domingo, 7 de octubre de 2012

El destino de los búnkeres de Hoxha, Albania


En la época comunista, se crearon miles de construcciones de hormigón para proteger al país de una hipotética invasión. Hoy, estos lugares sirven para hacer fiestas, para perder la virginidad o bien para ser destruidos con objeto de recuperar el acero que contienen, y así alimentar el crecimiento económico.  

Se meten unos neumáticos en el búnker y se prende fuego. O también se pone un saco con abono de alto contenido en potasio. Así se crea una bomba rudimentaria y el búnker explota.“Si el hormigón estalla, se dan unos martillazos por encima para llegar hasta donde se encuentra el acero”, explica Djoni, obrero de la construcción en Berat, en el centro de Albania. “Por lo visto hay 2 toneladas. Y se puede revender a 15 céntimos el kilo. ¡Un búnker puede suponer unos 300 euros! Aunque a veces hay que trabajar duro durante 5 días para que el hormigón se rompa. Y de todos modos, el que se lleva la mayor parte del dinero es mi jefe. Yo sólo gano de 20 a 30 euros por búnker”.

Pero Djoni no se queja.
Desde hace años, el sector de la construcción en Albania está en auge y es lo que ha provocado la subida de los precios del acero. Ni siquiera la crisis en Italia o en Grecia, donde trabajan cientos de miles de emigrantes albaneses cambia nada en el país.
Es cierto que los expertos dicen que esta explosión no refleja ninguna realidad, ya que está relacionada con la construcción de rascacielos encargados por la mafia italiana para blanquear dinero y que algunos están medio vacíos.“En nuestro país, no sentimos la crisis”, afirma Djoni.
El primer ministro se alegra de que Albania sea el único país de Europa, junto a Polonia, donde no haya recesión”.
Djoni también trabajó en Grecia, en el Pireo, durante unos años. Pero empezó a cansarse del juego del escondite perpetuo con la guardia fronteriza, que detienen con asiduidad a los albaneses clandestinos. “Ya no soy un chaval”, comenta. “Aquí gano menos, pero también gasto menos. Al final es lo mismo”.
Durante el día, Djoni construye edificios. Y para llegar a fin de mes, por la tarde trabaja en los búnkers. Con el dinero que ha ganado ha podido renovar su apartamento y enviar a sus hijos a buenos colegios.

750.000 búnkers para 3 millones de habitantes

Cientos de miles de búnkers afean el paisaje de Albania desde Shkodra, en la frontera con Montenegro, hasta Konispol, a un tiro de piedra de Grecia.
El búnker Gjergja está pintado de verde de arriba a abajo y lleva la llamativa inscripción "Bunker Bar". Y aunque la playa de Shengjin, donde se encuentra situado, deja mucho que desear, Gjergj no se desanima: “Puede que no haya mucha arena. Pero para compensarlo tenemos los champiñones que crecen sobre el hormigón: son nuestras cepas del amigo Hoxha. ¡Vienen a verlos personas de todo el mundo!”.
Gjergj me invita a entrar dentro, me deja observar por la aspillera que da hacia Italia [al otro lado del mar Adriático]. Me enseña la barra de hierro bien colocada al fondo de su escondite.
 "Me servía para 'convencer' a los clientes de que pagaran la cuenta. Ahora me sirve para espantar a los que quieren demoler el búnker. Llevo 12 años instalado aquí y no voy a dejar que nadie lo toque".
Es cierto que los búnkers albaneses son únicos. Al parecer, los comunistas construyeron 750.000, si bien el país cuenta tan sólo con 3 millones de habitantes.
“En la época comunista, todo lo que estaba relacionado con los búnkers era de alto secreto. Luego, durante la transición, se perdió toda la documentación y no se puede saber el número exacto”, explica Ina Izhara, una politóloga que vive entre Albania e Italia, como muchos jóvenes de aquí.

"Todo el todo el mundo quería invadirnos"

Los búnkers se encuentran en las ciudades, en patios justo al lado de las casas, en cementerios y en terrenos de juego. Hay algunos en las montañas y otros medio enterrados en el mar.
Los agricultores tienen que esquivarlos cuando labran la tierra. Basta con tomar el tren desde Tirana a Durrës para ver decenas de ellos.
¿Por qué los construyeron? Enver Hoxha, que dirigió Albania desde 1944 hasta 1985, año en que falleció, temía una agresión. “Era un paranoico”, comenta Ina Izhara. “Pensaba que todo el mundo quería invadir Albania. Se alió con Yugoslavia justo después de la Segunda Guerra Mundial. Rápidamente se peleó con Tito y se hizo amigo de la URSS. Cuando todo el mundo estaba en contra del estalinismo, esta alianza ya no le convenía. Entonces inició una colaboración más estrecha con China y, al imaginar que todo el mundo estaba en su contra, se preparó para la guerra construyendo búnkers”.
“Aquí la gente viene para perder la virginidad”, bromea Ina Izhara. “Hace poco, un colega tuvo una aventura con una chica que conoció en una discoteca, en un búnker de Saranda. ¡No fue nada agradable! Hacía frío y pisó un montón de excrementos sin darse cuenta”.

La segunda vida de los búnkers

Durante años, nadie tocó los búnkers de Hoxha. “Hasta que los serbios se pusieron a bombardear Kosovo”, señala Caushi. “En Albania cayeron algunas bombas, también sobre los búnkers. ¡Entonces nos dimos cuenta de que estas construcciones, que supuestamente debían servir como refugio durante un eventual ataque nuclear, se caían como castillos de naipes! Fue un shock para mucha gente. Se dieron cuenta de que esa supuesta grandeza del comunismo era como el viento, una mentira, un espejismo”.
Entonces comenzó la segunda vida de los búnkers, una existencia civil. La gente dejó de respetarlos.
En el campo, se transformaron en pocilgas, en la ciudad, sirvieron hasta hace poco de frigoríficos.
Ahora que los albaneses disponen de los medios para comprarse frigoríficos, los búnkers se han convertido en vertederos públicos.

En la capital es distinto.
Blokku es un barrio de Tirana que estaba cerrado y bajo alta vigilancia en la época comunista; aquí es donde vivía la élite, Enver Hoxha, sus ministros y sus camaradas.
Cada edificio disponía de un refugio subterráneo de hormigón.
“Actualmente, Blokku es el barrio para salir de fiesta”, comenta sonriendo Kamelja, estudiante de derecho.
Estos antiguos refugios hoy albergan bares y discotecas.

La salida mental del comunismo

En el centro de Tirana, hay otro búnker: una gran pirámide erigida por Pranvera, la sobrina de Hoxha, cuando éste murió. Quería hacer en ella su tumba y convertirlo en lugar de peregrinaje para los colegios, el ejército y los trabajadores. Pero la pirámide está vacía y repleta de grafitis. Los más atrevidos practican skate sobre sus feos muros.
“Paso delante de ella para ir al trabajo”, comenta Gjergi Ndrecën, que estuvo encarcelado durante siete años bajo el mandato de Hoxha, acusado de “propaganda anti-revolucionaria”.
“¿Qué habría que hacer con esta pirámide? ¡Pues lo mismo que con los búnkers! Meter abono, neumáticos y prenderle fuego. La demolición de los búnkers es el comienzo de nuestra salida mental del comunismo. Mientras vivamos en un espacio creado por los comunistas, estaremos gobernados por el espectro de Hoxha”.

No hay comentarios:

Publicar un comentario