sábado, 15 de septiembre de 2012

Los pecados y crueldades del Rey David


Debemos reverenciar a David como profeta, como rey, como antepasado del santo esposo de María, como hombre que mereció la misericordia divina por la penitencia que hizo.
Diré francamente que el artículo titulado David, que publicó en su diccionario Bayle, no merecía producir el alboroto que movió entonces. Produjo tanto ruido, no porque se tratara de defender a David, sino porque se trataba de perder a Bayle. Algunos predicadores de Holanda, enemigos mortales suyos, se cegaron tanto en el odio que le profesaban, que le reprendieron por haber tributado elogios a los papas que él creyó que los merecían, y por haber refutado las calumnias que les levantaron. Esa ridícula y vergonzosa injusticia la firmaron doce teólogos el 20 de diciembre de 1689, en el mismo consistorio en el que aparentaron defender al rey David. ¿Cómo se atrevieron a manifestar en voz alta una pasión cobarde que los demás hombres tratan de ocultar? No sólo fue el colmo de la injusticia y del desprecio de todas las ciencias, sino el colmo del ridículo, prohibir a un historiador que sea imparcial y a un filósofo que sea razonable.
Prueba que la condenación de Bayle fue personal e injusta lo que en 1761 sucedió a Mr. Hut, miembro del Parlamento de Inglaterra. Los doctores Chandler y Palmer habían pronunciado la oración fúnebre del rey Jorge II, comparándole en ella con el rey David, siguiendo la costumbre de la mayoría de los predicadores, que creen de ese modo adular a los reyes. Pero Hut no consideró esa comparación como un elogio, y publicó una famosa disertación, en la que prueba que Jorge II era un rey mucho más poderoso que David y no incurrió en las faltas de éste. Por lo tanto, no debía hacer la misma penitencia, ni debía comparársele con el rey judío. Después, comentando el Libro de los Reyes, examinaba paso a paso toda la vida de David, juzgándole con más severidad que Bayle, y funda su opinión en que el Espíritu Santo no elogia las acciones que pueden reprocharse a David.
Dicho autor inglés juzga al rey de Judea según las nociones que tenemos hoy de lo justo y de lo injusto. No puede aprobar que David reúna una banda de ladrones, compuesta de cuatrocientos, que ordene que le arme el gran sacerdote Achimelech con la espada de Goliat, y que reciba panes consagrados (1). No puede aprobar que vaya a casa del agricultor Nabal y entre en ella a sangre y fuego porque no quiso pagar contribución para mantener la banda de ladrones. Nabal muere a los pocos días, y David se casa con la viuda de Nabal (2). Reprueba la conducta que siguió con el rey Achis, que poseía cinco o seis aldeas en el cantón de Geth. David, al frente de seiscientos bandidos, hizo correrías en los dominios de los aliados de su bienhechor Achis; saqueó por donde iba pasando, y degolló a ancianos, mujeres y niños de teta. ¿Por qué mató a los niños de teta? «Por miedo de que esos niños llevaran la noticia al rey Achis»; así lo dice el texto (3). Entretanto, Saúl pierde una batalla peleando contra los filisteos, y hace que le mate su escudero. Un judío que trae esta noticia a David es condenado por éste a muerte en recompensa (4). Isboseth sucede en el trono a su padre Saúl; David es bastante fuerte para declararle la guerra, y muere asesinado Isboseth. David se apodera de todo su reino, entra por sorpresa en la ciudad o aldea de Rabbath y hace perecer a todos sus habitantes con suplicios extraordinarios. Los sierra en dos, los desgarra con rastrillos de hierro o los quema en hornos de cocer ladrillos (5). Después de esas famosas expediciones sobreviene un hambre de tres años en el país. Consultan al Señor y le preguntan por qué reina allí el hambre. La respuesta era muy fácil de dar. Había hambre porque en un terreno que apenas produce trigo, cuando cuecen a los labradores en hornos de ladrillos y cuando los sierran en dos, deben quedar pocos brazos para cultivar la tierra. Pero el Señor les contesta que es porque Saúl mató a los gabaonitas en tiempos anteriores. ¿Qué hace David cuando lo sabe? Reúne a los gabaonitas y les dice que Saúl cometió un gran yerro moviéndoles la guerra, pero que es justo castigarle en su raza, y por eso les entrega siete nietos de Saúl para que los ahorquen, y los ahorcaron porque reinaba el hambre en el país (6).
Mr Hut es justo no insistiendo en el adulterio que David cometió con Betsabé, ni en el asesinato de Urías, porque esos delitos se le perdonaron a David cuando se arrepintió. Todo lo que acabamos de decir lo reprobó el citado autor inglés, sin que nadie le refutara, reimprimiendo su libro con pública aprobación, porque pronto o tarde oyen los hombres la voz de la equidad. Lo que se consideraba temerario hace ochenta años, hoy parece sencillo y razonable, como esté contenido en los límites de una crítica prudente.
Hagamos justicia al padre Calmet por no haber traspasado esos límites en su Diccionario de la Biblia, en el artículo titulado David. «No abrigamos la intención dice de aprobar la conducta de David; es creíble que incurriera en excesos de crueldad antes de reconocer el crimen que cometió con Betsabé.» Nosotros añadiremos que probablemente lo reconocerá todo, y que fueron bastantes los delitos que cometió.
Vamos ahora a hacer una pregunta que nos parece muy importante. ¿Se menospreció como merece la vida de David, dejando aparte su persona, su gloria y el respeto que se debe a los libros canónicos? ¿No interesa al género humano que no se consagre nunca el crimen? ¿Qué le importa a éste el nombre del que hace degollar mujeres y niños de sus aliados, ahorcar a los nietos de su rey, serrar, quemar en hornos y desgarrar con rastrillos a infelices ciudadanos? Nosotros debemos juzgar las acciones y no el nombre que tenga el culpable, porque el nombre no aumenta ni disminuye el crimen. Cuanto más se reverencie a David por haberse reconciliado con Dios por medio de su arrepentimiento, más deben condenarse las crueldades que cometió.
No sucede comúnmente que un joven labriego, yendo a buscar borricos, se encuentre con un reino. Es más raro aún que otro campesino cure a su rey, que sufría accesos de locura, tocando el arpa. Y que este tocador de arpa se convierta en rey por haber encontrado en una esquina un cura de aldea que le arroja una botella de aceite a la cabeza, es todavía más maravilloso. ¿Quién escribió esas maravillas? No lo sé; pero estoy seguro de que no las escribió un Polibio ni un Tácito.
No voy a ocuparme del asesinato de Urías, ni del adulterio de Betsabé, porque son bastante conocidos, y los medios de que Dios se vale para dirigir el mundo son diferentes de los que conocemos los hombres. Por eso permitió sin duda que Jesucristo descendiera de Betsabé, purificando todo lo pasado con ese santo misterio.
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(1) Libro de los Reyes, caps. XXXI y XXXII.
(2) Idem, cap. XXV.
(3) Idem, cap. XXVII.
(4) Segundo Libro de los Reyes, cap. I.
(5) Idem, cap. XII.
(6) Segundo Libro de los Reyes, cap. XXX.

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