domingo, 28 de octubre de 2012

Irene Spanier, la mujer que salvó a 270 niños del holocausto

Irene Spanier fue llevada a un campo de concentración durante la Segunda Guerra Mundial. Gracias a un falso diagnóstico médico logró escapar y dedicarse a salvar a los niños del poder nazi. Hoy tiene 90 años. 

Campo de concentración de Drancy

“Recuerdo que golpearon la puerta de mi departamento y gritaron mi nombre. Era la Gestapo que venía por mí”. Irene Spanier tenía 21 años, vivía en París con sus abuelos en una situación económica acomodada mientras cursaba el final del bachillerato de filosofía. “Me empujaron hacia un camión junto a otros judíos y nos trasladaron al campo de concentración de Drancy, conocido como la antesala de Auschwitz. Eso fue el 16 de julio de 1942. De ahí en adelante cambiaría mi vida para siempre”, relata Irene.

UN TRANSLADO QUE VIRO SU DESTINO

Irene Spanier ingresó al campo de concentración de Drancy y a causa de una fiebre fue asistida por Enfermería. Allí coincidió con un médico al que conocía y éste la trasladó al Hospital Rothschild simulando tener una comprometida afección medular. En esa institución ya no había oficiales de la SS (Schutzstaffel, guardia personal del líder nazi Adolf Hitler), sino policías franceses y así, al poco tiempo, pudo abandonar el lugar.

“Escapé del campo de concentración, pero no tenía hogar. Me quedé sin mis abuelos, sin poder contactarme con mi familia y no tenía nada para comer. Tenía que dormir un día aquí y otro allí, siempre escondida durante varios años”

“A los pocos meses me dijeron que una mujer quería verme. Su nombre era Juliette Stern, presidenta de la WIZO (Women’s International Zionist Organization) en Francia. Esta organización tenía como principal objetivo rescatar a los niños judíos de la persecución nazi y evitar que sean trasladados a los campos de concentración. Me contacté con ella y me dijo: Necesito chicas como tú, jóvenes, de aspecto ario, más bien rubias y de tipo francés para ayudar a cientos de niños”, recuerda Irene.

“Cuando los alemanes iban a las casas para hacer los arrestos, la mayoría de los chicos estaban en el colegio y cuando regresaban al mediodía veían que a sus casas les habían puesto un sellado, que sus padres ya no estaban y que quedaban en la calle. Entonces nosotras contábamos con la lista de los que habían arrestado a la mañana con la dirección y buscábamos a los niños antes de que volvieran los nazis a recogerlos”.

PEQUEÑOS SOBREVIVIENTES

Al recordar aquellos tiempos, Irene aún se asombra del instinto de supervivencia que tenían esos niños. “Había chicos de tres años a los que les tenía que decir: ‘A partir de ahora te llamás Michel, no te olvides porque es importante para vos y tu futuro’. Fue increíble como ningún chico de los 270 que rescaté se confundió. Eran tan indefensos, pero tan obedientes y valientes. Los chicos son extraordinarios. Ninguno se enfermó, ni se equivocó al decir su nuevo nombre”.

“Me subía al tren, nunca con más de dos niños, para ir a la Campiña francesa en busca de gente que los pudiera alojar. Había muchas mujeres que tenían a sus maridos como prisioneros de guerra y no tenían dinero para comer, así que aceptaban uno o dos chicos judíos por unos 500 francos que les pagábamos por mes".

“Recuerdo que tuve un chiquito que era un campesino y que estaba siendo alojado en un departamento de lujo y a la vez un niño húngaro pianista muy bueno que estaba con campesinos, entonces conseguí que me los intercambiaran, lo cual era muy difícil, pero estuvieron ambos mejor y más felices”

“DIOS NOS CUIDA Y NOS AYUDA”

“Un día me pidieron que llevara 15 pasaportes a la estación de subte Michel-Ange Molitor.  Allí me encontraría con una chica a la que debía entregárselos sin que ninguna de las dos abriera la boca. Coloqué los documentos en un bolso de cuero y esa mañana, porque Dios nos cuida y nos ayuda, antes de subirme al subte me topé con un vendedor de latas de tomates. Le compré cuatro latitas pensando en hacerme una sopa y las puse adentro del bolso junto con los pasaportes”, recapitula Irene.

“Yo venía de una estación de subte y tenía que hacer combinación en otra para llegar a destino, pero veo que en cada salida había un oficial de la Gestapo y yo cargando un bolso con 15 pasaportes. Ellos eran muy vivos y si notaban que yo tenía miedo y no iba derecho estaba frita. 

-¿Señorita adonde va?, me preguntó el oficial. Yo le dije que iba a otra estación, no la verdadera. 

-¿Qué lleva en el bolso?, continuó interrogándome.

-Unas latas de tomate concentrado, le respondí.

-¡Ábralo!, me ordenó. Entonces, le mostré el bolso, vio las latas y me dejó pasar. No se cómo no vio los documentos. Yo era bonita, así que me imagino que me miraba más a mí que al bolso. Y así pude entregar esos pasaportes”. Irene se estremece mientras rememora ese episodio.

“Otra vez, recuerdo que me prestaron una habitación de servicio para pasar una noche y dormir. A las cinco de la mañana me desperté con una sensación extraña, entonces me levanté, me vestí y bajé a caminar. A los 45 minutos volví y una señora me dijo que no subiera porque había oficiales de la Gestapo en mi habitación, así que me fui. Alguien me había denunciado”.

EL FIN DE LA GUERRA Y LA VIDA EN ARGENTINA
 
En agosto de 1944 los Aliados entraron a Francia y allí se organizó el desfile de la Victoria por los Campos Elíseos de París. “Estábamos todos muy entusiasmados, volvíamos a vivir. Los norteamericanos tomaron el comando de todo y nosotros les entregamos la lista de donde estaban escondidos los chicos, que fueron reubicados por Estados Unidos e Israel, entre otros países. De todos los chicos, sólo dos volvieron a ver a sus padres”.

“Con respecto a mí, terminada la guerra dejé Europa y elegí como destino a la Argentina porque conocía el idioma y además entregaban visa. Una vez aquí busqué una pensión y un trabajo como dactilógrafa gracias a que dominaba tres idiomas. A los tres años de estar acá conocí a mi marido, Franz Bendiner, y a partir de ahí fue todo mucho más fácil. Formamos una familia, tuvimos dos hijos y nos quedamos en este país donde soy muy feliz desde el día que llegué”, confiesa Irene con una sonrisa.

“Si bien necesitaba descansar y tener una propia vida, no podía desentenderme y quedarme tranquila totalmente. Una vez en Argentina me contacté con una obra dedicada a los niños huérfanos de padres muertos en los campos de concentración. Yo ayudaba entregando ropa y comida para los chicos".

"Ahora contribuyo con dinero que me debitan de la tarjeta porque hay mucho por hacer, la gente necesita que la ayuden. Me cuesta ver a niños que pasan frío y hambre, y que la gente sea indiferente: ¡cómo no se dirigen a ellos y les dan un plato de comida y un par de zapatos!”, se lamenta con vehemencia. “Hay gente que es dura de corazón y es muy feo vivir así. La vida es demasiado corta para ser egoísta, pasa muy rápido".

Dolores Navarlatz
Fuente "Familias de hoy", agosto de 2011

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