jueves, 27 de septiembre de 2012

La Inquisición española, la historia negra de la Iglesia


1. La Inquisición Española. Su primera actuación y sus procedimientos
 
Establecida por los Reyes Católicos, D. Fernando y Doña Isabel, con el objeto principal de oponerse al peligro de los falsos conversos judíos y aprobada en 1478 por el papa Sixto IV, la Inquisición Española se contradistingue de la Medieval, fundada en 1231 por Gregorio IX, en dos puntos fundamentales: en su estrecha dependencia de los monarcas españoles y en la perfecta organización de que la dotó desde un principio su primer inquisidor general fray Tomás de Torquemada, O.P. Con las Instrucciones de que éste la dotó y basándose en las disposiciones existentes contra la herejía, organizó bien pronto diversos tribunales en Sevilla, Toledo, Valencia, Zaragoza, Barcelona y otras poblaciones, con lo cual se convirtió en un importante instrumento en manos de los Reyes Católicos y sus sucesores Carlos I y Felipe II, quienes apoyaron constantemente su actuación.

Así se explica que, como es tan discutida la obra de los reyes de España, particularmente la de Felipe II, así también lo sea de un modo especialísimo el de la Inquisición Española. Por esto son innumerables los adversarios, como Juan Antonio Llorente y E.C. Lea, que han escrito y siguen escribiendo en nuestros días contra este tribunal, sobre todo contra sus procedimientos [1]; pero frente a los mismos, son igualmente muy numerosos los que han escrito en su defensa, tales como Ortí y Lara y Fr. J. Rodrigo [2]. Mas, por otro lado, ha comenzado a hacerse luz en un punto tan importante de la historia de la Iglesia en España, estudiando a la Inquisición sobre la base de los documentos, que se han conservado en gran abundancia. En este sentido, la obra más recomendable es la del protestante alemán E. Schäfer, que es quien mejor ha formulado un juicio desapasionado y objetivo sobre la Inquisición española.

Ahora bien, para tener una idea adecuada sobre la Inquisición española, es necesario conocer los procedimientos que empleaba, pues precisamente contra ellos se dirigen gran parte de las inculpaciones de sus adversarios. El primer punto de controversia es el de las denuncias, con que generalmente se iniciaban los procesos de la Inquisición. Estas se recogían, sobre todo, como resultado de la promulgación de los Edictos de Fe, en los que se exponían al pueblo con gran ponderación los errores mas característicos, sobre todo cuando aparecía algún conato de error o de herejía, cargando la conciencia de todos los cristianos para que denunciaran a los sospechosos. Asimismo constituían buena fuente de denuncias los mismos encarcelados, quienes, sea por debilidad, sea por congraciarse con los jueces, descubrían fácilmente a sus cómplices; y, finalmente, por medio del espionaje, para lo cual servían de un modo especial los llamados familiares de la Inquisición.

Por lo que se refiere a estos puntos, el historiador ya citado E. Schäfer prueba con toda suficiencia (y lo mismo hemos confirmado nosotros con nuestras investigaciones directas) que la Inquisición tenía un cuidado particular en reunir gran cantidad de sólidas denuncias; que no hacía caso de las anónimas, y en general, que en este punto procedía con la máxima objetividad. Respecto del espionaje, conviene observar que ha sido siempre un instrumento usado por los organismos mejor constituídos, y precisamente en nuestros días se ha intensificado más que nunca.

Sobre las cárceles de la Inquisición se han publicado las descripciones más tétricas, y sin embargo, un estudio detenido de las fuentes, como el que ha realizado Schäfer, lleva a la conviccion de que no eran calabozos lóbregos y oscuros, pues de los procesos consta que los reos leían y escribían mucho. En general, se puede afirmar que eran "relativamente" suaves, si se tienen presentes las que usaban los tribunales de aquel tiempo.

Los puntos más débiles del proceso de la Inquisición eran el secreto de los testigos y el sistema de defensa. Por lo primero, se mantenían ocultos los nombres de los denunciantes, con lo cual, por un lado, se facilitaba notablemente la denuncia; mas, por otro, se dificultaba la defensa. Por esto ha sido duramente impugnado por los adversarios de este tribunal. Pero debe advertirse que, si se admite el derecho del Estado y de la Iglesia a castigar a los herejes, el secreto de los testigos es en realidad necesario, pues la experiencia había probado que sin él nadie se arriesgaba a presentar denuncias, y resultaban inútiles los esfuerzos de los inquisidores. Por eso, ya en la Edad Media se tuvo que introducir.

En esto precisamente estriba el punto más débil del sistema de defensa de la Inquisición. Pero, además, siendo los abogados o letrados nombrados oficialmente por el tribunal y no de elección del reo, perdían como fácilmente puede deducirse, gran parte de su eficacia.
Sin embargo, por poco que se examinen los procesos de la Inquisición, puede verse la intensidad con que trabajaba la defensa y cómo muchas veces obtenía resultados favorables al reo. Uno de los medios que más le favorecían y más frecuentemente usados es el de los llamados testigos de abono, citados por el mismo reo, y que con toda fidelidad eran escuchados por los jueces y muchas veces influían claramente en la marcha del proceso.

Pero el punto más impugnado de la Inquisición es el del tormento que en ella se empleaba. Ciertamente debemos rechazar el empleo del tormento como medio para obtener de los reos sea la confesión de la propia culpa, sea la delación de sus cómplices u otras confesiones deseadas. La experiencia de todos los tiempos, e incluso de nuestros días, prueba con toda evidencia que no puede uno fiarse de lo que un hombre declara bajo el efecto del tormento.

Mas por lo que se refiere al tormento empleado por la Inquisición española, podemos afirmar lo siguiente: en primer lugar, debe tenerse presente que en aquel tiempo empleaban este sistema todos los tribunales legítimamente establecidos. Así pues, no era exclusivo de la Inquisición ni fue ella la que lo inventó. Además, eran muy pocos los procesos en que lo empleaba, como lo confirma expresamente E. Schäfer. De unos doscientos que nosotros hemos examinado, sólo en ocho se emplea el tormento. Finalmente, insiste particularmente el citado historiador en que los géneros de tormento empleados por la Inquisición española eran "relativamente suaves" y ciertamente muchos menos crueles que los empleados, por ejemplo, por los tribunales ingleses en la Torre de Londres contra los católicos y otros reos.

Finalmente, por lo que se refiere a las penas aplicadas por la Inquisición española, baste decir que no hizo otra cosa que aplicar las leyes y las normas ya existentes y admitidas entonces por todos los estados católicos. Mucho se ha discutido sobre el derecho de aplicar penas violentas, sobre todo la pena de muerte, contra la herejía. Ciertamente, los santos más insignes de la antigüedad cristiana, en particular San Agustín, se opusieron decididamente a ello. Pero es un hecho que, a partir de fines del siglo XII, todos los estados católicos lo admitieron. Por otro lado, no debe pasarse por alto que, en la mayor parte de los casos, los herejes no se limitaban a la defensa subjetiva de un principio religioso, sino que se unían y se rebelaban contra los príncipes católicos. Es bien claro el hecho de los hugonotes o protestantes franceses. Por esto, en realidad, los estados cristianos consideraban a los herejes como perturbadores públicos y enemigos, y su herejía como crimen contra el Estado.

El hecho es que, en el siglo XVI, los estados católicos castigaban la herejía con la pena de muerte, y la Iglesia reconocía ese estado de cosas. Así pues, la Inquisición española no hacía más que aplicar la legislación vigente. Hubo ciertamente algunas exageraciones. Así consta que la hubo en los primeros años de su actuación, a partir de 1481, en el tribunal de Sevilla y otros tribunales. Asimismo hubo partidismo y apasionamiento en algunos inquisidores y algunos grandes procesos, como el del arzobispo de Toledo Bartolomé de Carranza, en la segunda mitad del siglo XVI. Se trata en estos casos de deficiencias humanas, como las ha habido siempre en todas las instituciones en las que toman parte los hombres, incluso en las más elevadas, como el episcopado y el pontificado romano. Pero, poniendo aparte estas deficiencias humanas, debemos decir con E. Schäfer que la Inquisición española se esforzó seriamente en cumplir sus instrucciones y en conjunto realizó su objetivo, manteniendo la unidad de la fe en el gran imperio español. Más aún, fueron incomparablemente mayores las crueldades y muertes causadas en Francia por las guerras religiosas que las ocasionadas en tres siglos por todos los tribunales de la Inquisición.


2. Resultados de la Inquisición española


Ahora bien, si queremos sintetizar los resultados positivos de la actuación de la Inquisición española, podemos resumirlos con lo que acabamos de decir, afirmando que a ella se debe en gran parte el que España se viera en el siglo XVI y siguientes libre de la herejía, manteniendo de este modo la unidad de la fe. Esto se verá claramente si recorremos los puntos pricipales en que tuvo que intervenir.

I) Atajó el peligro de los falsos conversos.- El primer efecto de la actuación de la Inquisición española fue el haber atajado el peligro de los falsos conversos. Precisamente ese peligro inmenso, como expusimos anteriormente, fué el motivo inmediato que impulsó a los Reyes Católicos a organizar este tribunal, pues las cosas habían llegado a tal extremo que ya se trataba del ser o no ser de la España católica. (Así se expresa el historiador Ludwig von Pastor en su Historia de los Papas, otro historiador alemán, P. M. Baumgarten, en su obra Die Werke Leas afirma "Si se hubieran dejado correr las cosas en España tal como se habían ido desarrollando desde el siglo XIV, sin duda hubiera resultado a la larga una especie de sincretismo o islamismo como religión de España". Pero el que mejor ha presentado el inmenso peligro que representaban los judizantes dentro del estado español ha sido N. López Martínez en Los judaizantes castellanos y la Inquisición en tiempos de Isabel la Católica.

Pues bien, a todo ese estado de cosas puso término el tribunal de la Inquisición. Ella entregó al brazo secular y éste a las llamas, a algunos centenares y tal vez un millar de falsos conversos judíos; pero con este rigor de la Inquisición y con el castigo de los obstinados en su error, por una parte, desapareció el peligro constante de la unidad cristiana, y, por otra, se evitaron en adelante la infinidad de asesinatos y tropelías a que se entregaba el pueblo católico como reacción contra la perversidad de los taimados conversos. El peligro de los conversos y de los degüellos generales de los judíos desapareció gracias a la Inquisición. En realidad, a fines del siglo XVI no existía ese peligro.


II) Preservó de la falsa mística y de la brujería.- El segundo servicio prestado por la Inquisición a la España católica del siglo XVI fue el haberla preservado de los alumbrados y toda clase de falsos místicos.
Precisamente a principios del siglo XVI, cuando ya parecía prácticamente eliminado el peligro de los falsos conversos judíos, apareció este nuevo peligro, que era tanto mayor cuanto que por su misma naturaleza se ceba en la piedad de los fieles. Pero la Inquisición lo atajó con su energía acostumbrada. Diversas veces levantó cabeza esta alimaña dañina y asquerosa. Para convencerse de los estragos que puede causar y de la amenaza que esto suponía a las buenas costumbres y piedad cristianas, basta leer algunas proposiciones de las que defendían aquellos hombres y mujeres, que se presentaban como inspirados por Dios, despreciaban toda autoridad jerárquica y se creía autorizados para perpetrar las mayores barbaridades, incluso las promiscuidades más escandalosas, pues decían que ellos eran impecables y en ellos todo era lícito. (ver en La Inquisición española y los alumbrados, mismos autores).
Pero la Inquisición anduvo siempre alerta y supo poner el remedio conveniente. Es verdad que la reacción consiguiente fue a las veces al extremo opuesto, produciendo cierto pánico contra todo lo extraordinario. Pero, prescindiendo de algunas molestias insignificantes que este ambiente ocasionó a algunos santos y escritores místicos, en realidad no fue obstáculo para el desarrollo de aquella literatura ascética y mística de los siglos XVI y XVII, que constituye el encanto del mundo contemporáneo y ciertamente cortó de raíz el peligro de la falsa mística.

No menos importante fue igualmente el servicio que prestó la Inquisición a la España católica librándola de la terrible plaga de la brujería. Efectivamente, en el siglo XVI, tan fecundo en toda clase de acontecimientos extraordinarios y de todo género de empresa, cayó sobre gran parte de Europa una plaga terrible que amenazaba destruir con su contagio las regiones más prósperas y más cultas. Era la plaga de la brujería, hechicería, magia o como se la quiera llamar. Grandes fueron los estragos que hizo en todas partes; pero mayor fue todavía el fanatismo de una reacción insensata, que, sobre la base verdadera de los abusos y peligros de esta odiosa peste, hizo objeto a las verdaderas y a las supuestas brujas de una persecución tan sanguinaria, que causó en poco tiempo más de 30,000 víctimas en sólo en centro de Europa.

También la Inquisición española preservó a la península Ibérica de este peligroso contagio. Con su vigilancia y energía acostumbradas, atajó los principios de la peste, y como ésta no había tenido tiempo de extenderse, bastaron algunos pocos castigos, sobre todo el del célebre auto de fe de Logroño de 1610. Compárense las pocas sentencias de relajación dadas por la Inquisición española contra las brujas, que no pasaron de doce, con los muchos miles de condenados a muerte en Alemania y el resto de Europa; pero, sobre todo, no olvidemos que, gracias a la vigilancia de la Inquisición, no pudo arraigar esta peste entre nosotros.


III) Se pararon los pasos al protestantismo.- Pero incomparablemente mayor fué el peligro que amenazó a la verdadera fe de parte del protestantismo, y, gracias principalmente a la Inquisición española, se le cortaron los pasos desde un principio. Véase en otra parte lo que se ha expuesto sobre la rápida y eficaz intervención de la Inquisición en tan decisivos momentos de la historia de España.
Primero fueron casos aislados; pero bien pronto fueron los dos focos de Valladolid y de Sevilla, en donde personas eminentes, como el dr. Agustín Cazalla, Carlos de Seso, Fr. Domingo de Rojas y Pedro Sarmiento; los dres. Juan Egidio y Constantino Ponce de la Fuente, junto con once monjes del monasterio de San Isidiro de Sevilla, llegaron a constituir centros importantes de la herejía. Pero la Inquisición, fiel a su ministerio, estuvo constantemente alerta, y, descubiertos aquellos primeros chispazos, los apagó con la rapidez y energía que exigía la magnitud del mal que amenazaba. Y la Inquisición siguió vigilante, atajando en todas partes los conatos más insignificantes de la herejía luterana y calvinista. A ella, pues, se debe, sin duda, el haber mantenido la unidad religiosa y el catolicismo íntegro de nuestros padres contra los esfuerzos del protestantismo por penetrar en nuestro suelo. A ella se debe igualmente el haber evitado aquellas interminables guerras religiosas, que tanta sangre costaron a Francia y otras naciones europeas. Todo esto detallado en la obra de Schäfer.


3. La Inquisición ante la ciencia y la santidad


Los enemigos de la Inquisición española suele esgrimir una serie de argumentos que tienden a probar que la Inquisición fue enemiga de la ciencia y de los sabios, e incluso puso constantemente obstáculos a los santos y hombres de virtud. Creemos pues, conveniente, para terminar este capítulo, hacer algunas observaciones sobre un tema de tanta importancia.

Ante todo, es contrario a los hechos históricos que la Inquisición española persiguiera a los humanistas del siglo XVI. Más bien consta todo lo contrario. El gran cardenal Cisneros fue sin duda, el más decidido protector de las empresas culturales, junto con los Reyes Católicos, y siguió siéndolo durante su regencia. Lo manifiestan la fundación de la Universidad de Alcalá y la publicación de la célebre Políglota Complutense, en la que Cisneros tuvo ocupados a los mejores hebraístas, helenistas y latinistas de su tiempo. Con este florecimiento general de los estudios humanísticos en el primer tercio del siglo XVI, no es nada de extrañar que los escritos de Erasmo, el gran patriarca del humanismo europeo, fueran muy leídos y estimados en España. Más aún: si bien es verdad que Erasmo tuvo apasionados opositores, se puede decir que precisamente en España, o al menos entre los españoles, contaba con discípulos y admiradores de primera categoría, tales como Luis Vives, Alfonso y Juan Valdés, Juan de Vergara, Luis Núñez Coronel, Damián de Goes y otros. Esta admiración por Erasmo llegó a tal extremo, que dos ilustres prelados de su tiempo, el arzobispo de Toledo, don Alonso de Fonseca, y el de Sevilla, don Alonso Manrique, fueron durante mucho tiempo sus más decididos defensores.
Muerto Erasmo en 1536 y el inquisidor general Manrique en 1538, la Inquisición prohibió los escritos del primero donde hacía sátiras del monacato y otras instituciones católicas.

La verdadera cultura y el sano humanismo nunca fueron objeto de persecución por parte de los inquisidores, como lo prueba el hecho de que constantemente fueron protegidos los hombres y las obras culturales en cuanto no se rozaban con la fe, y precisamente durante todo el siglo XVI y primera mitad del XVII, en que la Inquisición Española ejerció su mayor influjo, llegó a su máximo apogeo el florecimiento de los grandes escritores eclesiásticos, de la literatura y de las artes en España.
Por lo que se refiere a algunos eminentes sabios y escritores que tuvieron algún contacto con la Inquisición española, he aquí lo que se puede decir, conforme a los documentos más fidedignos (especialmente contundente es Menéndez Pelayo en La Ciencia Española y en Los Heterodoxos):

Francisco Sánchez (el Brocense) era eminente en filología. La Inquisición inició un proceso, que no terminó por el fallecimiento del procesado.
En las actas originales se ve que la causa fue la tendencia de este filósofo a impugnar a los teólogos, a veces con frases peligrosas. Por tanto, no se le procesó por su ciencia, sino por sus evidentes extralimitaciones.

Contra Luis de la Cadena, célebre canciller de Alcalá, consta solamente que hubo una denuncia en su contra. Por ello, temiendo que la cosa pasara adelante, se dirigió a París y fue nombrado profesor de la Sorbona. De hecho no llegó a haber proceso ni intervino la Inquisición.

Respecto de Antonio de Nebrija, padre de los estudios humanísticos, lo único que sucedió fue que algunos teólogos lo tenían por sospechoso a causa de sus impugnaciones de la Vulgata; pero todos se estrellaron contra la protección que los inquisidores generales Deza y Cisneros dispensaron al gran humanista.

Arias Montano, autor de la Biblia Regia de Amberes, fúe acusado por algunos de defender ideas rabínicas. Pero, examinado el asunto por la Inquisición, ésta lo calificó favorablemente. Así pues, ni siquiera hubo proceso. El p. Mariana no sólo no fue perseguido, como afirman algunos, sino que fue estimado por los altos inquisidores, quienes le encomendaron la redacción del Índice de libros prohibidos de 1583 y la calificación de la Biblia Regia de Arias Montano. Fray Luis de León, clásico y filólogo, humanista y exegeta eximio, fué procesado dos veces, en lo que influyeron dos causas: la envidia de algunos doctores y las exageraciones del mismo fray Luis en la impugnación de la Vulgata.
Hay que conceder que los inquisidores fueron duros y algo desconsiderados; pero al fin la Inquisición lo absolvió y él pudo escribir con toda libertad.


Por lo que se refiere a la afirmación de que la Inquisición persiguió a los místicos y a santos, con lo cual fue obstáculo a la literatura ascética y mística y aun a la misma santidad, podemos asentar esos dos principios: por un lado, que precisamente durante el periodo de mayor apogeo de la Inquisición española se distinguieron más que nunca innumerables santos y escritores ascéticos y místicos en España, lo cual es la mejor prueba de la falsedad de aquellos cargos. Es un hecho que inquisidores y teólogos del siglo XVI se dejaron llevar en ocasiones de verdadero prejuicio hacia la ascética y la mística, debido a los focos descubiertos de alumbrados y falsos místicos. Y como se admite esto de parte de los que defienden a la Inquisición, los que la atacan deberán reconocer, a la luz de la Historia, que la Inquisición reconoció finalmente la inocencia de los auténticos místicos y santos.
He aquí algunos de los casos más insignes y la explicación más objetiva de la intervención de la Inquisición española:

El primero es el de San Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús. De él se afirma que fue apresado y tratado duramente por la Inquisición. Ciertamente, tres veces fue procesado en Alcalá y una en Salamanca, siempre por sospechas de ser alumbrado. Pero ante todo digamos que no fue el Santo Oficio el que siguió sus procesos, sino tribunales diocesanos. Cuestión de prevención, toda vez que se acababan de descubrir focos de alumbrados en Toledo, Guadalajara y Salamanca, y se comprenderá que en aquellas circunstancias suscitaran sospechas las prácticas usadas por San Ignacio y algunos de sus seguidores. Pero no obstante, siempre fué absuelto y pudo continuar su vida penitente y apostólica.

También el beato Juan de Ávila, apóstol de Andalucía, es presentado como víctima de la Inquisición. Mucho tiempo se dudó de si realmente fue procesado por el Tribunal, pero luego fue descubierto y publicado por el p. Camilo María Abad el proceso buscado, y se supo que luego de muchas molestias, el Beato fue totalmente exonerado y pudo seguir su vida normal de apostolado (ver el libro del p. Abad, El proceso de la Inquisición contra el beato Juan de Ávila).

Del incomparable escritor fray Luis de Granada, se afirma asimismo que fue perseguido por la Inquisición. Nunca fue procesado. Solamente se incluyó en el Índice de 1559 su obra Tratado de la oración a causa de algunas expresiones que favorecían la doctrina de los alumbrados. Nunca se puso en duda su buena intención en el libro, y en cuanto suprimió sus expresiones señaladas, el libro circuló libremente, y el p. Granada nunca perdió nada de su gran prestigio.

Sobre San Francisco de Borja, otra presunta víctima de terrorismo inquisitorial; lo único que sucedió con él fue que en el mismo Índice de 1559 apareció una obra que llevaba su nombre, y cundió la alarma contra él; pero aclarándose el asunto se supo que se trataba de un volumen que compilaba escritos de diversos autores, entre ellos dos de Francisco de Borja, pero que no eran sus escritos, sino otros, los que motivaban la prohibición del volumen.

Quedan finalmente, las dos lumbreras más insignes de la mística española, Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz. Pues ninguno de ellos fue molestado nunca por la Inquisición. Algo le sucedió a Santa Teresa, y fue que la princesa de Eboli, para vengarse de un supuesto "agravio personal", entregó al Santo Oficio la autobiografía de la Santa. Los inquisidores detuvieron el escrito por un tiempo, pero finalmente lo aprobaron sin ninguna corrección. Y la misma Santa y sus escritos, en los que se desarrolla la más elevada mística, gozaron constantemente del mayor prestigio.

Y por lo que se refiere a San Juan de la Cruz, ni él ni ninguno de sus escritos fueron jamás objeto de sospecha por parte de la Inquisición. Hubo algunos teólogos que los impugnaron como sospechosos de iluminismo, pero la Inquisición -severa como era-, nunca encontró procedentes dichas denuncias.

Digamos, finalmente, dos palabras sobre el caso del arzobispo de Toledo Bartolomé Carranza. Efectivamente Carranza tuvo que sufrir un larguísimo proceso. Hay que reconocer que en él influyeron pasiones humanas, sobre todo los celos del inquisidor general Fernando de Valdés y la enemistad de su hermano de hábito, el célebre Melchor Cano. Esto comunicó a todo el proceso un carácter odioso y violento, tanto más desagradable cuanto que se hizo necesaria la intervención del rey Felipe II. Pero en el fondo había fundamento para el proceso, como se reconoció en la misma Roma.

Referencias:

[1] He aquí algunos títulos de obras tendenciosas contra la Inquisición Española: MONTANUS (Gonzalo de Montes), Inquisitionis Hispanicae Artes aliquot iam olim dectae a Reginaldo Montano hispano "Reformistas antiguos españoles" (Madrid, 1857). LLORENTE Juan Antonio, Historia crítica de la Inquisición Española, (Barcelona 1818), MELGARES Marín J., Procedimiento de la Inquisición (Madrid 1886), LEA E.C., A history of the Inquisition of Spain (Nueva York, 1922), LUCKA E. Torquemada un die spanische Inquisition, (Leipzig, 1926), SABATINI R., Torquemada and the Spanish Inquisition (Londres, 1927), JOUVE M., Torquemada, grand inquisiteur d´Espagne (París, 1934).


[2] Véanse las obras de los principales apologistas, PÁRAMO L.A. De origine et progressu officii sanctae Inquisitionis eiusque dignitate et utilitae (Matriti, 1558), RODRIGO Fco. J. Historia verdadera de la Inquisición, (Madrid, 1876-77), ORTÍ Y LARA, La Inquisición, (Madrid, 1877), CAPPA F. La Inquisición Española, (Madrid, 1888).

Como un comentario general sobre la Inquisición Española, publico este extracto del Tomo III de la Historia de la Iglesia Católica, Edad Nueva. La Iglesia en la Época del Renacimiento y de la Reforma católica, por Ricardo García Villoslada y Bernardino Llorca, profesores de Historia Eclesiástica ambos, el primero en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma y el segundo en la Pontificia Universidad de Salamanca.

En el capítulo XI de la parte 2 de dicho tomo, los autores tratan el tema del Catolicismo en otros estados de Europa, tras hablar de Alemania, Inglaterra y Francia. Y titulan "La Inquisición Española" a un subíndice IV de dicho capítulo, que es el que a continuación expongo. En otros temas, principalmente de Alfonso Junco y Marcelino Menéndez Pelayo, se estudiarán algunos detalles específicos de la España Inquisitorial.

Jesús Hernández
Fuente: luxdomini

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