sábado, 20 de octubre de 2012

Cuatro poemas a Stalin y un dibujo de Picasso

Rusia de Miguel Hernandez

En trenes poseídos de una pasión errante / por el carbón y el hierro que los provoca y mueve, / y en tensos aeroplanos de plumaje tajante / recorro la nación del trabajo y la nieve.

De la extensión de Rusia, de sus tiernas ventanas / sale una voz profunda de máquinas y manos, / que indica entre mujeres: Aquí están tus hermanas, / y prorrumpe entre hombres: Estos son tus hermanos.

Basta mirar: se cubre de verdad la mirada. / Basta escuchar: retumba la sangre en las orejas. / De cada aliento sale la ardiente bocanada / de tantos corazones unidos por parejas.

Ah, compañero Stalin: de un pueblo de mendigos / has hecho un pueblo de hombres que sacuden la frente, / y la cárcel ahuyentan, y prodigan los trigos, / como a un inmenso esfuerzo le cabe: inmensamente.

De unos hombres que apenas a vivir se atrevían / con la boca amarrada y el sueño esclavizado: / de unos cuerpos que andaban, vacilaban, crujían, / una masa de férreo volumen has forjado.

Has forjado una especie de mineral sencillo, / que observa la conducta del metal más valioso, / perfecciona el motor, y señala el martillo, / la hélice, la salud, con un dedo orgulloso.

Polvo para los zares, los reales bandidos: / Rusia nevada de hambre, dolor y cautiverios. / Ayer sus hijos iban a la muerte vencidos, / hoy proclaman la vida y hunden los cementerios.

Ayer iban sus ríos derritiendo los hielos, / quemados por la sangre de los trabajadores. / Hoy descubren industrias, maquinarias, anhelos, / y cantan rodeados de fábricas y flores.

Y los ancianos lentos que llevan una huella / de zar sobre sus hombros, interrumpen el paso, / por desplumar alegres su alta barba de estrella / ante el fulgor que remoza su ocaso.

Las chozas se convierten en casas de granito. / El corazón se queda desnudo entre verdades. / Y como una visión real de lo inaudito, / brotan sobre la nada bandadas de ciudades.

La juventud de Rusia se esgrime y se agiganta / como un arma afilada por los rinocerontes. / La metalurgia suena dichosa de garganta, / y vibran los martillos de pie sobre los montes.

Con las inagotables vacas de oro yacente / que ordeñan los mineros de los montes Urales, / Rusia edifica un mundo feliz y trasparente / para los hombres llenos de impulsos fraternales.

Hoy que contra mi patria clavan sus bayonetas / legiones malparidas por una torpe entraña, / los girasoles rusos, como ciegos planetas, / hacen girar su rostro de rayos hacia España.

Aquí está Rusia entera vestida de soldado, / protegiendo a los niños que anhela la trilita / de Italia y de Alemania bajo el sueño sagrado, / y que del vientre mismo de la madre los quita.

Dormitorios de niños españoles: zarpazos / de inocencia que arrojan de Madrid, de Valencia, / a Mussolini, a Hitler, los dos mariconazos, / la vida que destruyen manchados de inocencia.

Frágiles dormitorios al sol de la luz clara, / sangrienta de repente y erizada de astillas. / ¡Si tanto dormitorio deshecho se arrojara / sobre las dos cabezas y las cuatro mejillas!

Se arrojará, me advierte desde su tumba viva / Lenin, con pie de mármol y voz de bronce quieto,
mientras contempla inmóvil el agua constructiva / que fluye en forma humana detrás de su esqueleto.

Rusia y España, unidas como fuerzas hermanas, / fuerza serán que cierre las fauces de la guerra. / Y sólo se verá tractores y manzanas, / panes y juventud sobre la tierra.



"A la salud de Stalin" Picasso
Stalin, Capitán, Nicolás Guillén

Stalin, Capitán / a quien Changó proteja y a quien resguarde Ochun / A tu lado, cantando, los hombres libres van: / el chino, que respira con pulmón de volcán, / el negro, de ojos blancos y barbas de betún, / el blanco, de ojos verdes y barbas de azafrán. / Stalin, Capitán. / Tiembla Europa en su mapa de piedra y de cartón. / Mil siglos se desploman rodando sin contén. / Cañón / del Austro al Septentrión. Cabezas y cabezas cortadas a cercén. / El mar arde lo mismo que un charco de alquitrán. Bocas que ayer cantaban a la Verdad y el Bien Hoy bajo cuatro metros de amargo sueño están… / Stalin, Capitán. / Pero el futuro afinca, levanta su ilusión / allá en tu roja tierra donde es feliz el pan, / y altos pechos armados de una misma canción / las plumas de los buitres detienen, detendrán, / allá en tu helado cielo de llama y explosión, / Stalin, Capitán. / El jarro de magnolias, el floreal corazón / de Buda, despereza su extático ademán; / gravita un continente sobre el Mar del Japón: / rudo bloque de sangre de Siberia a Ceylán / y de Esmirna a Cantón…/ Stalin, Capitán. / Tambores africanos con resonante son / sobre selva y desierto su vivo alerta dan, / más fiero que el metal con que ruge el león; / y alzando hasta el Pichincha la tormentosa sien / América convoca su puma y su caimán, / pero además engrasa su motor y su tren. / Odio por dondequiera verá el ciego alemán / la paloma, el avión, / el pico del tucán, / el zoológico río de vasta indignación, / las flechas venenosas que en pleno blanco dan, / y aun el viento, impulsando sus ruedas de ciclón… / Stalin, Capitán, a quien Changó proteja y a quien resguarde Ochún… / A tu lado, cantando, los hombres libres van: / el chino, que respira con pulmón de volcán, / el negro, de ojos blancos y barbas de betún, / el blanco, de ojos verdes y barbas de azafrán… / ¡Stalin, Capitán, / los pueblos que despierten junto a ti marcharán!

Redoble lento por la muerte de Stalin de Rafael Alberti

I Por encima del mar, sobre las cordilleras, / a través de los valles, los bosques y los ríos, / por sobre los oasis y arenales desérticos, / por sobre los callados horizontes sin límites / y las deshabitadas regiones de las nieves / va pasando la voz, nos va llegando / tristemente la voz que nos lo anuncia. / José Stalin ha muerto. / A través de las calles y las plazas de los / grandes poblados, / por los anchos caminos generales y / perdidos senderos, / por sobre las atónitas aldeas, asombradas campiñas, / planicies solitarias, subterráneos / corredores mineros, olvidadas islas y golpeados litorales desnudos / va pasando la voz, nos va llegando / tristemente la voz que nos lo anuncia. / José Stalin ha muerto. / Va cruzando las horas oscuras de la noche, / la madrugada, el día, los extensos / crepúsculos, / todo lo austral y nórdico que comprende la tierra, / y no hay razas, no hay pueblos, no hay rincones, / no hay partículas mínimas del mundo / en donde no penetre la voz que va llegando, / la voz que tristemente nos lo anuncia. / José Stalin ha muerto. II (A dos voces) / 1. Padre y maestro y camarada: / quiero llorar, quiero cantar. / Que el agua clara me ilumine, / que tu alma clara me ilumine / en esta noche en que te vas. / 2. Se ha detenido un corazón. / Se ha detenido un pensamiento. / Un árbol grande se ha doblado. / Un árbol grande se ha callado. / Mas ya se escucha en el silencio. / 1. Padre y maestro y camarada: / solo parece que está el mar. / Pero las olas se levantan, / pero en las olas te levantas / y riges ya en la inmensidad. / 2. Cerró los ojos la firmeza, / la hoja más limpia del acero. / Sobre su tierra se ha dormido. / Sobre la Tierra se ha dormido. / Mas ya se yergue en el silencio. / 1. Padre y maestro y camarada: / vuela en lo oscuro un gavilán. / Pero en tu barca una paloma, / pero en tu mano una paloma / se abre a los cielos de la paz. / 2. Callan los yunques y martillos. / el campo calla y calla el viento. / Mudo su pueblo le da vela. / Mudos sus pueblos le dan vela. / Mas ya camina en el silencio.1. Padre y maestro y camarada: / fuertes nos dejas, Mariscal. / como en las puntas de la estrella, / como en las puntas de tu estrella / arde en nosotros la unidad. / 2. Vence el amor en este día. / El odio ladra prisionero. / La oscuridad cierra los brazos. / La eternidad abre los brazos. / Y escribe un nombre en el silencio. III / No ha muerto Stalin. No has muerto. / Que cada lágrima cante / tu recuerdo. / Que cada gemido cante / tu recuerdo. / Tu pueblo tiene tu forma, / su voz tu viril acento. / No has muerto. / Hablan por ti sus talleres, / el hombre y la mujer nuevos. / No has muerto. / Sus piedras llevan tu nombre, / sus construcciones tu sueño./ No has muerto. / No hay mares donde no habites, / ríos donde no estés dentro. / No has muerto. / Campos en donde tus manos / abiertas no se hayan puesto. / No has muerto. / Cielos por donde no cruce / como un sol tu pensamiento. / No has muerto. / No hay ciudad que no recuerde / tu nombre cuando era fuego. / No has muerto. / Laureles de Stalingrado / siempre dirán que no has muerto. / No has muerto. / Los niños en sus canciones / te cantarán que no has muerto. / Los niños pobres del mundo, / que no has muerto. / Y en las cárceles de España / y en sus más perdidos pueblos / dirán que no has muerto. / Y los esclavos hundidos, / los amarillos, los negros, los más olvidados tristes, / los más rotos sin consuelo, / dirán que no has muerto. / La Tierra toda girando, / que no has muerto. / Lenin, junto a ti dormido, / también dirá que no has muerto.

Oda a Stalin por Pablo Neruda

Camarada Stalin, yo estaba junto al mar en la Isla Negra, / descansando de luchas y de viajes, / cuando la noticia de tu muerte llegó como un golpe de océano. / Fue primero el silencio, el estupor de las cosas, y luego llegó del mar una / ola grande. / De algas, metales y hombres, piedras, espuma y lágrimas estaba hecha esta / ola / De historia, espacio y tiempo recogió su materia / y se elevó llorando sobre el mundo / hasta que frente a mí vino a golpear la costa / y derribó a mis puertas su mensaje de luto / con un grito gigante / como si de repente se quebrara la tierra. / Era en 1914. En las fábricas se acumulaban basuras y dolores. / Los ricos del nuevo siglo / se repartían a / dentelladas el petróleo y las islas, el cobre y los canales. / Ni una sola bandera levantó sus colores / sin las salpicaduras de la sangre. / Desde Hong Kong a Chicago la policía / buscaba documentos y ensayaba / las ametralladoras en la carne del pueblo. / Las marchas militares desde el alba / mandaban soldaditos a morir. / Frenético era el baile de los gringos / en las boîtes de París llenas de humo. / Se desangraba el hombre. / Una lluvia de sangre / caía del planeta, / manchaba las estrellas. / La muerte estrenó entonces armaduras de acero. / El hambre / en los caminos de Europa / fue como un viento helado aventando hojas secas y quebrantando huesos. / El otoño soplaba los harapos. / La guerra había erizado los caminos. / Olor a invierno y sangre / emanaba de Europa / como de un matadero abandonado. / Mientras tanto los dueños / del carbón, / del hierro, / del acero, / del humo, / de los bancos, / del gas, / del oro, / de la harina, / del salitre, / del diario El Mercurio, / los dueños de burdeles, / los senadores norteamericanos, / los filibusteros / cargados de oro y sangre / de todos los países, / eran también los dueños / de la Historia. / Allí estaban sentados / de frac, ocupadísimos en dispensar condecoraciones, / en regalarse cheques a la entrada / y robárselos a la salida, / en regalarse acciones de la carnicería / y repartirse a dentelladas / trozos de pueblo y de geografía. Entonces con modesto / vestido y gorra obrera, / entró el viento, / entró el viento del pueblo. / Era Lenin. / Cambió la tierra, el hombre, la vida. / El aire libre revolucionario / trastornó los papeles manchados. Nació una patria / que no ha dejado de crecer. / Es grande como el mundo, pero cabe hasta en el corazón del más / pequeño / trabajador de usina o de oficina, / de agricultura o barco. Era la Unión Soviética./ Junto a Lenin / Stalin avanzaba / y así, con blusa blanca, / con gorra gris de obrero, / Stalin, / con su paso tranquilo, / entró en la Historia acompañado / de Lenin y del viento. Stalin desde entonces / fue construyendo. Todo / hacía falta. Lenin recibió de los zares / telarañas y harapos. / Lenin dejó una herencia / de patria libre y ancha. / Stalin la pobló / con escuelas y harina, imprentas y manzanas. / Stalin desde el Volga / hasta la nieve / del Norte inaccesible / puso su mano y en su mano un hombre / comenzó a construir. / Las ciudades nacieron. / Los desiertos cantaron / por primera vez con la voz del agua. / Los minerales / acudieron, / salieron / de sus sueños oscuros, / se levantaron, / se hicieron rieles, ruedas, / locomotoras, hilos / que llevaron las sílabas eléctricas por toda la extensión y la distancia. / Stalin / construía. / Nacieron / de sus manos / cereales, / tractores, / enseñanzas, / caminos, / y él allí, / sencillo como tú y como yo, / si tú y yo consiguiéramos ser sencillos como él. / Pero lo aprenderemos. / Su sencillez y su sabiduría, / su estructura / de bondadoso pan y de acero inflexible / nos ayuda a ser hombres cada día, / cada día nos ayuda a ser hombres. / ¡Ser hombres! ¡Es ésta / la ley staliniana! / Ser comunista es difícil. / Hay que aprender a serlo. / Ser hombres comunistas / es aún más difícil, / y hay que aprender de Stalin / su intensidad serena, / su claridad concreta, / su desprecio / al oropel vacío, / a la hueca abstracción editorial. Él fue directamente / desentrañando el nudo / y mostrando la recta / claridad de la línea, / entrando en los problemas / sin las frases que ocultan / el vacío,  /derecho al centro débil / que en nuestra lucha rectificaremos / podando los follajes / y mostrando el designio de los frutos. / Stalin es el mediodía, la madurez del hombre y de los pueblos. / En la guerra lo vieron / las ciudades quebradas / extraer del escombro / la esperanza, / refundirla de nuevo, / hacerla acero, / y atacar con sus rayos / destruyendo la fortificación de las tinieblas. / Pero también ayudó a los manzanos / de Siberia / a dar sus frutas bajo la tormenta. / Enseñó a todos / a crecer, a crecer, / a plantas y metales, / a criaturas y ríos / les enseñó a crecer, / a dar frutos y fuego. / Les enseñó la Paz / y así detuvo / con su pecho extendido / los lobos de la guerra. / Frente al mar de la Isla Negra, en la mañana, / icé a media asta la bandera de Chile. / Estaba solitaria la costa y una niebla de plata / se mezclaba a la espuma solemne del océano. A mitad de su mástil, en el campo de azul, / la estrella solitaria de mi patria / parecía una lágrima entre el cielo y la tierra. / Pasó un hombre del pueblo, saludó comprendiendo, / y se sacó el sombrero. Vino un muchacho y me estrechó la mano. / Más tarde el pescador de erizos, el viejo buzo / y poeta, Gonzalito, se acercó a acompañarme bajo la bandera. / «Era más sabio que todos los hombres juntos», me dijo / mirando el mar con sus viejos ojos, con los viejos / ojos del pueblo. / Y luego por largo rato no dijimos nada. / Una ola / estremeció las piedras de la orilla. / «Pero Malenkov ahora continuará su obra», prosiguió / levantándose el pobre pescador de chaqueta raída. / Yo lo miré sorprendido pensando: ¿Cómo, cómo lo sabe? / ¿De dónde, en esta costa solitaria? / Y comprendí que el mar se lo había enseñado. / Y allí velamos juntos, un poeta, / un pescador y el mar / al Capitán lejano que al entrar en la muerte / dejó a todos los pueblos, como herencia, su vidas

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