lunes, 8 de octubre de 2012

El nazi perfecto


«Estos hombres no fueron pervertidos ni sádicos, sino que fueron (…) terrible y terroríficamente normales». Hannah Arendt.

Es lógico que la bibliografía en torno al nazismo se enfoque principalmente en las personalidades emblemáticas, Hitler y los gerifaltes del Tercer Reich pero también los verdugos, individuos tan sórdidos como Rudolph Höss, Joseph Mengele y Oswald Pohl. Cuando la mirada académica se posa en la muchedumbre indiferenciada de los partidarios del nazismo, o en las bases sociales que cimentaron su ascenso y consolidación en el poder, produce libros como los de Peter Fritzsche (De Alemanes a nazis y Vida y muerte en el III Reich), William S. Allen (La toma del poder por los nazis), Robert Gellately (No solo Hitler), George L. Mosse (La nacionalización de las masas), Richard Grunberger (Historia Social del Tercer Reich), Michael Mann (Fascistas): obras excelentes sin duda, imprescindibles en la medida que ofrecen una perspectiva general, a vuelo de pájaro, de la viciada atmósfera moral y política que propició el auge del nazismo, así como una panorámica de las dinámicas sociales que lubricaron la mecánica cotidiana del Tercer Reich. Con todo, bien puede echarse de menos la mirada puesta en lo singular, un primer plano de los individuos que, en calidad de secuaces o de funcionarios de rango inferior, hicieron posible la abominación histórica que nos convoca. Proporcionar un complemento de este tipo a la perspectiva académica global es uno de los méritos del libro del escocés Martin Davidson, El nazi perfecto, obra que expulsa del anonimato a uno de los muchos militantes y agentes menores del nazismo: un sujeto de nombre Bruno Langbehn, dentista de profesión y miembro condecorado de las SS, abuelo materno del autor.
Davidson (n. 1960, Edimburgo), licenciado por la Universidad de Oxford, es un documentalista y productor de televisión especializado en temas históricos y culturales, actualmente encargado de la sección de Historia de la BBC. A su haber tiene la dirección de documentales sobre Albert Speer y Leni Riefenstahl, entre otros. Su madre, de nacionalidad alemana, emigró al Reino Unido en los años 50 y contrajo matrimonio con un escocés. Dado el contexto, no extraña que los dos hijos del matrimonio, Vanessa y Martin, se preguntasen por lo que había hecho su abuelo materno durante la Segunda Guerra Mundial. La cuestión, todo un tabú familiar, solo pudo ser dilucidada tras la muerte de Langbehn, acaecida en 1992. Cuán desagradable sería para los hermanos ver confirmadas sus peores sospechas: su abuelo no fue un combatiente común de la Wehrmacht, fue un nazi convencido y comprometido, militante desde edad tan temprana como los 19 años, el que desde 1926 y hasta la caída del Tercer Reich consumó una carrera ininterrumpida en las filas del partido. De camorrista callejero a agente de la policía secreta y guerrero racial, la de Bruno Langbehn fue una trayectoria similar a la de muchos “viejos luchadores” que conformaron el cuerpo funcionarial del régimen nazi. Vanessa y Martin Davidson se dieron a la tarea de investigar el pasado de su abuelo; consultando documentos, entrevistando a supervivientes de la época, atando cabos sueltos, conjeturando sobre bases verídicas, apoyándose -en fin- en la bibliografía disponible, tanto académica como testimonial, el fruto de sus indagaciones es la trayectoria de un arquetipo de nazi, un nazi perfecto, como tal plasmada en el libro de Mr. Davidson.
Entregado en cuerpo y alma a la causa de Hitler, al tiempo que se formaba como dentista, Bruno Langbehn fue del número de los alborotadores callejeros en los días convulsos de la República de Weimar, miembro de una unidad berlinesa de las SA denominada Sturm 33, célebre por su salvaje aplicación a la hora de apalear y asesinar antagonistas: comunistas, socialdemócratas, judíos. (Como refiere el propio Davidson, el abogado Hans Litten se vio las caras con miembros de esta unidad en un bullado proceso criminal que involucró al mismísimo Hitler.) Destinado a la medianía por sus escasas dotes personales, no dudó empero en incorporarse a las SS, en las que alcanzó el grado equivalente al de capitán. Langbehn se  desempeñó como funcionario del organismo más temible de todos: el SD, servicio de inteligencia y seguridad de las SS dirigido por Reinhard Heydrich y que llevó la delantera en la organización de las actividades genocidas del Tercer Reich. Los Einsatzgruppen, la Operación T4 (asesinato de minusválidos físicos y mentales), la Operación Reinhard, la logística de los campos de concentración y de exterminio: todos llevaron la marca del SD. También fue el organismo que, en colaboración -y sempiterna rivalidad- con la Gestapo, se encargó de permear los intersticios de la sociedad alemana a la caza de eventuales opositores al régimen, erigiéndose en la versión nazi de policía totalitaria del pensamiento.
El interés mayor del libro reside en que contribuye a esclarecer el ambiente moral y social en que se gestó el nazismo desde una perspectiva, por así decir, minimalista. Más allá de cualquier consideración relativa a los grandes factores históricos, caldo de cultivo del fenómeno en cuestión, el énfasis está puesto en lo que debía pensar y sentir un individuo ordinario en aquellos años cruciales, alguien que por su fecha de nacimiento (año de 1906) no pudo participar en lo que sus compatriotas consideraban una gesta nacional, la Primera Guerra Mundial. Un individuo que, a partir de esta contingencia, se sumió de lleno en la marea de frustración y resentimiento que inundó Alemania después de 1918, asimilando la deplorable mitología que tergiversó la verdad sobre la derrota alemana, dejándose imbuir de un clima ideológico que alentaba el culto a la violencia, el ansia nacionalista de revancha, la exacerbación de las virtudes marciales, el antisemitismo y el odio a la democracia y el liberalismo. Por descontado que las pesquisas realizadas por los hermanos Davidson enfrentaron las reticencias de sus parientes alemanes, como de muchos de quienes podían proporcionarles información en un país que comenzaba a superar el proceso de encubrimiento y negación en torno al traumático pasado nazi; un proceso tan celosamente ejecutado que resultaba ser una genuina conspiración del silencio. (Lejos, en todo caso, estaban los días en que, cuando el juicio a Adolf Eichmann, los sentimientos de los alemanes fluctuaban entre el hastío y la indiferencia.)
Como tantos, Langbehn fue un caso de asimilación perfecta en la sociedad alemana de posguerra, aunque apenas puede decirse que hubiera sido un desadaptado o un marginal; no después de 1933, cuando lo nazi dejaba de ser una anomalía para convertirse en normalidad, y Langbehn se situaba -gracias a una mezcla de ambición e inquebrantable convicción ideológica- en su centro mismo. Si algo ha motivado las indagaciones de sus nietos es precisamente el abismo de incomprensión que parece abrirse ante nuestros pies cuando constatamos la enormidad de semejante extravío, peor si involucra a un antepasado: que lo nazi pudiese devenir paradigma de normalidad; que alguien tan cercano, persona por demás muy corriente –no un pervertido, no un sádico-, colaborase en la más que dudosa tarea de consolidar la supremacía de la cosmovisión nazi. Este espectáculo de ruina moral de una sociedad fue lo que inspiró en la pensadora Hannah Arendt la idea de que «la conciencia, en cuanto tal, se había perdido en Alemania, y esto fue así hasta el punto de que los alemanes apenas recordaban lo que la conciencia era, y habían dejado de darse cuenta de que “el nuevo conjunto de valores alemanes” carecía de valor en el resto del mundo» (v. Eichmann en Jerusalén).
Davidson tiene muy en cuenta, entre otras cosas, el influjo que pueden ejercer los mandarines culturales, escritores de aquellos que no solo reflejan la atmósfera espiritual de su tiempo sino que contribuyen a moldearla. Es el caso señero de Ernst Jünger. De modo sintomático a la vez que revelador, Davidson recibió de manos de su abuelo un ejemplar de Tempestades de acero, novela que a éste lo había subyugado en la adolescencia. Jünger, sí, el literato que idealizó la guerra moderna como experiencia formadora, como crisol de un “hombre nuevo” y de una “sociedad regenerada”; el escritor que con su áspero imaginario bélico fomentó -en medida acaso inigualada por sus contemporáneos- el fetichismo militarista y vindicativo de la Alemania de entreguerras, cautivando a tantos de aquellos espíritus frustrados que se dejaron seducir por la agresiva retórica nazi. ¡Qué contraste tan penoso el de este hombre con uno como Erich Maria Remarque, denodado pacifista, o con los memorialistas británicos que expusieron su rechazo de la guerra! La de Jünger fue una pasión infame que lo aleja por completo de coetáneos como Wilfred Owen y Robert Graves, aludidos por Davidson. «Ellos –afirma nuestro autor- son compasivos y Jünger es despiadado; en ellos hay elegía, en él éxtasis; en él hay hierro y acero en lugar de carne y sangre; en lugar de los muertos, cuyo recuerdo persigue y escarmienta, para Jünger están los caídos cuyo sacrificio consumará algún día la venganza; en vez de barro y ratas hay tierra que la sangre hace sagrada. El Jünger soldado de asalto nunca se siente más vivo que cuando está rodeado de los hombres que acaba de matar. Pero las intensas evocaciones del combate se convierten en algo más funesto: en una celebración de la propia guerra».
El autor no ha hallado pruebas de que su antepasado tuviese ingerencia directa en el Holocausto y otras de las peores atrocidades perpetradas por el Tercer Reich, pero esto apenas le sirve de consuelo; como no le consuela demasiado el manido pretexto de las circunstancias (“aquellos eran otros días”, “los que regían eran otros parámetros”, “nos limitábamos a obedecer órdenes”, etc.). Todo sugiere que Langbehn estaba secretamente orgulloso de su pasado nazi, como si hubiese sido partícipe de algo grande y honroso (pretexto característico suyo era el de “Lo único que queríamos era un imperio como el de vuestro Churchill”). No le queda a uno más remedio que solidarizar con la desolación -y la repugnancia- que han debido experimentar los hermanos Davidson al progresar en sus indagaciones, y, de paso, persistir en el estupor que provoca el nivel de adhesión que pudo granjearse un movimiento como el nazi. Por más que en la actualidad nos beneficiemos de las ventajas de la mirada retrospectiva sobre hechos consumados, por más que nuestros tiempos y nuestros apremios sean otros, nada atenúa el horror que nos embarga ante tamaña aberración histórica: el auge de lo que abiertamente se proclamaba como una negación radical de todo lo que  podemos considerar amable y valioso en la condición humana. A manera de colofón, valgan las palabras del autor:
«La abominación capital del nazismo no era sólo su militarismo o su ansia bélica, sino su insistencia en que los valores que situaban lo humano en el centro eran débiles, corruptores e insignificantes. Había que degradarlo todo a favor del Volk, que, aunque compuesto de seres humanos, no le debía nada a la idea de humanidad. La visión del mundo nazi utilizaba la biología para socavar la propia vida. Utilizaba la racionalidad para avalar lo irracional. Y convertía las matanzas no sólo en la única consecuencia de todos sus criterios, sino en su validación definitiva. Nuestro abuelo pasó veinticinco años de su vida subyugado por esas ideas, convencido de su verdad absoluta» (p. 320; cursivas en el original).
- Martin Davidson, El nazi perfecto. Anagrama, Barcelona, 2012. 405 pp.
Fuente: hislibris

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