domingo, 9 de septiembre de 2012

Dacca, la megaurbe que crece a pasos agigantados


Cada año llegan a la capital de Bangladesh medio millón de personas desde zonas rurales. Dacca ha duplicado su población en solo quince años y ahora, con 15 millones de habitantes, es la mayor urbe que se haya conocido. Sus ciudadanos disfrutan de las esperanzas que supone este crecimiento, pero también están expuestos a peligros como el hacinamiento y el desabastecimiento. Algunos investigadores critican este tipo de desarrollo, otros lo ven como una salida a problemas peores.

(Dacca, Bangladesh). El futuro está aquí, y huele como a basura quemada.

Mientras la llamada a la oración nocturna recorre los numerosos barrios de Dacca, una neblina azulada se eleva por el aire turbio. En las barriadas de la capital de Bangladesh se suele cocinar al aire libre, y las llamas se avivan con papeles, trocitos de madera y pedazos de basura plástica.

En medio de un laberinto de chabolas llamado el barrio de Korail, una preocupada madre vestida con un sari rojo se agacha para encender el horno de arcilla en el exterior de la casa familiar, de una habitación. Mina, que tiene 24 años, acerca una cerilla a una carpeta de vinilo para guardar documentos que ella nunca leerá.

“No me gusta vivir en Dacca”, asegura mientras abanica el plástico humeante, sobre el que echa trocitos de bambú. “Nuestro sueño es comprar un terrenito, algo de tierra allá en nuestro pueblo”.

Mina se trasladó a la capital de Bangladesh junto a su marido en 2009, sumándose al casi medio millón de personas que llegan a Dacca cada año. No está claro cuándo se marcharán, si es que lo harán alguna vez. El marido de Mina solo consigue ahorrar unos cuantos dólares al mes trabajando como vendedor de pescado. Mina, mientras tanto, cuida de sus dos hijos y, como otros millones de mujeres, prepara el fuego y cocina la cena de la familia.

El humo de estos fuegos no indica el retorno a una época pretérita, sino más bien el inicio de algo nuevo. Dependiendo de cómo se cuantifiquen, el planeta tiene ahora 20 o más mega urbes (aglomeraciones urbanas en donde la ONU calcula que la población ha alcanzado 10 millones o más de habitantes).

Pero la rápida urbanización del mundo es una realidad plagada tanto de peligros como esperanzas.

El peligro es obvio. La sobresaturación, contaminación, pobreza, demanda imposible de energía y de agua crea la imperiosa sensación de que estas mega ciudades simplemente acabarán colapsándose.

La esperanza es menos obvia, requiere más atención. Las posibilidades que ofrece la vida urbana (más acceso a cuidados sanitarios y a trabajo), junto con el importante descenso de natalidad en las urbes, han servido para convencer a algunos teóricos ecologistas de que la emigración a las ciudades quizás sirva para salvar el planeta. Pero eso tan solo servirá, se apresuran a añadir, si ese cambio se maneja correctamente.

Entre estas mega urbes, el Banco Mundial asegura que Dacca, con sus actuales 15 millones de habitantes, ostenta el título de ser la ciudad de crecimiento más rápido del globo. Entre 1990 y 2005 la capital duplicó su tamaño, pasando de 6 a 12 millones de habitantes. Hacia 2025, la ONU predice que Dacca será el hogar de más de 20 millones de personas, más que México DF, Pekín o Shanghái.

La emigración masiva, el crecimiento de la población y el comercio globalizado están haciendo que aumente el tamaño de las ciudades en todo el mundo. Estas fuerzas quizás estén concentradas de una manera aún más poderosa en Dacca que en cualquier otra parte del planeta, lo que ofrece de paso una ventana para observar cómo podrá ser el planeta urbano que está por llegar.

“Estás viendo un avance del futuro del mundo, algo que no es un pensamiento muy agradable”, asegura Atiq Rahman, un investigador de clima y migraciones que está al frente del Bangladesh Centre for Advanced Studies. El crecimiento explosivo de ciudades como Dacca, afirma, ha creado “una forma de caos demográfico”.

Las zonas rurales del planeta se están vaciando cada vez más rápido. Casi 10.000 años le costó a la población humana convertirse en un 3 por ciento urbana (un periodo que se extiende básicamente desde el albor de los asentamientos humanos hasta 1800). Un siglo más tarde, la Tierra era tan sólo un 14 por ciento urbana. Pero en 2007 la ONU anunció que habíamos cruzado una barrera monumental: por primera vez, más del 50 por ciento de la humanidad vivía en ciudades, y no en pueblos o en granjas. Según algunas proyecciones, en 2030 más del 80 por ciento de la humanidad será urbana, con muchas personas viviendo en las ciudades atestadas de barriadas pobres en los países en desarrollo.

El cambio es “un punto clave en la historia de la humanidad, comparable a las revoluciones Neolítica e Industrial”, ha escrito el teórico del urbanismo Mike Davis en su libro “Planeta de ciudades miseria”.

En el sentido más simple, esta transformación tiene un doble origen: las masas de emigrantes continúan abandonando el campo, y que siguen teniendo hijos después de llegar a la ciudad. En cierto modo, la fertilidad ocupa una gran porción de la tarta.

“Se reparte más o menos en un 40/60”, asegura Deborah Balk, especialista en urbanismo del CUNY Institute for Demographic Research de Nueva York. “Tenemos concentraciones de personas más grandes que nunca. Eso es nuevo. Y esas concentraciones tienen también su momento”.

Hasta la mitad de los que emigran en todo el mundo terminan en ciudades de tamaño medio, con hasta medio millón de habitantes, según la ONU. Pero muchos emigrantes se trasladan a un creciente número de mega urbes, gigantes nunca vistos hasta ahora sobre el planeta.

Para 2025 la ONU predice que Delhi, Dacca, Calcuta, Bombay, México D.F., Nueva York, Sao Palo y Shanghái tendrán más de 20 millones de habitantes. Se cree que Tokio llegará a tener unos 37 millones, tres veces la actual población de Grecia.

Unos cuantos de los gigantes más viejos (Nueva York, Tokio y París) crecieron bajo la influencia de las fuerzas que ayudaron al nacimiento de la era moderna: el aumento de los estados-nación, las fábricas y los grandes mercados domésticos.

“Las viejas ciudades se desarrollaron con la industrialización”, explica Balk. “Pero ahora eso ya no ocurre”.

Muchas nuevas ciudades se están haciendo grandes sin hacerse por ello más ricas. Mega urbes como Lagos (Nigeria), Karachi (Pakistán) o Kinshasa (RD Congo), apenas existían en el plano global a mediados del siglo pasado. Los millones de personas que las habitan ahora todavía sobreviven en gran parte ajenos al engranaje económico y financiero.

“Son ciudades pobres, y esa división es realmente importante”, dice Balk. “Hace 100 años había pobreza en Londres, Nueva York, París y Tokio, y todavía hay pobreza en algunas de esas ciudades, pero nunca tuvieron barrios marginales como los que se ven actualmente en las ciudades pobres”.

Entre esas ciudades llenas de barriadas pobres, Dacca representa el caso más extremo. El Bangladesh Centre for Advanced Studies calcula que la mitad de la población de la capital vive en los inmensos suburbios de chabolas hechas a mano, que proliferan como mala hierba en cualquier terreno disponible: al lado de la vía férrea, en los márgenes de los ríos y en humedales ensombrecidos por altos edificios de hoteles.

“La mega urbe de los pobres”, es como el geógrafo urbano Nazrul Islam describe su ciudad natal. Calcula que cerca del 70 por ciento de los hogares de Dacca tienen ingresos inferiores a 170 dólares al mes, y que el 40 por ciento de ellos no llegan siguiera a la mitad de esa cantidad. La mayor parte de los inmigrantes llegan a la capital pensando que la vida allí será mejor que en el pueblo. A diferencia de China, en donde hay fuertes restricciones para la migración interna, en Bangladesh se trata de una opción libre y de carácter personal.

“No ha habido ninguna restricción para la migración a las ciudades”, dice Islam. “Y siempre que se produce un desastre, la gente tiende a trasladarse”.

Cada vez son más los investigadores a los que les preocupa que los cambios climáticos y medioambientales provoquen migraciones masivas en todo el mundo, algo muy delicado en términos ecológicos. Bangladesh puede ser un ejemplo de lo que nos espera. Cada temporada, ciclones, inundaciones y el aumento del nivel del mar hacen que miles de bangladesíes abandonen sus pueblos.

“Este país siempre esté expuesto a algún desastre natural”, se lamenta Ranajit Das, un trabajador social que lleva toda su carrera trabajando en los barrios de Dacca. “Todos los años”.

Los desplazados tienen pocas opciones. En el delta de un río y encajado entre India y Birmania, Bangladesh es uno de los países más densamente poblados del planeta. Su población de 150 millones de personas (casi la mitad que EEUU) vive en un territorio menor que el estado de Iowa. El país sólo tiene un centro administrativo y económico, y para los bangladesíes que deciden emigrar, “el primer destino es la ciudad grande, Dacca”, apunta Islam.

Si bien un tercio de los que llegan a la capital ven como sus ingresos disminuyen tras instalarse en los barrios de chabolas, las investigaciones de Islam indican que al cabo del tiempo la mayoría de ellos consiguen mantener o aumentar sus salarios. “Para algunas personas es una trampa”, indica. “Pero para muchas personas también es una plataforma para mejorar económicamente y también socialmente”.

Algunos investigadores dicen que también hay serios motivos ecológicos para acoger positivamente el nacimiento de un planeta urbano. Para empezar, un planeta de ciudades evitaría el supuesto de una población siempre en aumento condenada a luchar por recursos más escasos que nunca.

Este es su argumento: a medida que los países se urbanizan, su natalidad tiende a disminuir. En la mayor parte de los países industrializados urbanos, las tasas de nacimiento permanecen por sistema en o por debajo de la tasa de reemplazo, que está en 2,1 niños por pareja.

Los incentivos detrás de esa tendencia son simples, plantea Phillip Longman en su libro de 2004 “The Empty Cradle”. Las familias rurales necesitan mayor cantidad de niños para ayudar en los cultivos y con el ganado. Pero en una ciudad de rascacielos o en una barriada atestada, no hay incentivos económicos para tener hijos. De hecho, para las mujeres que optan por criar niños en lugar de trabajar, los incentivos se invierten. Las ciudades del planeta todavía están creciendo en términos absolutos, pero a medida que el número de madres potenciales disminuye, el crecimiento de población se frenará y finalmente caerá.

“Si esto parece contrario a la intuición, pensemos en un tren subiendo por una montaña”, escribe Longman. “Si el motor se para, el tren todavía se seguirá moviendo hacia delante un rato, pero la pérdida de fuerza implica que pronto comenzará a moverse hacia atrás, a una velocidad incluso mayor”.

Sea cual sea la tasa de natalidad actual en los barrios pobres del Tercer Mundo, Longman dice que los emigrantes pronto sufrirán la misma presión que está haciendo que la fertilidad caída en el resto del planeta. La urbanización figura entre los factores que cita la ONU cuando predice que la población de la Tierra alcanzará su equilibrio finalmente en torno a los 9.000 millones de habitantes.

Esta tendencia ha llevado a teóricos medioambientalistas como Stewart Brand a declarar que la urbanización del Tercer Mundo ha “desactivado la bomba de la población”.

El cofundador de The Whole Earth Catalogue dice que el cambio masivo de la vida en los pueblos rurales a las barriadas urbanas es bueno para el planeta también de otras maneras. Las ciudades (incluso las que están plagadas de barrios míseros) utilizan la energía de una manera más eficiente que en los pueblos, según Brand, y el hecho de abandonar los pueblos ayuda a paliar la devastación medioambiental que acarrea la agricultura de subsistencia.

“Hay una inmensa cantidad de paisajes que vuelven a florecer. Ecológicamente, eso es fantástico, y en términos climáticos, también”, sostiene Brand.

No hay comentarios:

Publicar un comentario