sábado, 15 de septiembre de 2012

El imperio del sol


Jim es un niño inglés que nunca ha visto Inglaterra. Al igual que Ballard ha crecido en el ambiente colonial y cosmopolita del Shangai de los años treinta. Para él, la Segunda Guerra Mundial existe únicamente en los noticiarios con el que les bombardean. Ajeno a los extraños campos de Europa y de la propaganda nacionalista, la guerra fascina al taciturno y analítico Jim en especial por el despliegue de su gran pasión, los aviones. Hasta el momento en el que los japoneses entran en guerra, ocupan brutalmente Shangai y trastocan de arriba a abajo su mundo. Un mundo que no volverá a existir.
El Imperio del Sol es la obra más famosa y premiada de J. G. Ballard, en gran medida por la adaptación que hizo de ella al cine Steven Spielberg. Es además su obra más autobiográfica, construida a partir de sus vivencias en el campo de prisioneros japonés en el que fue encerrado junto a su familia durante los cuatro años del conflicto. A través de Jim, el niño nervioso e inquisitivo dotado de una escalofriante perspicacia que logra mantenerse vivo en el centro de la devastación, se nos abre una ventana a la conciencia íntima de uno de los mayores teóricos del apocalipsis del siglo XX.
Jim lo entiende todo mejor que nadie: que él y los que les rodean pueden morir por contrariar a los japoneses, o por mostrarse demasiado obsequiosos con ellos; por hambre, enfermedad, o porque un piloto americano aburrido decida ametrallarles; y sin embargo, Jim admite sin rubor que disfruta de la guerra, que no desea que termine aunque se sienta muerto en vida. La inocencia no es otra cosa, y no admite reproches.
No importa cuánto hayamos leído sobre la Segunda Guerra Mundial, con El Imperio del Sol es como si empezáramos de cero. El punto de vista de Jim ajeno a la historia y las ideologías nos conduce por un universo que rompe todos los clichés. Jim es un niño extraño de por sí, que escribe libros sobre las reglas del bridge a pesar de que nunca haya jugado al juego. Sin embargo, como descubriremos, es precisamente su carácter analítico lo que le permite no sólo sobrevivir sino llegar al corazón de las cosas. Mientras los adultos se preocupan por preservar los restos de su mundo perdido o medrar en medio de la confusión, Jim se dedica por entero a comprender y describir la guerra. No es extraño que se encuentre a gusto en ella: es su criatura.
Es una visión, en fin, que ni ensalza ni condena. Lo cual no significa que amortigue en lo más mínimo el testimonio sobre el horror. Al contrario, Jim describe con la misma intensidad cromática el resplandor de los combates aéreos bajo el sol como las decapitaciones públicas o los cadáveres acribillados devorados por las moscas que flotan en los arrozales. Todo en Ballard es corpóreo, sensitivo, inmediato. La mirada escrutadora de Jim, capaz de transcribir con la misma exactitud la vorágine políglota de las calles de Shangai o las hebras de hierba agostada que percibe en el momento en el que decide que va a morir, nos produce una verdadera sensación de abismo. Pocas novelas pueden presumir de lograr un inmersión tan profunda: estamos ahí, vemos, olemos, tocamos.
Jim negocia, mendiga e incluso engaña para mantenerse con vida. Es capaz de aliarse por conveniencia con adultos idealistas como el doctor Rasome y con pragmáticos sin escrúpulos como el aventurero americano Basie. Pero no adopta en ningún momento el papel de pícaro cínico. Descubrimos que en sus alianzas hay verdaderos apegos, como la gratitud leal que siente y mantiene por un piloto japonés que le arroja un mango por lástima o fastidio.
Dentro de una lógica de la guerra a la que se ha amoldado sin resistencia y a pesar de su frialdad natural, Jim tiene una enorme necesidad aún infantil de compartir sentimientos altruistas. No le veremos lamentar las fosas comunes a rebosar; pero su impulso arbitrario de intentar enterrar, débil y enfermo, un cadáver que ha reconocido nos ilustra a la perfección el gran y sádico sinsentido de la guerra.
El Imperio del Sol es un libro vibrante e intenso, esculpido a base de imágenes potentes y evocativas. Es una de las mejores recreaciones de un hecho histórico que he leído y a la vez un universo personal que sólo da la medida de sí mismo. Una gran puerta de entrada a la obra de Ballard y un manual indispensable, con sus fundamentos históricos, de la poética del apocalipsis. Fuente: papelenblanco

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