domingo, 16 de septiembre de 2012

Scilingo: los vuelos de la muerte en Argentina


"Tenían que morir felices y les ponían música brasileña para que bailaran". Ése es uno de los detalles que el ex militar Adolfo Scilingo proporcionó en su declaración al juez Baltasar Garzón en 1997 cuando se autoinculpó de haber participado en dos de los vuelos de la muerte en los que arrojó al mar drogados, pero todavía vivos, a 30 supuestos subversivos detenidos en la Escuela Superior de Mecánica de la Armada (ESMA).
Scilingo, para el que las acusaciones solicitan 6.600 años por genocidio, terrorismo y torturas, asegura ahora que todo es mentira y que contó "una novela". El ex militar tiene un problema para que el tribunal crea su actual versión, y es que en 1997 quería convencer de que lo que decía era la verdad, y por tanto abrumó al juez y a los abogados con miles de datos y detalles, aparentemente insignificantes en ocasiones, pero que otorgan gran credibilidad al relato.
Decía Scilingo el miércoles que como quería vengarse del almirante Emilio Massera, máximo responsable de la Armada en 1977 y miembro de la Junta militar que gobernaba en Argentina -porque según él ordenó la detención de su hermana- inventó toda esta historia. Agregó que por eso se autoinculpó en dos vuelos, para que se investigase.
Pero durante toda la sesión de ayer, a propuesta de los abogados de las acusaciones y de la fiscal Dolores Delgado, se oyeron las cintas de sus declaraciones de 1997 y es verdad que se autoinculpó en dos vuelos, pero lo importante es cómo lo hizo. Porque Scilingo dijo que tomar parte en los vuelos no era voluntario, sino que el comandante Jorge Acosta designaba a los oficiales que participaban, y en los aproximadamente 180 a 200 vuelos de la muerte que se realizaron entre 1976 y 1978 participaron oficiales de la Armada de toda Argentina, no solo de la ESMA. En cada vuelo iban entre 10 y 20 oficiales y se arrojaba al mar entre 15 y 30 detenidos.

Sobre mar, hacia el sur

Para su primer vuelo, que tuvo lugar en la primera quincena de junio de 1977, narró Scilingo, le dio la orden el capitán Mario Arduino. A las siete de la tarde fue al sótano de la ESMA y estaban preparando a la gente que iba a volar. El jefe del acuartelamiento, Jorge Acosta, dijo a los detenidos que iban a ser trasladados a un penal del sur y que tenían que ser vacunados. Allí se les puso la primera inyección para que estuvieran tranquilos. Acosta les decía que tenían que morir felices y les ponía música brasileña para que bailaran. Después salían en camiones con lona verde al aeroparque, donde embarcaban en los aviones y volaban durante una hora sobre el mar hacia el sur. Asegura que no los contó, pero que había 25 o 27. Sin embargo, luego, el vuelo tuvo que desdoblarse porque el avión no tenía capacidad para tanta gente. Él viajó en uno de los vuelos con 13 detenidos. Al llegar al aeropuerto se les puso una segunda dosis de droga y el médico se retiró y no voló para no violar su juramento hipocrático. Después, ya en el aire, hubo que desvestir a los detenidos y cuando el comandante lo ordenó los arrojaron al mar, "por popa".
Los vuelos se hacían en miércoles, pero el segundo vuelo en el que él participó fue en sábado. Se iba a ir a Bahía Blanca, pero le llamaron para que se quedara. Fue poco después del 28 de julio, que era su cumpleaños. Ese vuelo se realizó con una tripulación más grande, en un Elektra, en el que volaron 17 detenidos. Entre los oficiales iba el agregado naval en Chile y el comandante Seisdedos. Asegura que él llegó tarde y que cuando llegó al sótano de la ESMA ya estaba todo preparado.
"No hay quien invente una novela con millones de detalles y que los recuerde todos, salvo que los haya vivido", dicen los abogados de la acusación. Fuente: El País

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