jueves, 6 de septiembre de 2012

La vida cotidiana durante el nazismo: el Gleichschaltung

“Médico de 52 años, ario puro, veterano de la Batalla de Tannenberg, con intención de instalarse en el campo, desea progenie masculina mediante matrimonio civil con aria sana, virgen, joven, modesta, ahorradora, acostumbrada al trabajo duro, ancha de caderas, que no use tacones altos ni pendientes y, si es posible, también sin propiedades”.

Este anuncio de contactos —publicado en el periódico alemán Neueste Nachrichten en pleno Tercer Reich— leído hoy en día resulta un tanto peculiar, pero en su tiempo era uno de tantos otros. Su autor simplemente daba valor a lo que la gente de su entorno, la radio, los carteles y las autoridades valoraban. Lo normal, lo que todo el mundo debía hacer. ¿Y qué era por entonces lo normal?

Desde que Adolf Hitler resultase designado canciller en enero de 1933, el objetivo del nazismo fue lo que denominaron como Gleichschaltung. El significado inicial de este término —procedente de la ingeniería— era el de la conversión de la corriente eléctrica alterna en continua. En un sentido más amplio podría traducirse como “coordinación” o “alineamiento”. De lo que se trataba era de nazificar la sociedad alemana, ahormar según el ideario nacionalsocialista todas las costumbres, asociaciones, creencias, leyes, actividades culturales, relaciones personales, entretenimientos… Según explicaba un alemán de la época asociando el concepto a su sentido originario: “la misma corriente ha de fluir a través del cuerpo político del pueblo”.

Se trató de un espectacular proceso de ingeniería social, gigantesco aunque gradual a lo largo de los años treinta, revolucionario en unos aspectos y conservador en otros, que fue impuesto desde el Estado pero que contó con la colaboración entusiasta de muchos alemanes y la aceptación pasiva de la mayoría. Como sabemos, los peor parados fueron los judíos (seguidos de comunistas, homosexuales y gitanos), pero no es intención de este artículo describir una vez más el Holocausto. Ya ha sido suficientemente tratado y me gustaría centrarme más en la vida del 99% restante de la población alemana. Precisamente eso es algo que resulta curioso, la escasísima cantidad de judíos que realmente habitaban Alemania: en torno a los 600.000 sobre una población de 65 millones. Si añadimos que se concentraban en grandes ciudades como Berlín o Hamburgo, tenemos que muchos nazis llegaron a odiar furiosamente a los judíos y responsabilizarlos de todas sus desgracias aunque nunca alcanzaran a ver uno. Quizá eso ayude a explicarlo.

Pero antes de meternos en harina aprovecho para recomendar Por qué creemos en cosas raras de Michael Shermer. Ante la proliferación que ha traído internet en los últimos años de toda clase de ideas conspiranoicas y estrafalarias, entre ellas el negacionismo, no hay nada mejor que información precisa sobre el Holocausto como la que proporciona sobre ese y otros asuntos este divulgador, que tal como acostumbra a decir hay que tener la cabeza lo suficientemente abierta como para aceptar nuevas ideas, pero no tanto como para que se nos salga el cerebro.

Mujeres, familia, sexo…

La liberación de las costumbres sexuales así como la disminución de la natalidad y del número de matrimonios durante la República de Weimar fue considerada a ojos del nazismo como un claro síntoma de decadencia. De acuerdo a su visión del mundo, la mujer debía estar apegada a las tres k: kinder, kirche, küche (niños, iglesia, cocina). El propio Hitler afirmó en cierta ocasión que los derechos de las mujeres en el Tercer Reich consistirían en que toda mujer encontraría marido. El Ministro de Propaganda Joseph Goebbels, por su parte, indicaba que “la mujer tiene el deber de ser hermosa y traer hijos al mundo, y esto no es tan vulgar y anticuado como a veces se cree. La hembra del pájaro se embellece para su compañero e incuba sus huevos para él”. Un ideario que contaba con la aprobación de muchas de ellas —decía el que fue corresponsal español en Berlín Manuel Chaves Nogales en aquel tiempo— puesto que:

“Las mujeres, a las que la crisis ha echado a la calle, tienen que patear y luchar a brazo partido con los hombres en medio del arroyo. Las pobres, en esa lucha, llevan la peor parte, naturalmente, y si de pronto aparece un guardia que dice autoritariamente: “¡Basta; a la cocina!”, la mujer se va muy contenta, porque supone que, efectivamente, hay una cocina a la cual se puede ir a cocinar”.

Si las mujeres debían dedicar su vida a criar a los hijos, darles una educación universitaria era entonces un desperdicio de recursos, así que una de las primeras medidas que adoptaron fue restriingir su acceso a la universidad, estableciendo un máximo de un 10% sobre el total del alumnado. Asimismo, se les prohibió ejercer como jueces y fiscales dado que “no pueden pensar lógicamente ni razonar objetivamente, puesto que se rigen por sus emociones”.


La estricta separación por sexos que estableció el régimen y la expulsión de las mujeres de casi cualquier ámbito público (acorde a la estructura del Partido, íntegramente masculina) no facilitaba precisamente la tarea de encontrar pareja. En regiones como Breslau se decretó que las menores de 18 años que acudieran a una sala de baile sin la compañía de un adulto irían a un reformatorio, posteriormente la Ley para la Protección de Menores prohibía a los menores estar en la calle desde el momento en que oscureciera, y después de las 9 de la noche únicamente podían ir al cine, sala de baile o restaurantes en compañía de un adulto. Pero como decían en Parque Jurásico la vida siempre se abre camino, así que durante el gran mitin de Nuremberg de 1936, que contó con 100.000 asistentes de las Juventudes Hitlerianas y de su equivalente femenino, la Unión de Jóvenes Alemanas, 900 chicas menores de 18 años regresaron del evento embarazadas. En más de la mitad de los casos no se pudo determinar quién fue el padre. En ciudades como Hamburgo se popularizó una moda de cierta rebeldía —aunque el régimen nunca llegó a verlo como una amenaza real— llamada “movimiento swing”, en el que jóvenes de ambos sexos acudían a fiestas privadas vestidos al estilo moderno de ingleses y americanos (y ellas muy maquilladas, con faldas cortas y actitudes provocadoras) para bailar música jazz, prohibida al estar vinculada a los negros. Hay una película al respecto protagonizada por Christian Bale y que lleva por título Rebeldes del swing.

La anteriormente mencionada Unión de Jóvenes Alemanas, que ocupaba el tiempo de sus integrantes con pruebas gimnásticas y adoctrinamiento ideológico, tenía una sección para las chicas de 17 a 21 años llamado Fe y Belleza. En ella se inculcaban nociones de economía doméstica y moda nacional, que consistía en blusa blanca, falda recatada hasta el tobillo y zapatos gruesos. La vestimenta que debía tomarse como referencia era el Dirnl, el típico traje tradicional alemán que tantas veces hemos visto en imágenes del Oktoberfest y similares. La mujer alemana debía ser austera y rehuir cualquier reclamo sexual, tal como veíamos en el anuncio del comienzo. Hacerse la permanente era castigado con afeitado de la cabeza, ya que las jóvenes debían llevar dos trenzas rubias a cada lado o bien una corona de trenzas llamada gretchen. Si bien eran populares las marcas de champú que les permitían tener un pelo más rubio, el maquillaje se consideraba una moda extranjera totalmente inapropiada y en Berlín se dieron casos en los que mujeres que iban muy maquilladas eran insultadas al grito de putas y traidoras y algunos Camisas Pardas (miembros de las SA) regañaban a aquellas que veían por la calle con los labios pintados o las cejas depiladas. Pero este acoso no logró erradicar la costumbre y se popularizaron maquillajes que proporcionaban un aspecto natural. Respecto a los materiales y la fabricación, el régimen fomentó las fibras artificiales nacionales y la ropa hecha en casa como vía hacia la autarquía, aunque finalmente en este sector, como en otros, lo que generó finalmente fue la creación de un mercado negro.

“¡Mujeres! Salven las familias alemanas. Elige Adolf Hitler”

Para evitar que ninguna mujer se quedase para vestir santos las autoridades pensaron que, una vez concluida la guerra, los soldados que hubieran demostrado más valentía en el campo de batalla podrían casarse con dos mujeres. Un plan que no pudo ponerse en práctica debido al curso de la historia que ya conocemos. Pero lo que sí se llevó a cabo fueron los Lebensborn (Fuente de Vida), hogares para mujeres solteras que eran fecundadas por los sementales considerados más racialmente idóneos de las SS, las tropas de elite dirigidas por Heinrich Himmler. Los sacrificados patriotas que adquirieron esta responsabilidad lograron embarazar en total a 8.000 candidatas. El protocolo en estas fábricas de superhombres era el siguiente, según un testimonio de una de las jóvenes que pasaron por allí:

“En el hostal de Tegernsee, esperé hasta el décimo día, después del comienzo de mi menstruación y fui examinada médicamente, a continuación me acosté con un hombre de las SS que tenía que cumplir también su obligación con otra chica. Cuando se diagnosticó el embarazo, pude elegir entre volver a casa o entrar directamente en un hogar de maternidad (…) El parto no fue fácil, pero a ninguna mujer alemana que se precie se le ocurriría hacerse dar inyecciones artificiales para aminorar el dolor”.

Si por el contrario lograban encontrar un prometido, para poder casarse la pareja debía contar con la aprobación del Tribunal de Salud Hereditaria. Su finalidad era impedir la procreación a “individuos inferiores y asociales, enfermos, deficientes mentales, locos, tullidos y delincuentes”. Aunque su aplicación fue escasa, quienes no lograban superarla se enfrentaban a la esterilización forzosa.

Una vez logrado el visto bueno la boda podía celebrarse, aunque no era lo más habitual, mediante un ritual neopagano. Tenía lugar bajo un retrato de Hitler —y si el esposo contrayente además era de las SS recibía como regalo una edición de lujo del Mein Kampf—, en el altar se depositaba un cuenco metálico con runas (antiguos signos germánicos que representaban un alfabeto rudimentario) grabadas en un lateral, mientras que en su interior debía arder un fuego sagrado. El fuego era de hecho uno de los elementos fundamentales en la cosmovisión nazi, bien fuera realizando desfiles nocturnos con antorchas, saltos sobre el fuego como rito de iniciación en las Juventudes Hitlerianas o en el uso de una antorcha con la que encender un pebetero en los Juegos Olímpicos de Berlín en 1936 (rito éste que como vemos ha perdurado hasta hoy). Una vez concluido el rito los recién casados entonces podían solicitar un préstamo sin intereses del Estado por valor de 1.000 marcos, siempre que la mujer se comprometiese a no trabajar. Como hemos visto, su función debía ser otra.

Hitler atribuía a la natalidad un valor patriótico-militar: “también la mujer tiene su campo de batalla; con cada niño que trae al mundo y ofrece a la nación participa en la lucha por el bien de ésta”. De esa manera se conseguirían más soldados para una guerra que se veía próxima, y posteriormente esa nueva generación podría colonizar el llamado “espacio vital alemán” que se habría logrado conquistar en ella. De hecho durante la guerra se popularizó la expresión “he donado un hijo al Führer” cada vez que una mujer quedaba embarazada o daba a luz. Curiosamente algunas parturientas rechazaban cualquier anestesia, prefiriendo en su lugar gritar “Adolf Hitler”, lo que se consideraba que tenía propiedades analgésicas.

Dado que fomentar la natalidad era prioritario, se restringió la venta de anticonceptivos y se prohibió el aborto, aunque no para las mujeres judías. El acto de follar pasó a ser conocido humorísticamente como rekrutenmachen (hacer reclutas) mientras que las mujeres estériles pasaron a ser llamadas despectivamente bevölkerungspolitische blindgäger (fracasos demográficos). El 12 de agosto de cada año, coincidiendo con el cumpleaños de la madre de Hitler, el propio Führer otorgaba a las mujeres más prolíficas la Cruz de Honor de la Mujer Alemana. De bronce para quienes tenían más de cuatro hijos, de plata para las que tenían más de seis, y de oro para quienes superaban los ocho hijos. Asimismo, el décimo hijo de una mujer pasaba a ser apadrinado por él y tenía que recibir el nombre de Adolf. Una vez nacía un niño, era costumbre anunciarlo en un periódico local, como vemos en este ejemplo publicado en el Dresdner Anzeiger el 27 de julio de 1942:

“Volker ψ 21-7-1942. En la época suprema de Alemania, a Thorsten le ha nacido un hermanito. Con alegría teñida de orgullo, Else Hohmann y Hans-Georg Hohmann, Untersturmführer de las SS en la res. Dresde, General Wever-Strasse”.

Aparte del paganismo del símbolo de la Runa de la Vida, resulta llamativa esa mezcla de solemnidad patriótica y cercanía familiar. Respecto al nombre del hermano, era también típicamente nazi, puesto que se sustituyeron los tradicionales de origen cristiano por los presentes en sagas germánicas como Sieglinde, Edeltraud, Günther o Ekke-Hard, así como aquellos que incluyeran un guión como Bernd-Dietmar o Dietmar-Gerhard, que al parecer eran más genuinamente alemanes.

Por cada niño se otorgaban ayudas estatales en forma de reducción de impuestos y condonación de la cuarta parte del préstamo de 1.000 marcos que antes mencionábamos. Asimismo, los gobiernos locales otorgaban diversas ayudas como uniformes escolares o una reducción en las facturas de agua y electricidad. Se incrementó la construcción de viviendas sociales destinadas a familias numerosas, en las que además el marido tenía preferencia para obtener un empleo en ciertos sectores. Las familias también contaban con el apoyo del Servicio de Madres del Reich, dependiente de la Asociación Nacionalsocialista de Mujeres, que daba cursos para enseñar a cocinar, coser y cuidar de recién nacidos.

Visto hoy en día, esos seis, ocho o diez hijos son realmente es mucha descendencia, pero seguían siendo pocos a los ojos de los especialistas en higiene racial que dirigían las instituciones. Como Fritz Lenz, quien estimaba que cada mujer debía tener a lo largo de su vida 15 hijos y cualquier cifra menor sería debido a “causas no naturales o patológicas”. La exigencia de dejar descendencia no se limitaba a una propaganda martilleante, sino que en ciertos trabajos era un requisito indispensable también para los hombres. Un memorando del Ministerio del Interior de 1937 explicaba que:

“Todos los aspirantes solteros a un ascenso en el cuerpo de funcionarios deben hacer una declaración escrita exponiendo por qué no se han casado y cuándo se proponen hacerlo. Todo funcionario casado y sin hijos que lleve por lo menos dos años de matrimonio debe exponer los motivos por los que no tiene hijos antes de recibir el nombramiento definitivo (esta declaración deberá incorporarse a su expediente personal).”

El nacionalsocialismo exaltaba la juventud y la masculinidad. Fuente: archivo de Life

Sin embargo, esta obsesión por la natalidad se veía en parte contrarrestada por la esterilización. Los higienistas nazis más entusiastas aspiraban a esterilizar al 20% de la población, aunque las cifras acabaron siendo bastante menores. El respeto por los veteranos de guerra tullidos entraba en conflicto con esa tendencia a repudiar a quienes no fueran considerados saludables, pero por otro lado los criterios de aplicación de categorías tan ambiguas como “asociales”, “alcohólicos” o “débiles mentales” hacían que en la práctica aquellos sobre los que se aplicaron fueran principalmente gente de clase baja como prostitutas y mendigos. Para medir la inteligencia de los sujetos juzgados por los Tribunales de Salud Hereditaria se realizaban preguntas como quiénes eran Bismark y Lutero, por qué las casas tenían más altura en la ciudad que en el campo o qué forma de Estado era la vigente. Aunque algunos médicos del Partido expresaron su recelo ante estos cuestionarios, ya que consideraban que habría Camisas Pardas incapaces de superarlos. Por otra parte, en esta época la esterilización forzosa era una práctica vigente en países como Dinamarca, Suecia, Noruega (donde llegaron a aplicarla a 40.000 personas) y Estados Unidos.

Respecto a la Ley de Protección de la Sangre y Honor Alemanes de 1935, también conocida como Leyes de Nuremberg, prohibía tanto las relaciones sexuales como el matrimonio entre judíos y arios, aunque acorde con la mentalidad nazi casi siempre castigaba a los hombres, al considerar a las mujeres un sujeto puramente pasivo en una relación, exceptuando el caso de algunas judías. De esa manera también fue castigada la homosexualidad, aunque no el lesbianismo. No obstante, el culto del nazismo a la camaradería masculina, la prolongada y estrecha convivencia entre jóvenes en campamentos de organizaciones como las Juventudes Hitlerianas y la restricción en el contacto con mujeres, eran un caldo de cultivo bastante propicio para que se produjeran relaciones que las autoridades mantenían ocultas en unos casos y castigaban enviando a los culpables a campos de concentración, donde su tasa de mortalidad era del 60%. De hecho, la ejecución del dirigente de las SA Ernst Röhm, durante la Noche de los Cuchillos Largos, fue explicada por Himmler con el argumento de que había intentado establecer una dictadura homosexual que habría llevado a Alemania al desastre.

Chistes, saludos, vigilancia mutua…

El 26 de junio de 1943, una empleada de una planta industrial armamentística fue condenada a muerte por contar a una compañera de trabajo el siguiente chiste:

“Hitler y Göring están de pie, en lo alto de un radiotransmisor. Hitler dice que quiere dar a los berlineses un poco de alegría. Göring le replica: “¿Entonces por qué no saltamos desde la torre?”.

Al régimen desde luego no le hizo ninguna gracia, ni ese ni ningún otro. Según una ley del 20 de diciembre de 1934, pasó a ser considerado delito realizar “declaraciones de odio”, una categoría en la que estaban incluidos los chistes contra dirigentes del Partido y contra el régimen en su conjunto. La Ley contra rumores maliciosos por su parte, castigaba cualquier comentario mínimamente crítico. A pesar de ello, según una encuesta posterior realizada por el investigador Eric A. Jonson, el 27% de los habitantes de Colonia (un porcentaje que podría extenderse al resto de Alemania) contó un chiste ilegal a lo largo del Tercer Reich. Un oficial de policía escribió en 1937:

“Hace algún tiempo que inventarse y contar chistes políticos se ha expandido de tal manera que se ha convertido en una verdadera plaga. Dado que estas bromas son la expresión de un estado de ánimo y son inofensivas, no se les puede objetar nada como han subrayado repetidamente las más altas instancias del gobierno. Pero si su contenido es injurioso, no se puede tolerar que circulen por razones de seguridad.”

Aparte de que hacer una gracia sobre algo prohibido resulta más tentador, era también un recurso en un régimen que había asfixiado cualquier otra forma de oposición. Además el nazismo daban mucho juego con todas sus obsesiones, como en este chiste:

“—¿Qué te parece si contribuyésemos en algo a la perpetuación de la raza, Roswhita?
—No tan deprisa, cariño. Recuerda que el abuelo tenía diabetes.”

Pero la principal diana de todos los comentarios burlescos fue siempre Goebbels. Su omnipresencia en radio y prensa, su baja estatura, su cojera y sus frecuentes infidelidades eran terreno abonado para todo tipo de chascarrillos. La corrupción generalizada del régimen, que favorecía sistemáticamente a los miembros del Partido, y más adelante las penurias que sufría la población en tiempos de guerra también se sobrellevaban con humor. Por su parte, también los propios nazis contaban con cierto humor sarcástico, como llamar “la comidita de los judíos” al Zyklon B (que venía en latas parecidas a las de conservas) o poner señales de tráfico con la advertencia “Curvas peligrosas. Los judíos pueden ir a 120 kilómetros por hora”.

No obstante, la población aprendió pronto a distinguir dónde y ante quienes podían realizar según qué clase de comentarios. Por ejemplo en 1933, el 75% de los comentarios críticos que fueron denunciados en Augsburgo habían sido escuchados en tabernas y bares, apenas dos años después el porcentaje cayó al 50% y unos años después ya sólo el 10%. En esos locales nunca se sabía quién podría llegar a escucharte, así que el círculo de confianza fue estrechándose más y más. “Ya no hay carta, conversación telefónica, o palabra dicha en la calle que no pueda ser objeto de denuncia. Todos temen que el otro pueda ser un traidor o un espía” señalaba en su diario el escritor judío Victor Klemperer en 1933. Una costumbre esta, la de escribir diarios, que también podía ser peligrosa. Durante la guerra escribir en el diario personal dudas o críticas pasó a ser considerado “subversión de la propia persona”. Un ejemplo digno de mención es el del aristócrata Friedrich Reck-Malleczewen, quien tenía un diario en el que describía a los nazis como “hordas de simios viciosos” y respecto a Hitler no parecía ser partidario:

“Esquizofrénico borracho de poder (…) te he odiado cada hora de mi vida, te odio tanto que daría gustosamente mi vida para que murieras. Me dirigiría gustosamente hacia la perdición y me sumiría en las profundidades si supiera que puedo arrastrarte”.

Consciente de que escribir estas cosas aunque nadie las leyera podría acarrearle riesgos, acostumbraba a esconder el diario cada noche en algún lugar del bosque que formaba parte de su propiedad. Hasta que por desgracia finalmente fue detenido y murió en el campo de concentración de Dachau.

Así que ese temor fundado a expresarse libremente incluso en ambientes muy reducidos y aparentemente de confianza llevó a convertir en una coletilla la frase “tú también has dicho unas cuantas cosas”, cada vez que dos amigos se despedían después de haber estado un rato hablando. Otra expresión popularizada era el “vistazo alemán”, cuando dos amigos se encuentran y echan un rápido vistazo a su alrededor para asegurarse de que nadie los escucha. Era una alusión irónica al “saludo alemán”, como se denominaba al clásico “Heil Hitler” con el brazo en alto que tantas veces hemos visto en las películas. Aunque inicialmente sólo era obligatorio para los funcionarios, pronto pasó a generalizarse entre la población como una forma de mostrar adhesión al régimen. De hecho, una forma de oposición entre los desafectos consistía en realizar el saludo levantando el brazo solo a medias.

La causa última de todas estas precauciones era la Gestapo, la temida policía política del régimen. Y sin embargo… la ciudad de Colonia, con 750.000 habitantes, tenía en 1939 un total de 99 agentes de este cuerpo. Lo que supone unos 7.500 ciudadanos por agente. Otro ejemplo es Krefeld, que tuvo un máximo de 14 agentes para vigilar a 170.000 habitantes. En el resto del país la proporción era similar. Es decir, lejos de ser un servicio de control y espionaje todopoderoso resultaba en realidad bastante limitado en sus recursos. Además a esto hay que añadir que a partir de 1933, una vez fueron erradicados los opositores comunistas y socialistas, los esfuerzos de la Gestapo se centraron en el control y persecución de minorías como testigos de Jehová, gitanos, homosexuales y —muy especialmente— judíos. Es decir, los ciudadanos corrientes en principio tenían poco que temer siempre que aceptasen las consignas oficiales y no dieran problemas. Y eso es lo que hicieron. En Krefeld menos del 1% de la población fue detenida o interrogada por este cuerpo. De hecho, según el estudio anteriormente mencionado de Eric A. Jonson, el 75% de los alemanes nunca temió ser detenido por la Gestapo.

¿Entonces de dónde provenía el miedo a hablar delante de cualquier extraño e incluso conocido que anteriormente señalábamos? Sencillamente de que si bien este cuerpo policial era pequeño, todos los ciudadanos tenían derecho a recurrir a él para denunciar sospechosos. Y así lo hicieron muchos. El 26% los denunciantes eran alemanes corrientes, frente al 17% llevado a cabo por denuncias de la Policía Criminal. La Gestapo era utilizada por los ciudadanos, en unos casos nazis convencidos, en otros quizá simples oportunistas que aprovechaban esta herramienta puesta a su alcance para vengarse de vecinos, compañeros de trabajo o parientes a los que querían ver castigados por algún agravio personal. En Colonia la relación entre denunciantes y denunciados a la Gestapo era de vecindad en un 26% de todos los procedimientos. Es interesante indicar que había un 3% que denunciaba a sus jefes y un 4% a su cónyuge. Hay relaciones de pareja que pueden acabar bastante mal…

En conclusión, si tenemos en cuenta todas las cifras de detenidos por la Gestapo eran —pese a la colaboración ciudadana— bastante bajas respecto al total de población. En Lippe, por ejemplo, con 176.000 habitantes, a lo largo de los doce años que duró el Tercer Reich hubo en total 292 denuncias. Basta arremeter contra unos pocos para atemorizar al conjunto. A esto se le podría añadir lo que se conoce en psicología como disonancia cognitiva, que es el rechazo que nos provoca vivir en una contradicción. Es decir, viviendo en un entorno nacionalsocialista, con su propaganda, sus símbolos omnipresentes, con esas pequeñas “cositas nazis” que se introducían en la vida cotidiana como hemos estado viendo (y seguiremos haciéndolo en la continuación)… En ese contexto, decíamos, mantener unas ideas opuestas creaba una fractura con el entorno que para muchos no fue intelectual o moralmente soportable y prefirieron dejarse llevar.

Como escribió el corresponsal estadounidense William L. Shirer tras asistir a un gran acto del Partido Nazi: “está devolviendo boato, color y misticismo a las vidas grises de los alemanes del siglo XX”. Las espectaculares concentraciones del partido con cientos de miles de participantes y su fastuosa decoración e iluminación con reflectores antiaéreos, sus desfiles de precisión milimétrica, sus ritos paganos y su monumentalidad, su reivindicación de la fuerza, camaradería, épica y acción, la oportunidad que ofrecía al individuo de disolverse en el grupo, la evocación de un pasado legendario junto a la promesa de un futuro radiante… todo ello atrajo a muchos alemanes, pero eran ingredientes que encajaban como un guante especialmente en la mentalidad y el carácter de los más jóvenes. Nada valoraba más el nazismo que la juventud, como herramienta y como ideal, opuesta a la que consideraban decrépita República de Weimar, con un anciano Hindenburg a su frente. De hecho la media de edad de todos los integrantes del partido al llegar al poder era de apenas 28 años. Así que la educación de los jóvenes era un asunto de importancia vital para Hitler:

“El chico alemán del futuro debe ser delgado y flexible, rápido como un galgo, resistente como el cuero y duro como el acero Krupp. Debemos educar un nuevo tipo de ser humano, hombres y mujeres absolutamente disciplinados y saludables. Nos hemos comprometido a dar al pueblo alemán una educación que comienza en la infancia y nunca termina.”

Por ello, poco más de tres meses después de la toma del poder, el nuevo Ministro de Interior Wilhelm Frick estableció el 9 de mayo de 1933 en el Diario General de los Profesores Alemanes que la enseñanza objetiva de la historia era una falacia del liberalismo. Los nuevos principios que la escuela debía enseñar eran:

1) La vida es una lucha constante donde la raza y la sangre son primordiales.

2) La importancia del coraje en la batalla y el sacrificio del individuo por un fin superior.

3) Admiración por el liderazgo del Führer.

4) Odio a los enemigos de Alemania.

Las diferentes asociaciones de profesores fueron absorbidas por una ya existente, la Liga Nacionalsocialista de Maestros, de la que llegaron a ser miembros el 97% de todos los profesores. Ellos debían liderar el cambio a un nuevo sistema educativo. Solo un día después de este manifiesto del ministro, los estudiantes universitarios hicieron hogueras con libros de autores judíos, izquierdistas y en general de cualquier tipo que no encajase en la doctrina del nuevo régimen. Las bibliotecas escolares fueron también rápidamente depuradas y los libros de texto de los alumnos, aunque inicialmente eran los mismos de la época de Weimar, pasaron a ser reescritos y complementados con nuevas publicaciones cargadas de doctrina nazi a partir de 1936.

El retrato de Hitler pasó a ser omnipresente tanto en las aulas como en los libros de texto, y los niños debían realizar el saludo alemán en la escuela, el “Heil Hitler” con el brazo en alto, entre 50 y 100 veces al día. El recurso al castigo físico se incrementó sobre aquellos jóvenes poco aplicados, revoltosos o que no caminasen erguidos. Las clases eran interrumpidas de vez en cuando para escuchar discursos de Hitler retransmitidos por radio y ocasionalmente se llevaba a los alumnos al cine a ver películas como Qex, de las Juventudes Hitlerianas. A los más pequeños se les hacía memorizar versos como éste:

¡Mi Fürher!
Te conozco bien y te quiero como a mi madre y a mi padre.
Te obedeceré siempre como hago con mi padre y mi madre.
Y cuando crezca, te ayudaré como ayudo a mi padre y a mi madre.
Y estarás satisfecho conmigo

A los más mayores se les enseñaba el poema La sangre es sagrada y sacrosanta:

Mantén pura tu sangre,
No es tuya nada más,
Te llega de muy lejos,
Y más lejos se va.
De mil antepasados
El rastro aún conserva
Y contiene el futuro.
Ella es tu vida eterna.

Los niños que comenzaban en la escuela aprendían a leer y escribir con abecedarios en los que por ejemplo a la H le correspondían Hitler, Himmler y Hess y a la K, kriegerpilot (piloto de combate), Kiel (base naval) y Kamerad (camarada). Entre los más mayores se popularizaron los concursos de caligrafía con letra gótica, que el régimen estableció como la oficial y genuinamente aria. Unos concursos que se promocionaban en revistas bajo eslóganes como “sienta alemán, piense alemán, hable alemán, sea alemán en la escritura también”.

A partir de los nueve años los niños ya debían aprender los hechos más significativos de la 1º Guerra Mundial y también recibían un curso sobre el Kampfzeit, el periodo de lucha por el poder del Partido Nazi durante los años 20. Uno de los libros que se estudiaban en primer curso de secundaria era Pueblo sin espacio de Hans Grimm, cuyo título da una cierta idea de su contenido. Se pedía a los alumnos redacciones en torno a temas como “Yo soy alemán, una expresión de orgullo y deber”, “Hitler como garante de la unidad alemana” o “la revolución nacionalista como comienzo de una nueva era”. En los ejercicios de matemáticas se calculaban trayectorias de disparos de artillería y se mostraban a los alumnos problemas a resolver como el siguiente:

“Se estima que la proporción de sangre de origen nórdico entre el pueblo alemán es de 4/5 partes de la población. Un tercio de éstos se pueden considerar rubios. De acuerdo con estas estimaciones, ¿Cuántos rubios hay entre los 66 millones de alemanes?”

Mientras tanto en la enseñanza universitaria se intentaron crear sin éxito unas “matemáticas alemanas”, centradas en la geometría y no en el álgebra, ya que la primera se ajustaba más a la armonía y proporción del cuerpo ario ideal. Las clases de religión se redujeron y se convirtieron en una asignatura opcional para el alumno. Por el contrario, las de gimnasia pasaron de dos sesiones a la semana a cinco, acorde a la importancia fundamental que la salud y la actividad física tenían en el ideario nacionalsocialista. En las clases de geografía el Este de Europa se denominaba Lebensraum (Espacio vital alemán) y en las de latín se estudiaban textos en los que se justificaban las pretensiones de Mussolini sobre Etiopía. Otra asignatura imprescindible para el ideario nazi era la biología, centrada en los conceptos de higiene racial, herencia y eugenesia. En la enseñanza secundaria se redujo el porcentaje de mujeres a un 30% y además del adoctrinamiento común a los chicos se potenciaba en ellas la enseñanza de ciencia doméstica, tal como podemos ver en este horario extraído de Michael Lynch Nazy Germany (Londres, 2004):

Claudia Koonz, profesora de historia en la Universidad de Duke, recoge este cuento narrado en un libro para niños de la época:

“Un día antes de su emigración anual, la madre cigüeña llora mientras el padre, con el apoyo de las cigüeñas que los rodean, insiste en que su cría, que tiene dificultades para volar, debe quedarse allí. “¿No es eso cruel?”, pregunta un niño campesino que presencia el momento del abandono. “No lo es, hijo. ¿Por qué vamos a dejar que los enfermos pongan en peligro a los sanos?… las crías que sobran no sirven para nada. Sin esa conciencia, nuestro pueblo no podría seguir creciendo”.

Esa idea de los enfermos como una carga inasumible también se inculcaba en problemas de matemáticas, en los que los alumnos debían calcular los costes relativos para los contribuyentes de los hijos enfermos en comparación con los sanos. Asimismo, la Ley de Esterilización de 1934 obligaba a los profesores a identificar a aquellos alumnos que pudieran tener unas habilidades físicas o mentales limitadas para proceder a su esterilización. Los psiquiátricos y asilos para discapacitados físicos pasaron a ser lugares de visita de excursiones escolares para que los niños tomasen conciencia de ese dispendio. Hay que decir que el Tercer Reich no se limitó a inculcar la teoría a los más jóvenes, ya que entre 1933 y agosto de 1941 asesinó a más de 70.000 discapacitados, lo que le permitió ahorrar 885 millones de marcos. Por su parte, los pedagogos animaban a los alumnos a aplicar esas ideas con sus propios compañeros más débiles —aunque, eso sí— con una actitud aséptica:

“Cuando dejan de burlarse de un niño desgraciado por haber hecho caso a las amonestaciones de sus padres, la educación materna se ha anotado un triunfo extraordinario. Pero, ¿Jugar con él?… En ese caso los niños actúan de acuerdo a un instinto básico que rechaza todo lo que es enfermo o débil o repulsivo”

En las escuelas alemanas los alumnos judíos eran una minoría muy escasa, especialmente a medida que el Tercer Reich se consolidaba en el tiempo, bien porque eran llevados a escuelas judías para evitar su discriminación, o porque emigraban con sus familias o únicamente ellos, enviados con parientes de otros países (recordemos que la deportación de judíos a campos de concentración fue a partir de 1941). Para 1938 apenas quedaban unos 7.400 asistiendo a escuelas públicas en toda Alemania, por lo que la inmensa mayoría de los más de 300.000 maestros no tuvieron ninguno en sus aulas. Eran humillados con frecuencia tanto por otros niños como en ocasiones por los propios profesores, que mandaban a los escolares limpiar con agua y jabón el pupitre donde se había sentado su compañero judío. Aunque también hay testimonios de comportamientos opuestos, según una madre estadounidense que vivió en Hamburgo durante aquellos años:

“A muchos maestros les quedaba todavía algo de humanidad, pues en secreto abrazaban a los pequeños y les decían que no se preocuparan; de todos modos, no se atrevían a mostrarles afecto en público, ya que las consecuencias habrían sido graves.”

Una práctica muy frecuente no solo en los colegios sino también en las universidades fueron las excursiones al campo, con ejercicios marciales de 8:45 a 13:00 horas, y después de comer un tiempo de estudio con lecciones como “Alemania en la prehistoria” o “Tú y tus genes”. Llegada la noche se cantaban canciones en torno a hogueras como forma de fortalecer la camaradería entre los jóvenes.

Pero los retiros a entornos rurales, donde recibir adoctrinamiento político y vivir en comunidad, también se realizaban específicamente para los profesores. Más de dos terceras partes de todos ellos tuvieron que participar en los retiros de seis semanas de duración, que organizaba la Liga Nacionalsocialista de Maestros. También los había para miembros de las SA, de las SS, del Servicio de Trabajo del Reich, de la Asociación Nacionalsocialista de Estudiantes, de las Juventudes Hitlerianas… al llevarlos al campo se extraía a sus participantes de sus entornos cotidianos, proporcionándoles un pretendido “ambiente de bravura militar” donde crear la ilusión de una comunidad nacional sin clases sociales y en comunión con la tierra alemana. Como reprochaba en 1934 un memorando de las Juventudes Hitlerianas de Hamburgo a algunos de sus miembros poco participativos: “Una vez más, estáis bajo el influjo del “yo” liberal marxista y negáis el “nosotros” nacionalsocialista”.

Nuevas instituciones educativas

En 1932, las Juventudes Hitlerianas tenían apenas 20.000 miembros, una cifra muy reducida en comparación con otras organizaciones juveniles rivales. Una vez eliminadas todas ellas (salvo las católicas) a finales de 1933 ya contaban con 2,3 millones de miembros. Para 1939, cuando la inscripción en ellas era obligatoria para todos los niños a partir de 10 años, llegó a tener en torno a los 9 millones de miembros. En ellas se realizaban frecuentes actividades campestres y deportivas, desfiles, se enseñaba el código Morse y a interpretar mapas. También se les comenzaba a familiarizar con las armas, enseñándoles por ejemplo a lanzar granadas, aunque sin carga explosiva, o con el puñal que se les otorgaba en su ingreso. Dado que los niños miembros de las Juventudes Hitlerianas iban al colegio con su propio uniforme, pronto esto se convirtió en una fuente de prestigio para ellos de cara a otros alumnos. Tan confiados en el espíritu marcial que se les inculcaba, algunos incluso llegaban a retar a sus profesores. Según un testimonio de la época “ya no se puede hablar de la autoridad de los maestros, los pequeños mocosos insolentes de las Juventudes Hitlerianas deciden qué se hace en las escuelas, son ellos quienes están al mando”. Pero también hubo profesores que pudieron tenerlos a raya, castigándolos bajo el argumento de que un joven de dicha organización debía servir de ejemplo a los demás.



La pertenencia a esta organización juvenil abría las puertas a otras nuevas instituciones educativas que el Tercer Reich trajo consigo: las Napolas, las escuelas Adolf Hitler y los Ordensburguen. Las primeras eran escuelas bajo el control de las SS, daban educación de bachillerato a los futuros altos funcionarios y cargos del ejército y en ellas se ponía especial énfasis en las actividades deportivas —para ingresar se hacían exámenes de destreza y resistencia física— y al aire libre como la conducción de lanchas motoras y motocicletas, vela, tiro, remo, boxeo, juegos bélicos… así como periodos de hasta dos meses ayudando en tareas de campo, fábricas y minas de carbón.

Las escuelas Adolf Hitler también valoraban de forma especial la actividad física y estaban destinadas a formar a los líderes políticos del mañana. En ellas no eran los padres quienes solicitaban el ingreso de sus hijos, sino que seleccionaban a sus propios alumnos según su aspecto físico y las dotes de liderazgo que hubieran mostrado en las Juventudes Hitlerianas. Los alumnos dedicaban cinco clases diarias a las actividades físicas y apenas una y media a las intelectuales. En lugar de exámenes tenían “semanas de logros”, en las que los alumnos competían en grupos. Los estudiantes que pasaban por aquí finalmente estaban destinados a ingresar, a partir de los 25 años, en los Ordensburguen, los Castillos de la Orden. En un estilo que imitaba a las órdenes de caballería medieval —donde cada alumno contaba con un criado— y situados en idílicos entornos naturales de montañas y lagos, se caracterizaban, quién lo iba a decir… por la importancia que daban a la actividad física. El de Vogelsang, por ejemplo, disponía del mayor gimnasio del mundo.

Por todo lo que llevamos viendo hasta ahora, pueden deducirse sin mucha dificultad un par de cosas: la sutileza no era una cualidad nacionalsocialista y el nivel educativo de los jóvenes, como era de esperar, descendió considerablemente en unos pocos años. Así, según un informe de la Wehrmacht: “Nuestra juventud ha adquirido principios perfectamente correctos en la esfera física de la educación, pero con frecuencia se niega a extender esto a la esfera mental (…) muchos de los candidatos a oficiales muestran una falta de conocimientos elementales sencillamente increíble”. Por ello, a comienzos de los cuarenta comenzaron a hacerse comunes en las universidades las clases de repaso de bachillerato. Pero el impacto del Tercer Reich en ellas no se limitó a esto, como veremos a continuación.

Las universidades

Tal como dijo Hitler en noviembre de 1938: “cuando observo a nuestra clase intelectual, desgraciadamente, supongo, son necesarios; de otro modo podríamos, no lo sé, exterminarlos o algo por el estilo”. Está claro que no era muy partidario, si viviera hoy en día probablemente usaría el término gafapastas. ¿Pero era mutua la animadversión? La llegada de los nazis al poder trajo consigo la expulsión inmediata del 10% de los profesores universitarios. Bien por judíos, izquierdistas o ambas cosas a la vez. En un país que contaba con una formidable cantidad de ganadores del Premio Nobel de todas las disciplinas, el exilio de grandes figuras de las ciencias y las letras fue considerable: Thomas Mann, Theodor Adorno, Erich Fromm, Max Born, Albert Einstein…

Y sin embargo… el apoyo al nazismo entre la comunidad universitaria duplicaba a la media alemana. Las rencillas laborales y académicas —Martin Heidegger no perdió ocasión de delatar a compañeros judíos—, la fuerte tradición nacionalista que existía en las universidades con grupos como la Sociedad Tule, la posibilidad de ocupar las plazas que habían quedado vacías, la expectativa de que el nuevo régimen trajera una mejora de la propia posición y del prestigio que el ideario nazi atribuía de la materia en la que estaban especializados (sobre todo entre filólogos, médicos y biólogos) y la simple adaptación para sobrevivir, hizo que las universidades alemanas distaran de oponerse al nazismo, con algunas excepciones como Kurt Huber, ejecutado por su activismo en el grupo de resistencia Rosa Blanca.

Como decíamos, las disciplinas afines tuvieron un auge considerable. La filología alemana o Germanistik se adaptó con facilidad al nuevo régimen, promoviendo el uso de términos de raíz nórdica en oposición a los de raíz latina, menos alemanes. Se crearon cátedras de folklore alemán y de las 23 universidades 12 de ellas pasaron a contar con institutos de estudios raciales. Hasta un tercio del total de profesores universitarios eran de medicina, una carrera que al ser tan apreciada por el Tercer Reich se convirtió en la más solicitada por los estudiantes. El derecho corrió una suerte contraria, ante el desmantelamiento del Estado de Derecho llevado por el régimen y el descrédito creciente de los funcionarios, los estudiantes que optaron por esta carrera pasaron de un 19% en 1932 a un 11% en 1939.

Pero el anti-intelectualismo imperante, la preferencia por la carrera militar entre los jóvenes, la restricción del acceso a las mujeres y la bajada de la natalidad durante los años de la Primera Guerra Mundial (la generación que en los años 30 llegaría a la universidad), llevaron a que el conjunto de la población universitaria sufriera una notable bajada, de 104.000 en 1931 a solo 41.000 en 1939.

No obstante, pese a esa decadencia, dado que la universidad partía de un nivel previo tan elevado y a que la investigación científica se desarrollaba también en grandes empresas alemanas y en centros de investigación financiados por el Estado, el nivel científico-técnico de Alemania al comenzar la Segunda Guerra Mundial era tan alto que indudablemente contribuyó a sus éxitos iniciales. También hizo posible que —cuando la situación comenzó a complicarse tras la derrota de Stalingrado— la población civil confiase en el mito de un arma secreta de los nazis tan poderosa que cambiaría el curso de la guerra. A popularizar esa y otras creencias contribuyeron los medios de comunicación alemanes, dedicados a pleno rendimiento durante el Tercer Reich al proceso de “educación que comienza en la infancia y nunca termina”.

Fuente: jotdown

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