Dos mujeres mayores se muestran indignadas. Tienen una idea por completo distinta en la memoria sobre Nicolas Ceacescu, el dictador comunista de hace años. Lo recuerdan más bien como el jefe de Estado que había garantizado a todos un puesto de trabajo y una vivienda. Por eso, se quejan de que la actual exposición en el Museo Nacional de Historia de Bucarest muestra solamente el lado negativo de la época de Ceacescu. El título, La Época Dorada, se ha elegido con trazas irónicas. La primera exposición sobre el comunismo en Bucarest desde la ejecución de Ceacescu, a finales de 1989, no trata de nostalgia, sino de la vida en la dictadura.
En las fotos, se puede ver a millones de rumanos de pie durante horas delante de tiendas vacías esperando para obtener minúsculos porciones de carne, leche o queso. Sus casas eran frías porque faltaba el combustible. Poblaciones enteras fueron levantadas de la noche a la mañana por el ambicioso proyecto urbanístico de Ceacescu, arrasando con las iglesias. Al mismo tiempo, el presidente de la república socialista de Rumania quería que el pueblo le adorara como a los mismos dioses.
En contraste con la sobria vida de la gente, la exposición muestra caros jarrones, pinturas y alfombras con retratos de Nicolás Ceaucescu y de su mujer, Elena. El culto a la persona de Nicolás Ceaucescu era inseparable de la destrucción de la identidad rumana, explica Oana Ilie, historiadora en el Museo Nacional de Historia. “Los mayores no deben olvidar esto y los jóvenes no deben aprenderlo mal”.

La Historia no debe repetirse

Un padre de familia, Vasile Toader, cuenta a su hija Cristina cada detalle de la exposición. Cristina es estudiante de segundo curso, nació por tanto, tiempo después de la caída de Ceacescu. “Ella debe conocer tanto las páginas buenas como las malas del régimen comunista. La formación era entonces mucho mejor, también predominaba el respeto por el trabajo. Hoy se puede viajar por todas partes y opinar con libertad. ¡Esto es muy importante!”, resume Toader. El dictador tendría que haber correspondido con más libertades a su pueblo si aún hoy estuviera en el poder, supone Toader.
“Mi madre me ha dicho que Ceacescu era terrible”, reía Sara, una adolescente de 13 años, contemplando interesada una lámpara de gas que durante 20 años dio luz a una familia en la oscuridad de su casa. En aquel tiempo, el consumo de electricidad se interrumpía cada día durante horas para controlar el gasto. “Los fines de semana, en las cadenas de televisión había películas de dibujos animados que duraban solamente 5 minutos”, se queja una señora, que “entonces” era aún pequeña. Todavía recuerda los desfiles de Ceacesu retransmitidos por televisión, que duraban horas y horas. La masa de gente creaba entonces letras, que formaban lemas como “A los queridos compañeros de Ceacescu”.

“Nosotros teníamos miedo de que nos pillaran”

La exposición sobre el comunismo es “una lección para los jóvenes, que tienen tendencia a ignorar los acontecimientos” dijo el ministro de Cultura, Adrian Iorgulescu, en la inauguración de la muestra. En una televisión se reproducen fragmentos de la reunión de partidos. Los estudiantes están enfrente, miran riendo entre dientes como los miembros del partido aplauden entusiasmados al Presidente. Ellos no harían nunca en la vida “esas tonterías”, aseguran.
Andrei está en octavo curso, se interesa más bien por las técnicas que empleaba el servicio secreto de seguridad, que entonces todos temían y cuya presencia se suponía por todas partes, tanto en el vecindario, como entre los compañeros de trabajo e incluso dentro del círculo de parientes. También Hortensia Bucur vivía con miedo, siempre perseguida. “Yo tuve a mi hijo durante dos semanas sin salir de casa, porque en la guardería había aprendido un chiste sobre Ceacescu. Le habían dicho en la calle que pasaría toda la vida entre rejas. También se realizaba bajo la más absoluta discreción la escucha de Radio Europa Libre. “Teníamos miedo de que nos pillaran, sin embargo nosotros seguíamos escuchándola”.
Mientras tanto, los medios de comunicación estatales difundían lemas propagandísticos, que hablaban de bienestar, de riqueza y de una industria en constante crecimiento, aunque a los rumanos les siguieran sonando las tripas. “Que nosotros no teníamos nada para comer, era evidente, pero que no pudiéramos no querer eso, era lo que más me dolía”, cuenta una señora de mediana edad, que no quiere decir su nombre. En 1966, Ceacescu prohibió por ley los métodos anticonceptivos y el aborto para aumentar la tasa de natalidad. Tener más de 10 hijos aseguraba a la madre el título de “Madre Heroica”, la medalla de oro y ventajas sociales. En cambio, muchas mujeres murieron debido a abortos ilegales. “Deberíamos valorar lo que tenemos hoy…”, es la conclusión personal de una mujer sobre la exposición. 
El 26 de diciembre de 1989, Bucarest entera estalló de alegría al ver las imágenes por televisión de los cadáveres de Nicolae Ceaucescu y su esposa Elena muertos, al pie del paredón junto al que fueron fusilados. «Las imágenes de los cuerpos sin vida de Ceauscescu fueron emitidas horas después de que centenares de rumanos se manifestaran en Bucarest para que les fuera mostrada la ejecución», podía leerse en la portada de ABC, el miércoles 27 de diciembre de 1989, junto a un primer plano del rostro del «tirano muerto, con los ojos abiertos, un pañuelo de seda alrededor del cuello y una corbata roja».
Con la muerte de Ceaucescu y su esposa, «acusados de genocidio», se cerraba una larga etapa de 24 años en las que la población rumana había sido oprimida, explotada, masacrada y matada de hambre «por la dictadura más feroz que ha conocido Europa, probablemente, desde la de Stalin».
Nicolae, nacido en Scornicesti un 26 de noviembre de 1918, se afilió muy pronto al partido comunista y fue ascendiendo muy rápidamente hasta convertirse en presidente de Rumanía en 1965. En ese momento, el dictador comenzó a gobernar con mano dura e instituir el culto a su persona (se concedió el título de «Conducator» y se hizo hacer un cetro como símbolo de su poder), llevando al país a la más extrema pobreza. Mientras, en los últimos años de su mandato, él y los suyos vivían en la opulencia y la población sin, literalmente, nada que llevarse a la boca.
La noche anterior a su ejecución se habían producido algunas manifestaciones, «no muy nutridas», en el centro de la capital, en la que se pedía que las escenas dramáticas fueran emitidas por televisión. «Los rumanos querían tener la seguridad tomasina -contaba ABC- de que ambos monstruos, como ahora se atreve todo el mundo a llamarles, habían dejado de existir».
Poco después, la mayoría de francotiradores atrincherados, «que todavía sembraban la muerte y el pánico en Bucarest», habían desaparecido. «Al parecer, los terroristas están huyendo hacia la frontera yugoslava, donde mucho de ellos están siendo detenidos, al igual que sucede desde hace días en la capital».
La suegra del dictador descubierta bajo la cama
La familia de Ceaucescu no tardó en esconderse nada más estallar la rebelión. Su hija Zoia, escondida en un apartamento de Bucarest, donde se hallaron numerosas joyas y dinero, fue detenida por miembros del Ejército fieles al nuevo Gobierno. Más rocambolesca fue la detención de la suegra del dictador, Elena Petrescu, de casi 100 años, que fue descubierta, «deshidratada y en precario estado», bajo la cama del palacio presidencial donde había permanecido escondida.
Se acababa así una época de auténtica soberbia dictatorial, que llevó a Ceauscescu a no comprender la evolución que estaba siguiendo Europa.
Para pagar la deuda externa acumulada a causa de su acelerada industrialización de la década de los 70, ordenó exportar gran parte de la producción agrícola e industrial del país, lo trajo consigo una importante escasez de comida, energía y medicamentos, que hizo de la vida diaria de los rumanos una auténtica lucha por la supervivencia.
La policía secreta rumana (la «Securitate») mantuvo un fuerte control sobre la libertad de expresión y los medios de comunicación, destruyendo cualquier signo de oposición. Esto se intensificó en los años 80, hasta que, caído el muro de Berlín, su régimen colapsó definitivamente cuando ordenó a la policía secreta disparar contra la población civil que se manifestaba en Timisora. Era el 17 de diciembre de 1989. Pocos días después, la imagen de Ceauscescu y su esposa, abatidos a tiros en el paredón, dieron la vuelta al mundo.

Fuentes