martes, 20 de noviembre de 2012

El feminicidio, cada vez más grave en Colombia

Pese a las campañas para combatir la violencia contra la mujer, el panorama es alarmante. De eso da cuenta el asesinato de 645 mujeres en el primer semestre de 2012, según el Instituto de Medicina Legal.

Las pesquisas, en su gran mayoría, conciernen a crímenes relacionados con violencia sexual
. No en vano el país se sitúa en los primeros lugares en América en feminicidios. Muestra de ello son los 1.415 homicidios de mujeres registrados en el año 2011, sin contar los maltratos y discriminaciones, entre otros abusos, de los cuales son víctimas.

Según Yolanda Puyana, profesora de la Escuela de Estudios de Género de la UN, la violencia contra la mujer ha sido una tradición histórica que hasta ahora se está evidenciando más fuertemente. “Ahora la sociedad y el Estado son más conscientes de este fenómeno”, afirma.

Manifiesta que estos feminicidios tienen unas características muy especiales que hay que revisar. Es una forma de asesinato relacionada con la pasión, con la necesidad de los hombres de hacerlas su propiedad o de vengarse porque ese cuerpo ya no le pertenece.

En otras palabras, se trata de una forma de amor que es compulsivo, en el que la mujer no tiene derecho a pensar ni a sentir.

“Esto tiene que ver con una forma de pensar patriarcal muy antigua, pero también con los conflictos que ahora se presentan cuando las mujeres son más independientes y los hombres no aceptan ese cambio”, cuenta.

Para Miryam Jimeno, profesora del Departamento de Antropología e investigadora del CES de la UN, la actual situación contrasta con algunos sucesos recientes, entre ellos tres noticias que llaman la atención, dos en Colombia y una en Argentina.

La primera es que, en dicho país, fue aprobada en la última semana la ley contra la muerte por razones de género, contra el feminicidio, cuya pena, tras un largo debate, es la cadena perpetua.

“Esta situación es similar a la colombiana, en el sentido de la persistencia de la violencia contra las mujeres, del asesinato de mujeres a mano de sus parejas”, señala.

La segunda es la interesante normativa del Ministerio de Defensa que busca sancionar y educar para prevenir la violencia sexual contra la mujer por parte de los miembros de las fuerzas armadas.

La tercera es que se demostró la injusticia que se cometió en el caso de Ana Rodríguez, una campesina antioqueña que pagó y sufrió seis años de cárcel tras ser acusada de la muerte de su bebé.

“Son tres eventos que muestran un lado preocupante. En la sociedad colombiana persiste el número elevado de casos de violencia contra la mujer, incluso de los que llamamos crímenes pasionales. Pero, a su vez, se vislumbra un trabajo de sectores de la sociedad civil que va dando frutos en normativas y en educación, para disminuir y, en lo posible, sancionar de manera drástica todas las formas de violencia relacionada con la condición de ser mujer”, asegura.

Para ella, no es clara la idea de que sea útil usar al feminicidio como una categoría penal. Sin embargo, cree que todo lo que se haga en la sociedad para educar a hombres y a mujeres en lo inaceptable del uso de la violencia es indispensable.

“En eso, los medios, la universidad, los investigadores y los profesores cumplimos un papel fundamental. La clave no es tanto que adoptemos o no el término, sino que nos sintamos todos en la condición de educar a quienes están a nuestro alrededor en lo inaceptable del uso de la violencia, especialmente contra las mujeres”, indica.

Señala que es fundamental crear condiciones en las cuales sea inadmisible e inaceptable ejercer violencia contra alguien por el hecho de ser mujer, para someterla u obligarla a hacer algo que no quiere (por ejemplo, la intimidación sexual como arma de guerra, tal como la han usado en Colombia los diferentes bandos armados).

Yolanda Puyana expresa que la academia tiene que hacer un planteamiento que sugiera un cambio profundo de todos los imaginarios que legitiman la violencia contra la mujer, con los cuales tristemente se establece una relación “amorosa”, pero que están más bien cargados de tortura y maltrato permanente.

“Debe haber un cambio cultural profundo que evite esas formas de venganza en las relaciones de pareja”, asevera.

Finalmente, manifiesta que hay que tomar más medidas para que las cárceles en verdad ejerzan su función como medios efectivos de control.

“La idea es que no se repita el caso de Rosa Elvira Celi, cuyo asesino había estado en la cárcel por maltrato contra las mujeres y no pasó nada, porque hay una impunidad total”, afirma.

Y agrega: “más que nuevas leyes, se requiere más control y cambios educativos; que el sistema de justicia haga cumplir sus normas, porque es absolutamente ineficaz”.
Ley contra el feminicidio en Nicaragua

Este año se ha aprobado la ley que tipifica como delito el feminicidio, penando de forma más dura el asesinato de mujeres. Una plaga que se cierne sobre Nicaragua tras recorrer varios países de América, y que ha encontrado en esta tierra un caldo de cultivo idóneo por la tremenda desigualdad de género que todavía impera en su sociedad.

Nicaragua ha tipificado este año el feminicidio como delito, forma extrema de violencia contra las mujeres, como delito. Ya aparece en los códigos legales y ya son siete los países de América Latina que así lo contemplan: México, Costa Rica, Guatemala, Chile, El Salvador, Perú y ahora Nicaragua. Con la aprobación de esta ley, se viene a institucionalizar la política de lucha contra la violencia hacia la mujer, creando la Comisión Nacional Interinstitucional y el observatorio estatal, para garantizar los programas de prevención, atención, erradicación y sanción de la violencia hacia la mujer. Con la aprobación de esta ley, se elevan las penas para agresores y homicidas hasta 30 años de cárcel.

Si bien es cierto en Nicaragua la muerte violenta de mujeres tiene, comparativamente, menos presencia que en otros países de la región, existe una gran preocupación porque se reconoce que va en aumento, especialmente a partir del año 2003. Desde esa fecha hasta ahora los feminicidios se han cuadruplicado pasando de 29 en el año 2000 a 65 en 2005, 89 en 2010, incluyendo 9 niñas en edades de 2 a 10 años y sólo en el primer trimestre de 2012 el observatorio de la Red de Mujeres contra la Violencia asegura que son 23 las muertes de féminas. Es decir la violencia de género está en aumento y una de sus expresiones más dramáticas es el asesinato de ellas. Hay que recordar que en Nicaragua viven sólo cinco millones y medio de personas, por lo que el dato es alarmante.
Pero ahora mismo prevalece la impunidad. Los 23 últimos feminicidas se encuentran prófugos, 12 detenidos sin sentencia, seis asesinos desconocidos, uno se quitó la vida y siete de ellos eran ex esposos que se habían separado y sólo volvieron para quitarle la vida a las mujeres.
La periodista y diplomática Ángela Saballos considera la aprobación de esta ley todo un logro. “Ahora la mujer denuncia. Estamos alertas a prevenir una mayor escalada de asesinatos a féminas. Gracias a las comisarías de la mujer y al aumento de las denuncias, al menos se contabilizan estos hechos”.

La Red de mujeres contra la Violencia presenta en su último informe un dato escalofriante: en los primeros tres meses del presente año se han presentado 5.816 denuncias en las comisarías de la mujer. De éstas, el 60% fueron tipificadas de faltas, no han pasado a ser delitos, poniendo en mayores riesgos la vida de las mujeres y dejando en la impunidad a todos los agresores denunciados.
Según la Encuesta Nicaragüense de Demografía y Salud (ENDESA) el 48 por ciento de las mujeres alguna vez casadas o con una elación ha denunciado haber recibido maltrato verbal o psicológico, el 27 por ciento violencia física y el 13 por ciento violencia sexual por parte de alguna pareja o ex pareja. En total una de cada tres mujeres (29 por ciento) indica que ha experimentado violencia física o sexual en su vida.

Saballos fue la primera mujer reportera en prensa escrita, en 1969, en este país centroamericano. Para ella las desigualdades “forman parte de la cultura nacional y en la mayoría de las ocasiones son fomentadas por la misma madre. Ésta manda a la hija a plancharle la ropa al hermano, lavarle, hacerle la comida… lograr la igualdad desde la cuna es un proceso cultural que toma sus años. Hasta algunas de las mujeres que son reconocidas como feministas deben luchar por sus derechos dentro de su misma casa, su espacio de trabajo y el Estado. Esta lucha se inicia con el padre y continúa con el marido. Es muy raro encontrar a un hombre feminista, yo no tengo esa experiencia. En mi caso, siempre el hombre ha tratado de dominarme, y yo, de ser yo”.

“Un detalle visible de esta cultura patriarcal es la costumbre de que la mujer use solamente el apellido del esposo y anteponga el “de” a ese apellido. Otro, que los hombres continúan dándose licencias que, en el caso de que una mujer se las diera, sería una catástrofe social. Por ejemplo, el hombre se permite relaciones sexuales extramatrimoniales, cuestión que en una mujer sería equivalente inmediato al divorcio y a la crítica más agria de las propias mujeres. Ahora, hasta antes de la nueva ley, había imposiciones legales que impedían que una mujer fuera propietaria de tierras que el Estado donara, o aún sujetas de crédito de préstamos especiales, porque no tenían patrimonio que las respaldara”.

Ariana Peralta, directora de Apante Consultoría, que asesora a organismos nacionales e internacionales, también considera una victoria la aprobación de esta ley, ya que la desigualdad está arraigada en la conciencia de las mujeres. “Por ejemplo veo muchas situaciones así: a) Voy a consultar con mi esposo, si está de acuerdo te aviso (no hay criterio propio. B) No compro tal carne porque a mi esposo no le gusta (se relegan). c) Al fulano (esposo) no le gusta bailar, por eso no bailo en ninguna fiesta (sacrificio sin sentido). d) Él sale cuando quiere, yo no puedo porque tengo que hacer la casa (esclavitud). La verdad, no entiendo estas posiciones y me molestan.”
Ser mujer en Nicaragua es duro. Gladys Cáceres, directora de la ONG INPRHU Somoto afirma que “las mujeres históricamente hemos creído que valemos muy poco y que nuestra función es la reproducción, cuidar la casa, los hijos y el marido. Generalmente cuando nace un niño varón los padres sienten mayor satisfacción por tradición patriarcal ya que son vistos como sucesores del poder que ejerce el padre. La sociedad es machista y las mayores oportunidades de participación las tiene el hombre”

Habrá que esperar a ver los primeros resultados de la aplicación de esta ley recién aprobada aunque Saballos asegura ya que “no ha sido aún ni interiorizada ni si quiera por los jueces que deberán aplicarla. Hace falta mucho trabajo de comunicación para hacer comprender que esta no es una ley en contra de los hombres sino en contra de la violencia hacia la mujer”.

Fuentes

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