sábado, 13 de octubre de 2012

El chivo expiatorio "pharmakos" en la Antigua Grecia

En la antigua Grecia el pharmakos era un chivo expiatorio al que se sacrificaba con la finalidad de purgar las tensiones y violencias acumuladas durante un espacio de tiempo en la comunidad de turno. La muerte o la expulsión (en épocas más recientes se sustituía el sacrificio por a expulsión) del pharmakos permitía purificar a la polis, devolviéndole la pureza interior perdida supuestamente a manos del contagio exterior (el Mal, en prácticamente todas las culturas, posee siempre una connotación de exterioridad). El ritual se celebraba en lugares como Abdera, Tracia, Marsella y sobre todo, todos los años, en Atenas. Todavía en el siglo V a.C. autores como Aristófanes y Lisias aluden a este fenómeno que se representaba el 6º día del mes Targelión (inicio de la fiesta de las Targelias), que era también, paradójicamente, el día del nacimiento de Sócrates, al que en ocasiones se refiere Platón en sus diálogos como pharmakeus (sinónimo de pharmakos).
Pharmakos procede del término pharmakón, que es la raíz de palabras como ‘fármaco’ o ‘farmacia’, y que viene a significar, en el contexto que dio origen a la filosofía griega, a la vez dos cosas contradictorias, en este caso, aquello que enferma y su remedio, el veneno y lo que salva, lo que condena y lo que libera, etc. En suma, una ambivalencia esencial que se pretende erradicar (lo ambivalente, como lo exterior, es un rasgo negativo en casi todas las culturas).

Autores como James Frazer (en La rama dorada) o Jean Pierre Vernant (Mito y tragedia en la Grecia antigua) se refieren al funcionamiento de este ritual (el sacrificio del pharmakos no sólo se celebraba mediante este ritual, sino que también se llevó a cabo de forma improvisada en épocas de crisis social), que consistía básicamente en la elección de dos pharmakoi, uno para los hombres y el otro para las mujeres, que eran dirigidos en procesión por la ciudad. Durante la misma eran sometidos a distintas agresiones, que aumentaban de forma progresiva: se los insultaba, golpeaba en los genitales (con cebollas, higueras y otras plantas) y luego, finalmente, eran sacrificados, mediante lapidación. Posteriormente, su cadáver era quemado y sus cenizas dispersadas. Los pharmakoi eran escogidos entre individuos de las clases bajas, huérfanos o lisiados (que por algo las deformaciones físicas siempre han sido uno de los criterios sacrificiales más utilizados a la hora de escoger víctimas). Nos encontramos con una operación que es universal: la expulsión de la exterioridad, de aquello que se demoniza por ser exterior o se cataloga de externo por ser previamente demonizado. Se buscaba (o construía) en ellos elementos llamativos que los diferenciaran de la mayoría de los ciudadanos. La idea era señalar una diferencia y dotarla de contenido para que a partir de ella la identidad propia se consolidara con más fuerza. Al final, contra la víctima, individualizada y excluida por la fuerza, se unía toda la población, lo que propiciaba una unanimidad que alejaba, aunque sólo fuera de forma momentánea (los ciclos sacrificiales siempre están en marcha), las tensiones internas que amenazaban con romper el orden social. Ésta es, básicamente, la finalidad de los ritos expiatorios.

Sin embargo, en estos casos no todas las víctimas eran escogidas entre lo más bajo de la sociedad, sino que en ocasiones los candidatos se seleccionaban en ámbitos más elevados. René Girard, por ejemplo, ha analizado esta cuestión en las monarquías africanas (La violencia y lo sagrado), en las que eran tradicionalmente los reyes los designados para el sacrificio. Esto podría parecer, en un principio, algo extraño, pero tiene su lógica: el rey, como el mendigo o el mutilado, se mantiene en un estatus distinto al de la mayor parte de la comunidad, y es esta diferencia decisiva la que los hace candidatos tan idóneos para propiciar, en su exclusión (ya sea por muerte o expulsión), su contrario: la identidad, la unidad, el orden. El rey excede a la mayoría por arriba, mientras que el mendigo o el lisiado lo hacen por abajo. A este tipo más ‘elevado’ de víctima corresponde el caso de Edipo, analizado brillantemente entre otros por los citados Vernant y Girard. Recordemos también el caso de los tupinamba, ya citado en este Nickjournal).

Esta mecánica de expulsión se da en dos ámbitos: en el empírico-social y en el inteligible. En el caso del sacrificio del pharmakos se constituye la clausura del sistema, de la propia comunidad que pretende preservar una cierta pureza interna. El orden (que se opone al desorden) y la identidad (opuesto a diferencia), en forma de unanimidad conseguida contra la víctima propiciatoria, retorna a la ciudad después del momento perturbador del caos y de las violencias recíprocas. Todo se (re-)configura alrededor del proceso expiatorio, tanto a nivel cultural como social. En este caso la verdad también se da como clausura y como exclusión de la diferencia. El pharmakos es un purificador (kathársios), gracias al cual la clausura del sistema permite ser blindada con sangre y vísceras. La dinámica ambivalente que lleva primero a demonizar víctimas y luego, tras matarlas, a divinizarlas, se corresponde con la esencia del pharmakos (y con casi toda víctima sacrificial). Aquel a quien se responsabiliza exclusivamente de los males de la población es después también el responsable, con su muerte catártica, de la liberación de los mismos males. Esta capacidad que se les atribuye de provocar lo peor y lo mejor es lo que los acaba convirtiendo en dioses. La ambivalencia y sus poderosos efectos definen básicamente tanto la divinidad del pharmakos como lo mágico del phármakon

Edipo Rey, de Sófocles
“De modo que nadie considere feliz a quien todavía tiene que morir, sino que le debe examinar con toda atención todos los días de su vida, incluido el último en que vea la luz, hasta que franquee el límite de su vida sin haber sufrido nada doloroso”.

Esta es la frase que, pronunciada por Corifeo cierra el Edipo Rey de Sófocles y que, a modo de consejo, alude a la experiencia vivida por Edipo. Éste, presentado al inicio de la obra como el todopoderoso tyrannos que ha salvado a Tebas de la maldición de la Esfinge, se convertirá, en la resolución, en el vil y traidor pharmakos que tiene que ser expulsado de la ciudad para que vuelva a gozar del orden necesario para su buen funcionamiento.

Sófocles escribió Edipo Rey entre los años 440-425 a.C., época en la que Atenas, bajo el gobierno de Pericles (que representaba los intereses de la clase mercantil) consiguió una extraordinaria prosperidad. La ciudad se llenó de monumentos y la vida intelectual se enriqueció con personalidades como la de Sócrates, Fidias o el propio Sófocles, entre otros. Durante el siglo V a.C. Grecia, y particularmente dicha ciudad, fue también notablemente prolífica por lo que concierne a la creación de obras trágicas, de las que nos han llegado aquellas de Esquilo, Eurípides y Sófocles.

Las siete obras teatrales que se conservan íntegramente de este último (Áyax, Las Traquinias, Antígona, Edipo Rey, Electra, Filoctetes y Edipo en Colono) ponen de relieve su admirable estilo literario, caracterizado por el equilibrio, la armonía y el uso frecuente y magistral de la ironía. De todas ellas, Edipo Rey es la obra de la que se han hecho, y se hacen, más lecturas, al ser tomada como modelo paradigmático del género trágico.

Como ya se ha apuntado anteriormente, Edipo rey se inicia con la presentación del héroe como tirano de Tebas y, por lo tanto, como aquél en cuyas manos reside la solución para terminar con la desgraciada peste que en esa época diezma a la ciudad. Según el oráculo de Delfos, el final de la epidemia llegará en el momento en el que se expulse de Tebas al asesino de Layo, antiguo tirano de la ciudad y padre natural de Edipo. Mientras este pharmakos continúe viviendo en ella, la contaminación del territorio seguirá su curso, condenando a muerte a todos aquellos que también la habitan. Así pues, Edipo empieza obstinadamente la búsqueda de este personaje maldito, sin saber que es él mismo quien lo encarna, siendo, pues, el culpable de la muerte de su propio padre. A medida que avanza el relato, y gracias a las intenciones del ciego adivino Tiresias, de la reina Yocasta y de un sirviente del reino, Edipo va reuniendo todas las piezas necesarias para descubrir su propia historia. Criado por los reyes de Corinto, que le hacen de padres, Edipo se escapa de casa al crecer, temiendo que la palabras del oráculo (”matarás a tu padre y te casarás con tu madre”) se hagan realidad. Cuando llega a Tebas, y después de haber matado a Layo, derrota con su ingenio a la perversa Esfinge, que tiene atemorizada a la ciudad. Como premio, Edipo se convierte en el tirano de la misma, casándose con la viuda de Layo, la reina Yocasta, con la cual tiene cuatro hijos. La reina, sin embargo, resulta ser su madre biológica que, juntamente con Layo, y para evitar el cumplimiento del oráculo, donaron al recién nacido a un criado para que lo matara en las montañas. Éste, en cambio, compasivo, lo ofrece a un pastor, que a su vez lo regala a los reyes de Corinto, deseosos de tener un hijo. El momento culminante de la obra es, precisamente, aquél en el cual el protagonista descifra el enigma de su propia existencia, causando el suicidio de Yocasta. Ciego, pues él mismo decide arrancarse los ojos, Edipo abandona Tebas para no volver nunca más.

Si puede afirmarse con rotundidad que Edipo es un modelo ejemplar de héroe trágico es porque en él se asienta la tragedia entera, es decir, de él parten y a él llegan todos los estímulos que hilvanan su acción. Caudillo de Tebas, orgullo y salvación de la ciudad, acaba siendo el peor de la tierra, deshonrándola y llevándola a la desgracia. Lúcido y ciego, inocente y al mismo tiempo culpable, se sitúa, al principio de la obra, más allá de la condición humana: salvando al pueblo de la maldición de la Esfinge, su superioridad se acerca a la de los dioses.

Paradójicamente, sin embargo, termina excluido de la comunidad, reducido a la nada, como una bestia. Así, pues, Edipo representa la distancia entre los dioses y los hombres, y, al mismo tiempo, aquella que dista entre estos últimos y los animales. Su perspicacia y voluntad para identificarse se convierten en la Hybris que precipita la catástrofe y favorece la propia destrucción. En este caso, pues, la Sophrosyne no es otra cosa que el deseo de ignorar la verdad de los sucesos, deseo personificado en Yocasta, que en todo momento intenta detener las investigaciones de su hijo y marido. Tal y como afirma J. Donado, “el mejor de los bienes que asisten al hombre, la inteligencia, no es más que pura sombra”¹. El ingenio, que en su día fue, para Edipo, la llave que le abrió las puertas del reino de Tebas, termina convirtiéndose en su propio enemigo.

Por otro lado, la desmedida del héroe viene dada también por la superposición generacional que encontramos en la relación de descendencia de Edipo y Yocasta. La boda entre madre e hijo altera todos los vínculos del parentesco: la esposa de Edipo es su propia progenitora; sus hijos son a la vez sus hermanos; y su cuñado, Creonte, es también su tío. La inexistencia de una clara designación de papeles dentro del seno familiar, puesto que no hay posiciones estables, provoca, como consecuencia, el desorden y el caos en la ciudad. Aunque de modo inconsciente, Edipo vulnera las leyes que conforman la moral colectiva, destruyendo así la armonía de esta colectividad. Con su exilio, Edipo, ciego pero al fin portador de un alma iluminada por la verdad, se encamina hacia aquella Sophrosyne que, en tiempos de gloria, se escondía bajo la oscuridad más absoluta.
¹ DONADO VARA, José. Prológo a SÓFOCLES, Tragedias completas, Cátedra, Madrid, 1998. Pág. 198.
Fuentes

No hay comentarios:

Publicar un comentario