martes, 2 de octubre de 2012

Los "freaks" del circo (siglo XIX)




Hace poco visité el Museo Mutter, en Filadelfia, uno de los museos de medicina más antiguos y prestigiosos en el mundo, cuya colección, como se indica en el mensaje promocional del museo, tiene el propósito de perturbar, de impactar e impresionar hasta lo más profundo a los visitantes. La increíble y rara colección de lo que se exhibe ahí es muy poco recomendable para los sensibles a las escenas de la anatomía y la patología en particular. Se pueden observar cientos de calaveras clasificadas por raza y edad, centenares de órganos y fetos en formaldehido, cuerpos disecados, reproducciones exactas de vísceras, y casos patológicos de humanos deformes y anormales. Se puede ver el desarrollo embrionario de un individuo en todas sus fases a través de la colección en formol de decenas de fetos de diferentes semanas, cuyas vidas interrumpidas se han conservado. Sin embargo, el atractivo principal del museo son los restos y los documentos de los freaks, o seres humanos monstruosos, accidentes de la naturaleza: seres con anencefalia, hidrocefalia, gigantismo, elefantiasis, y anomalías o malformaciones genéticas o de origen tumoral. Se puede uno asombrar con el colon extraordinariamente largo de un hombre denominado “Señor Globo”, cuyo intestino llegó  a acumular más de 20 kilos de materia fecal. También hay la documentación de origen y una reconstrucción en yeso de los auténticos gemelos siameses, los hermanos Chang y Eng Bunker, procedentes de Siam, unidos por un hueso cartilaginoso en el pecho. (Los hermanos lograron tener vidas “separadas” e independientes: tenían personalidades y hábitos distintos, cada uno tuvo esposa y más de diez hijos. Hicieron su fortuna en el circo, donde exhibían sus espectaculares defectos, y lograron comprar con ello las fincas donde vivían sus familias. Cada documento, fotografía, órgano y hueso del museo tiene su propia historia increíble.
El siglo XIX, durante el que proliferaron semejantes museos, también fue la época de oro de la antropología, del estudio del hombre. La gran época de los viajes, las exploraciones, el descubrimiento de las multiformes culturas humanas, física y socialmente diferentes. Se hicieron populares los circos y espectáculos de los freaks, los monstruos humanos que viajaban por todo el mundo para exhibir sus formas abominables. A ese tipo de personas se ha dedicado un sinfín de literatura, de publicaciones, de películas, desde las más morbosas e indeseables (como Freak, de 1932, que reunió a los más populares monstruos de la época) a las más poéticas y delicadas para redimir y darles dignidad a estos seres, como Elephant Man o la más reciente Venere Negra. Otra película muy popular de los años sesenta fue La mujer mono, dedicada a la freak mexicana Juliana Pastrana, originaria de Sinaloa, que se hizo famosa en Europa por la exuberancia de su vello y de su barba.
¿Qué ha pasado con los freaks en nuestro tiempo? Los avances de la ciencia médica han reducido de manera significativa el riesgo de malformaciones y degeneraciones, como aquellos que eran comunes en el pasado. Durante el periodo prenatal o perinatal se pueden tomar medidas para corregir defectos graves, o simplemente el advenimiento de la ecografía ha llevado a abortar las criaturas destinadas a ser monstruosas. De hecho, en los países en desarrollo son todavía muchos los casos de niños deformes. Se estima, por ejemplo, que en Asia y África son por lo menos unos cien millones los casos de elefantiasis. Algunos terminan en el Libro de Récords. También existe el fenómeno de los que tratan de convertirse en freaks, por medio de mutilaciones o tatuajes, en un intento de afirmar su personalidad y su cuerpo en contra de los cánones estéticos; desacreditando y alterando el concepto popular de la belleza popular, para gritarle al mundo su singularidad, su diferencia.
Pero lo más frecuente es que los freaks sean excluidos de los medios. Y lo preocupante es que la raíz fundamental de esta exclusión no son las razones humanitarias que a menudo se esgrimen, un atento cuidado de no lesionar la dignidad de esta clase de personas. Ante el público se tiende a eliminar lo feo, lo diferente. Es difícil ver en la televisión a los enfermos, los discapacitados, los gordos y los viejos. El lenguaje mismo se ha manipulado para excluir a los distintos. Con hipocresía infinita y falso espíritu vindicativo se ha suprimido el término Minusválido; no encuentran un espacio, no digo para exhibirse, sino para participar. Por medio de excluirlos de los medios se trata de evitar el problema de la empatía y de la piedad.
Todos nos sentimos algo incómodos al tratar con un freak, con una persona deforme o con alguna discapacidad: es más tranquilizador pensar que todos somos perfectos e iguales. Olvidar que existen personas diferentes, ignorarlas, reduce el esfuerzo de ser sensibles, empáticos y solidarios.
Los medios además, dominados por los vendedores, nos bombardean sin tregua con mensajes que tienden a uniformar los gustos estéticos. Tratan de que todos aspiremos a ser como los títeres que aparecen en la televisión. Ya no aceptamos la vejez; nos hemos olvidado de que el envejecimiento es una etapa triste pero natural de los seres humanos. En lugar de aceptar esta fase del destino nos esforzamos por ser ridículamente jóvenes, llenando los bolsillos a millones de cirujanos plásticos, o mediante la compra de productos de belleza milagrosos; embriagándonos con los elixires de larga vida en venta a un precio súper promocional.
Invertimos tiempo y dinero en el cuidado de la apariencia, e inevitablemente estamos insatisfechos con nosotros mismos; queremos parecernos a alguien que no somos, olvidando que cada ser humano es otro y único, y por eso extraordinario. Muchos luchan sin cesar para subir su autoestima: algunos se sienten infelices e insatisfechos por unos kilos o unas arrugas de más.
Cuando a principios del siglo pasado las familias presenciaban los espectáculos itinerantes de los freaks, aparte de la diversión macabra regresaban acaso a sus casas agradeciendo a Dios no haber nacidos tan feos y tan malhechos. Tal vez se sentían culpables de su morbosidad y cultivaban un poco de empatía y respeto por “los otros”.
Las televíctimas reciben el mensaje de que todos debemos ser iguales; ¡ay de aquellos que no se ajustan a los estándares estéticos establecidos por los vendedores de la belleza y la salud! Enterarse de que existe el diferente, el anómalo, el subnormal, y que a menudo se trata de historias dolorosas, tal vez puede ayudar a que nos apreciemos más, a elevar siempre nuestra estima, atacada y mutilada por los fanfarrones que quieren especular sobre nosotros por medio de la eliminación de lo que nos hace específicamente humanos: la singularidad y la diversidad.  Fuente: http://www.estosdias.com.mx/blog/archivos/522

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