lunes, 12 de noviembre de 2012

Pensar el siglo XX, Tony Judt y Timothy Snider


Historiador, ensayista y académico de prestigio internacional, autor de obras como Postguerra, Pasado imperfecto y El refugio de la memoria, Tony Judt (Londres, 1948 – Nueva York, 2010) fue un hombre de rica trayectoria vital y de gran envergadura intelectual, cuya contribución bibliográfica a la historia moderna cubre ámbitos como el de la política francesa del período de entreguerras, la intelectualidad francesa en la segunda postguerra mundial y la Europa centro-oriental en tiempos de la Guerra Fría. Libros como los arriba mencionados dan prueba no solo de unas sólidas dotes narrativas sino también de una versatilidad intelectual envidiable, capaz de sintetizar la historia política y social con la historia cultural, la filosofía política y la reflexión ética. Desgraciadamente, apenas unos años después de publicada la que con toda seguridad es su obra magna, Postguerra, Judt fue víctima de una enfermedad neurológica degenerativa que inmovilizó su cuerpo de manera gradual hasta causarle la muerte, en agosto de 2010. Imposibilitado ya de escribir, su amigo y colega historiador Timothy Snyder, autor de Tierras de sangre, le propuso realizar una serie de conversaciones de las que surgiría un libro: un libro hablado, modalidad que goza de gran prestigio en la Europa oriental (en cuya historia se ha especializado Snyder). El resultado es Pensar el siglo XX, suerte de testamento intelectual de Tony Judt.
Antes de serle diagnosticada la ELA (esclerosis lateral amiotrófica), Judt había planeado escribir una historia intelectual del siglo XX. Enterado de este proyecto, que ya no podría ser realizado, Timothy Snyder condujo las sesiones de conversación de manera de captar -ante todo- el meollo de lo que hubiese sido dicho trabajo. Pensar el siglo XX entrelaza biografía e historia: la vida de Tony Judt, especialmente lo relativo a su trayectoria intelectual, y el telón de fondo histórico de esa vida, privilegiando el pensamiento político y la reflexión ética en torno a momentos cruciales de la historia de Europa, Estados Unidos e Israel. Tal vez se pase de entusiasta Snyder cuando, en el prólogo, caracteriza el libro como un tratado de ética y una historia de las ideas políticas modernas; faltan la sistematicidad y la exhaustividad que se espera de estudios de semejante naturaleza, cosa que en realidad no defrauda una vez advertidos del origen el libro (cuestión de leer la nota de contraportada). Lo que no falta es reflexión: rigurosa, coherente y erudita, además de abundante; el estimulante despliegue de una mente lúcida e informada. Pensar el siglo XX es recapitulación tanto del trasfondo filosófico-político y moral del pasado reciente como de las claves del trabajo de Judt como investigador de este pasado.
El libro deja constancia de las etapas del Judt intelectual y académico, desde el filomarxismo de su juventud británica hasta su consolidación como académico estadounidense, ensayista y activo promotor de ideas socialdemócratas. En el desarrollo de esta carrera, tenemos al prometedor estudiante de origen modesto, descendiente de judíos emigrados de Europa del este, el que conecta con sus raíces y se radica en Israel para incorporarse a un kibutz; no por mucho tiempo. Marxismo y sionismo constituirán sin duda las rupturas más dramáticas de Judt en el plano de las adhesiones ideológicas. Luego lo vemos, ya titulado en Cambridge, inmerso en su etapa como historiador francés con sede en París y en la Provenza, episodio al que siguen estadas a uno y otro lado del Atlántico, especializándose en la historia moderna de Europa del este. Finalmente lo vemos establecido definitivamente en los Estados Unidos a partir de 1987. En los años noventa adquiere notoriedad como intelectual público que, en paralelo a sus actividades y publicaciones académicas, escribe artículos de contenido crítico sobre diversos temas, incluyendo cuestiones de política exterior tanto estadounidense como europea (algunos de los artículos han sido recopilados en el libro Sobre el olvidado siglo XX).
Conforme el formato diseñado por Snyder, en que la biografía de su interlocutor “sirve de introducción a la historia intelectual” (p. 13), la especificación de dichas etapas ofrece una guía de los temas abordados en el libro, empezando por la toma de conciencia de la identidad judía y su imbricación en la identidad británica, culminando en el rol del académico estadounidense devenido intelectual público, defensor de la causa socialdemócrata y renuente a congraciarse con el poder y con las corrientes de pensamiento prevalecientes. Son pocos los temas que Judt se deja en el tintero; el historiador se da tiempo para explayarse incluso sobre los desafíos de su profesión, esto es, cómo escribir la historia y cómo enseñarla. De paso, el hombre ofrece la mejor justificación para el conocimiento de la historia: “Es tremendamente importante para una sociedad abierta conocer su pasado -afirma-. Un rasgo que tenían en común las sociedades cerradas del siglo XX, ya fueran de izquierdas o de derechas, es que manipulaban la historia. Amañar el pasado es la forma más antigua de control del conocimiento: si tienes en tus manos el poder de la interpretación de lo que pasó antes (o simplemente puedes mentir acerca de ello), el presente y el futuro están a tu disposición. De modo que, por simple prudencia democrática, conviene garantizar que la ciudadanía esté informada históricamente” (p. 256). En definitiva, “una ciudadanía mejor informada es menos susceptible de que la engañen con un uso abusivo del pasado al servicio de los errores del presente” (íd.).
Digna de destacar -y de suscribir- es la reivindicación de Hannah Arendt, a quien Judt aprecia menos por sus especulaciones filosófico-sociales que por sus postulados en torno a los judíos y el Holocausto: justo lo contrario de lo que hace la mayoría de los admiradores de la pensadora. Siguiendo al historiador, el mérito de la controvertida fórmula sobre la banalidad del mal estriba en haber establecido un punto de partida para la comprensión del genocidio, un fundamento más preciso y mucho más fecundo que la simple imagen de unos hombres perversos conscientemente volcados a la realización de un mal demoníaco. Acierta también al afirmar que no aporta demasiado a la comprensión del siglo XX el profundizar en demasía en las ideas nacionalsocialistas, dado que lo crucial en el nazismo no son los conceptos sino las actitudes.
Judt realiza algunas pertinentes observaciones sobre la responsabilidad del intelectual público, ejemplificadas por el reciente caso estadounidense (entiéndase: los pretextos para invadir Irak). En un marco de histeria colectiva y de temor a disentir de la mayoría -temor a “sentirse desconectados”-, demasiados intelectuales -y periodistas- se mostraron dispuestos a dilapidar el capital de honestidad e independencia crítica que solemos asociar con el concepto mismo de intelectual, por lo menos desde el Yo acuso de Zola, mientras que unos pocos periodistas de investigación se atrevieron a denunciar la basura escondida debajo de la alfombra. Los dreyfusards como Zola, nos recuerda Judt, honraban la virtud de la veracidad o facultad de decir la verdad, en vez de sacrificarla -y con ella, la vida y la dignidad de un hombre inocente- a unas presuntas “verdades superiores”: la patria, el honor del ejército, etc., argüidas por los denigradores del capitán Dreyfus. Medio siglo después, la generación sartriana se negará a admitir y denunciar los horrores del estalinismo bajo el pretexto de la causa común contra el fascismo. En este sentido, el siglo XX y la década recién pasada ofrecen un amplio panorama de lo que los intelectuales no deben hacer.
- Tony Judt (en colaboración con Timothy Snyder): Pensar el siglo XX. Taurus, Madrid, 2012. 400 pp. Fuente: Histlibris

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