miércoles, 19 de septiembre de 2012

El hombre que humilló a Hitler


La noche del 27 de febrero de 1933 fue la del incendio del Reichstag, la sede del parlamento alemán. El gobierno nazi, convencido de que se trataba de un atentado perpetrado por comunistas, desató de inmediato una oleada de detenciones de dirigentes y profesionales de izquierdas, así como de funcionarios, intelectuales y artistas simpatizantes o sospechosos de simpatizar con el comunismo. Una de las primeras víctimas de las redadas fue Hans Joachim Litten, joven abogado de ascendencia judía por parte paterna y suaba por parte materna, quien en los años finales de la República de Weimar había adquirido notoriedad como pacifista y abogado defensor de acusados comunistas en una serie de juicios penales, comunes en días de violentas reyertas callejeras. En el más sonado de estos litigios, ocurrido en 1931, Litten sometió a un Adolf Hitler convocado en calidad de testigo a tan áspero y prolongado interrogatorio que el líder nazi admitió “sentirse crucificado”. No hay pruebas de que la detención de Litten se debiese a una intervención personal de Hitler, pero sí las hay de que su permanencia en el sistema penitenciario fue decidida en ultimo término por el dictador. Tras padecer un calvario de arbitrariedades y torturas, Litten, que –paradójicamente- detestaba su profesión y ansiaba volcarse al estudio de las artes y la literatura, se suicidó en 1938, en el campo de concentración de Dachau. El hombre que humilló a Hitler (‘Crossing Hitler’, 2008), obra del abogado e historiador estadounidense Benjamin Carter Hett, es la historia de este denodado adversario del nazismo y el militarismo.
Nacido en 1903 en Königsberg, Prusia Oriental, Litten adquirió bajo la presión de su padre, Fritz, una formación profesional en total disconformidad con sus intereses personales. Arribista, ultra nacionalista y conservador, dado además a distanciarse de sus orígenes judaicos, Fritz Litten fue un jurista de exitosa carrera académica en la Universidad de Königsberg, el que durante la Primera Guerra Mundial se desempeñó como oficial del ejército alemán. La madre de Hans, Irmgard, descendía de una familia de pastores eclesiásticos y académicos suabos, e inculcó en sus tres hijos –todos varones- un profundo amor por las artes, las mismas que su marido tenía por inútiles y desdeñables. La breve trayectoria existencial de Hans obedece en buena medida a una muy enconada confrontación entre el padre y el hijo. Para consternación de su progenitor, Litten despreció desde temprana edad los oropeles de la holgada posición familiar (la suntuosa residencia de los Litten fue uno de los faros de la alta sociedad de Königsberg), y a su activo antielitismo añadió una atracción por la religión y las tradiciones judías, una pasión por las artes (que hizo de él un verdadero erudito en la materia) y, en política, un radicalismo tal que él mismo decía colocarse “a la izquierda del partido comunista”.
Dotado de una inteligencia y una memoria prodigiosas, de natural inconformista y reacio a doblegarse a las ortodoxias intelectuales, Litten era hombre de una sicología compleja que lo volvía retraído en las relaciones sociales, adorado empero por sus amistades y temido –tanto como aborrecido- en el ejercicio de la abogacía. Cultivaba ideas propias sobre muy diversas cuestiones, y hubiese resultado un hereje y un díscolo en cualquier iglesia o partido. Aunque trabajaba para Auxilio Rojo, entidad dependiente del partido comunista alemán que proveía asistencia legal a reos comunistas, Litten se negó a militar en el partido y fue siempre muy crítico tanto de éste como de la Unión Soviética. Como abogado defensor establecido en Berlín practicó un estilo tan agresivo que se hizo odiar por jueces y fiscales, pero también por los nazis, en cuya prensa fue continuamente vilipendiado y amenazado. Una vez hundido en el sistema concentracionario nazi, Litten se abocó a profundizar en su heterodoxa religiosidad y, cuando se recuperaba de las brutales sesiones de tortura, al estudio de los clásicos de la literatura, el arte medieval y las artes modernas. «Litten –escribe Hett- se convirtió en una universidad de un solo hombre». Prodigó sus conocimientos entre sus compañeros de reclusión y concibió una variedad de proyectos de publicaciones, incluyendo un estudio sobre literatura medieval. Mientras tanto, su madre y sus amistades hacían lo posible por obtener su liberación; sus dos mejores amigos, el matrimonio Fürst, cayeron en prisión a raíz de un frustrado plan de fuga. El “caso Litten” atrajo la atención de la prensa extranjera y desde Inglaterra surgió una campaña de presión que, por desgracia, se estrelló contra las prioridades de la política británica de apaciguamiento. Finalmente, quebrantado en cuerpo y alma, sabedor de que nunca acabaría el rosario de tormentos, Litten se quitó la vida.
El guión biográfico desarrollado por Hett cuenta con una subtrama que indaga en el funcionamiento de la justicia penal en la República de Weimar, de pésima fama por su sesgo reaccionario, y en los modos y alcances de la defensoría penal por entonces vigentes; cuestiones ambas en las que resuena la vena jurídica del autor. Hett considera que hay razones para matizar la condena casi universal que actualmente recae sobre la administración weimeriana de justicia (“dura con la izquierda”, blanda con la derecha”), para lo cual se basa en factores como las dificultades financieras que soportaban los tribunales, la relativa escasez de personal idóneo y las enormes presiones políticas y sociales que recaían sobre el sistema; los resultados de los juicios, afirma el autor, escapaban sencillamente de las manos de los jueces. Por otra parte, el vehemente estilo profesional de Litten, que rozaba los límites de lo por  entonces permitido –y en ocasiones los traspasaba, con las consiguientes medidas disciplinarias-, ilustra un afán de reivindicar la independencia y el poder del abogado defensor, no menos que la voluntad de oponerse al continuo declive del imperio de la ley en aquella Alemania. Al respecto, Hett sentencia lo siguiente: «Pocos alemanes habían combatido dicho declive con mayor denuedo o de manera más visible que Hans Litten. Ninguno pagó un precio más alto por la derrota».
El libro está impregnado de todo el afecto y la admiración que un biógrafo puede concebir por su objeto de estudio. Sin embargo, no se trata de una suerte de idealización –o hagiografía- del personaje pues Benjamin Hett deja constancia de la impropiedad del pensamiento político de Litten, un radical que desconfiaba de la democracia, y de su extremada forma de practicar la abogacía, que lo aproximaba al papel de un agitador político. Con todo, además de condolernos de su inclemente martirio, bien puede valorarse la valentía de un hombre que procuró contrarrestar la marejada nazi y que hizo causa común con los pobres y los débiles, y que confrontó una maquinaria judicial políticamente sesgada. La Alemania actual homenajea su memoria: una calle en Berlín lleva su nombre, lo mismo que la sede del Colegio Federal de Abogados, la Casa Hans Litten, sita en dicha calle. También se otorga en ese país, desde 1988, un Premio Hans Litten a abogados que se han distinguido por su labor profesional en favor de los derechos humanos.
- Benjamin Carter Hett, El hombre que humilló a Hitler. Ediciones B, Barcelona, 2008. 559 pp. Fuente: Hislibris

No hay comentarios:

Publicar un comentario