viernes, 30 de noviembre de 2012

La inquisición en el Medioevo

La herejía, concebida como desviación voluntaria de la doctrina fijada por la Iglesia, no hizo su aparición en la Europa medieval antes del año 1000, donde encontramos clérigos y monjes que interpretan de un modo un tanto peculiar y personal ciertos aspectos de las Escrituras. Faltaba, sin embargo, un elemento esencial que termina de definir la herejía: la difusión masiva de esa desviación de la ortodoxia.
Después del año 1000 asistiremos a un aumento de la población de las ciudades y al surgimiento de grupos poderosos, ilustrados e influyentes en el ámbito civil deseosos de volver a la sencillez de la vida de Jesús. Esto, junto con la reaparición del maniqueísmo venido del Próximo Oriente, la aparición de los seguidores de Pierre Valdès -valdenses- que predicaban un retorno a la pobreza de los primeros cristianos y los cátaros, con una concepción religiosa que chocaba frontalmente con la jerarquía eclesiástica, comenzarían a preocupar progresivamente al clero.
Fueron en un principio las autoridades civiles de la Francia septentrional quienes enviarían a la hoguera a los primeros herejes. La Iglesia en un principio no se pronunció pero, si en algún momento rechazaba o, por lo menos, se mostraba reticente ante estas prácticas, finalmente terminó por actuar contundentemente cuando observó que, en las ciudades de la Francia meridional, la herejía, cátaros y valdenses fundamentalmente, llegaron a representar no menos de un 5% ó 10% de la población, contando con apoyo o financiación de las autoridades locales, o, al menos, su consentimiento. Ante semejante panorama, hacia finales del siglo XII prácticamente nadie cuestionaba en el seno de la Iglesia el recurso a la violencia para combatir la herejía, salvo contadas excepciones como San Francisco o Santo Domingo.
Con este estado de ánimo se comenzó a abordar la cuestión jurídicamente. En 1184 se aprueba la muerte en la hoguera para los reincidentes en la herejía. En 1199 se añade la posibilidad de confiscar los bienes del condenado. Entre 1180 y el siglo XIII se establece el uso de la tortura en determinadas situaciones. Entre finales del XII y principios del XIII mediante disposiciones legales se irán constituyendo los rasgos definitorios de la Inquisición medieval que volverán a reproducirse en la Edad Moderna, tales como el secretismo del proceso y el ocultamiento del denunciante y los testigos. Tras la llamada Cruzada de los Albigenses (1212-1219) destinada a acabar con la herejía en la Francia meridional, se observa cómo los tribunales oficiales del episcopado no logran detectar la presencia ni la extensión de las corrientes heterodoxas, así como tampoco los tribunales civiles, cuyo uso arbitrario y desmedido de la violencia en el contexto de la época era considerado contraproducente.
El Papa decide entonces enviar a eclesiásticos de esmerada formación y previamente especializados en la tarea a realizar, encomendándoles la formación de tribunales con plenas competencias para ejercer más allá de cualquier restricción impuesta por los limites de las jurisdicciones episcopales y señoriales.
Desarrollo
En el Norte de Francia el primer inquisidor fue Robert le Bougre. En 1234 fue destituido por las presiones de los obispos de Bourges y Reims tras haber enviado a la hoguera a varias personas en la localidad de Charité-sur-Loire. Comenzaba así una pugna que sería la constante en muchas regiones donde se establecieron tribunales inquisitoriales. En 1235 el Sumo Pontífice volvió a restituir en su cargo a Robert con plenos poderes gracias a su nombramiento como Inquisidor General de Francia. En poco más de un año, en 1239, envió a la hoguera a 197 personas. Los obispos volvieron a protestar enérgicamente y el Papa volvió a relevarlo de su cargo. A pesar de lo escandaloso que nos puede resultar actualmente la cifra de ejecutados por Bougre, ésta no era en absoluto superior a las víctimas de los tribunales de los obispos y del poder civil. La excesiva dureza imputada a los inquisidores estaba directamente relacionada con una rivalidad encarnizada entre el poder inquisitorial y episcopal, pues el segundo observaría como el primero le ganaba terreno a pasos agigantados.
En la Francia meridional la resistencia de las corrientes heréticas fue especialmente importante hasta el punto de que la Inquisición, al establecerse en Francia, no tuvo acceso en principio al Languedoc. En esta área la Iglesia necesitó toda la ayuda del poder civil para combatir la herejía hasta el punto de que los tribunales inquisitoriales no pudieron establecerse en el Languedoc hasta la llegada del Monarca con sus tropas en 1234. Los primeros tribunales inquisitoriales se dividieron el Languedoc en materia de competencias judiciales, estableciéndose tres tribunales en Toulouse, Carcassonne y Provenza.
La Inquisición francesa meridional gozó de relativa estabilidad desde finales mediados del siglo XIII. No obstante, la Inquisición actuó con suma cautela y entre 1250 y 1290, aproximadamente, la tónica general será que generalmente tan sólo el 1% de las sentencias dictara la muerte del reo en la hoguera y que poco más del 15% se resuelvan con  la confiscación de bienes pero, a su vez, con la reconciliación del hereje con la Iglesia. Esta actitud puede estar justificada en buena medida por el cálculo político: buena parte de la población del Languedoc veía a los dominicos como producto de una estrategia de invasión en sus asuntos por parte del Rey de Francia, lo que provocaría no pocas revueltas que fueron duramente sofocadas.
En la Península Itálica existían importantes focos valdenses. La propia estructura política de esta zona geográfica condicionaba el modo en que se manifestaba la herejía. Las ciudades-estado italianas, completamente independientes unas de otras, tomaban partido por los llamados güelfos -favorables a la ortodoxia y al Papado- o por los gibelinos -partidarios del Emperador- quienes apoyaban a los herejes en su lucha contra la autoridad papal. La razón del apoyo gibelino era, obviamente, política.
La Inquisición, también aquí, era percibida como una fuerza de intromisión en los asuntos de las ciudades gibelinas, y las revueltas que se produjeron a raíz de esto fueron especialmente violentas, teniendo como ejemplo principal la del inquisidor de Lombardía, Pedro de Verona, en 1245. Ante semejante estado de la situación, Charles d'Anjou, hermano de San Luis, invade la Península Itálica entre 1266 y 1268 por orden del Papa. Charles deshace el partido gibelino y se apodera del reino de Nápoles. Las ciudades-estado, al ver cómo los güelfos se hacían con todos los resortes del poder, apostaron por el bando vencedor y emprendieron cruzadas contra los últimos reductos valdenses. A comienzos del siglo XIV el movimiento cátaro dejó de existir como tal en el área meridional de la Península Itálica. En Aragón, la otra región meridional de nuestro interés, la Inquisición surgió de modo más improvisado, como una institución creada ad hoc para combatir la infiltración cátara procedente de aquellos que habían huido del Languedoc hacia el sur.
Procedimientos
Cuando la Inquisición medieval acudía a una localidad, solicitaba en primer lugar la colaboración de las autoridades civiles que, de negarse a prestarla, incurrían en la excomunión o el entredicho según el grado de desacato. Acto seguido, mediante un sermón, se proclamaba el Edicto de Fe y el Edicto de Gracia. Con el primero se obligaba a los residentes de la localidad en cuestión a delatar a los posibles herejes bajo pena de excomunión y el segundo prometía una pena ligera a quienes confesaran por propia voluntad. El procedimiento era metódico y no podía aplicarlo cualquiera. Clemente V estableció la edad mínima para ser inquisidor en cuarenta años y unas referencias intachables de inteligencia, responsabilidad e integridad.
Cuando el tribunal inquisitorial hallaba presuntos culpables, daba hasta tres amonestaciones después del Edicto de Gracia. Estas advertencias eran pronunciadas por el párroco local durante el sermón del domingo. Si el aludido no se presentaba personalmente o por medio de un procurador, era declarado contumaz y excomulgado temporalmente, sanción que pasaba a ser perpetua si la ausencia excedía el año. Si se trataba de un sospechoso considerado peligroso por las autoridades inquisitoriales o un acusado de sacrilegio especialmente grave, se procedía a su búsqueda y captura. No era infrecuente entonces que las autoridades civiles se afanaran en arrestarlo para no ser acusadas de complicidad por la Iglesia.
Una vez puesto ante el tribunal, el preso escuchaba la acusación formulada contra él pero nunca le eran mostradas las pruebas recogidas para sostener los cargos que se le imputaban. Tampoco solía conocer la identidad de quien lo acusaba, aunque, en Francia, existieron casos de jueces que no sólo revelaron el nombre del denunciante sino que, incluso, organizaron un careo entre las dos partes para determinar quién decía la verdad.
Al acusado se le permitía exponer un alegato en su defensa mediante textos que podía traer previamente preparados. La recusación de un determinado tribunal era permitida mediante documento en el que se expusieran razonadamente los motivos de la reclamación que, a priori, podía llegar hasta el mismo Papa.
El interrogatorio se hacía en presencia de algunas autoridades civiles, de los boni viri. El juez prometía al acusado el perdón si confesaba a tiempo y voluntariamente. Cuando esto no se producía, se podía llegar a emplear la tortura. La Inquisición comienza a aplicar el tormento a partir de 1243 en el Mediodía francés. El Papa Inocencio IV legitima su uso mediante la bula Ad extirpanda, de 15 de mayo de 1252.
En principio la tortura era ejercida por civiles, pero los papas Alejandro IV en 1260 y Urbano IV en 1262, autorizaron la presencia de inquisidores durante las sesiones, quienes, además, estaban facultados para recoger las confesiones de la víctima ante notario.
Las penas más leves eran de tipo espiritual o económico. Si el acusado se autoinculpaba, dependiendo de la gravedad de su dicho o acción, se le imponía un castigo basado en hacer un número determinado de rezos o un viaje de peregrinación. También el tribunal podía optar por una pena infamante y dictar que el reo compareciera el domingo descalzo en la iglesia donde se le imponían ropajes vistosos, normalmente de color escarlata, con una cruz amarillo limón cosida en el pecho y, a veces, también, en un sombrero del mismo color que debía llevar durante un período de tiempo estipulado. La sanción económica era la más grave dentro de las penas suaves y solía consistir en fuertes multas o en la confiscación de bienes, a veces con carácter temporal. La pena de muerte se ejecutaba en la hoguera y, en realidad, no era aplicada por la justicia inquisitorial sino por la civil. Cuando un acusado era considerado irreconciliable con la Iglesia, la Inquisición lo entregaba a un tribunal civil a sabiendas de que iba a ser ejecutado.
Decadencia y desaparición de la Inquisición Medieval
Hacia el siglo XIV la Inquisición era un órgano más del aparato administrativo de la Iglesia que se extendía por toda Europa. Aparte de las áreas mencionadas anteriormente, existieron tribunales en Portugal -aunque mantuvieron una actividad escasa-, Bohemia, Polonia y Bosnia, por citar tan sólo algunos. Sólo escaparon a su jurisdicción Castilla, Gran Bretaña y los territorios escandinavos.
Este desarrollo tuvo su contrapartida. La Inquisición se fue burocratizando progresivamente. El método de actuación se circunscribió a cuestionarios tipo y protocolos de actuación ante situaciones predeterminadas. Su labor se volvió mecánica, restando capacidad de reacción ante las situaciones que se presentaban, perdiendo esa fluidez y capacidad de adaptación que había sido la clave de su fuerza. Esto y la desaparición de los movimientos heréticos más importantes contribuyeron también a reducir su campo de acción. De alguna manera, se podría decir que la Inquisición medieval murió de éxito.
Pese a las campañas lanzadas en los últimos años en Dauphiné, Los Alpes o el sur de lo que hoy en día es Alemania, los inquisidores no lograron extinguir la herejía valdense que sobreviviría hasta integrarse entre los partidarios de la Reforma protestante, ya en el siglo XVI.
La falta de resultados llevó a un descenso de los recursos y del número de juicios de tal forma que los pocos que se celebraban iban destinados a obtener financiación a toda costa. Mientras tanto, la lucha del episcopado da sus frutos y en 1312 el Papa dispone que todo proceso, interrogatorio, aplicación de la tortura y condena fueran puestas en conocimiento previo de los obispos locales, que habrían de dar su visto bueno. Perdía así la Inquisición medieval una batalla secular con el Episcopado que, en buena medida y junto con las otras circunstancias mencionadas, selló su destino. Fuente:  www.arteguias.com

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