tan descontrolada a una sola persona dispuesta a cometer semejante error, que hizo más probable la guerra en 1940, exaltando los beneficios de la misma.

A través de una mirada panorámica de la historia, el fascismo, como el comunismo, al igual que todas las formas de socialismo, y al igual que patriotismo de hoy y la antiglobalización, son el resultado lógico de errores específicos que sobre el progreso humano sostienen algunos intelectuales. El fascismo fue un intento de coger los frutos materiales de la economía liberal, al tiempo que pretendía abolir la cultura liberal. El intento fue completamente quijotesco: no hay tal cosa como el desarrollo económico sin capitalismo de libre mercado y no hay tal cosa como el capitalismo de libre mercado sin el reconocimiento de los derechos individuales. La reacción contra el liberalismo fue el resultado de ideas erróneas, y el vano intento de sustituir el liberalismo fue la aplicación de los errores de interpretación. Al perder la guerra, el fascismo y el nacionalsocialismo se salvaron de la esclerosis terminal que acosó al comunismo.

 “El hombre que está buscando”

Cuando Mussolini cambió su postura contra la guerra para ponerse a favor de ella en noviembre de 1914, los otros líderes del Partido Socialista afirmaron de inmediato que había sido comprado por la burguesía, y esta acusación ha sido repetida por muchos izquierdistas. Pero la idea de un Mussolini vendido es más inverosímil que la teoría que sostiene que Lenin tomó el poder porque fue pagado por el gobierno alemán para sacar a Rusia de la guerra. Como la figura fundamental de la izquierda italiana que fuera, Mussolini estaba haciendo una apuesta, en hondo desacuerdo  y provocando su expulsión del Partido Socialista, además de arriesgar su vida como soldado de primera línea.

Como Lenin, Mussolini era un revolucionario capacitado que se hizo cargo del problema de las finanzas. Una vez que se había decidido a salir a favor de la guerra, previó que iba a perder sus ingresos desde el Partido Socialista. Se acercó a ricos patriotas italianos para conseguir apoyo para Il Popolo d'Italia, pero la mayor parte del dinero que llegó a Mussolini se procedía de forma encubierta de los gobiernos aliados que querían llevar a Italia a la guerra. Del mismo modo, los bolcheviques de Lenin tuvieron la ayuda de patrocinadores ricos y del gobierno alemán. En ambos casos, vemos a un determinado grupo de revolucionarios que usa su ingenio para recaudar fondos en pro de sus metas.

Jasper Ridley sostiene que Mussolini cambió porque siempre "quería estar en el bando ganador", y no se atrevía a "nadar contra la marea de la opinión pública".  Esta explicación es débil. Mussolini había pasado toda su vida en una posición antagónica a la mayoría de los italianos, y con la fundación de un nuevo partido en 1919 volvería de manera deliberara a contradecir a la mayoría. Dado que los individuos suelen ser más influenciados por la presión de su "grupo de referencia" que por las opiniones de toda la población, podríamos preguntarnos por qué Mussolini no nadó con la marea de la dirección del Partido Socialista y la mayoría de la membresía del partido, en lugar de nadar con la marea de los socialistas de dentro y de fuera del Partido que se había puesto en favor de la guerra.

A pesar de su personalidad o incluso su decisión pudiera haber sido influenciada por el tiempo, la presión de Mussolini para cambiar su posición provenía de una evolución a largo plazo en sus convicciones intelectuales. Desde sus primeros años como un marxista revolucionario, Mussolini había sido favorable al sindicalismo, a continuación, un sindicalista real. A diferencia de otros sindicalistas, se quedó en el Partido Socialista, y mientras se progresaba dentro de él, continuó con los oídos abiertos a los sindicalistas que lo habían dejado. En muchos temas, su forma de pensar seguía la de ellos, con más cautela, y muchas veces cinco o diez años detrás de ellos.

De 1902 a 1914, el sindicalismo revolucionario italiano sufrió una rápida evolución. Siempre opuestos a la democracia parlamentaria, los sindicalistas italianos, bajo la influencia de Sorel, se comprometieron con la violencia extra-constitucional y la necesidad de que la vanguardia revolucionaria debía iniciar la lucha. Ya en 1908, el Mussolini marxista sindicalista había llegado a un acuerdo con estas nociones elitistas y comenzó a emplear el término gerarchia (jerarquía), que seguiría siendo una palabra favorita de su en el período fascista.

Muchos sindicalistas perdieron la fe en el potencial revolucionario de la clase obrera. Buscando una receta revolucionaria alternativa, los más "avanzados" de estos sindicalistas comenzaron a aliarse con los nacionalistas para favorecer la guerra. La reacción inicial de Mussolini a esta tendencia fue el disgusto que podríamos esperar de cualquier izquierda que se precie.  Sin embargo, dadas sus premisas, las conclusiones de los sindicalistas eran convincentes.
La lógica que subyacía a esta posición de cambio era que por desgracia no iba a haber una revolución obrera, ni en  los países avanzados y, ni mucho menos, en los países poco desarrollados, como Italia. Italia seguía su propia dinámica y su problema era la baja la producción industrial.  Se trataba de una nación proletaria explotada, mientras que los países ricos eran grandes naciones burguesas. La nación era el mito que podría unir a las clases productivas detrás de una campaña para ampliar la producción. Estas eran las ideas que defendía la propaganda del Tercer Mundo durante los años 1950 y 1960, en los cuales, los aspirantes a formar una nueva élite en los países económicamente atrasados, presentaban como "progresista" una idea propia aunque menos escrupulosa respecto de los derechos humanos que podría acelerar el desarrollo del Tercer Mundo. De Nkrumah a Castro, los dictadores del Tercer Mundo, seguían los pasos de Mussolini.  El fascismo fue un ensayo general para el tercermundismo de posguerra.

Muchos sindicalistas también se convirtieron en "produccionistas", instaban  a los trabajadores a no hacer huelga y creían que debían hacerse cargo de las fábricas, que funcionarían sin jefes. Mientras que el produccionismo como táctica de acción colectiva no llevaba a ninguna parte, la idea productivista según la cual todos debían ayudar a aumentar la producción, incluso el segmento productivo de la burguesía, debía ser apoyada en lugar de combatida.

Desde 1912, aquellos que observaban de cerca a Mussolini podían percatarse de los cambios en su discurso. Comenzó a emplear las palabras "pueblo" y "nación" en lugar de «proletariado». (Posteriormente tal lenguaje patriótico se volvería admisible entre los marxistas, pero aun así era un poco inusual y sospechoso.) Mussolini poco a poco se fue convenciendo, unos años más tarde que los líderes más avanzados de la extrema izquierda, de que el análisis marxista de clase era inútil, de que el proletariado nunca llegaría a ser revolucionario, y que la nación tenía que ser el vehículo de desarrollo. Una implicación básica de esta posición es que las huelgas iniciadas por el izquierdismo y los enfrentamientos violentos eran más que bromas irrelevantes: eran obstáculos reales para el progreso.

Cuando Mussolini fundó "Utopía", era para proporcionar un foro en el cual sus compañeros de partido podían intercambiar ideas con sus amigos los sindicalistas revolucionarios de fuera del partido. En ese momento firmaba sus artículos como "El hombre que está buscando." La bancarrota de la II Internacional en el estallido de la guerra, y el alineamiento de los partidos de masas socialistas de Alemania, Francia y Austria detrás de sus respectivos gobiernos nacionales, confirmó una vez más que los sindicalistas habían estado en lo cierto: el internacionalismo proletario no era una fuerza viva. El futuro, concluyó, se acostaría con el nacional sindicalismo productivista, que con algunas modificaciones se convertiría en el fascismo.
Mussolini creía que el fascismo era un movimiento internacional. Esperaba que tanto la democracia burguesa decadente y la dogmática del marxismo-leninismo daría en todas partes paso al fascismo, que el siglo XX sería un siglo del fascismo. Al igual que sus contemporáneos de izquierda, subestimó la capacidad de recuperación de la democracia y el liberalismo de libre mercado. Pero en el fondo la predicción de Mussolini se cumplió: la mayoría de la gente del mundo en la segunda mitad del siglo XX vivía bajo gobiernos que estaban más cerca, en la práctica, del fascismo, que del liberalismo o del marxismo-leninismo. Fuente: nacional-revolucionario.blogspot.com.es

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