domingo, 7 de octubre de 2012

¿Europa hacia el extremismo?


Rainer Hachfeld
El electorado europeo sigue optando por las corrientes mayoritarias moderadas, a pesar de las advertencias de que, frustrado por la recesión y la austeridad, caería en brazos de los extremistas eurófobos.

Dan O’Brien
La economía y el orden geopolítico de Europa están en crisis. El desempleo, la austeridad y las tensiones entre Estados han llevado a muchos observadores a afirmar que las condiciones políticas del continente están empezando a parecerse a las de la década de los años treinta. Pero esta afirmación es en gran parte errónea. Hasta ahora, casi en todos los lugares el centro político se ha mantenido en el poder. Lo que resulta sorprendente no es el aumento del extremismo, sino lo poco habitual que ha sido, dada la profundidad y la duración de la crisis. En ningún otro lugar como en Francia han sido mayores los temores sobre el incremento del extremismo. En abril, durante la primera vuelta de las elecciones presidenciales, los grupos radicales obtuvieron un gran apoyo. Pero como no existía ni la más remota posibilidad de que llegara a la presidencia un candidato que no fuera alguno de los dos de los partidos mayoritarios, el voto a los extremistas en esa vuelta no tuvo ninguna consecuencia.

Las elecciones parlamentarias de junio fueron distintas. Si en esa votación los extremistas hubieran repetido los resultados de la primera vuelta de las elecciones presidenciales, habrían ocupado un número de escaños sin precedentes en París. Pero a la hora de la verdad, los votantes no les apoyaron. El reaccionario Frente Nacional de Marine Le Pen sólo obtuvo dos escaños de los 577 en total de la cámara baja. Los bloques mayoritarios de centro-izquierda y centro-derecha obtuvieron conjuntamente 560 escaños.

No aumenta el apoyo a los extremos Al sur de los Pirineos, las condiciones económicas han sido mucho peores que en Francia. En España, una de cada cuatro personas no tiene empleo y prácticamente cada mes se anuncian nuevas medidas de austeridad. Sin embargo, en las elecciones generales del pasado noviembre, se produjo un aburrido y claro cambio del centro-izquierda al centro-derecha. Excepto algún incremento en el apoyo al partido Izquierda Unida (de un 4 al 7 por ciento), los extremos no lograron ningún apoyo extra en las elecciones de 2007.

Portugal, el segundo Estado de la península ibérica, lleva más de una década siendo la economía de crecimiento más lento en Europa Occidental. Sus últimas elecciones se celebraron hace 15 meses, justo cuando el país se vio obligado a pedir un rescate a la UE y al FMI. El partido gobernante de centro-izquierda perdió nueve puntos de porcentaje en los votos, en comparación con las elecciones anteriores. El ganador de centro-derecha obtuvo 10 puntos más de porcentaje. No se registró un aumento en el apoyo a los extremos ni ningún indicio de que los portugueses desearan volver a los modos autoritarios de antaño.

Italia, a diferencia de la mayoría de sus vecinos mediterráneos, hasta ahora ha evitado tener que recurrir a la ayuda externa. Pero al igual que Portugal, lleva sufriendo una prolongada depresión incluso antes de 2008. Ahora, su débil economía vuelve a caer en la recesión. Sin embargo, el mayor efecto político de la crisis económica con diferencia ha sido antipolítico. El Movimiento Cinco Estrellas, del activista cibernético Beppe Grillo, surgió de la nada en las elecciones locales de mayo y resulta imposible situarle dentro del espectro político. Pero si bien Grillo aboga por opciones económicas extremas, como la salida del euro y el impago de las deudas estatales, no hay ningún indicio de que él o su movimiento se opongan a los principios básicos de la democracia.

Menos violencia de la esperada E incluso en Grecia, donde los fracasos políticos y económicos han sido más graves, se ha producido menos violencia de lo que se habría esperado, dada la magnitud del colapso. A pesar de su largo historial de terrorismo, no ha habido ningún magnicidio de políticos. Además, aunque ha habido protestas en las calles, no han sido más violentas que las huelgas que afectaron al país un año antes de que la economía cayera en picado.

En Alemania, donde se ha notado poco la crisis económica y el desempleo se encuentra en su nivel más bajo desde hace décadas, no cesan las quejas de la opinión pública sobre el coste del rescate de las economías débiles de la eurozona. A pesar de ello, ninguno de los tres partidos de la oposición en el Parlamento Federal ha dejado solo al Gobierno en los rescates ni ha adoptado posturas que podrían beneficiarles electoralmente. Está aumentando la oposición extraparlamentaria a los rescates entre los empresarios y los economistas. Pero no hay ninguna señal de que vaya a surgir ningún nuevo grupo en contra del euro o de los rescates y que se vaya a presentar a las elecciones federales del próximo año. Al igual que en Italia, el gran cambio político en Alemania ha sido antipolítico y así ha surgido el movimiento Pirata. Finlandia constituye uno de los pocos ejemplos en los que el centro se ha debilitado de forma considerable. El partido aislacionista de los Verdaderos Finlandeses casi multiplicó por cinco su apoyo en las elecciones generales de hace 15 meses. Pero aunque los Verdaderos Finlandeses tiendan a las posturas xenófobas, en su aislacionismo hay pocos aspectos que sean antidemocráticos.

Paralelismo con los años noventa
Fuera de la eurozona, el panorama en general es similar, con la excepción de Hungría, donde se están desafiando las normas democráticas, y más recientemente, también puede que en Rumanía. Pero incluso estos Estados distan mucho de parecerse a la autocracia de la década de los treinta.

Para comprender lo que está sucediendo actualmente, no es la década de los treinta, sino la de los noventa la que nos aporta el paralelismo histórico más relevante. A principios de esa década, las democracias postcomunistas de Europa Central y del Este sufrieron un gran shock al pasar de economías dirigidas por el Estado a economías de mercado. Se desplomaron muchas industrias que conocieron un gran auge durante el experimento comunista. El nivel de vida se hundió y como consecuencia, el desempleo se disparó.

La reacción política más destacada no fue un levantamiento similar al de los años treinta a favor de los extremos, sino un gran cambio casi universal contra los políticos que ocupaban entonces el poder. En las decenas de elecciones convocadas en los países en transición a lo largo de la década de los noventa, ningún Gobierno fue reelegido.
Esto es lo que está ocurriendo ahora en Europa. Los votantes están rechazando a los políticos actuales, no a la democracia ni a sus valores. Para que la situación acabara en lo peor, sería necesaria una depresión más profunda y más prolongada. Y desgraciadamente, existen posibilidades de que ocurra.

Contrapunto
En el sitio web francés se señala que:

el endurecimiento del régimen rumano parece ilustrar, al igual que la Hungría de Viktor Orbán a su manera, el hundimiento democrático de países de la Unión golpeados directamente por la crisis.

Porque aunque las comparaciones entre las experiencias de Hungría y Rumanía tienen un límite, Mediapart explica, citando a un geógrafo, que en ambos países “la adhesión a la Unión no ha ido de la mano del corolario que se esperaba: una mejora del bienestar”. Aunque “funcionan en registros bien distintos”, el primer ministro rumano, Victor Ponta, y su homólogo húngaro “son producto del descontento”. “Algunos observadores ven en las crisis actuales de Rumanía y Hungría, la prueba de que la ampliación de la Unión hacia los países de Europa Oriental se hizo con excesiva premura”, señala Mediapart que, sin embargo, considera que

Europa tiene hoy una responsabilidad por su práctica impotencia a la hora de frenar estas derivas autoritarias, que únicamente puede condenar a través de discursos huecos.

Fuente: http://portafoliotonantzin.blogspot.com.es/2012_07_29_archive.html

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