domingo, 2 de septiembre de 2012

La pedofilia en la historia: la época de los césares

 
He dado con una web sumamente ilustrativa  sobre el tema de la pedofilia a lo largo de la historia, desde la época de los césares hasta la actual era de internet. Ya el índice lo dice todo. En este post transcribiré el capítulo I dedicado a los césares. Podéis leer el resto de capítulos en la web Alicia en el lado oscuro.

Capítulo I
Historia de la pedofilia. Un acercamiento
Césares pedófilos
La retahíla de emperadores a los que las fuentes atribuyen vicios alejados de las reglas de la moral que convirtió a Roma en un Imperio es muy extensa.
Como ya citábamos en el apartado dedicado a Cátulo, César fue conocido como el adúltero calvo, pero también se le acusaba de afeminado y de ser amante del rey Nicomedes. El maestro en oratoria Cicerón dejó registrado públicamente sobre este asunto: «Todos sabemos lo que has recibido de él y lo que tú le has dado». A César se le conocía también como «el marido de todas las mujeres y la mujer de todos los maridos».
Otro césar, Octavio, fue acusado por Sexto Pompeyo de entregarse pasivamente a un hombre y de haber perdido la virginidad con César. El pueblo se burlaba de él, llamándole fellator, la palabra latina que ya hemos citado antes refiriéndonos a los niños esclavos que daban placer oral a sus amos y cuya acción (fellatio) ha pasado al castellano como «felación».
Del emperador Tiberio se relata (Suetonio lo hace) que arregló cuevas y bosques en Capri para reunirse con grupos de amantes jóvenes, a los que incitaba a tener relaciones entre ellos. También se le acusa de prácticas pederásticas: al parecer, se bañaba en compañía de niños a los que llamaba «pececitos» pues los hacía pasar entre sus muslos para que lo excitaran con sus bocas. De Augusto también cuenta Suetonio en su obra Los doce césares que prefería las puella, jovencitas-niñas, que le conseguía su mujer.
Calígula, uno de los emperadores más excéntricos y depravados del Imperio Romano, practicó en público el incesto con todas sus hermanas. Sus excesos sexuales también implicaron a hombres, como Lépido, marido de su hermana Drusilla. En sus desvaríos, Calígula pensaba que el sexo era una herramienta de dominación, una teoría que no era infrecuente en esta época y que llega a nuestros días, por lo que practicaba relaciones tanto con hombres como con mujeres, cuya edad no importaba. Por otro lado, y sin que sirva de descargo, Calígula desterró de Roma a los spintrios o prostitutos masculinos, según relata Suetonio, aunque se duda de la eficacia de su norma contra ellos.
Nerón llegó a practicar sexo con su madre y se atrevió a violar a una sacerdotisa que tenía que permanecer virgen (una vestal). Su principal exceso conocido con un menor fue la castración de un niño, Sporo, con el cual se casó públicamente según el rito romano.
Otón llevaba peluquín y estaba obsesionado con que no le saliera barba, para lo cual se daba masajes con pan en la cara.
Vitelio fue uno de los discípulos (probablemente pueri) de Tiberio en Capri y era conocido como spintria, calificativo reservado a los prostitutos.
Adriano, al que Marguerite Yourcenar dedica unas memorias en las que apenas se menciona su vida sexual, era famosísimo por su relación con Antínoo. Según Elio Esparciano, cuando murió, «lloró por él como una mujer». Además, se entregaba a todas las lujurias.
Constantino fue acusado por Ammiano de tener prácticas sexuales con castrados a los que se les había quitado su capacidad de engendrar pero que seguían teniendo erecciones.
Según Gibbon, de los primeros quince emperadores sólo Claudio tuvo relaciones exclusivamente con mujeres, lo que nos sitúa en un panorama sexual muy particular. Las biografías de los césares son discutibles, porque a los tiranos se buscaba difamarlos principalmente, pero hay autores como Suetonio que crean relatos muy verosímiles.
Hace referencia Cantarella a la dicotomía entre las normas que existían y las vidas que llevaban los emperadores. Su solución es razonable: las normas son sólo para los dominados, quien las impone está más allá de ellas. O, como practican muchos dirigentes religiosos –de cualquier religión–, «haz lo que yo digo pero no hagas lo que yo hago».
A pesar de que las mujeres no tenían tanto poder como los hombres, algunas romanas aprovecharon la autoridad de sus maridos y su condición de ciudadanas para practicar sus propias perversiones.
Mesalina tenía catorce años cuando se casó con el emperador Claudio pero abandonaba la cama matrimonial de noche y se dedicaba a prostituirse bajo el nombre de Lycisca. Agripina, la madre de Nerón, fue también acusada de corromper a menores, entre ellos a su propio hijo, como ya se señaló. Sin embargo, como señala Cantarella, los autores apenas hablan de las depravaciones de las mujeres, ya que en un mundo concebido para el hombre y su virilidad, sólo importaba lo que a ellos les sucedía.

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