jueves, 15 de noviembre de 2012

Crisis y auge del nacionalismo

Los libros de historia que escriben los ingleses, si bien suelen barrer para casa, no llegan al grado escandaloso que alcanza la Historia contada por nacionalistas de otros países europeos, que ha sido la dominante en los últimos dos siglos. Además, por su refinado distanciamiento de los problemas y por su claro estilo, los autores ingleses suelen mantener un tono equilibrado, razonable.
Ponen el acento, especialmente, en cómo el nacionalismo radical fue norma en el panorama europeo desde principios del siglo pasado, y cómo tal radicalización llevó a Europa a dos guerras "civiles" y a una destrucción de proporciones inimaginables. Fascismo, nazismo, franquismo, esto es, los diferentes tipos de nacionalismos totalitarios, se adueñaron de la política, erradicaron las organizaciones populares, sepultaron el conflicto social y sometieron a todos a un mito, en cuyo altar se sacrificó bárbaramente la libertad y la democracia.
Habría que complementar este análisis con el hecho, bien probado, de que el auge del nacionalismo se vincula a etapas de crisis sistémica. Ocurrió en los prolegómenos de la primera gran guerra, y, sobre todo, a resultas del fiasco financiero de 1929. Se puede colorear el mapa europeo y señalar sin temor a error que allí dónde la "gran depresión" más se cebó, allí aparecieron los nacionalismos más virulentos.
En la década de los setenta del pasado siglo, cuando arreciaba la crisis de "estanflacción" -que en España coincidió con los estertores del franquismo- cualquiera que echara una ojeada al mapa de Europa podía contemplar el auge de los movimientos secesionistas en Bélgica, Córcega, Escocia y otros países, más tarde en Italia, no siempre territorios "pobres", y desde luego en España, que resolvió su propia tendencia centrífuga en un marco constitucional que declara la pluralidad de España, reconociendo la existencia de regiones y nacionalidades.
La actual crisis sistémica no iba a ser distinta. Entre sus muchas consecuencias, la reacción nacionalista que se propaga no es la menor. Porque cuando la incertidumbre se apodera de la economía, la recesión se agrava, el desempleo se hace masivo y el conflicto social aumenta, la llamada al nacionalismo es algo más que un acto reflejo.
La principal retracción nacionalista, en estos momentos, es la de Alemania, temerosa de que la crisis erosione la hegemonía que ha logrado; pero, por motivos distintos, se ha activado también la larga lista de reivindicaciones nacionalistas en distintos países de Europa, unas más acendradas que otras, entre las que se encuentra el nacionalismo catalán.
Más allá del sentimiento identitario, e incluso más allá de los argumentos que relacionan democracia y autodeterminación, no hay que ser muy entendido para darse cuenta de que el desafío secesionista de Artur Mas responde al momento de crisis y al aumento de los movimientos de protesta. En Europa, los nacionalismos han tenido siempre una vitola burguesa, y el de Artur Mas no es una excepción. De ahí que el señor Mas deje en la nebulosa a qué sociedad apunta, y si la nación que predica va ser un país armonioso donde no habrá conflictos, los parados trabajarán, los bancos darán créditos, los desahuciados serán consolados, en una palabra, donde el conflicto social desaparecerá.
El desafío de Mas, como si la reunión de la Moncloa encerrara un acuerdo, ha servido desde luego para reactivar el nacionalismo español (contenido hasta ahora en el marco de una Constitución que proclama, precisamente, un nacionalismo débil y una España plural). En cierto modo es un juego entre dos derechas, la catalana y la española, en que ambas tienen algo que ganar y se retroalimentan, al tiempo que se quitan de en medio el enojoso asunto de encarar las políticas antisociales que ambas practican por convicción. La izquierda no debería caer en esa trampa. Tiene que insistir en que la cuestión nacionalista es secundaria respecto a la crisis social que está afectando a la inmensa mayoría de la población y que se ve reforzada por las políticas que aplican igualmente los señores Rajoy y Mas.

En el resto de Europa

Oleg Tsarev, diputado popular de Ucrania en el Partido de las Regiones:  “La situación en Ucrania no es menos alarmante: El partido ultra-nacionalista Libertad se encuentra en el parlamento.”
Tatiana Zhdanok,  Miembro Letón del Parlamento Europeo: “En Europa, ya hay al menos un régimen neo-fascista: El Primer Ministro de Hungría, Viktor Orban, ha limitado la libertad de prensa, hizo un cambio de los jueces, y abolió la independencia del Banco Central y los defensores del pueblo. Ahora los judíos de Hungría viven en una atmósfera de miedo. Algunos países desean equiparar el comunismo con el fascismo.”
Valentina Matvienko, Conferencista del Consejo de la Federación de Rusia: “La xenofobia, la incitación al odio por motivos étnicos, religiosos y sociales, se está arrastrando por todo el planeta, la popularidad de las asociaciones y partidos cuyos miembros a menudo tienen puntos de vista nazi va en aumento.”
Ralf-René Weingärtner, Director de Derechos Humanos y la Lucha contra la Discriminación, Consejo de Europa: “Estamos viendo el extremismo de derecha en la subida de la UE y Rusia. Estos grupos están vinculados a través de Internet, por lo que la amenaza del racismo internacional es real.”

Fuentes

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