sábado, 15 de septiembre de 2012

La política represiva de Vladimir Putin


La condena de dos años de cárcel a las integrantes de la banda punk Pussy Riot es solo el último gesto autoritario del gobierno de Vladimir Putin.  En su tercer mandato presidencial, el ex espía de la KGB ha impuesto un régimen represivo que persigue a los opositores y no tolera la más mínima muestra de disidencia. Ahora en su mira están blogueros, estrellas de televisión y hasta el campeón mundial de ajedrez Gary Kaspárov.
Gary Kaspárov es tan solo el mejor ajedrecista de la historia. Fue el campeón mundial de ajedrez más joven y, durante dos décadas, uno de los deportistas más importantes de Rusia. Hoy tiene que defenderse públicamente de la acusación de haberle mordido la mano a un policía. Kaspárov, que supuestamente propinó el mordisco cuando era detenido, el viernes 17, por apoyar a las Pussy Riot, alega que lo debió haber dado un perro policía. Ha tenido que pedir que hagan un análisis de su dentadura y de las de los canes que estuvieron durante su detención. La policía insiste en que fue él. Ahora, por esta acusación, una de las mayores glorias del deporte mundial enfrenta la posibilidad de pasar cinco años de su vida tras las rejas.
No es fácil ser un opositor en la Rusia de Vladimir Putin. Han pasado 13 años desde que llegó al poder –en diciembre de 1998, como presidente interino, luego de la dimisión de Boris Yeltsin– pero su régimen de hierro parece estar lejos de suavizarse. Todo lo contrario. Desde que asumió por tercera vez la presidencia de su país, en mayo pasado, ha dejado en el olvido los tímidos gestos de apertura dados por su antecesor, Dmitri Medvédev, y ha endurecido la mano del gobierno.
Por ejemplo, en junio, la Duma (la cámara de diputados rusa) aprobó una ley que endurece las condiciones para realizar manifestaciones (eleva las multas a los que cometen “infracciones” y deja este concepto a la interpretación de las autoridades). En julio, la Duma, de mayoría oficialista, aprobó otra ley que señala que las ONG que realicen actividades que puedan ser consideradas políticas (derechos humanos, observación electoral, etc.) y que reciban financiamiento del exterior serán consideradas “agentes extranjeros”, término que en Rusia casi equivalen al de “espía”. La medida parece destinada a desprestigiar a las ONG que protestan contra la política represiva del Kremlin. Algunas de ellas ya han adelantado que no se
registrarán, por lo que podrían ser sancionadas con fuertes multas y hasta con penas de cárcel a sus directivos.
Pero el hecho que confirmó ante el mundo la entraña autoritaria de Putin ocurrió en febrero, antes de que este volviera a la presidencia, cuando aún era primer ministro. Fue el caso de las Pussy Riot.
Una condena abusiva
Nadezhda Tolokónnikova (22) es una estudiante de Filosofía de la Universidad de Moscú, miembro del grupo artístico Voina, organizador de varias performances de protesta contra Putin y Medvédev (como la orgía que escenificaron en el Museo Zoológico de Moscú, en 2008). Ekaterina Samutsévich (30), fotógrafa aficionada, fue programadora informática en una empresa de armamentos. María Aliójina (24), estudiante de Periodismo, es vegetariana y colaboradora de Greenpeace. Ellas, junto a una docena de personas más, formaron el colectivo Pussy Riot a fines del año pasado con el objetivo de protestar contra las pretensiones electorales de Putin.
Como se sabe, el 21 de febrero Nadezhda, Ekaterina, María y otras dos chicas no identificadas irrumpieron encapuchadas en el atrio de la Catedral de Cristo Salvador de Moscú, de la Iglesia ortodoxa rusa, y, tras despojarse de sus prendas y quedarse en ropa interior, tocaron dos canciones: “Mierda bendita” y “Virgen, echa a Putin”, para escándalo de los feligreses. Unas semanas después las tres fueron arrestadas. Amnistía Internacional las declaró “presas de conciencia” y un sinnúmero de personalidades, líderes políticos y artistas de todo el mundo les expresaron su solidaridad. El viernes 17 de agosto, la justicia las sentenció a pasar dos años en prisión. Su delito: “vandalismo motivado por odio religioso”. La jueza a cargo del caso desechó los argumentos de la defensa, que remarcaban que el acto fue político, tanto que se dio en el contexto de la campaña electoral.
Y aunque Putin había dicho que esperaba una condena leve para ellas, pocos dudan en Rusia de que él fue el principal interesado en lograr una sanción que sirviera de ejemplo a sus demás opositores.
Persecución y acoso
Alexéi Navalni (36) es un popular bloguero que en los últimos años se ha convertido en una de las principales figuras de la oposición. Desde su sitio web, rospil.info, ha publicado numerosas denuncias sobre corrupción en el Estado que suelen ser ignoradas por las autoridades. En 2011 la BBC lo describió como “posiblemente la única figura opositora de peso que ha emergido en Rusia en los últimos cinco años”. Time lo apodó “el Erin Brockovich ruso” y lo ubicó en la lista de las 100 personalidades más influyentes del mundo. Hace dos años el gobierno trató de involucrarlo en un supuesto caso de corrupción cometido cuando era consejero del gobernador de Kirov. La investigación se cerró en abril por falta de pruebas, pero fue reabierta en julio pasado y con un nuevo cargo, “malversación a gran escala”, en lo que constituye, según los analistas, un evidente caso de persecución política. “No me puedo imaginar cómo los investigadores van a demostrar esto”, ha escrito él en su blog, “pero sin duda lo van a demostrar”. Si la justicia, controlada por Putin lo halla culpable, Navalni podría pasar hasta 10 años en prisión.
Navalni fue uno de los organizadores de la movilización que el 12 de junio tomó las calles de Moscú para exigir la renuncia de Putin y la realización de elecciones libres. Un día antes de la marcha, funcionarios del Comité de Investigación (el FBI ruso) allanaron la casa de Navalni, así como las de los activistas Serguéi Udaltsov, Ilia Yashin y Ksenia Sobchak, en busca de documentos e información que pudiera comprometerlos en algún tipo de delito.
El caso de Sobchak es curioso. Ella es hija de Anatoli Sobchak, el mentor político de Putin. De hecho, el presidente es su padrino. Sobchak es una socialité conocida como la “Paris Hilton rusa”, heredera de un imperio que incluye una línea de ropa, acciones en una empresa de telefonía y en un lujoso restaurante. A fines del año pasado se involucró en las manifestaciones que pedían elecciones sin fraude y debido a la atención mediática que concita –ha conducido varios programas de televisión–, y al hecho de ser la novia del líder opositor Ilia Yashin, se ha convertido en uno de los rostros de la oposición.
La vieja amistad entre Putin y su padre, quien falleció el 2000, no ha librado a Sobchak del acoso gubernamental. En el registro en su casa fue hallado el equivalente a 1,5 millones de euros en sobres, lo que ha llevado a las autoridades a investigar una posible evasión tributaria. Ella dice que ha sido víctima de un asalto.
Ser opositor en la Rusia de Putin no es fácil. Alexéi Kiselev, líder de la comunidad LGTB rusa y amigo de las Pussy Riot, ha tenido que pedir asilo político en España debido al hostigamiento del que es víctima. El diputado Guennadi Gudkov ha tenido que vender lo que quedaba de sus otrora exitosas empresas luego de que se le revocaran varias licencias y se le iniciara investigaciones por supuesta evasión de impuestos.
Aleksandr Dolmátov, militante del partido Otra Rusia, ha pedido asilo político en Holanda luego de que se le iniciara una investigación por su participación en los disturbios del 6 de mayo. A María Barónova, otra de las lideresas de las protestas, la fueron a visitar representantes del organismo de protección a los menores debido a una supuesta denuncia anónima que la acusaba de descuidar a su hijo. En medio de este panorama, los expertos consideran que los opositores deberían continuar su lucha de manera pacífica, sin caer en las provocaciones del régimen. No es fácil ser opositor en la Rusia de Putin. Pero es necesario. Fuente: larepublica.pe

1 comentario:

  1. jajaja, y lo que le quiere hacer Estados Unidos a Snowden o Assange no es un regimém represivo. O aún peor, todas las guerras que ha hecho, y la forma en la que presiona a distintos paises o opina de lo que no tendría derecho a opinar.

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