lunes, 17 de septiembre de 2012

La victoria del Ejército Rojo


La Segunda Guerra Mundial, por lo menos en lo que al “Teatro Europeo” se refiere, comenzó con la potente invasión de Polonia por el ejército alemán en septiembre de 1939. Unos seis meses después, hubo victorias aún más espectaculares, esta vez sobre los países del Benelux y Francia. Al llegar el verano de 1940, Alemania parecía invencible y predestinada a gobernar indefinidamente el continente europeo. (Hay que admitir que Gran Bretaña se negó a tirar la toalla, pero no podía esperar ganar la guerra por sí sola, y tenía que temer que Hitler pronto volvería su atención a Gibraltar, Egipto y/o a otras joyas de la corona del Imperio Británico). Cinco años después, Alemania vivió el dolor y la humillación de la derrota total. El 20 de abril de 1945, Hitler se suicidó en Berlín mientras el Ejército Rojo se abría camino hacia el interior de la ciudad, reducida a un montón de ruinas humeantes, y el 8/9 de mayo Alemania se rindió incondicionalmente. Es obvio, por lo tanto, que en algún momento entre finales de 1940 y 1944 la situación había cambiado dramáticamente. Pero ¿cuándo y cómo? En Normandía en 1944, según algunos; en Stalingrado, durante el invierno de 1942-43, según otros. En realidad, la situación cambió en diciembre de 1941 en la Unión Soviética, más específicamente, en la planicie árida al oeste de Moscú. Como lo describe un historiador alemán, experto en la guerra contra la Unión Soviética: “Esa victoria del Ejército Rojo [frente a Moscú] fue indudablemente el mayor corte en toda la guerra mundial” [1]No debería constituir una sorpresa que la Unión Soviética haya sido la escena de la batalla que cambió el curso de la Segunda Guerra Mundial. La guerra contra la URSS fue la guerra que Hitler había querido desde el comienzo, como lo dejó muy en claro en las páginas de Mein Kampf [Mi lucha], escrito a mediados de los años veinte. (Pero una guerra en el este, es decir una guerra contra los soviéticos, era también objeto del deseo de los generales alemanes, de los principales industriales de Alemania, y de otros “pilares” del establishment alemán.) En los hechos, como ha demostrado recientemente un historiador alemán [2] lo que Hitler había deseado desencadenar en 1939 era una guerra contra la URSS y no contra Polonia, Francia, o Gran Bretaña. El 11 de agosto de ese año, Hitler explicó a Carl J. Burckhardt, un funcionario de la Liga de Naciones, que “todo lo que emprendía iba dirigido contra Rusia”, y que “si Occidente [es decir los franceses y los británicos] era demasiado estúpido y demasiado ciego para comprenderlo, se vería obligado a llegar a un acuerdo con los rusos, volverse y derrotar a Occidente, y luego darse vuelta con toda su fuerza para asestar un golpe a la Unión Soviética” [3]. Es en los hechos lo que sucedió. Resultó que Occidente era “demasiado estúpido y ciego”, como lo vio Hitler, para darle “mano libre” en el este, y por lo tanto llegó a un acuerdo con Moscú –el infame “Pacto Hitler-Stalin”– y luego desencadenó la guerra contra Polonia, Francia y Gran Bretaña. Pero su objetivo siguió siendo el mismo: atacar y destruir a la Unión Soviética lo antes posible.Hitler y los generales alemanes estaban convencidos de que habían aprendido una importante lección de la Primera Guerra Mundial. A falta de las materias primas necesarias para ganar una guerra moderna, como ser el petróleo y el caucho, Alemania no podía ganar una guerra prolongada e interminable. A fin de ganar la próxima guerra, Alemania tenía que ganarla rápido, muy rápido. Así nació el concepto de la Blitzkrieg [Guerra relámpago], es decir la idea de una guerra rápida como el relámpago. Blitzkrieg significaba guerra motorizada, por lo tanto, en preparación para una guerra semejante Alemania produjo durante los años treinta cantidades masivas de tanques y aviones así como camiones para el transporte de soldados. Además, importó y almacenó cantidades gigantescas de petróleo y caucho. Gran parte de ese petróleo se compró a corporaciones estadounidenses, algunas de las cuales tuvieron la gentileza de poner a disposición la “receta” para producir combustible sintético de carbón. [4] En 1939 y 1940, ese equipo permitió que el ejército y la fuerza aérea alemanas arrollaran las defensas polacas, holandesas, belgas y francesas con miles de aviones y tanques en cosa de semanas. Las guerras relámpago, fueron invariablemente seguidas por victorias relámpago.Esas victorias fueron suficientemente espectaculares, pero no suministraron a Alemania mucho botín en la forma del petróleo y el caucho vitalmente importantes. En su lugar la guerra relámpago gastó en realidad las reservas acumuladas antes de la guerra. Por suerte para Hitler, Alemania pudo seguir importando petróleo del todavía neutral EE.UU. en 1940 y 1941 – no directamente, sino a través de otros países neutrales (y amigos) como la España de Franco. Además, bajo los términos del Pacto Hitler-Stalin ¡la propia URSS también aprovisionó de modo bastante generoso a Alemania con petróleo! Sin embargo, era extremadamente molesto para Hitler que, en cambio, Alemania haya tenido que suministrar a la Unión Soviética productos industriales de alta calidad y tecnología militar avanzada, utilizada por los soviéticos para modernizar su ejército y mejorar su armamento [5].Es comprensible que Hitler ya haya resucitado su anterior plan para la guerra contra la URSS poco después de la derrota de Francia, es decir en el verano de 1940. Una orden formal para ese ataque, con el código de Operación Barbarossa fue dada unos pocos meses después, el 18 de diciembre de 1940 [6]. Ya en 1939 Hitler se había mostrado extremadamente ansioso de atacar a la Unión Soviética, y se había vuelto contra Occidente solo, como lo señala un historiador alemán. “a fin de gozar de seguridad en la retaguardia cuando estuviera finalmente listo para ajustar cuentas con la Unión Soviética”. El mismo historiador concluye que en 1940 nada había cambiado en cuanto a Hitler: “El verdadero enemigo estaba en el este” [7]. Hitler simplemente no quería esperar mucho más antes de realizar la gran ambición de su vida, es decir, antes de destruir al país que había definido como su archí-enemigo en Mi lucha. Además, sabía que los soviéticos estaban preparando frenéticamente sus defensas para un ataque alemán que, como lo sabía demasiado bien, vendría tarde o temprano. Ya que la Unión Soviética se fortalecía cada día más, el tiempo no estaba obviamente de parte de Hitler. ¿Cuánto más podría esperar antes que se cerrara la “ventana de la oportunidad”? Continúa leyendo

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