domingo, 21 de octubre de 2012

Inmigración alemana a la Argentina

Entre los inmigrantes que llegaron a la Argentina entre 1850 y 1950, vinieron los alemanes. Germanos argentinos (en alemán: Deutschargentinier) son los argentinos de ascendencia alemana u origen alemán. El término "alemán" por lo general se refiere a los alemanes étnicos que emigraron a la Argentina desde Alemania, pero también desde Austria, Francia, Hungría, Polonia, Rumania, Rusia, Suiza, la ex Yugoslavia y otros lugares de Europa. Algunos germano argentinos, o sus antepasados, se asentaron previamente en Brasil, y más tarde emigraron a la Argentina. Si bien Alemania como entidad política fue fundada en 1871, el idioma alemán y la cultura han sido tradicionalmente más importantes que el país de origen, como base de la conciencia étnica y nacional de los alemanes. A pesar de eso, los alemanes hablan diferentes dialectos en diferentes regiones específicas como el frisón, pomeranio, prusiano, suabo, Plautdietsch, Hunsrückisch, alemán del Volga y otros. Actualmente, los descendientes de alemanes constituyen el tercer grupo étnico más grande de la Argentina con más de 2 millones de descendientes de alemanes del Volga solamente. Miles de germanos argentinos se han convertido en profesionales y técnicos como médicos, burócratas, profesores y soldados. Tuvieron gran influencia en el sistema educativo argentino y muchas escuelas alemanas se hicieron un lugar en el país. De hecho, el ejército argentino planeaba el reclutamiento de un gran número de científicos y técnicos alemanes para las industrias. Muchos empresarios y profesionales alemanes creen que la Argentina fue industrializada y que podrían estrecharse mayores lazos a través de la tecnología avanzada alemana. También tuvo lugar la creación de periódicos en idioma alemán como el Argentinisches Tageblatt, que significa el "diario argentino", y continúa en circulación hasta nuestros días.

“‘Los inmigrantes alemanes son muy particularmente deseados por los nacionales, por su honradez proverbial, sus costumbres laboriosas y su carácter pacífico y tranquilo’, decía Sarmiento en 1847 y proponía que dos millones de alemanes se radicaran en el país, para dedicarse a la agricultura, a la fabricación de quesos y manteca y a la cría de merinos. Las propuestas alemanas de Sarmiento no se concretaron, pero, entre 1810 y 1860, el 22% de los inmigrantes fue alemán. Y tambien lo era Augusto Krause (el padre de Otto Krause), amigo de Sarmiento y co-fundador de Chivilcoy, la colonia que mereció el mas exaltado elogio del prócer”.

“Hugo Stroeder tambien fue fundador de pueblos (SalliqueIó) y propulsor de la colonización agricola en Santa Fe, Entre Rios, Santiago del Estero y La Pampa, de quien Roca decia que la Argentina necesitaba muchos hombres como este aleman. En 1909 Stroeder fundó Villa Iris, cerca de Bahia Blanca”.

“Alberto Runge fundó la bodega Santa Ana y tuvo viñedos en Mendoza y en Rio Negro. Juan Plate fue pionero del desarrollo patagónico y hacia 1890 fundó la estancia Nueva Lubecka. Enrique Klein tuvo en PIa, provincia de Buenos Aires, una empresa de cultivo de semillas para trigo cuyos logros Ie valieron el doctorado honoris causa de la Universidad de Bonn. Phillipp Schwarz fabricó en su taller de Magdalena, las primeras trilladoras”.

“Altgelt, Ferber y Cia, sucesores de Carlos Bunge, se dedicaron a la exportación de lanas y cueros y a la importación de maquinaria agricola. La firma se transformó, luego, en Ernesto Tornquist y Cia, continuando la evolución familiar. EI padre de Ernesto Tornquist habia llegado en 1823. EI hijo tuvo un importante saladero, luego un frigorifico en Rosario, una refineria de azucar y adquirió tierras en Santa Fe, Entre Rios, y en los territorios de la Conquista del Desierto. Fue el mas notorio financista de la epoca de Roca, y tambien fue fundador de colonias agricolas de inmigración”.

“En 1867, Adolfo J, Bullrich, hijo de un militar aleman hecho prisionero por el ejercito de Alvear, fundó la empresa que lleva su nombre. Consignatario de hacienda y empresario inmobiliario organizó importantes y resonantes remates de reproductores, Con mas de 120 años de actuación, es la suya una de las empresas mas antiguas del pais. Su historia es la historia misma de la Exposición Rural”.

“En 1884 fue fundada la empresa Bunge y Born, como extensión de su casa matriz de Amberes. Asociada a la "revolución del trigo", en la decada de 1920 fue la principal exportadora de cereal, con vasta red de representantes en el exterior”.

“Klaus Stegmann tuvo, hacia 1850, una estancia en Flores, En 1856, German Frers administraba otra en Rosario, German Frers fue el fundador de la Colonia Suiza, de Baradero, Su hijo ocupó importantes cargos en el Ministerio de Agricultura de la Nación”.

“Hubo colonos alemanes en Santa Fe (en las colonias Esperanza, San Carlos, Helvecia, Humboldt, Germania, Hansa, Guadalupe y varias mas), Los Tiejten, de Colonia Hansa, trajeron las primeras liebres que llegaron al pais. En Corrientes, en Colonia Liebig, se establecieron alemanes del sur. En la Provincia de Buenos Aires, por iniciativa de Carlos Heine, se fundó la colonia de Chorroarín, que no prosperó. Hubo alemanes en Rio Gallegos y en Neuquen. Bariloche fue fundada y colonizada por alemanes en primer lugar. En 1930, la "Unión de Campesinos" alemanes de Buenos Aires radicó en el Chaco a los colonos que huian de las sequias de La Pampa”.

“Pero es en Misiones donde la colonización alemana fue mas singular. Al fin de la Primera Guerra Mundial, v mas aun despues de la Gran Inflación de 1923, cientos, miles de colonos alemanes llegaron a Misiones, radicandose en la Colonia Eldorado fundada por Adolfo Schwelm-, a la colonia Puerto Rico y a Monte Carlo. Los alemanes venidos entonces, superan los veinte mil.”.

“En 1910, en homenaje al Centenario, las colectividades de inmigrantes donaron a la Argentina monumentos conmemorativos, que se hallan en la Capital. El donado por los alemanes es una fuente llamada ‘Riqueza Agropecuaria Argentina’, un nombre, sin dudas, elocuente".

"Riqueza agropecuaria a la que los alemanes han ayudado en forma sustancial, como estancieros, colonizadores, empresarios y agricultores. Cultivaron el suelo, sirvieron a la Patria y ampliaron nuestro patrimonio espiritual”

“En 1877, al llegar a nuestro pais el primer grupo de "Alemanes del Volga" , fue suscripto, entre ellos y el Comisario General de Inmigracion --don Juan Dillon- un convenio de radicacion sumamente alentador, que fue un gran aliciente para la instalacion, en la Argentina, de un gran numero de familias de aquellos agricultores alemanes que, en el siglo XVIII, habian emigrado a Rusia, asentandose en la cuenca del Volga”.

“El convenio les otorgaba tierras fiscales (6 millas de campo), manutencion por un año, madera para construir sus casas, arados, bueyes, vacas lecheras y la semilla necesaria. Sin embargo, no fueron necesarias demasiadas facilidades para que este pueblo esforzado y emprendedor de empeñosos labriegos, se arraigara definitivamente en el campo argentino. La primera colonia -"General Alvear" , 20.000 hectareas, en Entre Rios-, se hizo prospera y mas de 3000 habitantes, propietarios del suelo y del fruto de su labor, manteniendo el acervo de sus tradiciones al amparo de nuestra Constitucion, se convirtieron en nuevos argentinos de origen rusoaleman”.

“En la Provincia de Buenos Aires, la colonia madre de "Hinojo" --cerca de Olavarria- se extendió: en 1878 se fundo "Nievas"; en 1881, "San Miguel". En Entre Rios surgieron San Jose, Maria Luisa, Santa Maria, Eigenfeld, Colonia Merou, Centeraio, Colonia San Simon y tantas mas.

Al principio, se agruparon segun la "aldea" a que pertenecian en su Alemania ancestral. Mas tarde, la vastedad de la Pampa y de la llanura entrerriana, propiciaron su dispersion. Con todo, en medio de la inmensidad, -en medio del paisaje rural- las esbeltas agujas de sus iglesias, señalan la constancia de su presencia, de su arraigo y de su devoción”.

“Alemanes del Volga hicieron crecer a Coronel Suarez, en Buenos Aires, a Colonia Winifreda, en La Pampa, a Presidencia Roque Saenz Pena, en el Chaco y a muchas otras colonias en Rio Negro, Neuquen y otras provincias. Mas de 800.000 descendientes, hijos de los hijos de aquellos primeros pioneros que aqui encontraron su segunda patria en nuestra libertad, viven hoy integrados indisolublemente a la nación”.

“Alemanes del Volga -hombres rubios del surco- fueron agricultores y ganaderos en Buenos Aires y en Entre Rios; transformaron su campo virgen y selvatico, en la zona productora de trigo mas importante del pais en su hora; mas tarde, de la agricultura se volcaron a la avicultura, dando nacimiento a esa fuente de la riqueza entrerriana, y desarrollando la produccion de alimentos balanceados”.

“Alemanes del Volga, cultivaron el suelo, sirvieron a la Patria y agrandaron nuestro patrimonio espiritual” .
 
Ema Wolf señala, a partir de una investigación de Cristina Patriarca: “Es un alemán, Josef Fucks, el que en 1906 descubre petróleo en Comodoro Rivadavia mientras buscaba agua potable. Era alemana la empresa que en 1936 construyó el obelisco de Buenos Aires y fueron alemanes los primeros que ensayaron el cultivo sistemático de la vid en Mendoza” .

De 1933 a 1945 –afirma Carlota Jackisch-, hubo una “inmigración involuntaria”, que se caracterizó por su elevado nivel cultural; en efecto, la mayoría de ellos eran profesionales y comerciantes, que debieron aprender labores rurales, ya en Alemania, para procurarse la subsistencia en la nueva tierra. Muchos de estos alemanes escaparon de su patria con pasaje de primera clase, como turistas, ya que a veces era imposible hacerlo de otro modo.
En Argentina se plantea un problema: los emigrantes se dividen en dos grupos, aunque de diferente magnitud. Algunos de ellos desean trabajar por sus ideales, opuestos al nazismo; otros, en cambio, son fervorosos seguidores de esa corriente en el extranjero. Esta divergencia se traslada, como era de esperar, a los medios de comunicación masiva y a la educación.
Así como aparecieron diarios oficialistas y opositores, también encontramos colegios en los que se inculcaba el nazismo y otros que rechazaban esta influencia. La diferencia que no podía existir en el país europeo se verificaba allende el mar.

Señala Jackisch: “A pesar de las restricciones inmigratorias, aproximadamente 30.000 alemanes, judíos y no-judíos que huían del nazismo ingresaron en Argentina. Paradójicamente al llegar al pais, estos alemanes descubrieron que la comunidad de su mismo origen nacional, estaba bajo la influencia de grupos nacionalsocialistas, y que desde las asociaciones tradicionales hasta las escuelas alemanas respondían a las directivas de la Auslandsorganisation del NSDAP en Alemania. La forma en que organizaron su existencia; sus organizaciones de ayudas, sus escuelas y su expresion politica, a traves de "La Otra Alemania", ha sido bosquejada en este trabajo.
La actividad del nacionalsocialismo en la Argentina gozó de total impunidad durante los primeros años. Los primeros ataques surgieron desde la prensa. Con la llegada al poder del presidente Ortiz -al mismo tiempo que se cerraban las posibilidades de ingreso al país de las victimas del nazismo- se limitaban, a traves de distintas medidas que tomó el Poder Ejecutivo, las actividades de los grupos El radicalismo y el socialismo, a traves de los diputados Damonte Taborda y Dickmann respectivamente, logran imponer un proyecto de resolución para encarar una investigacion destinada a mostrar el grade de infiltracion de los activistas nazis, en distintas organizaciones alemanas. Todas estas medidas repercuten sobre la estrategia de la AO para Argentina, como para otros paises sudamericanos.
Como el imperativo era lograr mantener la neutralidad de estos paises en caso de una guerra que era cada vez mas inminente, en la lucha sorda entre el Ministerio de Asuntos Extranjeros del Reich y la Auslandsorganisation, triunfó v. Ribbentrop sobre Bohle. Sin. embargo la influencia nacionalsocialista, ahora de manera menos visible, sobre la comunidad alemana continuó hasta finalizar la guerra.
Mientras tanto los judios alemanes se habian instalado en Argentina y si alguno pensó en volver a Alemania finalizada la guerra, el conocimiento del holocausto cortó de raíz esa posibilidad. Los opositores políticos del nacionalsocialismo, en cambio, regresaron a Alemania, por lo menos los que actuaron desde aquí en alguna organizacion política como por ejemplo, «La Otra Alemania".
El regreso de aquellos que nunca cortaron los lazos con Alemania y por eso quisieron prestar testimonio de la existencia de "otra Alemanla" no nacionalsocialista, comenzó a producirse a partir de 1949, es decir cuando Alemania volvía a organizarse desde sus ruinas por carriles democraticos.
No quisiera terminar este trabajo, sin mencionar al menos -aun sabiendo que no esta directamente relacionado con esta obra-- que a partir de 1949, nuevamente comienzan a llegar a la Argentina alemanes que ya no tenían lugar en Alemania. Esta vez se trataba de dirigentes nacionalsocialistas de distintas jerarquías y profesionales alemanes comprometidos con el III Reich. El gobierno de Perón les dio albergue en universidades, en empresas, y se creó una organización especial para ubicar a los ahora exnazis en Argentina. Con la caída de Perón en 1955, muchos emigraron hacia Colombia y actualmente algunos viven en Alemania” .

Trajeron su religión y sus costumbres; fundaron sus periódicos, influyeron en la enseñanza y en la alimentación. Se los evoca en testimonios, memorias, biografías, obras literarias y filmes, que evidencian la importancia de esta colectividad en la sociedad argentina.

Testimonios
Emigró Silvio Gesell: “Para los argentinos el apellido Gesell es familiar, primero por la casa de venta de artículos para bebés y luego por la figura del pionero Carlos Gesell quien puso su apellido en la villa turística que fundó luego de domesticar la naturaleza de esa zona de la costa atlántica. Lo que pocos saben es que la villa hace honor a la memoria del padre de Carlos Gesell, Silvio Gesell, otro pionero en el mundo de los negocios primero y en el campo de las teorías económicas después.
Silvio Gesell fue un próspero comerciante alemán, radicado en Argentina en 1887. A los 25 años llegó al país acompañado solamente por un cajón de madera repleto de instrumentos odontológicos, cajón que su hermano le había confiado para intentar fortuna en América. Liquidados los trámites aduaneros y con el cajón ya en su poder alquiló una modesta pieza de pensión donde se instaló sin más muebles que un armario y una mesa que usaba para comer y sobre la cual dormía de noche.
En pocas semanas consiguió ubicar la mercadería en los consultorios de los odontólogos que visitó. Al tiempo y luego de un corto viaje a Alemania para organizar mejor las entregas, el moblaje de su pieza mejoró y ya compró una cama. Con el tiempo, aparecen también otros muebles hechos del material de los cajones que recibe regularmente con artículos desde Alemania. Trabajo y ahorro son sus lemas”.

La investigadora Olga Weyne escribe: “Un modesto testigo criollo de la época de la inmigración masiva a la provincia de Entre Ríos, vio de esta manera a los alemanes recién llegados: ‘Vimos llegar la cantidad de inmigrantes como quien ve llegar la langosta, le via (sic) ser franco; parecía una invasión.

Pero se nos dijo que el gobierno les había entregado la tierra. Ultimamente no perdimos nada porque la tierra era de los estancieros y habrán tenido sus arreglos (...). Había que dejar la tierra a los nuevos dueños. (Pero) mienten si dicen que los peliamos (sic). (...) Los colonos son gente buena y tengo muchos amigos entre ellos, pero pa’ comprenderlos con la jerigonza que hablaban (...); bueno, le hablo de los viejos y no pa’ ofenderlos” .

Don Pedro Goette, alemán del Volga, relató: “En Diamante nos esperaban con carros los colonos de Valle María y San Francisco (...). (Una vez en la primera de estas aldeas) ... me convidaron con el primer mate. Yo creía que esto era tabaco y que debía fumarse en una pipa bastante diferente de las que usábamos (en el Volga). Chupé fuerte, como es natural. Las consecuencias (fueron) una formidable neblina que produje con mi resoplido al sentir la quemazón. La gente se moría de risa. Para ellos, el mate ya había desalojado el té de China que tomábamos en Rusia”.

Entre los alemanes del Volga, “había otra tradición secular que es descripta de la siguiente manera por José Brendel, en su evocación de San Miguel Arcángel: ‘Para Año Nuevo, existe en la colonia una tradición multisecular, única, no en su fondo sino en su ritual. No en cualquier parte se puede formular el deseo de prosperidad, sino que está sujeto a un estricto código ancestral, sin el cual el augurio no vale nada. No es colectivo, ni siquiera familiar, sino estrictamente personal, de cada uno, ya frente a sus padres o amigos. Entra en la categoría de los actos serios’ ” .

Víctor Dorsch recuerda sus años escolares, en Entre Ríos, a principios del siglo XX: “Nosotros asistíamos a las dos escuelas, por la mañana a una y por la tarde a otra (...). Regresábamos de la escuela al caer la tarde, y tras una breve pausa para ingerir algún alimento, había que entregarse a la tarea de hacer los deberes para la escuela castellana, tarea que se prolongaba hasta bien entrada la noche. Y a la mañana éramos los primeros de la casa en abandonar la cama (para) memorizar la parte que se nos había asignado del catecismo, en idioma alemán, por supuesto. La tarea de memorizar, que se prolongaba a lo largo de todo el año escolar, nos resultaba terriblemente engorrosa y, como es natural, disminuía nuestra posibilidad de obtener las mejores notas en (...) la escuela castellana” .

En 1910, los alemanes del Volga fundaron Santa María. “Pese a su nacimiento tardío, esta colonia conservó con decisión muchas de sus antiguas tradiciones. El diseño de su planta, por ejemplo, fue el rigurosamente establecido desde siempre: una sola calle dividida en medio por otra, con las casas dando su frente a la calle principal. Cada casa, a su vez, poseía fondos de 500 metros en los que se encontraban jardines, huertas y establos”.
 
Alejandro Guinder, descendiente de un pionero pampeano, escribe: “Nuestros chacareros fueron vilmente explotados, (...). Se les daba una lonja, (...) 100 o 200 hectáreas cubiertas de caldenes y sucias de piquillines y chañares; el colono contratista debía limpiarlas y podía luego trabajar para dos cosechas. Cuando estaban limpias les daban otra parcela (...) sucia para limpiar, y así. Cuando todas (las hectáreas de la estancia, de enorme extensión) estuvieron limpias, el señor Larrague hizo tirar a la calle de un día para otro, allá por los años 1930, a todos los 30 colonos, sin ninguna indemnización, habiéndose quedado con las cosechas en muchos casos sin pagar siquiera lo convenido en porcentaje. Así fueron tratados muchos de los agricultores vendios del Volga; con familias de 12 o más hijos debieron cargar sus herramientas y muebles y demás en sus carros y carritos, sus arados y sembrados e irse a una calle vecinal a hacer una Hütte (choza) techada con paja puna, para su familia con sus hijos menores de edad” .

María Brunswig de Bamberg es la autora de Allá en la Patagonia, obra en la que evoca la inmigración alemana a través de las cartas que su madre enviaba a su abuela, que había quedado en la tierra natal. "El 3 de febrero de 1923, después de una travesía de treinta días desde Hamburgo, Ella Hoffman llega con sus tres hijas a Buenos Aires, rumbo a la Patagonia, donde Hermann Brunswig, su marido y padre de las niñas, trabaja como administrador de una estancia y espera ansioso el reencuentro con su familia después de tres años y medio de separación. 
Esta es una selección de las cartas intercambiadas hasta 1930 entre Ella y Mutti, su madre, y que fueron recuperadas setenta años después por María Brunswig, la hija mayor. Pero no se trata de una simple recopilación, sino de un juego de tiempos y voces, pleno de agilidad y riqueza, en el que intervienen tres generaciones de mujeres: Mutti, Ella y la propia María. Algunas cartas de Hermann incorporan, por su parte, una visión masculina y un toque de humor. El diálogo epistolar le otorga a la obra una intensidad inusual, además de una visión europea del sur argentino en los años veinte.
Ella habla a su madre del mundo nuevo que está descubriendo y se revela como una gran luchadora. Educada para ir a la Ópera, aprender francés y tocar el piano, ahora lava ropa en el arroyo, friega, zurce, remienda, come huevos de avestruz e incluso carnea zapones. En síntesis, una sensible crónica familiar que abre distintos horizontes sobre una región inhóspita y al mismo tiempo generosa” (8).
Con la autora y su familia viajó una mucama. Pedro Dobrée relata que esta empleada “Nació en la ciudad de Kiel, puerto alemán sobre el mar Báltico. De familia de escasos recursos, se empleó como cocinera y mucama en la casa del general Franz Sydow, en Berlín. Además del general, en esta casa vivían su esposa y una hija de ella que esperaban, con sus tres niñas pequeñas, la oportunidad para viajar a la Patagonia argentina y reunirse con su esposo”.

“Hermann Brunswig, el esposo que aguardaba, había llegado a la Argentina en 1919 para emplearse como ovejero en la cordillera santacruceña y cuando fue nombrado administrador de la estancia Lago Guío, propiedad de Mauricio Braun, Rudolf Stubenrauch y Lucas Bridges, decidió que era el momento de hacer viajar a su joven familia”.

“Berta Freytag se había encariñado con las nenas y sentía la seguridad de un hogar que no tenía en Kiel. Esto fue motivo suficiente para ofrecerse a viajar también hacia Argentina, acompañando a la joven Ella de Brunswig y a las pequeñas en el vapor Vigo, que partió de Hamburgo en enero de 1923. Llegados a Buenos Aires se reembarcaron para viajar hasta San Julián, puerto del entonces territorio nacional de Santa Cruz”.

“Mientras el barco en el que viajaron anclaba en la bahía, Berta se desembarazó momentáneamente de las niñas, para observar la costa y el pequeño villorio que en la madrugada ventosa aparecía ante sus ojos”.

“Por Dios, ¿será esto un puerto? La única similitud con su Kiel era el olor a pescado muerto y el de las algas secándose al sol. Pero 20 ó 30 casas dispersas sobre una playa barrida por el viento y varios centenares de fardos de lana apilados sobre la línea de la marea más alta, no parecían formar un puerto.

Al menos no lo era en el criterio de esta alemana de 40 años que acababa de llegar. Pues, ¿dónde estaban los muelles, los demás barcos, los remolcadores, los equipos de carga y descarga, el ruido de las máquinas y el humo de las chimeneas, el aceite en el agua, los marineros, las enormes pilas de carbón y los depósitos de mercaderías que provenían de las más diversas ciudades del mundo?”.

“Las gaviotas revoloteaban por encima de los techos de estas casas grises, de chapas acanaladas y puertas despintadas; sus solitarios graznidos inundaban el aire y con el viento llegaban hasta la cubierta del barco sobre el que, con angustia, escudriñaba Berta su nuevo paisaje. Y estos graznidos eran la representación exterior de los gritos de silencio que la solitaria mujer dirigía a nadie, impulsada por una sensación de dolor, soledad e impotencia, ante una decisión que consideraba ahora equivocada”.

“A media mañana bajaron a un pequeño bote a remos y fueron llevadas, ella, las niñas y la madre, hasta la playa. El corto viaje sobre la pequeña embarcación que por instantes se elevaba permitiendo ver toda la costa y por otros se hundía en los estrechos callejones que formaban las olas, le pareció interminable. El agua salada que golpeaba su rostro se confundió con las lágrimas que caían por sus mejillas”.

“Mojada la ropa por el salpicar de las olas, mojados los zapatos por el difícil desembarco, sintieron el frío del viento que soplaba por detrás de las casas y llenaba de polvo el aire sobre las aguas de la bahía. Varios hombres, al reparo de las paredes de las primeras construcciones, las miraron con curiosidad. Con la ayuda de los remeros con los que habían llegado a tierra firme, trasladaron varios bultos grandes de ropa y enseres hasta la puerta de una de las casas en cuyo frente había tres caballos ensillados y atados. Sobre la puerta colgaba un pequeño cartel que indicaba que era el hotel Miramar”.

“El ánimo de Berta se hacía cada vez más pesado. A la incomprensión absoluta del idioma castellano y al reducido hotel de camas incómodas y un escusado compartido en el fondo de un patio sucio, se sumó un viaje de dos días en un Ford T, abierto al viento y al sol del desierto”.

“Antes de llegar a destino, Berta había tomado la decisión: volver a Alemania, de donde nunca debía haber salido. Tras arribar al lago Guío buscó excusas; la vajilla no era de su agrado, la ropa había que lavarla en el frío arroyo cercano, rondaban animales salvajes y no quería compartir su pequeña habitación con las niñas. El vehículo con el que llegaron debía volver a San Julián y con él se volvería ella. Nuevamente el desierto, la estepa interminable cubierta de "mata negra" y calafate y el Ford T, que perseguía lentamente el sinuoso camino de los carros que, tirados por caballos, transportaban lana hacia el puerto”.

“Pero, ¿qué puede hacer una mujer, que sólo habla en alemán, sin dinero, que está sola en San Julián y que quiere volver a Europa ? Sólo quedarse en San Julián. Dos años más tarde la familia Brunswig "bajó al pueblo", parando en el Hotel Aguila. Berta, con tristeza y desde la oscuridad, observó a las pequeñas niñas a quienes había aprendido a querer durante todo el tiempo en que convivieron. Pero no se dejó ver por ellas; sería imposible explicarles su vida ahora. Esa vida que, con el tiempo, la llevaría a ser conocida por los hombres de toda la costa atlántica como ‘La emperatriz de San Julián’".

“Mucho tiempo después, en la década de 1980, en Berlín, María Brunswig de Bamberg -una de aquellas pequeñas con las cuales Berta llegó a la Argentina austral y que luego fue autora de ese muy simpático libro llamado Allá en la Patagonia, editado por Vergara - asistía a una conferencia de Osvaldo Bayer. Al finalizar le preguntó si en sus trabajos de investigación sobre la vida patagónica había tomado conocimiento de Berta Freytag. ‘Cómo no -le contestó Bayer- Berta Freytag fue amante del comisario del pueblo durante muchos años, hasta que un día éste la ultimó de dos tiros, por celos’".

Grete Stern nació en 1904; falleció en Buenos Aires en 1999. “Estudió con Walter Peterhaus en la Bauhaus y con Wassily Kandinsky. Fue amiga de Paul Klee, Oskar Sclemmer, Johannes Itten y otros creadores. En 1935, ante la persecución nazi, se refugió en la Argentina. Fue fotógrafa del Museo Nacional de Bellas Artes y retratista de personalidades como Jorge Luis Borges, Victoria Ocampo y María Elena Walsh, entre otras. Realizó, además, series sobre distintos lugares del país” (10).

Acerca de la retrospectiva “Retratos”, escribió Alberto Giudici: “Es una invitación a la nostalgia, al reencuentro con entrañables figuras de las letras y el arte que alimentaron lo mejor de lo que llevamos dentro. Un Borges, un Spilimbergo, un Berni, una María Elena Walsh, un Badíi, una Grete Stern, autorretratándose, y autora de esta galería de rostros realizados a lo largo de medio siglo. La mágica luz de la fotógrafa, envolvente, plástica, alienta la ilusión de vida que tienen esos instantes congelados.
La mirada que es pura ensoñación en los claros ojos de don Lino; la límpida y casi infantil sonrisa de Borges cuando todavía no había sido atacado por ese ligero rictus nacido, quizás, por la progresiva barrera de la ceguera; una niña apenas entrando en la adolescencia, recostada en el marco de una ventana como quien se asoma a la vida, lejos todavía de sus célebres canciones infantiles, "capturada" en 1947, en Ramos Mejía, donde vivía el matrimonio Grete Stern-Horacio Coppola (otro grande de la fotografía)”.

“El alma se devela a través del rostro, y la luz, como quería Harmenszoon Rembrandt van Rijn, es el medio de ese aflorar del espíritu a través del cuerpo. Una vibración, un aleteo misterioso, que asoma en cada una de las imágenes. La potencia constructiva de Emilio Petorutti, de cuerpo entero en un balcón mientras las verticales de la puerta caen a plomo como si fueran un lienzo del propio pintor”.

“El barroquismo del taller de Santiago Cogorno, como encerrando su desbordada y sensual producción; la límpída geometría del estudio de Noemí Gerstein; Berni, con su imagen duplicada en un espejo, como si la avidez inquieta del Picasso argentino se proyectara a infinitos desafíos crea tivos. Ningún detalle —un caballete, cuadros apilados, un muñeco gigante junto a Horacio Butler— es anecdótico. Hace al clima de intimidad del retratado, integra el hábitat que rodea su mundo interior.

Son retratos psicológicos excepcionales. Por eso, conjetura Ricardo Coppa Oliver, director de la galería Principium, sus fotos no gustaban en los que buscaban tomas de estudio, escenografías ficticias y luces desmedidas, para mostrar no lo que se es sino lo que se quiere ser. Protesta feliz en última instancia, porque Grete se volcó a los que dieron su savia al país, incluyendo los curtidos rostros de los aborígenes del Norte, en lo que fue el primer relevamiento antropológico de nuestros ancestros, tan negados en Buenos Aires y mirados con una sensibilidad única por esta alemana que arribó a la Argentina en 1936 huyendo del nazismo”.

“Por entonces, había transitado por la Bauhaus, el mayor intento de socialización del arte desde el Renacimiento. De ahí vino, de la Bauhaus de Dessau, la de Walter Groppius, pero lo maravilloso en ella es que el rigor formativo y de vanguardia -como los collages fotográficos surrealistas, cargados de ironía feminista-, no anularon su sensibilidad a la hora de captar la atmósfera de un país lejano”.

“Ventanas, espejos, encuadran la sugestión de un espacio que se prolonga fuera de la imagen vinculando al retratado con su mundo físico: la casa, el taller o simplemente la naturaleza, como en esa obra maestra que es el de Margarita Guerrero: el rostro de perfil sobre un espejo que devuelve el otro perfil pero también un jardín restallante de luz a espaldas de la cámara. El ratio lumínico de Grete es estricto: nunca un blanco quemado, jamás un negro saturado. En las medias tintas, apasteladas, la luz baña sus inefables criaturas”.

“Todas las fotos exhibidas son primeras copias. Algunas, sacadas en los 40, fueron pasadas al papel medio siglo después. "Es que ella no tenía dinero para hacer las copias", acota Coppa Oliver. Así vivió, en un humilde dos ambientes sobre la calle Uruguay. Tras su muerte, en 1999, a los 95 años de edad, su hija Silvia atesoró el inmenso legado materno, soñando con una Fundación que lo preservara. No llegó a concretarlo ni a ver esta muestra que armó con el inestimable aporte de Luis Priamo: Silvia murió hace un par de semanas”.

“Sin descendencia, ahora, este inmenso patrimonio visual, inició el errático destino de los estrados judiciales y el riesgo de su dispersión. Quizás ésta sea la última muestra de Grete Stern. Otro dato para la nostalgia”.

Annemarie Heinrich nació en Darmstadt en 1912. Es una de las fotógrafas “más destacadas del país. Cursó estudios en Berlín y en 1926 se trasladó a la Argentina con su familia, iniciando su formación fotográfica en la provincia de Entre Ríos. Ante la carencia de escuelas de esa especialidad, se formó de manera práctica trabajando en laboratorios y tomando fotos hasta que, en 1930, abrió su primer estudio en Buenos Aires. Dos años más tarde se trasladó a un estudio mayor, y empezó a trabajar para revistas y a fotografiar a las grandes figuras locales y extranjeras que actuaban en el Teatro Colón. Sus fotos fueron también tapa de las revistas Antena y Radiolandia durante cuarenta años”.

“En 1937 hizo los primeros envíos para Salones nacionales e internacionales y a partir de entonces fue requerida por el cine como fotógrafa permanente de publicidad y escenas con primeras figuras, trabajando así más de veinte años. Realizó la primera exposición individual en 1947 y sus fotos comenzaron a aparecer en revistas europeas y americanas. Recibió premios y fue designada miembro de las más importantes asociaciones extranjeras, de la Federación International d’Art Photographique y de la Academia Argentina de Artes y Ciencias Fotográficas. Viajó a Europa y presentó sus trabajos en Francia, Italia y Alemania”.

“En 1953 fue cofundadora del grupo de fotografía ‘La Carpeta de los Diez’, que funcionó varios años con trabajos de seminario y exposiciones, y fue miembro de ‘Amigos de la danza’. En 1960, y continuó cinco años consecutivos, ganó el primer puesto en el ranking mundial de Fotoclub Buenos Aires. Como resultado de su tarea de fotografiar durante veinticinco años a bailarines y ballets publicó en 1962 su libro El ballet en la Argentina, con 233 fotos seleccionadas entre miles, un testimonio de esa disciplina entre 1934 y 1960.. Fue contratada para las fotos del Pressbook del ‘American Ballet Theater’ de Nueva York. Recibió numerosas distinciones y premios e integra organismos de la especialidad”.

“En 1975 fue designada Académica de la Comisión Nacional de Cultura, en 1979 fue miembro fundador del Consejo Argentino de Fotografía, en 1980 invitada de honor al VII Salón Nacional de Fotografía, y en 1982 a la Exposición Colectiva de Fotografía Latinoamericana en Suiza y París. Recibió el diploma de la Fundación Konex como uno de los cinco mejores fotógrafos del país. Fue homenajeada al cumplir sus cincuenta años en la fotografía e invitada por el Centro Cultural General San Martín, donde expuso 350 obras. El Centro Editor de América Latina publicó un fascículo en la Serie Fotógrafos Argentinos en 1982. En 1983 expuso en Berlín. Se desempeñó como directivo de la Asociación de Fotógrafos Profesionales. Ha sido declarada Ciudadana Ilustre de la Ciudad de Buenos Aires” (12). Falleció en Buenos Aires en 2006.

Entrevistada por Matilde Sánchez, Alicia Sanguinetti –hija de la alemana- se refiere a las fotos que su madre tomó a Eva Perón “durante su etapa artística”: “Cuando mi madre fotografía a Eva, ella llega al estudio para iniciarse en la vida artística, un poco como las modelitos del pasado de Korda. Heinrich no podía imaginar la proyección que ella tendría. Por entonces, Evita era una más. Pero dentro de esa situación, tenía un algo en su personalidad.
La fotógrafa no se iluminó, no dijo: "Esta mujer va a ser alguien en Argentina". Y eso también ocurre con frecuencia en el estudio. Estás con alguien y así sea Juan de los Palotes, de pronto irradia ese algo que te hace trabajar y crear. Pero creo que ella captó una verdad interior que luego adquirió sentido en la historia. Porque es la historia la que nos hace leer las fotos con otro sentido. (...) De las decenas de fotos que Heinrich hizo de Eva, sólo quedan ocho en el país. Las demás se dispersaron en el mundo.

Desde el punto de vista fotográfico, de esas ocho fotos mi madre reconoce una sola como una obra perfecta. Me refiero a la foto del anillo de oro y el peinado con banana. Las demás son meramente documentales, lo que no quita que el público las haya cargado de aura. La foto del anillo es de 1944. Eva se la hizo tomar especialmente para el escritorio de Perón en la Secretaría de Trabajo, y no debía ser empleada ni colocada en ningún otro sitio. Una copia de esa misma foto estaba colgada en la pared del departamento del general en la calle Posadas. Ninguna de esas fotos fue usada por el peronismo, pero esto también obedece a la posición de mi madre a partir de 1945. Ella tenía una buena relación con Eva, comenzado tiempo atrás, pero no era peronista. De hecho, Annemarie se negó a retratar a Perón” .

Renate Schotellius, pionera de la danza argentina, emigrada en 1936 a los catorce años, manifestó: “Yo viajaría treinta y ocho días en barco y llegaría un día determinado, que mi tío sabía cuál era. El problema fue que el barco se atrasó tres días y, al llegar era carnaval. Me sentí muy asustada, porque pensaba que mi tío me dejaría allí y tendría que ir a los hoteles para inmigrantes. Finalmente llegó sin ningún problema, le habían avisado” .
Juan Carlos Marina tenía diecinueve años cuando presenció, el 17 de diciembre de 1939, el hundimiento del Graf Spee, acorazado alemán “destinado a hundir buques que llevaban alimentos de acá para Europa”, que se encontraba en el Río de la Plata. Marina relató sus recuerdos de aquella jornada memorable; en su relato se refirió al Hotel de Inmigrantes de Puerto Madero: “a las ocho de la noche de ese día lo hundió el mismo comandante, la misma tripulación. Un capitán, que después vivió en La Falda, Córdoba, fue el encargado de ponerle tres cargas de dinamita. Sacaron la pólvora de los cartuchos de las balas, formaron tres paquetes explosivos y los pusieron uno en la popa, otro en las máquinas y otro en la proa. Después el comandante hizo bajar a toda la tripulación a los remolcadores y desde una lancha fue el que accionó la percusión de los explosivos. Todos se salvaron y fueron al Hotel de Inmigrantes de Buenos Aires”.

Es en ese establecimiento donde el comandante toma una trágica decisión: “de acuerdo a las órdenes de Hitler tenía que salir a presentar batalla. Pero eso era un suicidio. Fue tan impresionante que después de hundirlo, el comandante se pegó un tiro en el Hotel de Inmigrantes” .
Un militar alemán que llegó en el acorazado escribe en su diario: “Hace calor. En el patio de la inmigración florecen las hortensias y las acacias y no podemos creer que estemos cerca de la Navidad. Esto es bueno, porque la idea de esta fiesta, la más grande para nosotros los alemanes, nos llena de tristeza sin esperanzas. Para esta fecha deberíamos estar navegando rumbo a nuestra tierra y cada uno de nosotros habíamos soñado y hecho proyectos para el año nuevo, cuando estuviéramos en casa. Y ahora estamos aquí, en la Argentina, a 8000 millas de la patria, y con miras a ser internados hasta el fin de la contienda, que recién está en sus principios. ¿Qué será de nosotros? Esta es la pregunta que llena nuestros pensamientos” .
En un libro de Uki Goñi se relata lo siguiente: en 1998, el investigador se presenta en el Hotel de Inmigrantes para consultar “expedientes individuales donde se registraban exactamente las rutas de escape que habían seguido los fugitivos más perversos de todo el siglo XX”. Así evoca Goñi el encuentro con “la persona letrada de Migraciones que había redactado la respuesta de Franco”: “Salimos, pues, al extenso parque situado frente al Hotel de Inmigrantes, junto a los viejos árboles bajo los que muchos criminales nazis agradecidos debieron de dar sus primeros pasos en la Argentina. ‘Esos expedientes resultaban extremadamente embarazosos. Fueron destruidos hace dos años. Eso es todo lo que puedo decirle. Obviamente, no podíamos ponerlo por escrito en una carta oficial. Estoy seguro de que lo comprenderán’.
La pálida sombra del viejo hotel se extendía detrás de nosotros como una gigantesca ballena varada. Otros funcionarios de Migraciones confirmaron la quema, añadiendo más detalles. Los expedientes individuales que contenían el voluminoso papeleo de la admisión de Eichmann, Mengele, Priebke y otros se habían guardado en una caja fuerte para documentos secretos hasta 1996, cuando todos fueron destruidos. Se encendió una hoguera de noche, detrás del antiguo hotel, en el borde del muelle. Todo desapareció. La tapadera peronista había perdurado hasta el mismo final del siglo” .

Ida y Walter Eichhorn, los dueños “más famosos” del Hotel Edén, de La Falda, provincia de Córdoba, “eran amigos personales del führer, y se sabe que no poco dinero de las arcas del Edén sirvió para solventar parte de la campaña de ascenso a la Cancillería de Hitler, en 1934”. El hotel llegó a manos de los Eichhorn en 1912: “Cuando arribaron por primera vez a La Falda desde Alemania, Walter y Bruno Eichhorn tenían 35 y 37 años. Bruno estaba casado con Gretel. Walter, con Ida, una mujer que, poco a poco, los superaría en liderazgo y se convertiría en el alma mater del hotel. Ida había llegado a la Argentina en 1909 a bordo del barco ‘Koning Friedrich August’ con una niña en sus brazos: Sigune Vitze. Tres años después se casó con Walter y opacó a sus tres socios. Se puso al frente del lugar. Y de la historia”.

Un cordobés aporta a la periodista Marta Platía su testimonio: “‘Doña Ida era una mujer hermosa. Hermosa y temible’, dice acariciándose su espesa cabellera blanca Héctor Montoya, un médico de 71 años. Su papá fue el primer cartero del pueblo. Montoya se recuerda a sí mismo, pequeño, de la mano de su padre y de punta en blanco para ir a saludar a ‘Tante (tía) Ida’, como todos la conocían por aquí. Era altísima, tenía unos ojos azules profundos, una cara redonda y su presencia imponía respeto. Yo la quería. Me acuerdo que me pasaba la mano por los rulos, me decía ‘Hola, negrito’ y abría un cajón de su escritorio. De allí sacaba una latita octogonal con unos bombones con los que yo soñaba día y noche. Se imagina. ¿De dónde, un chico como yo, hijo de un cartero de pueblo, podía sacar esos bombones finísimos? Mi infancia, cuando la recuerdo, tiene ese sabor’, rememora” .
En Entre Ríos conoce Javier Villafañe a un extraño personaje: “Un día, caminando por las calles de Gualeguaychú, entré en una librería. Allí conocí a Carolus Günge, un pintor alemán, ex combatiente de la guerra de 1914. Vivía en una canoa y se ocupaba de alimentar a los peces de esos grandes ríos de la Mesopotamia argentina. Con él nos dedicamos a recorrer los puertos fluviales del Uruguay y la Argentina, haciendo títeres para los pobladores ribereños. Por supuesto, navegábamos en la canoa de Carolus. (...) Pasado un tiempo, (...) Carolus se fue a vivir río arriba; años después moriría de lirismo, reumatismo y pena en un pueblo perdido de esas latitudes”.

Aurora Alonso de Rocha relata que era alemán uno de los pretendientes que los padres habían elegido para Alejandra Pizarnik. Los padres de la escritora “eran judíos polacos; el padre, corredor de joyerías. Buma estudiaba hebreo y, como le gustaba todo lo extremado, contaba historias de pogromos, cosacos, incendios de aldeas. (...) Sus padres le hablaban con interés de dos presuntos pretendientes, hijos de un almacenero alemán uno, y de un sedero sefaradí el otro. Buma se burlaba o enojaba. Un día le dijo a su madre que se iba a casar con los dos para tener aseguradas ropa y comida, la madre la miró ceñuda y disparó una rápida respuesta en idish. Me tradujo: ‘Que sean tres, así también hay vivienda’. Creo que, por lo menos en parte, las sutilezas de Buma nacían de la dialéctica, escondida en un mal castellano, de los Pizarnik”.
“El libro Yo, Oskar Schindler (21), una recopilación de documentos fidedignos y originales, según su autora, Erika Rosenberg, intenta reivindicar la imagen de Schindler frente a la que presentó Steven Spielberg en su película sobre este empresario alemán salvador de miles de judíos. La escritora argentina, quien presentó en Budapest la versión húngara de este libro escrito originalmente en alemán y presentado el año pasado en la Feria Internacional del Libro de Frankfurt, recalcó que siente ‘una obligación moral, como amiga de la viuda de Schindler, de borrar esa imagen de 'don Juan' y especulador que ofreció Spielberg en La Lista de Schindler'.
Rosemberg señaló que ‘quizás ésta sea una de las mejores formas de recordar la memoria de Oscar Schindler, fallecido en Alemania en 1974, y de la viuda de Schindler, Emilie, quien falleció hace una semana, a los 93 años de edad, en Brandemburgo’. Schindler, junto a su esposa, salvó la vida de más de 1.300 judíos al darles trabajo en su fábrica y protegerles así de la deportación, recalcó la autora del libro y biógrafa de Emilie Schindler. El industrial alemán, además, repartió más de dos millones de marcos entre los judíos a quienes salvó, según atestiguan los documentos, explicó Rosenberg.
‘Yo nunca vi que los estadounidenses hayan puesto en una película las buenas actuaciones de un alemán, así que Spielberg no podía hacer otra cosa que lo que hizo», señaló Rosenberg. ‘Una película nacida de un sentimiento estadounidense, dirigida por un director estadounidense y escrita por un australiano presentado al público como americano, no pudo tener otro resultado que La lista de Schindler’, comentó la escritora argentina. ‘Es cierto que Spielberg no pudo utilizar la documentación que aparece en mi libro porque no sabía de su existencia, ya que la misma apareció en el año 1998, pero mi pregunta es que por qué no utilizó a la viuda’, recalcó Rosenberg. Agregó que, ‘según la carta que tengo en mi poder, Spielberg invitó a Emilie Schindler a Jerusalén para rodar las últimas imágenes de su película, como una sobreviviente y nada más’ ” .

Oskar Schindler “Después de la guerra, dirigió un rancho en Argentina (1949-1957), quebró y regresó a Alemania. En 1961 fue invitado a Israel, donde recibió la Cruz del Mérito en 1966 y una pensión del Estado en 1968. La novela de Thomas Keneally, El arca de Schindler (1982), fue llevada al cine con el título de La lista de Schindler, en 1994 por el director Steven Spielberg, y obtuvo los premios Oscar más importantes, entre otros al mejor director y a la mejor película en ese año, dando a conocer las actividades de este héroe de guerra a un público mucho más numeroso” .

“Al terminar la guerra, Eichmann se ocultó en un monasterio católico en Italia. Wiesenthal decidió dedicar ‘unos años’ a buscar justicia y se enroló para trabajar con los aliados en la recolección de evidencias de crímenes de guerra. En 1947, cuando Eichmann huyó a América del Sur usando un nombre falso, Wiesenthal creó el Centro Judío de documentación en Lidz, para reunir evidencias para juicios futuros. (...) Ese año la esposa de Eichmann trató de conseguir que se declarara muerto a su marido. (...) Aunque Wiesenthal tomó contacto con la Mossad nuevamente, y también con Nahum Goldman, presidente del Congreso Judío Mundial, no pasó nada hasta 1959, cuando Israel recibió la información de Alemania de que Eichmann estaba en Buenos Aires. Se organizó una operación encubierta. Un equipo de agentes secretos de la Mossad secuestraron al ex nazi y lo llevaron a Israel. (...) fue encontrado culpable de todos los cargos, sentenciado a muerte y colgado justo después de la medianoche el 1 de junio de 1962” .
En “Pensamientos Incorrectos ¡Pobre alemán Blumberg!”, escrbe Rolando Hanglin: “Un importante comunicador argentino se refiere al ingeniero Juan Carlos Blumberg con el epíteto "¡ese alemán!". En el contexto, la palabra "alemán" está dicha con la carga denigratoria de un insulto, lo que conocemos en otros casos más frecuentes, por ejemplo: "¡Ese judío!", "¡ese gitano!", "¡ese negro de m...!".
Está bien, cada uno habla como quiere y piensa como puede. Hace unos días, el ingeniero Blumberg se reunió con un referente de la protesta social, el sonriente piquetero Raúl Castells. Fue un encuentro armado por una revista de actualidad, aprovechando que uno (¿la derecha?) y el otro (¿la izquierda?) coincidirían en una manifestación.
Durante la charla, el Sr. Blumberg expresó alguna idea sobre el crimen y el castigo, a lo que replicó Castells: " No, ingeniero, ahí está lo que no me gusta de los alemanes; son muy rígidos, muy despiadados. Otra cosa, más cálida, son los italianos, por ejemplo".
Blumberg se limitó a responder que los italianos hablaban con las manos y resultaban más expresivos, pero sus excusas fueron rápidamente rechazadas. Se encontró con el racismo antialemán. A veces pienso: ¡pobres, los alemanes! Cargan con la cruz de ser los inventores del nazismo y, antes, del autoritarismo prusiano.
Por falta de cultura histórica, Castells y otros ignoran que el maestro de Adolfo Hitler fue un simpático italiano que hacía muchos gestos: ¡Benito Mussolini! Porque no hay nazismo, sino nazifascismo. Y es básicamente italiano. Los auténticos fachos de los años 40 tenían pocos ídolos: Hitler, Mussolini, Franco, Perón. Sí, Perón también. Lo lamento. En realidad, el nazifascismo fue un movimiento paneuropeo de vasta repercusión: hubo millones de nazis franceses e ingleses, croatas y serbios, árabes y sudamericanos, húngaros y turcos, españoles y hasta rusos.
Hoy resulta que los nazis fueron solamente alemanes. Qué pena, y qué mentira. Por otra parte, las lacras del nazismo (tiranía, genocidio, estado policial, supresión de la libertad, nacionalismo bélico, crueldad inaudita, fanatismo irracional) son compartidas por muchos movimientos sociales, líderes "carismáticos" y héroes de cualquier tiempo.
Es lindo pensar en Alemania como la tierra del trabajo, la perseverancia, la fuerza, la profundidad. Y, sobre todo, como la patria de las ideas. Basta recordar a los creadores del marxismo (Karl Marx y Friedrich Engels), a filósofos de toda tendencia (Wittgentstein, Kant, Feuerbach o Hegel), a los fundadores del psicoanálisis (Freud y Jung), al mentor del nudismo, Richard Ungewitter, y a los que desarrollaron el automóvil, Benz y Daimler.
Cuando un país ha conocido tantas caricaturas del káiser Guillermo, tantos pavos reales que se hacen llevar en carroza hasta la Rural, tantos zonzos dispuestos a afirmar que "la situación es gravísima y debemos proceder manu militari" , cuando uno ha visto el desfile de Fidel Castro (47 años sojuzgando a un país, decretando fusilamientos y dirigiendo la policía), Onganía, Videla, Chávez, Pinochet, Franco, Oliveira Salazar. ¿Por qué no dejan en paz a los alemanes? (In memoriam Gustavo Ruprecht)” .

Biografías
En Victoria Ocampo, escribe María Esther Vázquez: "Delfina Bunge, a quien Victoria imploraba amistad, era una muchacha muy diferente a ella y quizá la mejor influencia posble que pudo encontrar. Tenía entonces 24 años, había nacido en la Nochebuena de 1881.
Su abuelo, Carlos Augusto Bunge, descendía de una larga línea de pastores luteranos enfrascados en arduos problemas ideológicos y ocupó un lugar de relieve dentro de la colonia extranjera en la época de Rosas. Había llegado a la Argentina en 1827 con sólo 23 años. Fue miembro fundador del Club de Residentes Extranjeros, ayudó a levantar la Iglesia Luterana de Buenos Aires y actuó como Cónsul de Prusia y de los Países Bajos. Se casó con Genara Peña Lezica y de este matrimonio nacieron ocho hijos, varios de los cuales se destacaron en la política, el comercio, el campo y en las llamadas profesiones liberales.

Una de las tías paternas de Delfina, Sofía Bunge, fundó una orden religiosa femenina, lo que da a su personalidad un rasgo no habitual entre las mujeres de esa clase social de la época.

El padre de Delfina, Octavio Bunge, abogado, fue un magistrado con gran vocación y su carrera judicial culminó con el cargo de ministro de la Corte Suprema de Justicia de la Nación. Se casó con María Luisa Arteaga, de origen uruguayo, y se dedicó con verdadero fervor a la educación de sus hijos, transmitiéndoles su amor por la literatura, en especial por la poesía alemana, por la música y por la naturaleza; además de inculcarles un espíritu creativo, tesonero y metódico.

En este ambiente de excepcional formación intelectual se criaron Delfina y sus hermanos varones, de los que puede decirse que fueron personas notables: Carlos Octavio, el mayor y por el cual ella sentía particular afecto y admiración, fue jurista, sociólogo y escritor de novelas y cuentos; Augusto, socialista, se dedicó a la medicina de tipo higienista, es decir preventiva; Alejandro fue ingeniero y economista de ideas avanzadas e innovadoras; Jorge, arquitecto y urbanista, fundó el balneario de Pinamar.

Delfina, de caracter introspectivo y espiritual por un lado y razonador y artístico por otro, fue alumna de la Santa Union. Allí encontró en algunas religiosas delicadeza, dedicación a la tarea educativa, aspiración a una vida de discreta perfeccion espiritual y estos modelos muy seductores para su forma de ser ofrecían un serio contraste con el de jeune fille que le ofrecia su clase social. Debió abandonar el colegio contra su voluntad; entonces comenzó a escribir un diario, en el que aprendió a dialogar consigo misma y a buscar con coraje su vocación artistica y religiosa. En algun momento de su adolescencia se planteó la posibilidad de entrar en un convento y aunque fue desechada, contribuyo a fortalecer su convicción de que pese a ser mujer y casarse, podría preservar su independencia y su creatividad".

Nora Ayala evoca en Mis dos abuelas. 100 años de historias las vidas de Gerónima, su abuela criolla que vivía en Misiones, y la de Christina, su abuela alemana que se estableció en Trelew.

Christina es una mujer con estudio que viaja a la Argentina contratada como ama de llaves en casa de un director de un banco de su país. Ya en Adrogué, provincia de Buenos Aires, conoce a un italiano con el que se casa. Habiendo nacido los hijos, el hombre decide que lo mejor es volver a su tierra, para vivir de rentas. No imaginaba que, para ello, debería dejar aquí a una de sus hijas, que no pudo embarcar a causa de una enfermedad. Cuando el hombre, dos años después, vuelve temporariamente a la Argentina, no es a la niña a quien lleva a Italia -como le había pedido su esposa-, sino al padre, deseoso de ver su pueblo. Se avecina la guerra y el italiano hace oídos sordos a su mujer, quien insiste en que deben regresar, aprovechando que los hijos –salvo la menor- son argentinos.

Finalmente vuelve Christina, sin marido y con algunos de los hijos, ya que otros quedan trabajando y uno está preso por haberle pegado a un superior, durante una estadía forzada en la milicia. Comienza entonces una vida nueva para la alemana, quien, utilizando los conocimientos que traía de su tierra, además de su ingenio y esfuerzo, pone un negocio que prospera y se sobrepone a las dificultades.

Si la abuela criolla era soberbia y dominante, la alemana –con un carácter tan fuerte como el de su consuegra- era afable y comprensiva: “cada una en su tribu gozó de respeto y predicamento. En el caso de Christina, además, de cariño; en el de Gerónima del Rosario, por qué no, de temor”.

Ayala narra en qué circunstancias llegó a la Argentina su abuela, en 1891: “Un aviso en el Bremer Zeitung en el que se solicitaba una ama de llaves dispuesta a viajar a Buenos Aires, la había conectado con herr Jantzen y su esposa, que irían a instalarse en un remoto país sudamericano llamado Argentina. El caballero iba como gerente del Deutsche Transatlantik Bank y lo acompañaban su esposa y sus tres pequeños hijos”.

Se despide de su familia y de su tierra, a la que tardaría años en regresar: “El puerto de Bremen se iba empequeñeciendo en la lejanía mientras Christina, con los ojos llenos de lágrimas, abrazaba fuertemente la estatuita del Bremer-Staedt-Musikanten que su padre le había regalado al despedirse. Ya no se veían las figuras de herr Peter con Lina, Ana y Johan, agitando los pañuelos”.

Otros alemanes también viajaban hacia ese país desconocido. El ingeniero Walter Rathhof, afincado en el litoral, recuerda: “ ‘¿Cómo vine a parar acá? Hace tres meses ni sabía que existía este lugar. ¡Misiones!’ Apenas si había visto el nombre de Argentina en el mapa. En Alemania no conocía a nadie que hubiera andado por esta parte del mundo, pero bastó una propuesta para dejar la familia, el empleo seguro, la patria, los amigos, por la aventura. (...)

Allá era un ingeniero más, sin mucha experiencia entre tantos otros, en cambio acá estaba todo por hacer ¡Y justo puentes! Si hubiera sabido que alguna vez tendría que hacer puentes, tan lejos y sin poder consultar con nadie, hubiera prestado más atención a aquel viejo profesor que siempre hablaba de los de la India y de la China. Después de todo, los que tendría que hacer acá tendrían más en común con esos que con los prolijos puentes de hierro que diseñaba en la facultad. Además, había que hacer todo desde el principio, ni siquiera las mensuras estaban y los lugareños medían las distancias en tiempo: dos días de barco, un día de a caballo”.

Para comunicarse en la nueva tierra, debía aprender el idioma: “Tres meses estudiando español. Por suerte en el viaje había un valenciano que le sirvió de involuntario profesor y lo llamaba ‘el alemán del diccionario’. Pero lo importante era que se hacía entender y comprendía bastante. Y a la fuerza, porque hasta ahora no había encontrado a nadie que hablara alemán”.

Los criollos eran prejuiciosos con los inmigrantes: “Nosotros no vinimos a matarnos el hambre como los gringos, estuvimos siempre acá...”, afirma la abuela Gerónima. Los inmigrantes también tenían sus prejuicios. Un criollo era discriminado en el trabajo. Samuel estaba empleado en una empresa alemana: “al principio estuvo muy contento hasta que se dio cuenta de que los alemanes discriminaban a favor de los compatriotas en el momento de los ascensos”.

La religión era otro de los motivos de discriminación, esta vez entre una inmigrante italiana y su futura nuera, alemana: “La señora Irene era muy católica, de comunión diaria y colaboraba con el párroco en las labores sociales de Adrogué. El hecho de que Christina fuera protestante no contribuyó a facilitar las cosas”.

Ayala nos habla de los oficios que desempeñaban los alemanes. Christina fue ama de llaves, luego repostera y empresaria. Walter era ingeniero.

Disfrutaban de la música inmigrantes y criollos, en Misiones: “Por las noches, después de cenar, los martes y viernes en lo de Rathhof se hacía música. Venía herr Engelsberg con su esposa y su violoncello y el señor Di Matteo con su violín, Walter arrimaba su propio viloncello y rodeaban el piano de Zaida, dedicándose a hacer música durante un poco más de una hora”.

La historia de estas dos abuelas permite a Ayala realizar un cuadro costumbrista de una época de la Argentina, a la que evoca a través de los relatos familiares y de su propia rememoración.


En el Campo: Santa Fe 

Uno de los testimonios más precisos y válidos para el estudio del rápido proceso de inmigración y colonización de la Argentina en la segunda mitad del siglo XIX, es el informe presentado a la Comisión Nacional de Inmigración por el Inspector de colonias Guillermo Wilcken, luego de concretar en 1872 un fatigoso viaje por las creadas hasta entonces en las pampas. En ese trabajo titulado "Las Colonias", expresa que la inmigración alemana estaba en ellas "escasamente representada", a su criterio porque, "lo mismo que al suizo, al colono alemán le cuesta acostumbrarse al país; inconveniente al que contribuye la dificultad que experimenta para aprender el idioma nacional". Sin embargo, agrega que "una vez vencida aquella dificultad y familiarizado con las costumbres, no hay mejor colono ni agricultor más inteligente."
 
En la década de los '1880 los italianos predominaban en Santa Fe; representan un 70% del total de inmigrantes, seguidos por los suizos, españoles, franceses y alemanes. Estos que no llegaban a 500 en 1858, eran más de mil cuando Sarmiento levantó un censo en 1869, y dos mil ochocientos en 1887.
Aarón Castellanos fundó Esperanza en 1858, con el aporte de colonos suizos y alemanes. Un lustro después, el alemán Juan Gaspar Helbling abrió en ese pueblo un colegio particular, y Tomás Hutchinson, uno de los viajeros ingleses que nos visitaron en el siglo XIX, refiere que ese maestro había organizado un coro entre jóvenes suizos y alemanes que entonaban sus canciones tradicionales.
En San Jerónimo y San Carlos el número de alemanes fue menor, aunque en la segunda de esas colonias ambas colectividades tuvieron activa participación en la Deutsche Schule, la iglesia Evangélica y la biblioteca pública, entre cuyo material se encontraban libros y periódicos alemanes.
Según Carlos Beck-Bernard - el colonizador que fundó San Carlos - los primeros habitantes de Guadalupe, creada en 1864 en las cercanías de Santa Fe, fueron alemanes de Hannover procedentes del Brasil.
Otros grupos de inmigrantes germanos de cierta consideración se nuclearon en Helvecia (1865), Humboldt (1869) y en las colonias fundadas por el Central Argentino algo después de la iniciación del servicio ferroviario entre Rosario y Tortugas, el 1º de Mayo de 1866. 

   En ellas se destacaron los maestros suizos Pedro Dürst, Roberto Weihmüller y Juan Meyer, quienes gozaron de mucho prestigio como educadores de acreditados colegios y contribuyeron al cultivo del idioma alemán.
En Cañada de Gómez el primer habitante y Jefe de la Estación del Central Argentino se llamaba Pedro Reün y era oriundo de Kappeln, de donde vino en 1867 con su esposa e hijos y una cuñada, Margarita Hansen. Esta alemana que luego contrajo matrimonio con Augusto Schnack,"Quien realiza un viaje tiene algo que narrar", en el que evoca la travesía desde Hamburgo en la frágil goleta Antílope y los difíciles tiempos que vivieron en la solitaria estación de ese pueblo, todavía inexistente, cuyos pobladores iniciales eran alemanes y criollos. Allí se fundó el 1866 el importante establecimiento Schönberg del alemán Pablo Krell, que según Wilcken "estaba dotado de todos los instrumentos y máquinas de agricultura más modernos" y contaba con carpintería y herrería, inmensos alfalfares y cabañas de vacas de cría inglesa. escribió en su vejez el relato
Entre cuatro y seis leguas al norte de Cañada de Gómez se encontraban algunas de las más grandes estancias de alemanes de Santa Fe. Una de ellas, Los Leones, fue establecida en 1864 por los jóvenes Enrique von Post y Felipe Bleck.
Otras fundadas hacia 1870-75, eran las colonias La Germania de Guillermo Nordenholz, y La Hansa, de Woltje Tietjen, cuyos propietarios se desempeñaron como cónsules alemanes en Buenos Aires y Rosario.
A comienzos de la década de 1890 los Tietjen trajeron desde Hamburgo las primeras liebres que llegaron al país, algunas de las cuales escaparon y se reprodujeron con rapidez.
La presencia de alemanes pudo advertirse en distintas expresiones de la vida cotidiana en las colonias agrícolas de Santa Fe. Se manifestó en chacras y estancias, en humildes negocios y rudimentarias industrias, en escuelas, coros y oficios religiosos, en costumbres, diversiones y voces, y hasta en las banderas alemanas que proclamaban, durante los días festivos, la procedencia de muchos de los esforzados pioneros de esas fascinantes colonias que contribuyeron a edificar aquella Argentina que, como bien expresara Rubén Darío, era una Babel en la que todos se comprendían.

En la ciudad: Rosario.
 
Desde mediados del siglo XIX algunos alemanes comenzaron a radicarse en Rosario, recordándose entre ellos a Heinrich Amelong, un maestro de música procedente de Buenos Aires, donde había tenido como alumna a Manuelita Rosas. El censo de 1869 señaló que esa pequeña clonia estaba integrada por ciento treinta y seis personas, de las cuales sólo quince eran mujeres.
La primera institución alemana de Rosario fue creada a fines de 1868 por Woltje Tietjen, designado por ese tiempo cónsul de la Confederación Germánica del Norte en el Rosario, y se llamó Deutscher Hilfsverein. Esta Sociedad Alemana de Socorros Mutuos, una de las primeras en su tipo de la provincia de Santa Fe, se proponía asistir a los connacionales enfermos o en dificultades económicas y auxiliar a los familiares de los que fallecieran.
Tres lustros después, en 1885, la colectividad constituyó el Deutsche Verein, para asociarse al cual se requería "ser persona de antecedentes intachables, mayor de edad y poseer el idioma alemán" y cuyo lema era "sed unidos en bien de la probada lealtad nacional". Los integrantes de ese Club Alemán, que presidía Hermann Schlieper, reunieron rápidamente los recursos necesarios para adquirir un terreno donde al año siguiente levantaron su casa propia, que se convirtió en el centro de las reuniones sociales y culturales de la comunidad.
En 1886, cuando los residentes germanos de Rosario eran alrededor de ochocientos, se anunció la edición de un periódico alemán. Hacia 1892 se fundó el Deutscher Frauenverein, Sociedad de Damas de Auxilio, que se proponía la protección de la mujer y desarrolló una notable tarea asistencial. Dos años más tarde se organizó la Congregación Evangélica Alemana, que entre 1912 y 1913 edificó su propia iglesia.
Como otras colectividades extranjeras, los alemanes de Rosario fundaron hacia fines del siglo XIX escuelas en las que trataban de conservar la lengua  y la cultura de su tierra. La primera de ellas fue el Deutsche Schulverein, un Colegio Alemán nacido por iniciativa de Wilhelm Schneider.
En 1900 se constituyó el Deutscher Argentinischer Schulverein. La Escuela, cuyo principal animador fue Ernst Deutsch, era conocida por el nombre de Germania. Otra destacable inquietud cultural de los alemanes de Rosario fue el Deutscher Männerchor, coro masculino constituido a partir de un conjunto vocal suizo.
Durante la década de los '1930 surgieron la Sociedad Alemana de Beneficiencia y Cultura y una comunidad de trabajo - Arbeitsgemeinschaft der Deutschen Vereine von Rosario - que agrupó a todas las entidades germanas. Después de la Segunda Guerra Mundial los bienes de la Deutsche Schulverein fueron confiscados como propiedad enemiga. Aunque se los restituyó en 1957, al estar ocupados por colegios nacionales recién fueron recuperados efectivamente en 1965.
Más tarde reabrió sus puertas el prestigioso Colegio Alemán Argentino, que cuenta con un kindergarten, una escuela primaria y otra de nivel medio. En la postguerra se había constituido también el Círculo Cultural Argentino-Alemán, que en 1953 reorganizó el Deutscher Männerchor, bajo la dirección de Nora Heitz y posteriormente el maestro Juan Untersander.En el presente, el Club Alemán, la Congregación Evangélica Alemana y el Colegio Alemán Argentino testimonian la vigencia de una colectividad que, a lo largo de más de 130 años, (referidos a 1985) ha realizado significativos aportes a la vida social, educativa y cultural de Rosario.

Fuentes

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