sábado, 25 de agosto de 2012

Guerra entre niños

 
En la última década, los corresponsales más veteranos en África han comprobado la disminución dramática en la edad de muchos soldados. En algunos casos, han podido ver a niños que no superaban los siete años de edad y que servían en ejércitos o para “señores de la guerra”. Se calcula que en el mundo hay hoy unos 300.000 niños soldado. Una buena parte de ellos luchan y mueren en las decenas de guerras abiertas y olvidadas de África, ésas que no aparecen, siquiera, en un pequeño breve de una página escondida de los diarios occidentales. También en guerras como la de la República Democrática del Congo, que ha sido calificada como la “primera guerra mundial africana”, pero que hace tiempo que perdió “morbo” informativo.

El uso de niños pequeños como soldados, a la escala que estamos conociendo hoy, es algo relativamente novedoso pero que crece en el siglo XXI. Algunas de sus historias sólo las hemos empezado a leer hace poco. Aparecen en los medios de comunicación gracias a la presión de organizaciones de derechos humanos como Amnistía Internacional. Cuentan casos de violencia extrema, de humillaciones, de maltratos, de castigos brutales. Casos de niños de menos de doce años en primera línea de combate. De niños sacados de sus escuelas y brutalizados deliberadamente para convertirlos en armas sin piedad. Niños que son obligados a torturar y asesinar a sus propias familias para que no puedan volver nunca a su hogar, como en Sierra Leona. Para que no tengan posibilidad de deserción. Casos como el que cuenta Salami, un niño congoleño al que reclutaron cuando tenía nueve años las fuerzas del RCD-ML: “Un día, los jefes nos obligaron a mis amigos y a mí a matar a una familia, cortar en pedazos los cadáveres y comérnoslos”.

Drogados y mal alimentados

Muchas veces son convenientemente drogados, mal alimentados y puestos en primera línea de las escaramuzas. Los convierten en armas mortíferas para sus víctimas y para ellos mismos, en puros camicaces. Pueden comenzar como simples cocineros, espías o porteadores para los ejércitos, pero acaban siendo instrumentos de guerra baratos y de sencillo reemplazo. Además, no cuestionan las órdenes y son más fácilmente manipulables. En el caso de las niñas, su “reclutamiento” tiene grandes posibilidades de convertirlas en esclavas sexuales. Prácticamente todas serán violadas o sometidas a abusos por los mandos o por el resto de soldados. En Uganda, por ejemplo, es común que las niñas captadas por las fuerzas rebeldes sean asignadas a los soldados como “esposas”.
El material es copioso en países como Liberia, donde la economía está arruinada por décadas de guerras y abundan los “niños de la calle” sin un futuro más prometedor que el de tomar un arma de manos de un “señor de la guerra” y dedicarse a la lucha y al pillaje. Pueden alistarse voluntariamente para sobrevivir o para vengar a un familiar asesinado. También lo hacen siguiendo la propaganda en defensa de su etnia. Pero a la vez, abundan los niños que cuentan cómo fueron “reclutados” a punta de fusil en las aulas o cuando jugaban en los caminos cercanos a sus casas.

Comercio de armas y materias primas

El futuro de estos niños depende de la ruptura de un círculo vicioso: en África se hacen las guerras para controlar las riquezas que a su vez financian los conflictos. Riquezas que se invierten básicamente en armas. En lugares como la República Democrática del Congo, algunos de los aviones que trasportan el coltán, imprescindible para la fabricación de teléfonos móviles, o diamantes rumbo a Ruanda y de allí a los mercados internacionales hacen el vuelo de ida cargados de armas. Si examináramos estas armas, veríamos que los reclutadores de niños pequeños para servir como carnaza en las guerras han encontrado un gran aliado en los últimos desarrollos de la industria armamentística internacional. Sus ingenieros han lanzado al mercado unos subfusiles de asalto baratos, tan ligeros y fáciles de manejar que hasta un niño de 10 años puede hacerlo con una mínima instrucción. Estas armas, que pueden costar sólo 40 euros por unidad, se pagan con los abundantes recursos naturales del subsuelo africano. Naciones Unidas ha denunciado cómo en Liberia los empresarios madereros facilitaban armas a los contendientes. Diamantes en Angola y Sierra Leona, petróleo en Sudán y Angola, madera en Liberia, coltán, oro y otros minerales en la República Democrática del Congo... el control de los recursos naturales juega un papel clave en las decenas de conflictos armados activos en el mundo. Estas guerras producen unos intercambios mercantiles superiores a los 12.000 millones de dólares al año.

Sin respuesta de la comunidad internacional

África participó poco en las decisiones de la Guerra Fría, pero su fin ha tenido consecuencias fundamentales para este continente. Muchos de sus Estados apenas cuentan con cuarenta años de historia, dan cabida a más de 200 etnias diferentes y se disuelven casi antes de formarse del todo. Sin lazos ideológicos con otros continentes, tras la caída del muro de Berlín, la llamada comunidad internacional tiene hoy menos capacidad de influir en algunos de los conflictos. Los “señores de la guerra” han encontrado sus propias fuentes de financiación en el suelo que pisan y el mercado internacional de materias primas y armas ayuda a prolongar estos conflictos. Detrás de movimientos con siglas que siempre incluyen palabras grandilocuentes como liberación, democrático, nacional o de defensa de un grupo étnico sólo existen intereses económicos de dominio de territorios grandes o pequeños, ricos en minerales o maderas preciosas, o de control de un simple puente sobre el que cobrar peaje a la ayuda humanitaria. Estos grupos, como es el caso de todos los que han luchado en la última década en la República Democrática del Congo, llevan a cabo gravísimas violaciones de los derechos humanos y del Derecho Internacional Humanitario con total impunidad. Ya no les preocupa lo que la opinión pública internacional pueda pensar de ellos; sus fuentes de financiación no dependen de ella, sino de sus materias primas.
Sin un tratado internacional estricto que controle el comercio de las armas y de las materias primas, estos conflictos seguirán apareciendo en un lugar u otro de África, y los niños seguirán reemplazando a los soldados adultos muertos.

El problema de la desmovilización

En muchos lugares, cuando estos niños han quedado lisiados tras una batalla, son simplemente abandonados a su suerte. Otros consiguen escapar o participan de programas de desmovilización. La reintegración de los niños soldados, cuando se consigue un acuerdo de paz, es tremendamente difícil. En sus retinas se acumulan abusos físicos o psíquicos. Han visto a sus familias morir, a veces, de forma brutal. Han participado en carnicerías, violaciones y otras atrocidades. Para los que las han cometido en sus propias aldeas, las puertas de sus hogares están cerradas. También abundan los niños desmovilizados que no pueden regresar a su propia comunidad a causa de la inseguridad o porque sus familias han sido desplazadas y no pueden ser localizadas. Las niñas tienen problemas específicos. La mayoría salen del ejército con la “culpa” de haber sido violadas o explotadas sexualmente, en algunos casos embarazadas o con hijos, y tienen que enfrentarse a los tabúes africanos sobre la violación, de tal forma que la vuelta con sus familias puede convertirse en imposible. Si la comunidad internacional no garantiza su reinserción, estos niños soldados corren el riesgo de volver a caer en la única forma de supervivencia que conocen: la violencia.
Desde 1977, el reclutamiento y la utilización de niños soldados menores de 15 años en conflictos armados constituye un crimen de guerra y se incluye en el Estatuto de Roma de la Corte Penal Internacional. Llevar a juicio a los responsables de este crimen es una de las aspiraciones de las organizaciones humanitarias. Pero tampoco nos podemos olvidar de que los propios niños soldado, además de víctimas de los crímenes, han cometido atrocidades terribles. El derecho internacional prevé su juicio, pero siempre desde la perspectiva de su integración en la sociedad.

Ricardo Villa es periodista y miembro de Amnistía Internacional. Este artículo ha sido publicado en el nº 12 de la edición impresa de la revista Pueblos, verano de 2004, pp. 38 y 39.

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