sábado, 17 de noviembre de 2012

El sanguinario narcisista de párpados caídos, rostro cetrino y paso lento Adolf Hitler y el tratamiento compulsivo del Doctor Theodor Gilbert Morell

"Delgado, casi esquelético, ojos oscuros, párpados caídos, rostro cetrino, bigote descuidado." Año 1923
"Iba de un lado a otro a paso lento y trabajoso, inclinando hacia delante la parte superior del cuerpo y arrastrando los pies. Le faltaba el sentido del equilibrio […] De la comisura de sus labios goteaba a menudo la saliva." Año 1945
La primera cita corresponde a su aspecto tras cumplir los 24 años, cuando abandonó Austria para buscar fortuna en Munich, y le sirvió para no tener que volver a su país de origen para hacer el servicio militar.
La segunda es la descripción que hace un oficial del Estado Mayor cuando se había recluido en el búnker del Reichtag para ver pasar sus últimos días.
A pesar de huir de Austria para no hacer el servicio militar, el bueno de Adolfo participó en la Gran Guerra formando parte de la milicia alemana, y no lo hizo mal (le concedieron la Cruz de Hierro por su valor en combate) pero también se llevó lo suyo.
En 1916 recibió una herida de metralla en el muslo izquierdo que lo obligó a permanecer dos meses en un hospital.
En 1918 fue víctima de un ataque con gas mostaza en el frente occidental, cerca de Ypres, que le provocó una importante conjuntivitis y tumefacción palpebral que provocaron una disminución prolongada de la agudeza visual. Aún no se había recuperado cuando recibió la noticia de la capitulación alemana. Cuando las cosas están por salir mal…
El caso es que aquella derrota, con algún percance por medio (en la llamada “Revolución Nacional” que convocó y que dio con sus huesos en la cárcel, allí dictaría Mein Kampf a Rudolf Hess, tropezó y se luxó el hombro izquierdo), ayudó al Adolfo a granjearse el apoyo de los alemanes en el periodo entreguerras con aquello de la puñalada por la espalda de los judíos.
Y así, despístate y te pierdes el giro dramático, tenemos a un tipo delgado, casi esquelético, de ojos oscuros, párpados caídos, rostro cetrino y bigote descuidado dirigiendo cual dictador el destino de Alemania a mitad de la década de los 30. Para la fecha, Hitler ya era un asiduo de las molestias abdominales y, con sus dos cojones y su bigotazo, decidió que el remedio era hacerse vegetariano y tomarse un brebaje que aprendió a preparar en las trincheras y que estaba basado en aceite para la limpieza de armas. Ahí, puntal, ese es el grado de estupidez mínimo que yo esperaría de un político cualquiera. El mejunje en cuestión le provocaría dolores de cabeza, acúfenos, visión doble y mareos… que le hicieron olvidar las molestias intestinales.
 
Sin embargo, lo peor aún estaba por llegar para el bueno de Adolfo: En 1937, a la tierna edad de 48 años, empieza a mostrar menor destreza en la utilización del brazo izquierdo, con un menor braceo de ese lado al caminar, tendiendo a tener ocupada la mano izquierda con algún objeto o agarrándosela con la mano derecha para, posiblemente, ocultar un sutil temblor de ésta. En 1936 conoció al Dr. Theodore Morell, conocido por sus “terapias alternativas” y por ser el rey de la aguja (al parecer Goering lo llamaba “el Canciller Aguja” por su tendencia a usar inyecciones en cuanto podía). Y es que, si bien los años finales de la década de los 30 inicios de los 40 sonrieron al bueno de Adolfo en el aspecto militar (invasiones de Polonia, Dinamarca, Noruega, Holanda, Luxemburgo, Bélgica y Francia), fueron los años en los que Hitler se dio cuenta de que tal vez su salud no iba a acompañarle en sus deseos expansionistas. De hecho, hay quien postula que, entre otros motivos, una vez entendió que su salud empezaba a fallarle agilizó los planes de expansión que tenía previstos para 1943—1945 (Memorandun Hossbach). Imaginemos al bueno de Adolfo en 1937 con un leve temblor de reposo en su brazo izquierdo, con menor destreza en esa mano, con menor braceo al caminar (producto de la bradicinesia),… ¿Con rigidez? ¿Pérdida de reflejos posturales? No especulemos. Al menos, no demasiado. Imaginemos que Hitler comienza a presentar los signos típicos de la enfermedad de Parkinson, que ya sus tenéis que saber de memoria, en una época en la que su tratamiento no era ni mucho menos el actual y en medio de su descontrolada y egomaniaca idea de conquistar el mundo para poder quemar a la mitad de sus pobladores. Como poco. Visto así, no parece una locura imaginarlo también agilizando plazos y adelantando entregas para lograrlo. Pero la desgracia de Hitler no se quedó en su enfermedad; a ella añadió también su tratamiento. Hitler había conocido al Dr. Morell en unas circunstancias un tanto extrañas y, pese a los consejos de otros médicos y las presiones de las SS, lo nombró su médico personal a raíz de la supuesta curación de sus molestias abdominales. A partir de entonces, Morell, que se autoproclamaba descubridor de la penicilina, actuó a sus anchas: opiáceos, atropina, belladona, cocaína, vitaminas, hormonas masculinas, sulfonamidas,… en total, unas 30 pastillas diarias. Entre ellas, las encargadas de regular el buen descanso de Adolfo; somníferos por la noche y anfetaminas y estricnina por el día… rara vez llegaba a dormir 3 horas seguidas.

Theodore Morell. Para cogerle miedo. A él y a sus “terapias alternativas”

Con todo, enfermedad y tratamiento, Hitler llegó a los últimos momentos de la guerra muy deteriorado mental y físicamente. De esta época es la descripción del inicio (“…paso lento y trabajoso, inclinando hacia delante la parte superior del cuerpo y arrastrando los pies…”). Sin embargo, pese al evidente progreso de la enfermedad, se resistió a aceptar la derrota tomando decisiones cada vez más descabelladas y creyendo posible la victoria casi hasta que las tropas rusas entraron en el Reichtag.Acabaría pegándose un tiro en la cabeza y esparciendo sus sesos por el suelo y las paredes del búnker del Reichtag. 
"Aunque mi mano tiemble, aunque llegara a temblarme la cabeza, mi corazón nunca temblará."
Fuente: naukas.com

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