lunes, 15 de octubre de 2012

De la coca a la cocaína: una larga historia

1. Una Vieja Historia
La coca, al igual que la papa o el maíz, pertenece, sin duda, al patrimonio cultural del continente americano. Según el excelente estudio "Mama Coca" del etnólogo Antonil, editado en Londres en 1978, sus orígenes se remontan a los comienzos del período postglaciar, cuando el arbusto hoy conocido como «Erythroxylum coca» debe haber sido descubierto en las faldas orientales de los Andes centrales por los pequeños grupos de nómadas que empezaron a poblarlas.
Las más antiguas pruebas arqueológicas del consumo humano de la hoja de coca datan del IV período precerámico, que se extiende desde el año 2.500 hasta el año 1.800 antes de Cristo. La presencia milenaria de la coca en las sociedades andinas también ha sido corroborada por la costumbre ancestral de enterrar a los muertos junto con bolsas de hojas de coca en calidad de viático para el «largo viaje a la eternidad».
Por otra parte, la cerámica de la mayor parte de las culturas precolombinas en abundante testimonio de la práctica masticatoria de la hoja de coca en lo que hoy son Bolivia, Perú, Ecuador y Colombia ( (1)). Asimismo, la tradición oral nos habla del carácter telúrico de la coca: entre los aymaras de Bolivia aún se transmiten de generación en generación mitos y leyendas acerca del origen del «divino arbusto» en las tierras fértiles del antiguo Kollasuyo.
Aunque aún no está totalmente zanjada la cuestión de si en la antigüedad americana el consumo de la hoja de coca ya era universal o, más bien, estaba restringido a ciertas élites, sí se sabe que en la civilización incaica la coca desempeñó un rol de primera importancia. El Estado la usaba tanto para la diplomacia del Inca (como expresión de amistad o de retribución de servicios) como también en el ceremonial religioso de la corte imperial; igualmente servía como moneda o instrumento general de intercambio, pues se practicaba el trueque de coca por otros productos.
Lo que no parece haber existido es un control o «monopolio» por parte de la casta gobernante sobre el conjunto de la producción, distribución y consumo de la coca por la sencilla razón de que no había medios para ejercerlo en todo el ámbito del gigantesco imperio. Por eso, para asegurar la satisfacción de las necesidades del Estado y el consumo personal de sus funcionarios, la administración incaica no se contentó con imponer a los pueblos conquistados el pago de un tributo en coca, sino que, además de ello, organizó un sistema de producción estatal de coca en plantaciones que pasaron a ser propiedad del Inca; en ocasiones, los propios trabajadores (mitimaes) eran utilizados para «expropiar» las cosechas de las plantaciones no estatales.
Además de las funciones económica, política y social que tenía la coca en la vida pública andina, no cabe duda de que, desde antiguo, también poseía un valor de carácter sagrado, relacionado con el mundo de las creencias religiosas. Así, los cronistas coloniales relatan la costumbre de los aborígenes de echar hojas de coca al suelo, en honor a la Pachamama (Madre Tierra), al iniciar las cosechas o al edificar una casa; o la costumbre de ofrecer algunas hojas al dios Inti (Sol) o al fuego antes de ponerse a coquear.
Cuando sobrevino la invasión española, a comienzos del siglo XVI, la coca no tardó en ser asimilada por la nueva economía colonial. Las plantaciones de propiedad del Inca fueron distribuidas, por «encomienda» de la Corona española, a ciertos colonos y se autorizó el pago de las deudas en hojas de coca. Ya en 1548, dieciocho de los cuarenta y cuatro «encomenderos» de Charcas recibían hojas de coca como parte del tributo que habían impuesto a los indígenas.
En la segunda mitad del siglo se produce un auténtico «boom» de la coca. Su causa principal es, sin duda, la concentración demográfica que se forma en torno a las minas de plata de Potosí: con 120.000 habitantes, Potosí era, en 1573, más grande que Sevilla, Madrid, Roma o París. El descubrimiento de que las virtudes energéticas de la coca aumentaban el rendimiento de los «indios» forzados a trabajar en las minas, a pesar de las condiciones infrahumanas que les impusieron los «conquistadores», condujo a la burocracia colonial española a la conclusión de que, así como «las Indias» no eran nada sin Potosí, la colosal máquina potosina dejaría de funcionar sin la coca.
De este modo se creó un enorme mercado consumidor de la hoja de coca, a razón de 100.000 cestos (de unas 20 libras cada uno) por año. Numerosos colonos empezaron a dedicarse exclusivamente al comercio de la coca, mientras otros abrían nuevas plantaciones para aprovechar la creciente demanda proveniente de las minas. En poco tiempo, el tráfico de la coca se convirtió en un gran negocio y en el origen de fabulosas fortunas, además de ser la segunda fuente de ingresos de la Corona española. En el Cuzco, de donde salía el grueso de la producción con destino a Potosí., cuatrocientos mercaderes españoles engordaban a expensas de la coca y tanto el obispo como el resto de la frondosa jerarquía eclesiástica extraían la mayor parte de sus rentas de los diezmos sobre la coca.
Hacia mediados del siglo XVII, los Yungas de La Paz empiezan a desplazar al Cuzco como principal zona productora de coca durante el coloniaje. En el último cuarto del siglo XVIII, su producción oscila entre los 230.000 y los 300.000 cestos; el 88 % de la misma procede de 341 haciendas, todas ellas propiedad privada de criollos o mestizos. Fue en esa época que, ante la insuficiencia de la mano de obra local, los propietarios empezaron a comprar esclavos africanos en el puerto de Buenos Aires.
Así fue como, durante el coloniaje español, la coca entró a formar parte de una economía de mercado. Pero también se integró en la cultura colonial bajo otras modalidades. Los médicos, por ejemplo, la incorporaron a su farmacopea como medicamento contra el asma, las hemorragias, los dolores de muelas, las fracturas de huesos, los vómitos.. la diarrea, etc. Toda la sociedad colonial terminó haciendo uso de ella bajo la forma de inhalaciones, infusiones o cataplasmas. En cuanto al hábito de su masticación, trabajadores blancos, mestizos y negros también terminaron rindiéndose a sus bondades.
Tras la expulsión del colonialismo español en el primer cuarto del siglo XIX, la coca siguió ocupando un lugar destacado en las costumbres y en la economía de las nuevas naciones andinas. Así, en Bolivia, la producción yungueña sigue batiendo todos los récords: en 1882, sólo 200 haciendas producen más de 200.000 cestos anuales, pero 80 de ellas acaparan el 75%. En la «Sociedad de Propietarios de Yungas» se concentran también los intereses del grupo terrateniente local. Para pertenecer a ella, basta con producir 25 cestos de coca por cosecha; pero el que produce más de 300 tiene doble voto.
Mientras tanto, poco o nada ha cambiado en la vida de los aymaras y quechuas, que siguen siendo la gran mayoría de la población. Reducidos a una extrema pobreza, segregados de la sociedad oficial y carentes de todo poder, su batalla es la de la supervivencia. Y. cuando la paciencia se acaba, la de la rebelión en busca de un mañana mejor. Y en todas ellas también los acompaña la coca.
2. Un Viejo Debate
Si bien la coca forma parte de la riqueza natural y cultura del mundo andino desde la más remota antigüedad, el debate sobre la conveniencia o no de su consumo sólo comenzó con la llegada de las culturas europeas.
Desde los albores mismos del coloniaje, los invasores se pusieron a discutir acaloradamente entre ellos sobre si se debía o no seguir «tolerando» la costumbre universal de usar la coca con que se encontraron en el Perú. Así, mientras el «geopolítico» Juan de Matienzo defendía las virtudes energéticas de la masticación de la coca en nombre de la explotación de la fuerza de trabajo indígena («el zumo de la coca que se meten a la boca les quita parte de la natural pereza y flojedad que tienen», 1567), los oscurantistas del primer Concilio eclesiástico de Lima (1551) condenaban cualquier empleo de la hoja a causa de sus «propiedades satánicas» vinculadas con una religión pagana.
Sin embargo, todos los debates estuvieron viciados desde el comienzo por una limitación inherente a ellos que aún subsiste hasta nuestros días: han sido debates en el seno de las clases dominantes, cuyos miembros (españoles, criollos, mestizos) se enzarzaban en opiniones más o menos enfrentadas sobre la conducta que debían observar los aborígenes, mientras que los verdaderos interesados no tenían ninguna oportunidad de hacer oír sus puntos de vista. Además, desde el momento en que hubo colonos que se pusieron a cultivar y mercadear la coca, toda opinión quedó marcada por el juego de los intereses económicos.
Ese es, sin duda, uno de los factores que más han entorpecido y desfigurado el debate sobre el consumo tradicional de la hoja de coca: la falta de respeto y el colonialismo cultural de que han sido víctimas desde las invasiones europeas todos los habitantes aborígenes del continente americano. Desde los "conquistadores" del siglo XVI hasta los tecnócratas del siglo XX, el punto de vista con que se ha enfocado la cuestión de la coca ha sido casi siempre el punto de vista "colonial".
Así, no sólo en el siglo XVII podían escucharse exabruptos como el del cronista Huaman Poma de Ayala ("No dejan el vicio y la mala costumbre sin provecho, porque quien la toma lo tiene sólo en la boca, ni traga ni lo come") o, en el siglo XVIII, como el del Intendente de Potosí, F. de P. Sanz: "No hay alguno de las castas dichas que empiece a enviciarse en el mascado y jugo de esta hoja que por más ágil, más activo y más laborioso que sea, no empiece a entorpecerse en todo hasta llegar a un estado de estupidez."
En pleno siglo XX, la "Revista Española de Antropología Americana", editada en Madrid (España), daba curso a esta tesis "científica": "El hábito de la coca es uno de los problemas más importantes que existe en los países cuyos aborígenes se hallan entregados al vicio de esta grave toxicomanía que produce estragos y es, quizá, una de las causas principales que tiene sumidos a más de siete millones de indios, mestizos y blancos de América del Sur en un estado de apatía y abulia (...) sin estímulo para adoptar los cambios materiales, el progreso" (núm. 6, 1971, página 179).
Huelgan los comentarios. El carácter neocolonialista cuando no racista de esta visión disfrazada de paternalismo y progresismo salta a la vista. En cambio, los antropólogos opuestos al esquema de visión "colonial" se han preocupado de averiguar primero qué significa la coca hoy en día para los campesinos de Bolivia y Perú. De este modo han descubierto lo que bien podría denominarse una "cultura de la coca"; es decir, han empezado situando el lugar que ocupa la coca dentro del universo cultural indoamericano.
Buena muestra de esta nueva antropología es la obra colectiva de los norteamericanos William Carter y P. Parkerson y de los bolivianos Mauricio Mamani y José Morales, "La coca en Bolivia", editada en La Paz (Bolivia) en 1980. En ella, los autores demuestran, mediante encuestas, que, tanto en el campo, como en la mina o en la ciudad, los aymaras y quechuas de Bolivia siguen masticando coca cuando trabajan, no sólo por razones energéticas, sino también porque el coqueo ya forma parte de las relaciones de trabajo.
La coca, sin embargo. tiene un radio de acción que va más allá de sus virtudes fisiológicas: es un componente fundamental de toda relación social. No hay circunstancia alguna en que se encuentren varias personas, tanto hombres como mujeres, que no sea buena para coquear. No se puede comprar una vaca u otro animal en la feria sin que el presunto. comprador invite previamente al vendedor con un puñado de hojas de coca; una vez entablado el coqueo, sólo entonces se podrá discutir el precio.
Ninguna autoridad local puede recibir la visita de sus bases sin que éstas le ofrezcan coca como primer paso. Igualmente, quien se beneficia de la ayuda de otros para cualquier trabajo (recoger la cosecha o levantar una casa) ha de proveer de hoja de coca a sus cooperantes como gesto mínimo de recompensa.
Sólo ahora se empieza a descubrir y comprender lo que significa la coca para millones de personas. Como dicen los autores de la obra citada, "en ninguna otra parte del mundo encontramos una sustancia tan vital a la integración social como es la coca en las comunidades andinas tradicionales."
Pero aún hay algo más. Independientemente de su connotación de tipo religioso -con las hojas de coca se puede "leer" el futuro o «indagar» en lo desconocido-, la coca desempeña hoy en día también una profunda función sicológica. Se podría decir que el hombre andino encuentra en ella uno de los pocos asideros que le quedan de su identidad cultural. Sometido hasta hace poco a un régimen de servidumbre humillante por el «hombre blanco», manipulado siempre por los amos, patrones, caciques y generales de turno, acorralado y alienado en su propio territorio, el aymara y el quechua (campesino, minero o cargador) encuentra en la coca una especie de «refugio», que le da fuerza para seguir sobreviviendo en medio de tanta adversidad. Mascando coca, afirma su identidad. La coca es su hilo de continuidad histórica como colectividad que no se rinde ante la «civilización» y el «progreso».
Como dice el antropólogo peruano Mayer, «la coca es un poderoso símbolo de identidad y de solidaridad de grupo, que separa claramente a los que están con ellos y los que no. De allí también la frustración e impotencia que la clase dominante siente y que correctamente ve en la coca una de las mayores barreras de penetración y captura de la imaginación indígena. Y es por esto que tenemos violentos ataques a la coca y los exagerados efectos dañinos que supuestamente causaría a la población».
Lo mismo pasa en Bolivia: «La minoría hispánica dominante en Bolivia tiende a ver el consumo de la coca como una cosa sucia, atrasada y, en algunos casos, inclusive como una costumbre peligrosa. Tienen razón al desconfiar de ella, ya que es por medio del ofrecimiento y la aceptación de la coca dentro de las normas tradicionales prescritas que los habitantes de las comunidades indígenas de Bolivia establecen la confianza, excluyen a los forasteros y conservan con orgullo su herencia propia» («La coca en Bolivia»).
3. La Coca en el Banquillo
En 1925, a orillas del apacible lago de Ginebra (Suiza), se reunía la II Conferencia Internacional del Opio en el marco de la Sociedad de las Naciones y declaraba a la coca «nociva para la salud». Como era de esperar, la delegación boliviana se opuso y lo hizo en nombre del consumo popular de la coca en su país. Ciertamente, no lo hizo por solidaridad con la cultura de los pueblos andinos, sino porque los miembros de la delegación no eran más que portavoces de los intereses económicos que defendía la «Sociedad de Propietarios de Yungas».
Durante un cuarto de siglo, los productores bolivianos de coca combatieron el veredicto de la Sociedad de las Naciones argumentando que el uso tradicional de la hoja de coca por parte de los habitantes autóctonos de los Andes no llegaba a rebasar los límites de las defensas orgánicas y destacando, sobre todo, su valor nutritivo en vitaminas. En dos ocasiones (1928 y 1948), los productores patrocinaron sendos estudios sobre los beneficios del consumo de la coca, con el fin de contrarrestar la opinión prevaleciente en la Sociedad de las Naciones.
Pero de poco valieron tales esfuerzos. En 1948, la recién creada Organización de las Naciones Unidas (ONU) bajo influencia norteamericana ordenó una investigación sobre la coca y el hábito de su masticación en Perú y Bolivia. Tras visitar ambos países en 1949-1950, la comisión investigadora dictaminó que la masticación de la hoja de coca es «peligrosa para la salud», aunque no es propiamente una toxicomanía. ya que entre sus «efectos perjudiciales» figuran:
a) la «desnutrición», a causa del poder inhibitorio de la sensación de hambre que poseen los jugos de la hoja masticada;
b) «modificaciones desfavorables» de tipo «intelectual y moral»,
c) la «reducción del rendimiento» económico-laboral.
Esta tesis adquirió rango de dogma en el seno de la ONU. Una vez sentada, la comisión procedió a recomendar que, en el plazo máximo de quince años, la producción de la coca sea suprimida. Desde entonces, la coca está sentada en el banquillo de los acusados de la ONU y es objeto, año tras año, de toda clase de deliberaciones e informes a cargo de sus organismos especializados.
¿Por qué tanta saña? Todo había comenzado a fines del siglo pasado, cuando la hoja de la coca empezó a ser utilizada también como materia prima para la elaboración de cocaína con destino a la drogadicción.
Según uno de los informes anuales de la ONU (1973), el uso de la cocaína como droga se extendió ampliamente en Europa y en los Estados Unidos entre 1900 y 1910, para luego casi desaparecer del mercado entre las dos guerras mundiales y aparecer otra vez al terminar la segunda. De ahí la preocupación de la ONU.
Así, por ejemplo, en 1957, la Comisión de Estupefacientes de la ONU se felicitaba de que, según informaciones del gobierno boliviano, «la masticación de la hoja de coca está en camino de desaparecer gracias a la aplicación de la Ley de Reforma Agraria y de la Ley de Reforma Educativa, así como a la integración de todas las clases de la población autóctona a la vida civil de la nación».
Dos años más tarde, sin embargo, la Comisión de Control del Opio ensombrecía el panorama asegurando, en términos confusos, que «la masticación de las hojas de coca es la causa principal del tráfico internacional ilícito, al que también se dirige la fabricación clandestina de cocaína».
En 1963, el Comité Central Permanente del Opio dio el primer grito de alarma: el gobierno de Bolivia no está cumpliendo sus compromisos con la ONU, pues, según datos de la Comisión de Estupefacientes, la producción real de coca no sólo no estaría disminuyendo y tampoco sería de sólo 3.000 Tm. anuales -tal como declaró oficialmente el gobierno de Bolivia en 1962-, sino que llegaría a las 12.000 Tm. anuales, de las cuales sólo la mitad sería utilizada para la masticación, quedando la otra mitad libre para la fabricación clandestina de cocaína.
Bolivia aparecía, pues, así, por primera vez, acusada de estar funcionando como país exportador de cocaína. Ante semejante situación, el gobierno procedió a invitar a una misión especial de la ONU, ante la que se comprometió, en enero de 1964, a:
1) Reducir la producción de coca hasta su extinción total, en el plazo máximo de 25 años;
2) Hacer disminuir el coqueo hasta llegar a su absoluta abolición, utilizando para ello, «por todos los medios, la propaganda contra el hábito de la masticación: libros, escolares, prensa, radio, cine, etc.»;
3) Luchar contra el narcotráfico y la toxicomanía.
En 1965, la ONU se quejaba ante el recién instalado régimen militar en Bolivia de que, quince años después de iniciada la guerra contra la coca, «las seguridades dadas en varias ocasiones anteriores por el gobierno han quedado sin efecto» y de que «hasta ahora no ha recibido ninguna información sobre la aplicación de las medidas cuya ejecución inmediata se había estipulado», expresando su confianza en la voluntad del nuevo gobierno.
A partir de 1968 empezó a funcionar una Junta Internacional de Fiscalización de Estupefacientes (JIFE), que, desde su primer informe, asumió acríticamente la opinión generalizada de que el coqueo es «un pernicioso hábito arraigado desde hace mucho tiempo entre los indios andinos» y «un problema sanitario local» que «obstaculiza el progreso económico y social de aquella región».
Al mismo tiempo, la JIFE ponía otra vez el dedo en la llaga de la confusión mencionando de paso que «en los últimos años ha habido indicios inequívocos de la intensificación del tráfico ilícito de cocaína». Sin embargo, el estudio de la Comisión de Estupefacientes sobre el tráfico de drogas en el período 1970-1971 no incluye la menor alusión a Bolivia.
En 1971, la JIFE volvió a constatar el fracaso de la política de la ONU en Bolivia («la Junta lamenta profundamente no haber podido lograr, a pesar de los repetidos esfuerzos realizados, la cooperación eficaz de las autoridades nacionales en el cumplimiento de los tratados sobre estupefacientes») y lanzó al mundo dos nuevas tesis:
1) Mientras subsista el coqueo, es imposible evitar la fabricación clandestina dé cocaína, que inundará el mercado internacional,
2) La «comunidad mundial» cree que «la buena vecindad internacional», exige «animar» y «ayudar» a los gobiernos de Perú y Bolivia a que supriman el cultivo organizado del arbusto de la coca.
Siete años después, la JIFE reconocía que «las dimensiones sociales, económicas y políticas de este problema son tales que, a pesar de todas las declaraciones de buenas intenciones, no se ha producido ningún retroceso de los cultivos». Era la confesión de casi treinta años de miopía. Al mismo tiempo, la JIFE daba señales de estar tomando conciencia de que el problema del narcotráfico de cocaína no es un asunto de la coca, sino del mundo de las mafias, cuando planteaba que «sería deseable que los gobiernos (...) se decidan a someter a pesquisas más estrictas los movimientos de capitales vinculados al financiamiento del tráfico internacional de drogas. Esto podría hacer posible la identificación de quienes lo financian, es decir, de sus auténticos organizadores».
Resulta evidente que el punto débil fundamental de la retórica de la ONU radica en la involucración que hace entre dos asuntos diferentes e independientes -el de la masticación de la hoja de coca y el de la elaboración de cocaína para el mercado internacional-, cuya confusión nace del estereotipo que se creó en 1950 a partir del único estudio internacional que se hizo sobre el terreno acerca de la significación del coqueo. Y es que en la ONU también sigue predominando el punto de vista «colonial».
4. La Droga de los Ricos
El proceso que se sigue para la elaboración de la cocaína es el siguiente: se abren en la tierra unos fosos de unos cinco metros de largo por medio metro de profundidad y sus paredes se las reviste con nylon o polietileno. En ellos se vacían los recipientes de hojas de coca, que generalmente son fardos conocidos como «tambores», cubiertos con hojas de plátano.
Las hojas de coca secas son mezcladas en los fosos con ácido sulfúrico diluido en agua, que actúa como disolvente. La masa que se forma es entonces pisoteada hasta que se convierte en una pasta. Acto seguido se le añade kerosene, que hace que el alcaloide suba a la superficie. El jugo es trasladado a unos recipientes adecuados, donde se lo va secando en prensas y al sol. Con ello se ha logrado ya el sulfato de cocaína, también llamado «base» o «pasta básica». Esta pasta puede ser mezclada con tabaco y consumida como cigarrillo («pitillo» o «porro»), pero la dosis de cocaína que inhala el fumador es ínfima.
Una vez obtenida la «base», el proceso generalmente continúa. La pasta de sulfato es lavada para quitarle todas las impurezas. Para esta operación se solía utilizar éter, pero debido a su olor muy fuerte ha sido sustituido por acetona. Una vez lavada la pasta básica, se le añade ácido clorhídrico y se obtiene el producto final: el sulfato se ha convertido en clorhidrato de cocaína, es decir, en cocaína pura.
De 110 kg. de hoja de coca se fabrica 1 kg. de sulfato base; con 2,5 kg. de esta pasta se obtiene 1 kg. de pasta «lavada» y de ésta se puede sacar, dependiendo de la habilidad del químico, más de 600 gr. de cocaína pura. Para que rinda más, se suele mezclar la cocaína pura con polvos de talco o azúcar muy refinada; así, de 1 kg. de cocaína pura puede llegar a sacarse hasta 10 kg. de cocaína adulterada.
La forma de consumo del clorhidrato de cocaína es por aspiración nasal, para lo cual suele utilizarse cualquier instrumento en forma de tubo (por ejemplo, un bolígrafo sin carga interna o un billete enrrollado). Un gramo de cocaína pueda dar para un mínimo de 6 y un máximo de 20 aspiraciones; el efecto de una aspiración por cada fosa nasal suele durar al menos 30 minutos. Pero esto, naturalmente, depende del grado de pureza de la cocaína inhalada.
Es difícil precisar cuál es la dosis de cocaína capaz de producir un efecto específico, no sólo a causa de la falta de información, sino también porque en distintas personas se registran reacciones diferenciadas. Así, una misma dosis puede producir en un individuo un estímulo ligero, mientras que en otro la misma dosis puede crear una reacción paranoide. Algunas experiencias de laboratorio sugieren que la cocaína tomada por vía bucal no produce efectos eufóricos o sólo de forma muy mitigada. En cambio, por vía intravenosa puede ser peligrosa.
Aunque aún no están suficientemente estudiados los efectos de los demás alcaloides que contiene la hoja de coca además de la cocaína, todas las opiniones concuerdan en reconocer que tanto la hoja de coca como la cocaína eliminan o mitigan la fatiga, permitiendo al consumidor entregarse a una actividad fisica determinada por más tiempo y con más energía. A este respecto, ya Freud sentenció: «El uso más importante de la coca continuará siendo el que los indígenas le ha asignado desde hace siglos: convendrá tomarla cada vez que sea importante aumentar por un tiempo limitado la eficacia física del cuerpo, sobre todo cuando no es posible el reposo y la alimentación necesaria para ese exceso de trabajo.»
Pero hay una diferencia sustancial en el consumo de la hoja de coca y de la cocaína. Según el informe de la comisión de la ONU destacada a Perú y Bolivia en 1949-1950, los indígenas de estos países consumen un promedio de 50 a 100 gramos de hoja de coca por día, lo que supone una asimilación de unos 150 a 300 miligramos de cocaína. En cambio, el consumidor de cocaína asimila de 50 a 150 miligramos de cocaína en una sola aspiración y no experimenta una sensación de euforia más que después de varias aspiraciones.
Sin embargo, el consumo repetido y consuetudinario de la cocaína sólo en casos muy raros produce una intoxicación o envenenamiento agudo. Aún con dosis muy fuertes no se llega a la pérdida del control de si mismo. Tampoco produce trastornos sicomotrices (como el alcohol o los barbitúricos) ni consta que, a la larga, cause lesiones cerebrales. Los efectos físicos más frecuentes en adictos crónicos son las úlceras en los tejidos de la membrana nasal y la pérdida de peso por falta de apetito. Los trastornos sicológicos más frecuentes suelen ser el insomnio, la irritabilidad y la ansiedad. Claro está que su uso incontrolado, como cualquier abuso de medicamentos, provoca daños irreparables tales como la destrucción de la membrana nasal, alucinaciones y hasta el colapso físico total.
En cuanto a la dependencia o «seducción» que pueda crear el consumo habitual de la cocaína, los consumidores admiten que, a pesar de su intensidad, el deseo de esta droga no dura mucho tiempo si es que no se la llega a conseguir. Se denomina dependencia al deseo o necesidad irresistible de continuar tomando la droga y de procurársela por todos los medios. La dependencia puede ser física o sicológica. En el primer caso, la ausencia de la droga va acompañada por trastornos somáticos de distinto tipo; si la carencia es brusca, puede ir acompañada de lo que se llama «Síndrome de abstinencia». Esta dependencia física no se da ni en el uso ocasional ni en el consuetudinario de la cocaína.
En cambio, la dependencia sicológica es el resultado de una apreciación personal y totalmente subjetiva de la necesidad de la droga, de tal modo que no todos los consumidores la perciben con la misma intensidad. En este sentido se puede decir que la dependencia que crea la cocaína se parece a la que crea el hábito de fumar en los fumadores: aferrarse al cigarrillo y echarle de menos cuando no se lo tiene en algo puramente sicológico.
Por todo ello, parece equivocado tipificar a la cocaína como narcótico, pues este término designa (de acuerdo a su etimología griega) algo que induce al sueño o causa embotamiento en la mente. No es éste el caso de la cocaína. Al contrario, la cocaína estimula al sistema nervioso central y, al igual que los anfetaminas, mantiene a la mente lúcida y despierta. Tampoco provoca, como los narcóticos, la contracción de las pupilas (miosis), sino más bien su dilatación (midriasis). En general, sus efectos son todo lo contrario de los que provocan los narcóticos como el opio.
Son estas cualidades de la cocaína las que la han convertido en una de las drogas más preciadas en la actualidad, sino en «la» droga por excelencia, valorada ya no sólo en los medios tradicionalmente consumidores de drogas, tales como el mundo del espectáculo y del arte, sino también en los medios empresariales y políticos de Estados Unidos y Europa occidental, donde se ha convertido inclusive en símbolo de distinción y de opulencia. Y, aunque la heroína sigue siendo «la droga del pobre» y la marihuana «la droga de la clase media», es evidente que la cocaína lleva el camino de desplazarlas.
5. El Narcotráfico
Aunque Perú y Bolivia son, prácticamente, los únicos productores mundiales de hojas de coca a gran escala (la producción ecuatoriana y colombiana es, relativamente, mínima), la producción de cocaína para consumo masivo y su transporte hasta los mercados de consumidores constituyen un proceso complejo que rebasa las fronteras de ambos países y escapa totalmente a su control. De hecho, el tráfico de la cocaína es un fenómeno internacional, ejecutado por múltiples intermediarios que actúan como si fuese una empresa multinacional.
Si bien Santa Cruz, Montero, Trinidad, Puerto Suárez y Guayaramerin (en Bolivia); Tingo María, Huanuco, Ayacucho y Tarapoto (en Perú) son los principales puntos de partida del circuito, Leticia, Medellín y Cali (en Colombia); Manaus, Corumbá y Río de Janeiro (en Brasil) son las principales bases para la transformación de la pasta de cocaína en cocaína pura y para la salida de ésta hacia los mercados, fundamentalmente los Estados Unidos por la vía de Miami y Nueva York.
Cuatro son los medios utilizados por las organizaciones clandestinas para transportar la droga: avionetas particulares, líneas aéreas regulares, vías marítimas o fluviales y personas ajenas a la organización que son contratadas con carácter eventual por los traficantes para que transporten el producto en su propio cuerpo o entre sus objetos de uso personal. Pero los grandes negocios son generalmente hechos con avionetas particulares, que tienen una autonomía de vuelo de 5 a 6 horas.
Las pistas de aterrizaje clandestinas que operan en Bolivia al servicio del narcotráfico y del contrabando son numerosas. Sólo en el Departamento de Santa Cruz hay más de 500. En los últimos tiempos han aparecido muchas otras en el Departamento del Beni. Hasta hace algunos años, Leticia (Colombia) era la escala casi obligada en el camino desde Bolivia hacia los Estados Unidos. Ultimamente, la «conexión» se hace también en Venezuela, Panamá o islas del Mar Caribe, tales como Curaçao y Martinica, de donde suele seguirse por mar hasta Miami; o bien, la «conexión» se la hace en el área de la Amazonia brasileña, de donde se redistribuye tanto a Estados Unidos como a Europa.
Hoy en día el narcotráfico es una ocupación o actividad de alcance mundial. Funciona como una máquina o un negocio, donde rige el principio de la jerarquía piramidal, cuyas cimas quedan siempre en el más absoluto anonimato. Dispone y maneja unas cifras de dinero tan altas que se cree capaz de «comprar cualquier conciencia». Igualmente, las cifras de ganancias acumuladas por las «estaciones de distribución» que operan en los distintos lugares a lo largo del trayecto por el que pasa la droga desde la primera transformación que sufre la materia prima hasta el consumidor individual son deslumbradoras.
La cocaína es, posiblemente, la droga que mayores ganancias reparte actualmente. Se calcula que las ventas callejeras en los Estados Unidos en 1980 llegaron a los 30.000.000.000 de dólares. Es fácil que en 1981 hayan superado los 40.000 millones, en tanto que las ventas de la marihuana, que sigue siendo la droga más consumida por su precio relativamente más bajo, sólo giraron alrededor de los 23.000 millones; este mismo año se calculaba en unas 45 Tm la cantidad de cocaína que había ingresado clandestinamente en el mercado más grande del mundo. Este enorme movimiento de dinero supone en los Estados Unidos un capital semejante al de una de las grandes multinacionales.
En el comercio «en cadena» de la cocaína, cualquier persona puede convertirse en traficante, «rebajando» o adulterando su ración y revendiendo luego parte de ella con un considerable margen de beneficio. Así, a título de ejemplo se ha calculado que un kilogramo de sulfato de cocaína o «pasta básica» (que es lo que fundamentalmente se produce en Bolivia y Perú) que en el lugar de origen costaba unos 5.000 dólares, al llegar a Colombia (que es donde la mayor parte del sulfato es transformado en clorhidrato, gracias a la existencia de mejores condiciones químicas) ya ha subido a 15.000 dólares. La cocaína pura extraída de ese mismo kilo de «pasta básica» puede valer en los Estados Unidos, vendida a los mayoristas, entre 40.000 y 60.000 dólares. Pero antes de que esta cocaína llegue a las calles, a manos del consumidor directo, aún suele pasar por un proceso de adulteración, donde se la mezcla con diferentes excipientes tales como la lactosa, la procaína y las anfetaminas o simplemente leche en polvo, harina, azúcar o polvos de talco, con lo cual el producto final destinado al consumo directo ya no contiene más que de un 12 % a un 15 % de cocaína pura. Mediante las técnicas de la adulteración, el kilo original de «pasta» habrá terminado valiendo entre 200.000 y 500.000 dólares.
Por su situación geográfica, el Estado norteamericano de Florida se ha convertido en el atracadero internacional de la mayor parte de la droga que llega a los Estados Unidos. «El tráfico de drogas es el comercio minorista más grande de nuestro Estado», llegó a decir el Procurador General del Estado, Jim Smith, según la revista norteamericana «Selecciones del Reader's Digest». Evidentemente, todo esto no sería posible sin la complicidad de la propia policía norteamericana. Según la misma revista, el comandante de la patrulla marina de Florida fue acusado de recibir 50.000 dólares por dejar pasar un cargamento y unos quince oficiales y detectives del Departamento de Seguridad Pública del distrito de Dade (que abarca a Miami) fueron suspendidos o cambiados de puesto por recibir sobornos de parte del traficante cubano exilado Mario Escandlar, que es considerado por los organismos encargados de la represión al narcotráfico DEA y FBI (Drug Enforcement Administration y Federal Bureau of Investigation, respectivamente) como «uno de los mayores narcotraficantes de la nación».
Pero aún hay más. Hacia mediados de 1980, la DEA llegó a detectar la fuga hacia cuentas bancarias fuera de los Estados Unidos de hasta 2.000 millones de dólares acumulados por la venta de cocaína y marihuana. Se comprobó la complicidad de 31 de los 250 bancos de Miami en estas actividades ilegales y se descubrió que al menos 5 de estos bancos eran propiedad de los traficantes. Tras ser «blanqueados» o «purificados» en el exterior (es decir, reciclados en el circuito financiero una vez borrado su origen doloso), los «narcodólares» retornan normalmente a los Estados Unidos en forma de inversiones legítimas.
Todas estas características dan a la organización del narcotráfico la configuración de una «mafia» en el sentido vulgar de la palabra. Con los millones de dólares que hay en juego, los narcotraficantes no se detienen ante nada ni ante nadie para defender sus intereses. De ahí el poder secreto y el uso de medios expeditivos como el asesinato para eliminar a quien se les ponga en el cambio o no respete las reglas de juego que van siempre asociados al narcotráfico.
A la vista de este poderoso y tenebroso, submundo de las mafias del narcotráfico resulta, pues, muy alarmante y preocupante el hecho de que sus tentáculos se hayan extendido hasta llegar a apoderarse del gobierno de todo un país como es el caso de Bolivia desde el golpe de Estado del 17 de julio de 1980.

Nota:
1. En la época de la Conquista española, el uso de la coca estaba extendido hasta lo que hoy son Venezuela, Panamá, Costa Rica y Nicaragua (por el norte), el norte de Argentina (por el sur) y, más tarde, llegó inclusive hasta Paraguay y toda la cuenca amazónica de Brasil.

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