viernes, 24 de agosto de 2012

La Santa Inquisición

La Inquisición, por Dubarri
Para hablar bien sobre la historia de la Inquisición necesitaríamos no libros sino volúmenes enteros. Lo que voy a comentar en este artículo, es sobre la Inquisición en España y posteriormente su aplicación en el País Vasco.
¿Qué es la inquisición? El “yu yu” para los católicos de hoy, el terror para los hombres, mujeres y niños de aquella época. La Inquisición es la creación papal y de la curia Romana, para la defensa y la conservación del dogma y de la fe. Una maquinaria perfecta, tan hábil como cualquier ejército militar, e implacable en sus sentencias.
Normalmente un tribunal estaba formado por dos o tres inquisidores del Santo Oficio, un receptor, un fiscal, dos o tres notarios del secreto, un escribano, un nuncio, un alguacil, un carcelero y un portero. Los oficiales ordinarios que formaban la plantilla en sí del tribunal eran alrededor de 50-60 personas. Estamos hablando sobre el periodo de tiempo 1562-67.
Pero continuaremos mas adelante con lo que era y lo que dejó en la Iglesia Católica la Inquisición, ahora para comprender mejor la gran maquinaria de los horrores.

UN POCO DE HISTORIA. EL COMIENZO.
Para entender los principios de la Inquisición, nos remontamos al año 1198 cuando de decreta la bula “Vergentis in Senium” por el papa Inocencio III, que dice que si después de una “admonición” el hereje no se retracta, hay que condenarlo y si se afirma en su error, hay que desterrarlo. Ya en el año 1126, Luis VIII de Francia legisló para los herejes un castigo severo, apuntado ya por el papa Lucio III, en el que se imponía ya la muerte en la hoguera. Y ya entre el año 1220 y 1235, Federico II, de acuerdo con el papa Gregorio IX emite varias leyes donde se establecen claramente las penas para los herejes: destierro, confiscación de tierras y propiedades y la pena de muerte.
En Concilio de Letrán del año 1215 se declaró doctrina básica la Unidad de la Iglesia visible y la imposibilidad de salvarse fuera de ella, todo aquel que se alejara voluntariamente de la Iglesia, y aquel que negara sus dogmas o rechazara sus símbolos, estaba condenado. Contra los que pronunció anatema y excomunión y los remitía al poder secular para el severo castigo.
Los siguientes pasos fueron:
  1. Nombrar los llamados “testes synoidales”, personas de confianza (clérigos o laicos) que investigaban y denunciaban. Gregorio IX nombró comisiones especiales para visitar las ciudades.
  2. Investir a estos legados con poderes permanentes, como consejeros de los obispos y con autoridad propia. Emitían sentencias sin apelación
  3. El papa Gregorio IX en 1231, con los estatutos Excommunicamus, sometió a los inquisidores bajo la jurisdicción del pontificado, y estableció severos castigos
  4. Gregorio IX en la bula del 20 de abril de 1233, encomienda a los dominicos la tarea de la Inquisición, la de perseguir la herejía, con autoridad plena para emitir sentencias.
La Inquisición no empezó verdaderamente a funcionar hasta 1234, de aquella Inquisición nos queda una herencia, pues nunca ha sido abolida como tal, ejerció activamente hasta el s. XVIII y paso a ser el “Santo Oficio” primeramente para posteriormente pasar a denominarse la Congregación para la Doctrina de la Fe, cuyo prefecto el cardenal Joseph Ratzinger es el encargado por el papa de vigilar y guardar el “sello supremo” de la veracidad doctrinal.
LA INQUISICIÓN ESPAÑOLA
En España la Inquisición no empezó a funcionar hasta 1237, en el reino de Aragón y Cataluña. La Inquisición de Aragón puede considerarse activa en el año siguiente por orden del papa Gregorio IX.
En Castilla la Inquisición papal fue un poco más lenta, algún nombramiento hacia el 1401 en que Bonifacio IX, nombró al dominico Vicente de Lisboa inquisidor general de España. Y en Navarra, la Inquisición inició sus andaduras en el año 1513, tras la conquista del reino por Fernando II el Católico. Conquistado el reino de Navarra, lo sometió a la corona de Castilla, tanto políticamente como lo relativo a la Inquisición.

AÑO REINOS INQUISIDOR
1237 Aragón y Cataluña
1401 Castilla Vicente de Lisboa
1513 Navarra Fray Antonio de Maya

A finales del s. XV a la Inquisición se la dotó de más poderes y de legislación más severa. Empezaba la lucha contra los judíos y los nuevos cristianos. Durante tiempo fue imponiéndose la Inquisición en Castilla. El prior de los dominicos Fray Alfonso de Ojeda protestó ante la reina Isabel de que se le concedieran cargos a los conversos y que aún no se castigara a los judaizantes. Ojeda y sus amigos como el arzobispo de Mendoza y el confesor de la reina Torquemada convencieron al final a la reina Isabel para que pidiera la bula necesaria para el establecimiento de la Inquisición en Castilla. Torquemada fue nombrado por el papa Inocencio VIII en 1487 “Inquisidor General del Principado de Cataluña, de la ciudad y del obispado de Barcelona”. Pero encontró una gran repulsa en el pueblo, negándose los concellers a prestar el juramento que les pedía el inquisidor.
La Inquisición española tuvo un reglamento común para todos los tribunales. Este reglamento elaborado por Torquemada en 1484 fue modificado por Valdés cuando publicó su Compilación de las instrucciones del Oficio de la Santa Inquisición en 1561 (Toledo).
Como resultado de la petición de los Reyes Católicos citada anteriormente, Sixto IV dio el 1 de noviembre de 1478 la bula “Exigit sincerae devotionis” necesaria para el establecimiento en España de la Inquisición, una Inquisición que quedaba bajo la autoridad de los reyes y el beneplácito del papa.
RECAPITULACIÓN SOBRE LOS PRINCIPIOS DE LA INQUISICIÓN
Para resumir claramente la creación de la Inquisición nos podemos quedar con lo siguiente:
Que la inquisición fue creada por el papado y otorgando poderes a los reyes para la aplicación de ella, siendo necesarias bulas, véase la bula de Sixto IV.
Que los inquisidores eran en su gran mayoría clérigos, con el beneplácito del obispo o arzobispo de rigor.
Que fue una autentica máquina de exterminio, tanto físico como ideológico.
Que nunca ha sido abolida, solo fue retocada para llamarse Santo Oficio y actualmente su denominación oficial es la Congregación para la doctrina de Fe, el Santo Oficio de la Inquisición, actualmente vigente. Ese es el gran orgullo de la Iglesia Católica Apostólica y Romana.
 
PERSONAJE
VIDA
OBSERVACIONES
Luis VIII el León (1187-1226) rey de Francia (1223-1226)
Inocencio III (1160-1216) papa (1198-1216)
Lucio III + 1185) Papa (1181-1185)
Federico II (del Sacro Imperio Romano) (1194-1250) emperador del Sacro Imperio Romano Germánico (1215-1250) y rey de Sicilia (1198-1212)
Gregorio IX (1147-1241) papa (1227-1241), creador de la Inquisición.
Bonifacio IX (1355-1404) papa (1389-1404)
Vicente de Lisboa

Fernando II el Católico (1452-1516) rey de Aragón (1479-1516) y por su matrimonio rey consorte de Castilla con el nombre de Fernando V (1474-1516)
Isabel I la Católica (1451-1504) Reina de Castilla (1474-1504). Casada con Fernando II de Aragón (1469)
Fray Alfonso de Ojeda

Torquemada, Tomás de (1420-1498) monje español y gran inquisidor
Sixto IV (1414-1484) papa (1471-1484) cuyo pontificado se caracterizó por las intrigas políticas y la corrupción generalizada
Arzobispo Mendoza


MECANISMOS DE TORTURA PARA DESCUBRIR A LOS HEREJES.
Ya hemos visto como era la estructura de un tribunal de la Inquisición. Ahora la forma de búsqueda de delitos era un papel que los inquisidores dejaban en manos de los alguaciles, familiares de la Inquisición, que curiosamente existen escritos en los archivos históricos dónde aparecen como títulos de nobleza: “Familiar del Santo Oficio”, un buen curriculum en aquellos tiempos. Pero sobre todo, lo que imperaba era la delación (el chivatazo), cualquier persona con aversiones personales contra otro perfectamente estaba capacitado para acusar a esa persona. Además la Inquisición estimulaba las delaciones “espontáneas”, de los restantes ciudadanos, por ejemplo: en Cuaresma se publicaba el Edicto de Fe, ordenando a los ciudadanos que si tenían sospechas de herejías de alguien lo comunicaran, bajo severas penas. La máquina del terror, funcionaba. La tortura psicológica hacía efecto y las delaciones sucedían una tras otra. Anotar por último que al delator se le protegía, ocultando su identidad en todo momento.
Otra forma de localizar herejes era en los confesionarios (no existía ese secreto para la Inquisición), herramienta no solo para sonsacar posibles herejías, sino, para coaccionar al penitente para que delatara a sus familiares y amigos. La Inquisición, desvelando el secreto de confesión tenía en sus manos una cuña capaz de romper los vínculos más estrechos en provecho de la ortodoxia.
La Inquisición también creo una red de espías muy eficaz, donde uno no sabia quien era quien, hasta que había una delación o estaba acusado y detenido.
Los detenidos. Estos eran una fuente rica de información para la Inquisición y como esquema, por poner un ejemplo se seguía las siguientes pautas.
  1. Al reo se le mantenía ignorante sobre el supuesto delito.
  2. Se le sometía a la incertidumbre con preguntas como: ¿Sospecha cuál es el motivo de su denuncia? ¿Recuerda haber oído o visto algo que atente contra la Religión?
  3. El reo debía no solo de confesarse culpable sino de delatar a todas las personas que hubieran estado implicadas, incluidos familiares, con ello solo obtendría la reconciliación (que no significaba, el perdón). Sí confesaba y no delataba, se le calificaba como “confítente diminuto” y era castigado con igual o mayor rigor que otro impenitente.
  4. Era considerado agravante el hecho de tener familiares o ascendientes judíos, moros o herejes.
  5. Existía un juego psicológico donde al reo se le hacía caer en una delación sin darse cuenta. Cuando el proceso estaba avanzado, se le comunicaban los cargos, luego se le pedía que adivinara quién le había delatado, señalándolo con el dedo, así el reo, a veces apuntaba a otra persona que por unas causas u otras creía, incriminándola como cómplice.
Esto es lo que tenía que pasar un acusado de herejía cuando era detenido, toda una tortura psicológica, que podía durar meses o incluso años antes que se dictase sentencia.
En cuanto al trato físico que recibía un acusado, era peor, pues las cárceles de aquella época eran insalubres y carecían de todo. Al reo se le sometía a tortura física “question de tormento”.

Question de tormento. Lo peor que le podía pasar al reo, peor que la misma hoguera donde a veces ya llegaba agonizando y antes que las llamas le hiciesen lanzar lamentos y quejidos, moría. La tortura se aplicaba al reo no solo para que confesara, sino, para que delatase y facilitase datos que se consideraba que poseía. El número de torturas no está aclarado y no puede afirmarse que hubieran más, por ejemplo en España eran conocidas:

El potro. Consistía en colocar al preso sobre una mesa, amarrado de las extremidades por una soga sujetada a un carrete, el cual, al ser girado poco a poco, las iba estirando en sentido contrario, causándole así un terrible dolor. Éste era, en la época, el instrumento de tortura más empleado en el mundo.


La Pera. Instrumento que se introducía en la vagina o en el ano, abriéndose y causando gran dolor y desgarros. El interior de la cavidad quedaba totalmente dañado. Las puntas que sobresalen servían para desgarrar mejor el fondo de la garganta o del recto, o la cerviz del útero (el cuello del útero). También se usaba oralmente destrozando la garganta.

La rueda. El verdugo, asestaba violentos golpes con una rueda de borde herrado, machacando hueso tras hueso y articulación tras articulación procurando no asestar golpes fatales. Después se desataba al reo y se le introducía entre los radios de la gran rueda horizontal al extremo de un poste que después se alzaba.

La garrocha. Consistía en colgar al condenado por las muñecas de una polea en el techo, con grandes pesos sujetos a los pies (hasta 100 libras de peso), para alzarlo lentamente y luego soltarlo de un estirón, tensando y dislocando brazos y piernas.

El garrote. Al reo se le colocaba un collar de hierro sujeto a un madero, que disponía de un tornillo hacía retroceder el collar de hierro matando a la víctima por asfixia. Existía otra variante en la cual un punzón de hierro penetra y rompe las vértebras cervicales al mismo tiempo que empuja todo el cuello hacia delante aplastando la tráquea contra el collar fijo, matando así por asfixia o por lenta destrucción de la médula espinal.

La pena del agua o La toca (paño)
. Consistía en atar al reo sobre un bastidor, forzarlo a abrir la boca y meterle una toca (o paño) por la boca hasta la garganta para obligarle a beber agua vertida desde un recipiente.

La horquilla del hereje. Un collar con cuatro puntas afiladas que se clavaban profundamente en la carne bajo la barbilla y sobre el esternón, la horquilla impedía cualquier movimiento de la cabeza, pero permitía que la víctima murmurase, abjuro (palabra que se halla grabada a un costado de la horquilla). En cambio, si este se obstinaba, el hereje considerado impenitente, por lo cual se le condenaba a la hoguera.
Otra tortura era el untar las plantas de los pies con grasa de cerdo y colocarlos encima de un brasero encendido.
La aplicación del tormento era muy frecuente, aunque no todos los presos pasaban por ello, por la cuenta que les traía, sino, que confesaban antes. La aplicación del tormento, no era tampoco la solución, porque la confesión se tenía que hacer voluntariamente, entonces tenemos que tener en cuenta que las declaraciones “vi tormentorum” no eran legalmente válidas, por lo que el reo tenía que rectificar al día siguiente la confesión. Entonces eran consideradas como confesiones voluntarias y espontáneas, una autentica hipocresía de la Inquisición.
Hasta el siglo XIII la tortura no se sancionó en el Derecho canónico. Sin embargo, las penas impuestas al delito de traición comenzaron a ser aplicadas también a los herejes, como reos de un crimen laesa majestatis Divinae (contra la autoridad de Dios). El papa Inocencio IV, influido por la fuerza que el Derecho romano recobró en esta época, dictó un decreto en 1252 que influyó en la adopción de los métodos de tortura en los tribunales civiles, para la obtención de confesiones, ya fuera acerca de actos de herejía imputados al torturado, ya se tratara de los atribuidos a terceras personas.
Como se ha podido observar, la mecánica de la Inquisición era terrible, tanto físicamente como psicológicamente, así funcionó durante muchos años con el beneplácito de los papas.

LA PLANTILLA, LOS AUTOS DE FE Y LAS PENAS.
La plantilla. El tribunal estaba compuesto normalmente por:
  • Dos o tres inquisidores
  • Un receptor
  • Un fiscal
  • Tres notarios del secreto
  • Un escribano de secuestros
  • Un nuncio
  • Un alguacil
  • Un carcelero y un portero
Unas doce personas en total. A eso hay que añadir que los oficiales ordinarios que formaban la plantilla en sí, eran unos cincuenta o sesenta aproximadamente, sin contar a otras personas, como médicos, barberos, cirujanos, procuradores del fisco, que pueden ser considerados oficiales de la Inquisición, pero están fuera de la plantilla oficial.
Todos estos datos podían tener alguna variación de un tribunal a otro, pero generalmente era así.
Los comisarios, tenían la función de controlar y coordinar a los familiares de la Inquisición, información, y averiguar la genealogía de los aspirantes a cargos de la Inquisición. En General eran clérigos, con buenos privilegios y con enorme influencia.
Los familiares de la Inquisición. Ayudaban a los comisarios y a los funcionarios del Santo Oficio. Tenían una función delatora y de vigilancia entre los habitantes.
Los Autos de Fe. Sermo generalis. La proclamación pública de las sentencias. Para el buen funcionamiento de la Inquisición, los inquisidores realizaban algunas veces visitas, desplazándose acompañados de oficiales, a los lugares más “conflictivos”, publicando Edictos de Fe y predicándose sermones. Además las visitas eran un buen negocio para recaudar mas ingresos, tanto para la Iglesia como para el estado, pues las denuncias en su mayoría eran procesadas y la cantidad de reos era mayor, lo que generaba más embargos, expropiaciones, etc.
Luego la Suprema también organiza rondas de visitas a los Inquisidores de los diferentes tribunales para comprobar la conducta de estos y de los comisarios. Estas inspecciones exigían varios meses de trabajo de interrogación.
Una vez realizadas las visitas y detenido a las personas acusadas de herejías, judaísmo, etc. empezaba el proceso en sí, que tenía las siguientes características:
  1. Su derecho a presentar testigos de la defensa estaba limitado, porque nadie se atrevía a defender y ponerse a favor de un reo de la Inquisición
  2. Teóricamente, en la Inquisición cualquier persona era incuestionablemente culpable y aunque fuera inocente, con solo dos desalmados que le acusaran era suficiente para ser culpable.
  3. El abogado “defensor” del reo, estaba nombrado por la Inquisición y su trabajo no era de defenderlo, sino de aconsejarlo. Pues el delito de herejía no admitía defensa. El abogado no podía hablar con el reo a solas y lo tenía que hacer delante de un familiar del tribunal.
  4. Las sentencias eran inapelables
Con este panorama no es difícil averiguar cuáles eran las sentencias del tribunal de la Inquisición, máxime si tenemos en cuenta que muchos de los reos pasaron por el tormento (tortura) y que otros por miedo se auto inculpaban, las sentencias, como he comentado eran inapelables y los únicos a quienes podían apelar eran los reyes, a estos no les interesaba por el gran beneficio económico que les reportaba. Las sentencias eran:
  • La reconciliación. No consistía en un perdón, sino en que salvaba la vida pero quedando en la indigencia. Se le confiscaban todos los bienes, tenía vejaciones, y estaba obligado a llevar el “sambenito” (Saco Bendito), o hábito distintivo que le señalaba como culpado, también el “sambenitillo”, prenda de color negro o pardo que se ponía encima y cubría el pecho y la espalda. La reconciliación también llevaba implícitas otras penas como: cárcel, galeras, etc.
  • La relajación. Consistía en entregar al reo al poder secular (o civil), el cual lo ejecutaba invariablemente, eran condenados a la relajación los perdidos y lo que no tenían esperanza de conversión. Se le confiscaban todos los bienes y habían de ser condenados a ser quemados vivos en la hoguera, aunque también se podía aplicar otras penas de muerte. Eso dependía del caso. La mayoría de los condenados eran relapsos.
Las penas. Dependían si el reo era relajado o reconciliado, hay que tener en cuenta los siguientes términos, para entender las penas:
Cuando un hereje se arrepentía del delito y abjuraba públicamente del mismo además de solicitar la admisión en la Iglesia, la pena era la reconciliación. El condenado debía de tener sumo cuidado porque sí cometía otros delitos o reincidía en el mismo (herejía, blasfemia, bigamia, brujería, etc.), se le declaraba relapso.
  • Los relapsos. Eran reincidentes después de haber sido reconciliados.
  • Los pertinaces. Impenitentes que después de admitir la herejía, la defendían y no se retractaban.
  • Los dogmatizantes. Eran propagadores de herejía y se les relajaba aunque se retractaran.
  • Los confitentes negativos. Los que negaban de lleno la acusación de herejía.
  • Los confitentes diminutos. Los que admitían solo parte de la acusación del tribunal.
A todos éstos habían de ser quemados vivos. Y cuando el reo estaba en la estaca con las llamas ardiendo se retractaba, los inquisidores les concedían la “gracia” de ordenar que fuera agarrotado, pero entonces las llamas consumían sólo el cadáver.
Además de todo esto, los penados por la Inquisición, los muertos también debían rendir cuentas, si se probaba que habían ido al otro mundo en estado de herejía: sus cuerpos eran exhumados del cementerio parroquial. Como dice Bernardo Gui, «debe ser perseguido el crimen de herejía no sólo entre los vivos, sino también entre los muertos, sobre todo cuando se trate de prohibir a unos herederos que recojan un legado, a causa de las creencias de aquél, que también se las trasmitió…». Denuncias, infamias, venganzas, tráfico de dinero y de influencia, discriminaciones infames, familias reducidas a la miseria, fueron acompañantes de los reos y sus familias por parte de la Inquisición.
Ver: Actas procesales del tormento a Alonso de Alarcón en 1636 por el Tribunal del Santo Oficio de Toledo.

EL INQUISIDOR, UN “SANTO” VARÓN
Vamos a ver un poco la figura del inquisidor, quién era, qué cobraba, qué poderes tenía, sabiduría, posición social, etc.
En cuanto a la procedencia de los inquisidores, podemos decir que eran tanto laicos como clérigos, pero tenían que tener una autorización papal. Solían ser en gran mayoría licenciados, doctores, teólogos, mediocres juristas y priores. La categoría intelectual varía mucho de unos a otros, lo cual no nos debe confundir su sabiduría en cuanto a sus conocimientos (de aquella época, matizo), a decir que realmente eran inteligentes, que es otra observación. Lo matizo porque recuerdo en cierta ocasión que una persona en el área es.charla.religión de las news afirmaba que los inquisidores eran inteligentes (para más información os remito a la sección de la web: Averno Post). Jamás puede ser inteligente una persona que confiaba en comisarios de talla intelectual de dudosa reputación y que admitían juicios con dos testigos de cargo, sin apelación y sin abogados como realmente está escrito. No podía ser inteligentes desde el punto de vista, que mandaban a la hoguera, una muerte en vida, en las llamas, a miles de personas, solamente porque la Iglesia así lo propuso y ellos lo acataron, por comodidad, poder, etc. Eran ávidos de poder y solo les importaba cumplir lo que la Iglesia ordenaba.
Siguiendo con su origen, muchos provenían de órdenes religiosas como los dominicos. Pero predominaban los inquisidores procedentes del clero secular sobre los frailes. Por ejemplo tenemos a Bernardo Gui, un dominico responsable de la Inquisición de Toulouse de 1307-1323, que escribió un “Manual del Inquisidor” para uso de sus colegas.

INQUISIDOR
FECHA
CARGO
Fray Antonio de Maya 1513 Prior.
Fernando de Valdés 1546-1566 Arzobispo de Sevilla.confesor personal del emperador Felipe II
Tomás de Torquemada 1481-1498 Prior de los dominicos. Inquisidor General
Juan Pardo de Tavera 1538 Cardenal-arzobispo. Gran Inquisidor de Toledo
Germán Ugarte Capellán del papa Adriano VI
Fernando Niño de Guevara 1599-1602 Cardenal arzobispo de Sevilla. Inquisidor General.
Sancho Carranza de Miranda 1528 Canónigo magistral de la Catedral de Sevilla
Juan de Arrieta 1562 Visitador del arzobispado de Sevilla
Diego Deza 1498-1506 Obispo de Palencia
Francisco Jiménez de Cisneros 1505-1517 Arzobispo de Toledo
Adriano de Utrecht 1517-1522 Luego elegido papa con el nombre de Adriano VI
Alfonso Manrique 1523-1538 Cardenal-arzobispo de Sevilla
Fray García de Loaisa 1538-1546 Cardenal. antiguo confesor de Carlos V
Diego Espinosa 1566-1571 Cardenal obispo de Sigüenza y presidente del Consejo de Castilla
Pedro Ponce de León 1571-1573 Obispo de Plasencia
Gaspar de Quiroga 1573-1594 Arzobispo de Toledo
Pedro Portocarrero 1595-1599 Obispo de Córdoba
Juan de Zúñiga 1602-1603 Obispo de Cartagena
Juan Bautista de Acevedo 1603-1607 Patriarca de las Indias
Bernardo de Sandoval y Roxas 1607-1618 Cardenal arzobispo de Toledo. Consejero del Estado
Luis de Aliaga 1618-1625 Dominico, confesor de Felipe III
Antonio de Zapata 1626-1643 Cardenal arzobispo de Burgos y patriarca de las Indias
Antonio de Sotomayor 1632-1643 Dominico, confesor del rey.
Pascual de Aragón 1665-1666 Cardenal-arzobispo de Toledo
Juan Everardo Nithard 1666-1669 Jesuíta alemán, confesor de la reina regente
Diego Sarmiento Valladares 1669-1694 Arzobispo y Gobernador del consejo de Castilla
Juan Tomás de Rocaberti 1694-1699 General de los dominicos y arzobispo de Valencia
Baltasar de Mendoza y Sandoval 1699-1705 Obispo de Segovia
Vidal Marín 1705-1709 Obispo de Ceuta
Antonio Ibáñez de la Riva-Herrera 1709-1710 Arzobispo de Zaragoza
José de Molines 1717-1720 Auditor de la Rota en Roma
Juan de Camargo 1720-1733 Obispo de Pamplona
Andrés Orben y Larreategui 1733-1740 Arzobispo de Valencia y Gobernador del Consejo de Castilla
Quedarían muchos mas que no nombro para no alargar en exceso la lista…

BIOGRAFÍA de Tomás de Torquemada Valdespino
Tomás de Torquemada Valdespino era hijo del regidor Pedro Fernández de Torquemada y de Mencía Ortega. Nació en Torquemada, Palencia, en el año 1420. No olvidó su pueblo natal, pues se ocupo de reconstruir su iglesia y el puente del río.
Inició su carrera eclesiástica tomando los hábitos de la orden dominica en el convento de San Pablo, de Valladolid.
En 1474, Torquemada era prior del convento y fue ampliada la donación a su padre con otra capilla. De allí pasó a ser prior del convento de Santa Cruz, de Segovia, donde estuvo veintidós años.
Su último lugar de residencia fue el monasterio de Santo Tomás de Ávila, fundado por él mismo años antes, gracias a los bienes del tesorero real Fernán Nuñez, quién había nombrado albaceas de su testamento a su mujer y a fray Tomás para que ejecutaran su voluntad.
Dejaba para la fundación del monasterio parte de sus bienes. En 1482, Torquemada recibió de doña María de Avila el poder para tomarlos. Los reyes también se interesaron por la empresa y quisieron tomarla a su cargo, así, como dice el padre Hoyos: Con la ayuda regia y los bienes confiscados a los herejes, se continuó la fábrica con suntuosidad.
A petición de los monarcas, en 1479, Sixto IV otorgó una bula autorizando a fray Tomás de Torquemada para que fundara el convento dominico de Ávila. El 13 de noviembre de 1482, en el capitulo provincial celebrado en Piedrahita, se aceptó la fundación.
En 1496, ya enfermo y con muchos años, Torquemada se retira al monasterio.
Vivió en Ávila durante dos años y el 16 de septiembre de 1498 murió, siendo sepultado en el capitulo conventual. Sus restos han desaparecido de allí y se ignora su paradero.
¿Cómo llegó a ser el primer inquisidor general?
Curiosamente, la primera vez que su nombre aparece ligado al tribunal es por iniciativa del Papa, que decide nombrarle inquisidor junto con otros siete frailes dominicos para que ejerza su cargo dentro de las líneas de la Inquisición medieval, lo cual hace constar en la bula «Apostolicae Sedis» el 11 de febrero de 1482, que constituye una fórmula transaccional entre el pontífice y los reyes.
El Papa se ratifica en su decisión de mantener el control de la Inquisición y, al mismo tiempo, nombraba a personas afectas a los reyes, entre ellas a Alfonso de San Cebrián y al mismo tiempo a Torquemada.
Una vez decidido Sixto IV a acceder a la proposición regia para la Inquisición, nombró a fray Tomás inquisidor general de Aragón. Sin embargo, no le otorgó el mismo cargo en Castilla. Tampoco era imprescindible tal concesión, pues los reyes se había adelantado y, siguiendo fieles a su política de hechos consumados, habían utilizado subrepticiamente la bula de 1482. La expusieron como lo que no era: la concesión papal del generalato inquisitorial para el prior de Santa Cruz.
Lo podemos concretar la fecha desde la que ejerció como inquisidor general de Castilla; lo que si es seguro que a partir del 17 de octubre de 1483 actuó como tal en ambos reinos. Su confirmación no se produjo hasta el pontificado de Inocencio VIII, quién, a petición de los reyes, la otorgó.
Tras recibirla, tomó posesión de su cargo en Córdoba el 5 de marzo de 1486 ante Pedro Camañas, secretario real, y en presencia de dos consejeros por testigos. En ese acto confirmó todas las comisiones y subdelegaciones hechas por él antes.
NOTAS:
La Fundación del monasterio de Santo Tomás en el Archivo Histórico Nacional, Clero, leg. 474.
Tomás de Torquemada, primer Inquisidor General. Por Pilar Huerga (Historiadora) HISTORIA 16 Nº113 1985


¿Qué cobraba un inquisidor en aquella época?
Si tenemos en cuenta que un sueldo valía 17 maravedís, se puede establecer una escala que va desde los 10.200 maravedís anuales que cobraba el nuncio, 34.000 maravedís el escribano del secreto y el notario de secuestros, hasta los 68.000 maravedís que percibía el receptor. Veamos mejor la tabla comparativa:

PROFESIÓN/CARGO
Maravedís/año
Un peón
17.520
Albañil, carpintero o picapedrero
26.280
Maestro albañil
32.850
Portero, Nuncio
20.000-34.000
Fiscal
37.000
Secretario
40.000
Receptor
60.000
Escribano de secreto y notario de secuestros
68.000
Inquisidor
85.000-150.000

De todas las maneras hay documentos que avalan que algún inquisidor llegó a cobrar hasta los 187.000 maravedís. Luego tenemos que tener en cuanta que los Inquisidores tenían “Las Ayudas de Costas” un plus añadido a su nómina. La ayuda de costa era un suplemento que tenían los inquisidores y oficiales por los gastos extraordinarios que pudieran tener. Las ayudas de costas solían andar sobre los 37.500 maravedís y no las he añadido a la tabla comparativa de salarios.
Aparte de lo que cobraba un inquisidor, este también tenía una serie de derechos o privilegios que le hacían la vida mas cómoda, había cédulas reales que instaban a darles aposentos, cómodos, en buenas posadas, en casas, darles sustento, y todo sin cobrarles nada. También existen documentos que acreditan tales privilegios. El Santo Oficio, dispuso de privilegio de aposento y además llegó a tener sus lugares propios de residencia, exclusivamente para su uso. Todo ello, como se ha comentado con cédulas reales.
Otra ventaja que tenían los inquisidores era la exención de impuestos por aduanas (tributos de portazgos). Con ello se podían mover libremente sin tener que pagar por ello. A lo que también debemos de sumar las exenciones tributarias. Estaban libres de impuestos, tanto nacionales, regionales o municipales.
También estaban exentos de las leyes ordinarias, en 1544 hay una notificación donde se apremia a que no se entrometan en casos que afecten a oficiales y familiares de la Inquisición. En este punto es donde chocan los poderes civiles y los obispos, pues el Santo Oficio avisa que ningún oficial real puede juzgar sin que esté un “padre inquisidor” delante, a civiles y criminales.
Y para terminar sobre el inquisidor, puntualizar que disponía también de permiso de armas, así como también libertad de caza y pesca en todas las épocas, esto último acabó prohibiéndose por los abusos que se cometían.

LAS CAUSAS. LOS MOTIVOS… LAS MANIAS
Es imposible buscar una justificación sobre las causas que había para la persecución. Éstas eran varias y no tenían escapatoria, todas estaban condenadas y algunas ya sentenciadas.
  • La herejía. Doctrina religiosa opuesta al dogma de la Iglesia Católica (en este caso), sobre todo una doctrina mantenida por una persona que profese fe en las enseñanzas de esa confesión. Eso no se aplicó con rigor, puesto que se acusaba de herejía a los no creyentes.
  • La brujería. Hablar de brujería es algo complicado, pues no todo lo que fue sentenciado como tal, se podía considerar brujería. Tal como lo entendía la Iglesia, era todo aquello sobrenatural que cometían personas (hombres, mujeres y niños) que tenía que ver con el Diablo. Prácticas diabólicas, ritos ancestrales, aquelarres. Pero no me extiendo más, porque eso lo trato mucho mejor en la sección (Cripta de los Condenados).
  • El luteranismo. En 1520 el nombre de Lutero se hacia saber en España, la reforma avanzaba. El papa León X es quién insta con su Breve del 21 de marzo de 1521, al Condestable de Castilla a colaborar en la recogida de las obras de Lutero, más tarde los Inquisidores tomaban enérgicas medidas. Todos los libros eran buscados y sus propietarios procesados por la Inquisición.
  • El humanismo. La Iglesia no admite una crítica ni el aumento de la libertad de expresión. El humanismo transformó a los hombres de aquella época, las costumbres, las aficiones, el interés por las letras, etc. Los humanistas dejaron en entredicho a los representantes de la sabiduría oficial, es decir, la Iglesia. La Inquisición velaba por la integridad del dogma y le era difícil impedir la difusión de literatura jocosa, fuera de origen popular o de eruditos.
  • Judíos y moriscos. Después de que los Reyes Católicos exiliaran a los judíos que no fueron conversos, éstos se oponían a la Inquisición. Incluyendo sus formas de actuar. Incluso después del 1492, los judíos conversos ofrecieron fuertes sumas de dinero a Fernando el Católico a cambio de que modificase el procedimiento de las causas y que se hicieran públicos los nombres de los testigos. Tal cosa fracasó, por el Inquisidor General Cisneros.
  • Delitos del sexo. Bigamia, incesto, fornicación. Es en el Concilio de Trento donde la Iglesia pone control sobre los matrimonios. La Inquisición medieval no se metió en el tema, dejándolo en manos del poder civil, pero a partir de 1530 la Inquisición entra formalmente en el tema, habiendo cantidad de casos de bigamia a partir del Concilio trentino. Es a partir de 1565 cuando se castiga rigurosamente la bigamia. Las penas por incesto varían según la gravedad, pero de todas formas los castigos no eran severos.
LOS CAIDOS. LA MUERTE.
La documentación inquisitorial es incompleta, para saber con exactitud la totalidad de acusados y Autos de Fe. Pero recopilando escritos, se puede hacer uno la idea de la gran persecución y matanza que se cometió. El hecho es que la propia Iglesia y el Estado se encargaron de hacer desaparecer muchos documentos.
Aquí, no tenemos mas que un ejemplo de lugares, donde personas fueron quemadas vivas o torturadas y condenadas a la miseria. Ésta lista la iré ampliando según vaya recopilando mas datos.

FECHA
LOCALIDAD
SENTENCIAS
PENAS
CAUSA
6-2-1481 Sevilla 6 condenados Hoguera Judaísmo
26-5-1481 Sevilla 17 condenados Hoguera Judaísmo
En todo el año 1481 (1) Sevilla 2000 condenados Hoguera Varias
Desde 1-11-1538 a Agosto de 1539 Bizkaia 187 condenados Varias Herejía y blasfemias
1541 Calahorra (La Rioja) 15 condenados Hoguera Brujería (2)
16-3-1540 Pamplona 49 condenados Hoguera/Varios Brujería (3)
Hacia el 1520 (4) Sevilla 30.000 condenados Reconciliados Varios
Hacia el 1520 (4) Sevilla 4.000 condenados Hoguera Varios
De mayo a noviembre de 1541 Calahorra (La Rioja) 204 condenados Luteranismo
Entre 1538-1558 Calahorra (La Rioja) 946 condenados
De 1484 a 1488 Zaragoza 120 condenados Judaizantes
Entre 1483-1500 Toledo 1.250 condenados Hoguera, sin contar reconciliados Varios
Antes de 1530 Valencia 2.354 condenados Varios sin contar reconciliados 91,6 % Judaizantes

(1) Testimonio del Jesuita Padre Juan de Mariana.
(2) Fueron penitenciados “por echar nóminas” con fines curativos, todos hombres

(3) 11 Mujeres por brujas, 30 niños/as por brujos y apóstatas y 8 jóvenes por las mismas causas.
(4) Testimonio de secretarios de la Inquisición Zurita.

Nunca se sabrá a ciencia cierta cuántos miles de personas fueron condenados a muerte la Inquisición y a cuántos quemaron vivos. Cuántos fueros los desterrados y cuántos los embargados. Según la Iglesia Católica, solo fueron unos miles, pero eso también lo hemos oído en el genocidio nazi. Los verdugos tienen vergüenza, pero también orgullo.
Recomiendo leer mi artículo LA BRUJERIA (VISIÓN HISTÓRICA – VISIÓN SOCIAL).
 
Juan Antonio Llorente, de servidor a crítico de la Inquisición
Una historia real sobre un comisario de la Inquisición que fue perseguido por el Santo Oficio y que sus libros han servido y sirven de valioso material documental. Pulsa en “Ver la historia” para conocer bien lo que comentó un comisario y candidato a Inquisidor y que no lo fue para poder escribir su famosa Historia Crítica a la Inquisición Española.

Juan Antonio Llorente, de servidor a crítico de la Inquisición
Para escribir una historia exacta de la Inquisición española era necesario ser inquisidor o secretario, declaró Juan Antonio Llorente. Inquisidor, estuvo a punto de serlo, y secretario de la Inquisición de Corte, lo fue de 1789 a 1801. Pero seguirá ostentando ese título cuantas veces escriba sobre el Santo Oficio.
Dos veces renegado, como español y como sacerdote, le llamó Menéndez Pelayo y los conservadores suscribieron ese juicio negativo sobre el autor de la Historia crítica de la Inquisición española, para dar por refutada ésta. Para los progresistas, en cambio, el arrepentimiento de Llorente disculpaba su pasado y hasta su adhesión militante a José Bonaparte. Y acreditaba la validez de sus datos contra el sistema inquisitorial.
El libro de Lorente sigue siendo básico para cualquier investigador que se interese por el tema. Queda vigente, sin embargo, el enigma de cómo pudo pasar el autor de servidor del Santo Oficio a crítico empecinado del mismo.
Muerto el 7 de febrero de 1823 en Madrid, Juan Antonio Llorente era el quinto hijo de don Juan Francisco Llorente y Alcaraz y de doña María González Mendizabal.
En una localidad riojana cercana a Calahorra, Rincón del Soto, había nacido a las 9.30 del 30 de marzo de 1756. Y a sus veintinueve años de edad fue nombrado comisario del Santo Oficio en Logroño.
Era entonces un sacerdote de sólida formación: doctor en derecho canónico, abogado por el Real y Supremo Consejo de Castilla y miembro de la Real Academia de los Sagrados Cánones, Liturgia e Historia Eclesiástica de España.
Desde 1782 actuaba de provisor y vicario interino de la Diócesis de Calahorra. Ninguna ventaja económica ofrecía este puesto subalterno. Pero Lorente lo solicitó por la curiosidad de saber los secretos inquisitoriales.
También lo hizo para estar exento de la jurisdicción de obispo diocesano, circunstancia que se ha visto por experiencia influir mucho en el desarrollo de costumbres de algunos comisarios.
Esta razón es esencial; al final de su vida; luchando contra los inconvenientes del celibato eclesiástico, admitió públicamente no haber observado nunca la castidad que le imponía su condición de sacerdote.
Actividades.
La actividad de Llorente como comisario del Santo Oficio en Logroño fue, mas bien, nula.
La carrera de Llorente en la Inquisición empezó cuando le llamó a Madrid la duquesa de Sotomayor, camarera mayor de la reina, que le hizo encargado y albacea suyo, junto con los duques de Alba y de Montellano y el prior de Uclés, el futuro obispo don Antonio Tavira.
Solicitó entonces el traslado de su título de comisario del Santo Oficio a Madrid y obtuvo del inquisidor general Rubín de Cervallos, el 30 de enero de 1789, el puesto de secretario supernumerario del Tribunal del Santo Oficio de la corte con mil maravedíes de sueldo.
Este nuevo cargo le permitió participar en todas las actividades de la Inquisición madrileña, entonces relativamente importantes, ya que en 1790 asistió a tres procesos.
Fueron éstos el del duque de Almodóvar, embajador de España en Viena; el del agustino Pedro Centeno, y el de un capuchino de Cartagena de las Indias, convicto de seducir a gran número de religiosas (según Llorente sólo dos se libraron por feas) a través del sacramento de la Penitencia.
Aunque Llorente se sintió a veces molesto, como cuando presenció el prendimiento del coronel y literato Bernardo Marís de la Calzada, se comportó tan a la satisfacción de sus superiores que en 1790, el Inquisidor general Cevallos le propuso para inquisidor en Cartagena de las Indias.
Llorente no aceptó el ascenso. Mas no por escrúpulos de conciencia o reticencia alguna contra el oficio de inquisidor, sino, sencillamente, porque el cargo le impediría cobrar las rentas del canonicato que en febrero de 1780 el rey le concedió en Calahorra.
Basándose que Llorente no residía en Calahorra, los demás canónigos se negaron a repartir con él el importe de los beneficios.
Varias veces intervino Llorente y se produjo incluso una carta del rey mandándole quedarse en Madrid para la instrucción del joven Conde Sotomayor.
Mas para gozar de tan deseado beneficio hubo de volver en 1792 a Calahorra y conservar de manera honorífica su título de secretario (ya que olvidaba lo de supernumerario) de la Inquisición.
Antes de dejar Madrid, sin embargo, fue testigo de un drama que le influyó mucho y le hizo tomar conciencia de la necesidad de reformar los procedimientos inquisitoriales.
Se trata del suceso protagonizado por el francés Maffre des Rieux que, incapaz de soportar el aislamiento total en que la Inquisición mantenía a sus reos, se suicidó ahorcándose en su celda.
En 1793, el janesista Manuel Abad y la Sierra, nombrado inquisidor general, llamó a Madrid de nuevo a Llorente y le encargó un informe sobre los orígenes de la manera de proceder del Santo Oficio.
Según la postura típica de la ilustración, se trataba concretamente de sentar las bases históricas de una reforma del modo de procesar inquisitorial.
Llorente vio tan claro este punto que, al presentar su informe escrito a Abad y la Sierra, le propuso oralmente varias reformas, en su opinión imprescindible.
Abad le instó a proseguir las investigaciones para redactar un plan total de reformas del Santo Oficio. Pero en 1794, Abad cayó en desgracia. Lorenzana le sustituyó y Llorente tuvo que abandonar su proyecto.
Este plan de reformas, pese a no haberse concretado, sirvió a Llorente para investigar en el archivo de la Suprema y de ahí nació su vocación de historiador de la Inquisición.
Pero la confianza que le manifestó el jansenista Abad hizo de Llorente, para los adversarios de la secta, un sospechoso.
Así en 1797, Llorente, que se había ganado la confianza de Godoy proponiéndole escribir una Historia de las Provincias Vascongadas destinada a refutar los derechos de los vascos a sus fueros, fue víctima de una intriga que urdió un tal Heros, secretario de la Inquisición y hermano del conde de Montarco.
Heros, que se había hallado en los papeles de la Suprema la orden de Abad a Llorente de redactar su plan de reformas del Santo Oficio, le pidió a Llorente ese proyecto para que su hermano pudiera presentarlo al Consejo de Castilla.
Llorente hizo lo que se le pedía. Pero se encontró con Montarco, al que Heros había recomendado que guardase silencio. Y como Montarco no le hablase de su trabajo, temió haber caído en una trampa. Por ello, no se sintió tranquilo hasta que, no sin dificultad, recobró su manuscrito.
La condena.
El discreto, aunque eficaz, apoyo de Godoy, al que Llorente se había dirigido, explica que el asunto acabara bien. Pero ya era Llorente sospechoso de simpatías jansenistas y de posible traición a la Inquisición.
Prueba esta consideraron que se le tenía, el hecho de aparecer como el mas destacado teórico del mal llamado Cisma de Urquijo, justificando el famoso decreto del 5 de septiembre de 1799 sobre dispensas matrimoniales bajo el título de Colección diplomática.
Y así, cuando cayó Urquijo y el nuevo ministro de Justicia, Caballero, y la Inquisición persiguieron a los jansenistas (al obispo de Salamanca, Tavira; al limosnero del rey, Joseph Espiga; a los obispos de Murcia y Cuenca, López Gonzalo y Palafox), el Santo Oficio vigiló especialmente a Llorente.
La Inquisición interceptó una carta de Llorente a la muy jansenista condesa de Montijo explicándole cómo burlar la vigilancia del Santo Oficio. E inmediatamente, el inquisidor general Ramón de Arce le mandó venir de Calahorra a Madrid.
En Madrid, fue encarcelado Llorente en el convento de frailes dominicos del Rosario, mientras la Inquisición se apoderaba de todos sus papeles y correspondencia.
Estimando que había traicionado el secreto a que le obligaban sus funciones inquisitoriales, la Suprema le condenó, el 12 de julio de 1801, a la pérdida de sus títulos de secretario y comisario del Santo Oficio; a una multa de 50 ducados y a un mes de retiro en el convento de franciscanos recoletos del desierto de San Antonio de la Cabrera, a nueve leguas al norte de Madrid.
A partir de esta condena – colofón ignominioso de una curiosa carrera inquisitorial – , Llorente se consideró víctima de una institución a la que había aceptado servir.
Había ingresado en ella sin saber en qué consistía su cargo y la experiencia le enseñaba la disparidad que existía entre la defensa de la fe auténtica y la práctica inquisitorial.
Desde el punto de vista, es revelador el hecho de que, tras el suicidio de Maffre des Rieux, sólo volvió al servicio activo del Santo Oficio cuando fue inquisidor general Manuel Abad y la Sierra, un jansenista del que todos esperaban una reforma profunda del Santo Tribunal que le equiparase a los demás tribunales eclesiásticos.
Llorente formaba parte de ese grupo de eclesiásticos españoles – Agustín y Manuel Abad, Tavira, López Gonzalo y Antonio Palafox – que deseaban una profunda reforma de la iglesia española y, con ella, del Santo Oficio.
Los anales.
La tesis era indudablemente exagerada. Mas por vez primera se publicaban documentos fundamentales y, hasta entonces, totalmente ignorados.
De esta forma, al discutirse la compatibilidad o incompatibilidad de la Inquisición con la Constitución, los propios miembros de las Cortes de Cádiz, tanto liberales como serviles, utilizaron ampliamente el trabajo de Llorente para justificar – históricamente también – lo bien fundado de sus opiniones.
En aquel momento, ni siquiera pensó Llorente criticar a la Inquisición por su inhumanidad y por el número de víctimas que había causado. Lo que entonces resultaba intolerable no eran las hogueras de Torquemada (de las que tanto se hablará después, citando a Llorente), sino que el Santo Oficio se atreviera a menospreciar el poder real y la autoridad de los obispos.
Regalista y episcopalista – y no humanista y liberal – era la crítica de Llorente contra el Santo Oficio. No había diferencia entre el jansenista que había sido y el afrancesado que era.
Confiando en el valor propagandístico de la Memoria de Llorente, el gobierno intruso le dio gran publicidad. Remitida solemnemente al rey por una diputación de la Real Academia de la Historia el día de la Asunción de 1811, se dio un amplio extracto de la misma en la Gaceta de Madrid, se publicó íntegra en las memorias de la Academia y en tomo aparte por Sancha en 1812.
El gobierno encargó también a Llorente la continuación de sus investigaciones en los diversos archivos de la Inquisición suprimida. Así nació la publicación, en 1812 y 1813, de dos tomos de los Anales de la Inquisición en España, versión aumentada de la Memoria y anticipo de la monumental historia de la Inquisición.
Hasta el último momento, cuando la corte de José Bonaparte se retiró a Valencia y luego a Zaragoza, donde halló documentos tan preciados como el proceso de los asesinos del inquisidor Arbués y de Antonio Perez, continuó su investigación Llorente hasta reunir una extraordinaria colección de monumentos históricos, como se decía entonces.
En Francia.
El papel destacado que desempeñó durante el reinado del intruso, no le permitía a Llorente esperar otro destino – en cuanto dejaran de protejerle las tropas francesas – que el de verse arrastrado por las calles hasta la muerte, atado por los pies, como les había ocurrido a otros sacerdotes.
Por eso, en cuando se enteró del desenlace de la batalla de Vitoria, huyó inmediatamente a Francia. Llevaba en su equipaje varias cajas repletas de esos papeles inquisitoriales a los que, desde entonces, consideró personales.
Parte de esos documentos los vendió en 1821 a la Biblioteca Real de París (la actual Biblioteca Nacional Francesa) por la suma considerable de 2.000 francos.
Ya en Francia, pensó proseguir la redacción de sus Anales de la Inquisición, para ganarse la vida. Y, paradójicamente, sin perder la esperanza de obtener el indulto de Fernando VII, nunca desistió del proyecto de escribir una historia de la Inquisición.
Públicamente lo manifestó en el Magazin Encyclopédique, en septiembre 1814 y enero de 1815. Dirigía esta revista un miembro del Instituto de Francia, Millien.
Tal declaración fue considerada prueba flagrante de su traición a España por el representante de Fernando VII en París, Diego Colón y por los más fanáticos adversarios de los afrancesados como Carnerero en su Inquisición justamente restablecida.
En España donde el restablecimiento del Santo Oficio había acompañado a la restauración borbónica, ese deseo de escribir libremente sobre la Inquisición fue muy contraproducente para Llorente.
Libros publicados por Llorente. (anotaciones de Dubarri)
* Anales de la Inquisición de España (2 tomos), 1812-1813
* Historia crítica de la Inquisición. 1818 ed. francesa y 1868 ed. española.

* Consultas del Real y Supremo Consejo de Castilla. París en 1818
Regalismo: doctrina y política de los defensores de las regalías de la Corona sobre la Iglesia. En España se concretan en el patronato, el Pase Regio y otro tipo de intervenciones sobre las instituciones eclesiásticas.
Jansenistas:Jansenismo.Doctrina herética propagada por Cornelio Jansen (1585-1638), quien afirmaba que el hombre sólo podía alcanzar la salvación a través de la gracia divina.
BIBLIOGRAFIA: HISTORIA 16. 1983 Por Gerald Dufour (Historiador. Universidad Aix-Marsella I)


DESTRUCCION DE LA MAQUINARIA. VERGÜENZA Y RECICLAJE
La tendencia liberal que llegaba de Francia a principios del s.XIX era incompatible con la política de España y sobre todo con la Inquisición. La Constitución de Cádiz del año 1812 declaraba: El Tribunal de la Inquisición es incompatible con la Constitución. Y un decreto del 5 de enero de 1813 ordenaba:
“Todos los cuadros, pinturas, inscripciones en los que estén consignados los castigos y penas impuestos por la Inquisición, que existen en los claustros y conventos o en uno u otro paraje de la Monarquía, serán borrados o quitados de los referidos lugares donde se hallen colocados y destruidos en el perentorio término de tres días, contados desde que se reciba el presente decreto”.
Esa fue la forma de hacer desaparecer, cantidad de pruebas humillantes y vergonzosas para la Iglesia. Entonces el pueblo se manifestó en contra de la Inquisición. En ciudades como Barcelona y Zaragoza, la población irrumpía en los palacios y sedes de la Inquisición, abrieron las cárceles inquisitoriales y liberaron a los presos. Sacaron también los aparatos de tormento a la calle e hicieron huir a los frailes y familiares del Santo Oficio en medio de insultos del pueblo, pero hay que matizar que no sufrieron ataques. Se destruyeron todos los documentos de los archivos para que no pudiera haber pruebas y evitar represalias.
Posteriormente hacia el año 1814 el rey absolutista Fernando VII firmó un decreto en el que no estaba dispuesto a jurar la Constitución. El 21 de Julio de 1814 restablecía el Tribunal de la Inquisición y nombraba al obispo de Almería, Francisco Javier de Mier y Campillo, inquisidor general. Sobrevinieron rebeliones y conspiraciones, el pueblo estaba en contra, acabándose con el triunfo del movimiento contitucionalista y la forzada sumisión del rey Fernando VII al régimen constitucional. En esos días tuvo lugar la última ejecución: Cayetano Ripoll, un deísta ahorcado y quemado en la hoguera en Valencia. Lo cual produjo cantidad de protestas en el ámbito internacional con lo que la Junta de la Fe quedó oficialmente suprimida.
La Inquisición finalmente se convirtió en el «Santo Oficio» primero, y en la Congregación para la Doctrina de la Fe, después, encargada de velar por la ortodoxia de los escritos teológicos, y “maquinaria” para el control de la Iglesia Católica Apostólica y Romana, aún vigente y en conflictos con sectores de la propia Iglesia (padres Congar, Chenu, Teología de la Liberación, etc…). Entonces cabe preguntar ¿por qué necesita la Iglesia tener vigente a la Inquisición? ¿Orgullo, vergüenza, temor, rencores? ¿Dónde queda el cristianismo liberal y humanista, la defensa del hombre y el amor por los semejantes, la igualdad? Fuente: elaverno

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