sábado, 13 de octubre de 2012

La defensa del honor: batirse en duelo

En la sociedad gondoriana, los duelos están considerados como un método honorable para arreglar los desacuerdos e insultos entre nobles, así como para labrarse una reputación o ganar honor. Este privilegio se reserva a aquellos de linaje noble, mientras que las gentes comunes deben arreglar sus diferencias de opinión bien de modo pacífico o ante los tribunales de justicia. Las intrigas políticas y las conspiraciones deforman a menudo los principios puros y honorables de los duelos.
Las reglas de los duelos están descritas en detalle en la Ley Real sobre los Duelos; cualquier problema de interpretación de la Ley deberá ser remitido al señor local o al Rey. La Ley no es la única normativa que hay que obedecer, ya que los duelos tienen una tradición secular tan importante para los duelistas como la propia Ley. Si un duelista rompe una de las reglas del duelo, tanto escrita como tradicional, habrá perdido por completo su honor.
La costumbre de resolver todos los insultos y ofensas a través de un duelo, no empezó hasta después de la Edad Media.
En esto tuvo que ver el éxito de la obra del moralista, jurista y escritor italiano Andrea Alciato  (1492-1550), en la que determinaba lo que era honor y se clasificaban las reparaciones de su ultraje según la naturaleza de las ofensas: desde el duelo a primera sangre, hasta el duelo a muerte.

A comienzos del siglo XVII, en Francia, cerca de 10.000 hombres fueron asesinados por asuntos de honor. Los primeros conflictos se disputaban con arma blanca y, más tarde, se impusieron las de fuego.
Disposición primera:
Dado el caso de que una persona de linaje noble insulte o acuse falsamente a otra persona de linaje noble, la persona insultada tiene el privilegio de desafiar a duelo a quien le haya ofendido, de cara a restaurar o mantener intacto su honor. Si una de las dos personas implicadas no está en condiciones de batirse honorablemente por sí misma, podrá designar un campeón que combata en su lugar. La razón de su invalidez deberá ser verdadera y aceptable: una grave enfermedad, una herida o una edad demasiado avanzada. No se considera que la falta de entrenamiento con las armas sea una razón válida, salvo en el caso de una mujer. El campeón designado aceptará libremente su deber de batirse y lo hará de modo honorable.
El honor exige que todo desafío declarado debe terminar en un duelo. Los nobles de alto rango tienen el derecho de ignorar los insultos y provocaciones de enemigos de rango netamente inferior. Hay que tener en cuenta que insultar intencionadamente a otra persona, a sangre fría, es prueba de tener un propósito oculto no honorable, así como de malos modales.

Disposición segunda
La persona desafiada determinará las condiciones principales del duelo, es decir, la fecha y la hora, el lugar y las armas. Deberá escoger condiciones que el desafiante pueda cumplir con facilidad.
El honor del desafiado le exige escoger un arma que los dos duelistas sepan utilizar. Normalmente, esta regla implica que la mayor parte de los duelos se resuelven a espada. El duelista desafiado acrecentará su honor escogiendo un arma de la que el desafiante es un maestro reconocido. Sin embargo, esto no sucede más que en contadas ocasiones.
En cualquier caso, un caballero puede rechazar el arma escogida por su rival y batirse con su espada, signo de su rango y de su honor.

Disposición tercera:
Cada uno de los duelistas puede escoger libremente su armadura, su escudo y el resto del equipo protector.
Es gran deshonor para un duelista utilizar una armadura mejor que la de su adversario. La mayor parte de los duelistas acuerdan, antes del duelo, llevar una armadura similar. Hay que tener en cuenta que cuanto más ligera es la armadura, mayor el honor de quien la lleva.

Disposición cuarta:
El duelo continuará hasta la muerte de uno o de los dos combatientes, a menos que se hayan pactado otras condiciones.

Disposición quinta:
La utilización de la magia o de otras ayudas está totalmente prohibida.

Disposición sexta:
Cada uno de los duelistas tiene el derecho de designar dos testigos oficiales que se asegurarán de que las reglas del duelo sean seguidas. Si se produce una violación de las reglas del duelo, los testigos oficiales pueden acudir al Rey o a su representante legítimo, o bien desafiar personalmente al infractor, siempre que éste haya sobrevivido al duelo. En cualquier caso, el infractor queda deshonrado.
Además de los dos testigos oficiales, los duelistas pueden invitar a todos los testigos no oficiales que quieran. Sin embargo, estos testigos no serán más que observadores, y no tienen posibilidad alguna de afectar al resultado de una investigación sobre una violación de la Norma, a menos que el Rey o su representante así lo consideren.

Disposición séptima:
Los testigos y observadores no deberán inmiscuirse en el duelo, ni de forma activa, ni de forma pasiva. Si alguno de ellos intenta afectar al resultado del duelo, será ejecutado por Interferencia en Causa de Honor. Si  se hace evidente que la interferencia puede afectar de modo significativo el resultado del duelo, cualquier testigo oficial puede declararlo suspendido hasta que las condiciones oficiales se cumplan.
A continuación, y antes de la resolución del duelo, se llevará a cabo una investigación oficial. Si ésta demuestra que existía conexión entre alguno de los duelistas y la persona que interfirió en el duelo, el duelista conspirador será deshonrado y, si está todavía vivo, será ejecutado por Conspiración en Causa de Honor.

Disposición octava:
Los familiares, amigos y mesnada del duelista perdedor no deberán insultar, provocar ni desafiar al ganador.
El vencedor del duelo puede ignorar los insultos y provocaciones, conservando su honor intacto, al menos hasta que se haya curado de sus heridas.

Disposición novena:
El heredero legal y reconocido adquiere el rango y la posición del duelista muerto. Si no hay heredero legal y reconocido, la decisión en cuanto a la sucesión es patrimonio del Rey. El Rey designará un sucesor al rango y posición del duelista fallecido, pero puede confiscar los bienes del muerto para bien de la Casa Real.
Según una fuerte tradición, es costumbre probatoria de coraje y honor dejar que las heridas recibidas en un duelo se curen de forma natural, sin la ayuda de la magia ni de hierbas medicinales. Si el duelista sobrevive a sus heridas, demostrará su fuerza y su valor, así como el favor de los dioses.

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