viernes, 7 de septiembre de 2012

Entrevista a Shin Dong-hyuk: escapar de Corea del Norte

Shin Dong-hyuk es la única persona norcoreana nacida en un campo penitenciario para presos políticos (kwanliso) de la que se sabe que ha logrado escapar. Nacido en el Campo 14 en la provincia de Pyongan Meridional en 1982, cruzó el alambre de espinos en 2005 y logró llegar a Corea del Sur. Hablamos con él cuando visitó Londres, Reino Unido, para promocionar el libro Escape from Camp 14, el extraordinario relato de su vida contado por el periodista Blaine Harden.
Shin Dong-hyuk es la única persona norcoreana nacida en un campo penitenciario para presos políticos (kwanliso) de la que se sabe que ha logrado escapar. © AI
¿Cómo era la vida en el kwanliso?
Vivía en un cuarto pequeño y sucio con mi madre. Un lugar donde viven delincuentes no puede estar limpio. Nací de padres delincuentes, así que tuve que vivir la vida de un delincuente. Las paredes estaban enmohecidas y la lluvia se filtraba. En invierno, el cuarto estaba helado. Cada mañana me levantaba con la preocupación de si cumpliría con la cuota de trabajo ese día. Si no lo hacía, no me darían de comer. Comía lo que me daban los guardias penitenciarios y hacía lo que me ordenaban que hiciera.

En la escuela sólo me enseñaron a escribir, a hacer operaciones aritméticas sencillas y a trabajar con dureza en los campos desde que tenía seis años. No nos decían nada de Corea del Norte, de su gobierno ni el mundo exterior. A las personas del kwanliso se las considera infrahumanas, animales que no son dignos de que se les enseñe nada.

¿Cuáles fueron sus peores experiencias en el campo?
El hambre, unida al duro trabajo y a las constantes palizas, eso era lo más duro. Los guardias penitenciarios no muestran ninguna indulgencia con los menores, las mujeres o las personas mayores. Si cometes un error, te golpean inmediatamente. A varias personas las mataron a golpes.

Un día, en la escuela, el profesor nos registró y a una de las niñas le encontró cinco granos de maíz. El profesor pensó que había robado el maíz y la golpeó con dureza delante de nosotros. Ella se desmayó, y la llevamos a casa con su madre. Al día siguiente estaba muerta. [Tenía seis años.] Cosas así eran muy habituales.

Más tarde, cuando trabajaba en una fábrica de tejidos, dejé caer al suelo accidentalmente una máquina de coser que se rompió sin posibilidad de ser reparada. Uno de los guardias se enojó mucho y me cortó el dedo corazón por un nudillo para castigarme. En aquel momento, lo único que pensé fue que tenía suerte por haberme librado de la ejecución.

¿Cómo era su relación con sus padres?

No era una relación cariñosa. El concepto de familia era desconocido para mí. Todos éramos delincuentes, nada más. Todavía estoy aprendiendo lo que significa ser una familia.

¿Qué imaginaba sobre el mundo exterior?
Pensaba que lo que nos enseñaban, lo que veía y oía en el campo era todo lo que existía en el mundo. El mundo que conocía en ese momento era un mundo en el que sólo existían los guardias penitenciarios y los delincuentes. No tuve noticia del mundo exterior hasta que conocí a otro recluso, Park. No podía hacerme una idea cabal, pero comencé a imaginar cómo sería. Aunque no creía lo que me contaba, decidí probar. Intentamos escapar juntos. Lamentablemente, él no lo consiguió.

A usted lo torturaron. ¿Qué sucedió?

Cuando vivía en el campo nunca lo consideré tortura. Pensaba que merecía ser torturado, porque cometía errores. Cuando mi madre y mi hermano fueron ejecutados por intentar fugarse, mi padre y yo también debíamos haber sido ejecutados. Pero milagrosamente logramos evitarlo. Cuando me colgaron cabeza abajo y me quemaron sobre un fuego de carbón por lo de mi madre y mi hermano, pensé que era correcto que me hicieran todo aquello. Estaba enojado con las personas que me torturaban, pero culpaba a mi madre y a mi hermano por su fechoría.

¿Cómo ha cambiado su perspectiva desde entonces?

Desde mi fuga, he viajado por todo el mundo y he sentido muchas emociones nuevas. Pero sigo estando muy confuso. En el campo penitenciario pensaba que era perfectamente natural pasar por todas aquellas experiencias dolorosas. Pero ahora que estoy fuera y he vivido en Corea del Sur y Estados Unidos, estas experiencias son en realidad mucho más dolorosas. Desde la publicación del libro sobre mi vida, me siento más estresado que cuando estaba en el campo. No creo que sea capaz de escapar nunca de mi pasado, porque se vuelve a contar en el libro.

¿Qué puede hacer el mundo exterior para cerrar los campos penitenciarios de Corea del Norte?

En el libro revelo un secreto vergonzoso que había guardado durante años: el hecho de que a mi madre y mi hermano los ejecutaron públicamente porque yo los entregué. Me pregunto si la gente leerá el libro, se enterará de mis secretos y se olvidará poco después, o si hará algo para poner fin a esta brutal violación de los derechos humanos. Confío en que la comunidad internacional trabaje para ayudar a impedir más homicidios en Corea del Norte. Sensibilizar sobre lo que allí está sucediendo es fundamental, y confío en que el libro lo haga.

La gente que vive en Corea del Norte no puede hacer nada al respecto. Si se produce un cambio, creo que llegará a través de ONG como Amnistía Internacional, con su presión al régimen norcoreano. Por eso es importante que la gente apoye a organizaciones como Amnistía Internacional.

No resulta nada fácil contar su historia. ¿Por qué la cuenta?

Para mí es una tarea ímproba evocar los recuerdos que quiero olvidar. Pero cuando pienso en los niños que nacen en el kwanliso, condenados a pasar toda su vida como esclavos hasta el día en que mueran, siento que es lo mínimo que puedo hacer para ayudar a poner fin a ese sistema brutal.
 
¿Qué le hace seguir adelante ahora?
Materialmente, estoy mucho mejor ahora. En ese sentido, tengo una vida afortunada. Pero mentalmente estoy muy angustiado. Vivo entre Washington D.C. y Seúl, pero no creo que haya un lugar en el mundo del que pueda decir que es mi hogar.

Amnistía Internacional respeta los puntos de vista de las personas entrevistadas, pero no comparte necesariamente las opiniones expresadas.

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