domingo, 8 de julio de 2012

El castigo y el poder. Espacio y lenguaje de la cárcel


"Se me ha reprochado bastante estas obsesiones espaciales, y en efecto, me han obsesionado. Pero, a través de ellas, creo haber descubierto lo que en el fondo buscaba, las relaciones que pueden existir entre poder y saber. Desde el momento en que se puede analizar el saber en términos de región, de dominio, de implantación, de desplazamiento, de transferencia, se puede comprender el proceso mediante el cual el saber funciona como un poder y reconduce a él todos los efectos." Michel Foucault.

En los últimos tiempos la geografía ha comenzado a ocuparse de nuevos aspectos de la relación entre hombre y espacio. Buena prueba de ello podría ser los trabajos sobre la distribución de la criminalidad (Herbert, 1976), o sobre geografías carcelarias concretas, como la de Goulag (Brunet, 1981). Ello ha ampliado considerablemente el campo de acción de esta rama del conocimiento, y es aquí, en esta nueva superficie, donde tratamos de situar nuestra reflexión.

En las páginas siguientes nos hemos propuesto abarcar un doble objetivo. Por una parte, trataremos de establecer las conexiones existentes entre dos discursos diferenciados; uno general y abstracto que intenta reformular el poder, a finales del setecientos, así como su ejercicio, y otro técnico, que se ocupa de la organización de un espacio de dominación específico, la cárcel. En segundo lugar, analizaremos un paradigma constructivo concreto -el panóptico de Bentham sobre el que se ha asentado una buena parte del esfuerzo que intenta configurar formas y volúmenes que hablen de poder.

Obviamente, partimos de una hipótesis inicial que se irá explicitando en las páginas venideras y que podríamos formular en los siguientes términos: existe una relación entre los dos discursos mencionados y se evidencia a través del mensaje que el edificio carcelario transmite, puesto que ha dejado de ser simplemente un lugar para custodiar a los reos, para pasar a ser un instrumento elocuente, que ha de dirigirse a ellos y forzarlos dulcemente a replantear su actitud.

Antes de comenzar, debemos hacer una advertencia: en los textos originales de siglos pasados, hemos respetado estrictamente la ortografía, en muchos casos confusa y contradictoria. Por ello, será posible encontrar en un mismo párrafo la misma palabra escrita de modos diferentes. Pero, nos parecía más razonable hacerlo de esta manera que intentar abordar una actualización, que requeriría un gran esfuerzo, innecesario, en nuestra opinión, para el objetivo de este artículo.

La reflexión en torno al castigo

Abordar los objetivos que hemos esbozado, implica detenerse aunque sea someramente, en el espacio carcelario del siglo XVIII y épocas anteriores. Por otra parte, aunque no sea posible profundizar en el discurso de la Ilustración, es indispensable acercarse a él, para reseñar esquemáticamente los términos sobre los que se plantea la reformulación del poder. En último lugar, nos centraremos en Bentham, haciendo especial hincapié en su aspecto científico, puesto que sus aportaciones concretas en cuanto a la legislación o al castigo poco diferían de lo que ya habían escrito los pensadores de las luces.

Cárcel y castigo en el antiguo régimen

No es nuestra intención realizar una aportación original sobre el encierro y la penalidad en el Antiguo Régimen. Pretendemos, sencillamente, señalar aquellos elementos que resalten, y doten de contenido, a la ruptura que, más adelante, protagonizaron los ilustrados. De un modo preciso y escueto Tomás y Valiente nos presenta la situación.

"El repertorio de las penas legales era muy escaso en cuanto a las leves y muy amplio respecto a las de mayor dureza (...). Como ésta (la pena de muerte) era muy frecuentemente establecida (...), su aplicación revestía diversas formas, como último intento de aterrorizar eficazmente a los ciudadanos, reservando las formas más dolorosas para los delitos más graves (...). La gran cantidad de delitos castigados con la pena de muerte eliminaba toda posible proporcionalidad entre delitos y penas (...). La cercanía entre las ideas de delito y pecado existentes en las mentes y las obras de los teólogos, juristas y legisladores hacían ver en el delincuente un pecador (...). Desde estos supuestos, la pena era principalmente el castigo merecido por el delincuente, y su imposición tenía muchos visos de una "justa venganza"(...). Junto a este fin purgativo, la pena era utilizada por el legislador como arma represiva (...). Se pensaba que cuanto más temor produjera una pena, era más ejemplar y, por consiguiente, más eficaz" (1)

Parece obvio que en tal sistema la cárcel no ha de ocupar un lugar de importancia. Lo fundamental es la capacidad disuasoria del castigo, que se logra mediante el espectáculo que ofrece. En la ejecución todo se vuelve comunicativo, se viste al reo con unos ropajes simbólicos, o se le obliga a portar determinados objetos que hacen referencia a su crimen. Es necesario transmitir un mensaje que, de otro modo, no llegaría a sus potenciales receptores.

Desde esta óptica el encierro se entiende, casi exclusivamente, como una custodia del reo, en espera de que llegue el momento de recibir el auténtico castigo, y la cárcel apenas tiene más tarea que ésta. Apenas habrá, por tanto, una reflexión en torno al edificio y a las tareas que se le han de encomendar: basta con que sea sólido y dificulte las fugas. Son prácticamente inexistentes las consideraciones respecto a su posible potencial comunicativo, aunque, debido a la sensibilidad del momento por los elementos simbólicos, se incorporan algunos componentes de este tipo, tales como estatuas o grabados que hablan, desde la majestuosidad de la justicia, hasta su capacidad para doblegar las más recalcitrantes voluntades. Pero, los elementos funcionales del edifico no son contemplados, no se piensa en el mensaje que puede desprenderse de una determinada organización de componentes, espacios o volúmenes.

En general, se trata de construcciones elevadas para realizar otras tareas, como la de convento o fortaleza, y que, por diversas razones, son reutilizadas posteriormente para encerrar hombres. Son, frecuentemente, establecimientos sucios e insalubres, donde los presos dividen su tiempo entre las "cuadras", es decir, las inmensas salas donde conviven y duermen en régimen de hacinamiento, la cantina o el patio, que suele ser el único lugar donde hay agua, utilizada tanto para beber como para la limpieza de personas y prendas. Habitualmente existen, dentro del mismo encierro, estancias con diferentes grados de comodidad o de densidad de habitantes; el vivir en una u otra depende de la capacidad económica o de la violencia del reo.

Tal ambiente imposibilita una vigilancia continuada de cada individuo, que la mayor parte del tiempo actúa sin ningún control, hasta que contraviene alguna de las normas explícitas, o en muchas ocasiones implícitas, que todos deben respetar; entonces sobreviene el castigo, que es espectacular y ejemplificador para los que lo contemplan. Dentro del encierro se reproducen las mismas pautas de comportamiento punitivo que en el exterior. Continúa leyendo

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